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  • Seminario web del 9 de abril: «Guerras contra el pueblo»: la represión y la resistencia en el país y en el extranjero

    Seminario web del 9 de abril: «Guerras contra el pueblo»: la represión y la resistencia en el país y en el extranjero

    La PLATAFORMA DE IZQUIERDA UNIDA, una alianza de organizaciones socialistas revolucionarias, los invita a un seminario web el 9 de abril con un panel de activistas que abordará el terror y los ataques contra los inmigrantes y los derechos democráticos en el país, así como los crímenes imperialistas de EE. UU. en todo el mundo.

    Esta charla presentará algunas de las experiencias más relevantes de los movimientos emergentes que se resisten a los ataques  nacionales y globales del imperialismo estadounidense bajo la administración Trump, con perspectivas sobre cómo estas luchas pueden llegar a ser poderosas, unificadas y políticamente independientes. Desde la derrota del terror de ICE en Minneapolis hasta la oposición a las guerras de EE. UU. e Israel contra Palestina, Irán y el Líbano, y las amenazas de EE. UU. a Cuba y América Latina, vemos la necesidad crítica de unir las luchas con el propósito común de la liberación colectiva.

    Los ponentes debatirán cómo las experiencias concretas de la organización del Primero de Mayo pueden conectar la resistencia nacional al autoritarismo de MAGA con la oposición a las guerras de EE. UU. y al imperialismo en su conjunto. Los ponentes ofrecerán breves respuestas iniciales a preguntas estratégicas específicas, seguidas de un debate abierto. ¡ÚNETE A NOSOTROS!

    Jueves, 9 de abril, 20:00 h (hora del Este); 17:00 h (hora del Pacífico)

    PONENTES:

     

    • Kip Hedges – conductor de autobús escolar y activista sindical desde hace mucho tiempo en Minneapolis

    • Avery Wear – Tempest, Socialistas de San Diego, LSAN

    • Omid Rezaian – Organización Internacional del Marxismo Humanista

    • Dan Piper – La Voz de los Trabajadores, Coalición de Libertades Civiles de Connecticut

    • Meg C – Speak Out Socialists

    • Ashley Smith – Colectivo Tempest de Vermont

    MODERADORA: Blanca Missé, La Voz de los Trabajadores

    INFORMACIÓN SOBRE LA INSCRIPCIÓN:

    https://us02web.zoom.us/webinar/register/WN_R702vOe8QluM7Mha7LVF5g

    https://www.unitedleftplatform.net/wars-on-the-people/

  • El periódico «La Voz de los Trabajadores»: Edición de marzo-abril

    El periódico «La Voz de los Trabajadores»: Edición de marzo-abril

    La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán es una escalada importante en el Medio Oriente que tiene implicaciones peligrosas para los trabajadores de todo el mundo. La brutalidad del asalto imperialista a nivel internacional va junto con el ataque a las libertades civiles por parte del régimen de Trump dentro de Estados Unidos. Esto incluye las operaciones continuas del ICE y la Patrulla Fronteriza, las amenazas a las elecciones de mitad de período de 2026, los retrocesos ambientales que afectan profundamente a la comunidad negra y la brutalidad policial sin control.

    Nuestro editorial en este número nos advierte: «Existe un gran peligro de subestimar la determinación de la élite empresarial estadounidense de llevar adelante esta iniciativa. No podemos confiar en que las sentencias judiciales o las próximas elecciones nos salven. Debemos organizarnos ahora, no solo para realizar manifestaciones masivas y crear redes comunitarias contra la violencia del ICE, sino para encontrar el camino hacia la construcción de un nuevo partido de la clase trabajadora a través del cual podamos organizar nuestra defensa política en todos los planos y todos los días».

    En este número también tenemos artículos sobre los archivos de Epstein y la clase dominante, la huelga de maestros de San Francisco y una reseña del nuevo álbum de U2.

    La edición de marzo-abril de 2026 de nuestro periódico está disponible en formato impreso y en línea como PDF y contiene articulos en ingles y español. ¡Lee hoy mismo el último número de nuestro periódico con una descarga gratuita en PDF! Como siempre, agradecemos cualquier donación que ayude a sufragar los gastos de impresión.

    Haz clic en la imagen para leer el periódico o envíanos un mensaje para recibir una copia impresa:

  • La dominación imperialista norteamericana sobre Colombia Así paga el diablo a quien bien le sirve

    La dominación imperialista norteamericana sobre Colombia Así paga el diablo a quien bien le sirve

    Francisco Cuartas (PST, Colombia)

    La agresión militar de Trump contra Venezuela ha alcanzado su punto más alto con el secuestro de Nicolás Maduro y la exigencia al chavismo de convertirlo en su colaborador para imponerle un régimen colonial, como modelo para la dominación imperialista de Latinoamérica. Con esa lógica se ha dado la dominación imperialista estadounidense sobre Colombia, históricamente un “aliado” incondicional y estratégico en la región para Estados Unidos, y  la amenaza directa de Trump contra Petro y la soberanía de Colombia.

    Un aliado incondicional contra los ascensos de postguerra

    A lo largo del siglo XX, la burguesía colombiana, tanto liberal como conservadora, se ha preocupado por mantener una relación de subordinación con el imperialismo norteamericano. Las precarias instituciones colombianas, la economía y las fuerzas armadas fueron moldeándose de acuerdo con los modelos estadounidenses, y se convirtieron en un apoyo incondicional a los intereses norteamericanos, especialmente luego del triunfo de la revolución bolchevique y de la amenaza de que esta se extendiera por el mundo.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un gran ascenso de masas en diversas partes del mundo; Latinoamérica no fue la excepción. Cuando el mundo fue repartido mediante los tratados de Yalta y Potsdam, procesos revolucionarios amenazaron con romper la estabilidad lograda. En 1949 triunfó la Revolución china, proceso que se extendió a Corea. De hecho, Colombia colaboró con Estados Unidos enviando tropas a la guerra de 1950.

    En América Latina, el ascenso de posguerra fue enfrentado por el imperialismo norteamericano, que auspició directamente golpes de Estado, combinado con la llamada Alianza para el Progreso, política asistencialista impulsada por Kennedy para contener la creciente influencia de la Revolución cubana en el continente. Utilizaba el discurso de la democracia y los derechos humanos, mientras organizaba, a través de la CIA, golpes de Estado, grupos contrarrevolucionarios, como en Centroamérica, y adoctrinaba las fuerzas armadas del continente en técnicas de tortura y guerra sucia.

    El narcotráfico, pretexto para la intervención imperialista 

    Durante las décadas de los años 60, la producción de narcóticos encontró terreno fértil para prosperar gracias a la vocación de las fracciones burguesas en Colombia, acostumbradas a enriquecerse con las bonanzas.

    El crecimiento del fenómeno de las drogas no demoró en entrar en la órbita de los problemas de “seguridad nacional” y nuevo pretexto para la política imperialista. Fue Nixon quien, en 1968, acuñó la frase “guerra contra las drogas”, manifestando así el carácter bélico y de “seguridad nacional” que se concretaría, bajo Reagan y Bush, a finales de los años 80, en el tratamiento militar del problema de las drogas.

    Así, mientras las ganancias del tráfico gozaron de impunidad en Estados Unidos, en Colombia la intervención militar  aumentó, combinando la contrainsurgencia con la persecución al narcotráfico. Igualmente, los agentes de la DEA, tuvieron vía libre para actuar en Colombia, con plena inmunidad a las leyes locales e internacionales. La guerra contra las drogas no ha sido más que un pretexto para la intervención imperialista.

    En diciembre de 1989, Bush invadió Panamá, derrocando a su presidente, Manuel Antonio Noriega, con el pretexto de su vinculación con el narcotráfico.

    El negocio del narcotráfico inyectó millones de dólares a la economía colombiana, y, también, alimentó los aparatos armados de las guerrillas y de los paramilitares, al tiempo que permeó y corrompió prácticamente todas las instituciones del régimen político colombiano. La incidencia del narcotráfico en la política llegó a un importante punto de crisis con las denuncias de financiamiento del cartel de Cali a la campaña presidencial del liberal Ernesto Samper, gracias a la filtración de grabaciones hechas por la DEA, lo que, junto  al fortalecimiento militar de las FARC, llevó a una importante desestabilización del régimen en 1996, que terminó allanando el terreno a los gobiernos conservadores de Andrés Pastrana y luego Álvaro Uribe Vélez.

    En el año 2000, bajo la presidencia de Bill Clinton, EE. UU. lanzó el Plan Colombia para hacerle frente a esta crisis y modernizó nuevamente el aparato militar y las instituciones del régimen político colombiano bajo el modelo y las necesidades norteamericanas.

    Pero su objetivo iba más allá de las fronteras de Colombia. También significó un plan preventivo de contención ante la gran inestabilidad política en la región. En esos años se dio una oleada de insurrecciones que dieron al traste con varios gobiernos en América Latina, al tiempo que gobiernos “progresistas” amenazaban la estabilidad de la dominación imperialista en el continente. Contar con un país incondicionalmente subordinado, como Colombia, servía a Estados Unidos como contención y prevención ante una situación altamente inestable, mientras que, con el Tratado de Área de Libre Comercio de las Américas (Alca, que, ante su fracaso, fue reemplazado por TLC bilaterales), se buscó una nueva ofensiva de sometimiento económico al servicio de Estados Unidos. En este contexto, Colombia recibió el deshonroso apelativo de “Israel (el Caín) de América Latina”, lo que ilustra el papel que históricamente ha desempeñado la burguesía de este país. De hecho, el monto de ayuda militar a Colombia entre 2001 y 2016 superó los 10.000 millones de dólares, lo que la colocó en el tercer país en recibir ayuda militar de Estados Unidos, después de Israel y Egipto.

    EL primer gobierno de Trump 

    Con el triunfo de Donald Trump en 2016, y su política de América Primero, se redireccionó la política exterior hacia América Latina. En Colombia, se mantuvo estrecha y armónica la relación con Trump, dado el abierto carácter proimperialista de los gobiernos de Juan Manuel Santos e Iván Duque, a pesar del mayor desinterés y desprecio de Trump hacia la región, quien, además, colocó en el mismo plano del terrorismo y el narcotráfico a los crecientes fenómenos migratorios, como problemas de seguridad nacional, lo cual planteó políticas más agresivas, especialmente hacia Centroamérica.

    Petro y Estados Unidos

    Entre 2019 y 2021, en Colombia, se dio un importante ascenso de las luchas, parte de una oleada que convulsionó principalmente a Ecuador y Chile, en la que las masas se movilizaron contra los gobiernos y sus políticas insoportables para las masas. Fruto de este ascenso, nuevamente triunfaron gobiernos “progresistas”, y en el caso de Colombia, con la llegada de Gustavo Petro al gobierno en 2022, se dio por primera vez en el país un gobierno de frente popular, rompiendo dos siglos de hegemonía de la burguesía liberal-conservadora.

    En relación con Estados Unidos, Petro contó al principio con un terreno favorable para su proyecto de “capitalismo humano”, además, contaba con el beneplácito de Joe Biden, en la medida en que no cuestionaba de fondo los pilares de la dominación imperialista de Estados Unidos sobre Colombia. Al contrario, renovó el papel de Colombia como socio privilegiado de Estados Unidos en la región, desempeñando un papel importante en la estrategia de negociar una transición en Venezuela. Sus intenciones de renegociar el TLC, buscar cambio de deuda por cuidar el Amazonas y apaciguar la lucha de clases exaltada en el continente recibieron elogios por parte de Biden. Incluso Petro le propuso a Biden reactivar la Alianza para el Progreso de Kennedy. Sin embargo, por parte de Estados Unidos no hubo cambios significativos en su política antidrogas, en el intercambio comercial ni en su injerencia en los procesos políticos en el continente. Al contrario de los deseos de Petro, Biden continuó con la reducción de la ayuda estadounidense y la represión de la migración.

    El regreso de Trump al gobierno, así como el recrudecimiento del genocidio de Israel contra Gaza, han planteado fricciones importantes en la relación con Estados Unidos, alimentadas por el lobby de la derecha colombiana, que ha contado con interlocutores importantes en los republicanos, especialmente con Marco Rubio. Este lobby se ha centrado en buscar el apoyo de la derecha en Colombia y en debilitar políticamente al gobierno de Petro, presionándolo por el tema del narcotráfico.

    Por su parte, Petro ha manifestado abiertas diferencias con Trump en el terreno de la crisis climática, el cambio de matriz energética, la migración y el narcotráfico, pero sobre todo con su postura contra el genocidio en Gaza y la ruptura de relaciones con Israel.

    La crítica a la agresiva deportación de migrantes colombianos fue respondida por Trump con amenazas de imponer mayores aranceles a los productos colombianos. Petro ha denunciado a Trump por su carácter negacionista ante la ciencia y el cambio climático. Sin embargo, estas contradicciones no han socavado los pilares de la dominación imperialista norteamericana sobre Colombia.

    Lo que realmente ha sido cualitativo ha provenido del propio Trump y su cambio en la política exterior condensada en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, con la cual retoma abiertamente la doctrina Monroe, planteando incluso su “Corolario Trump”, con la que retoma una política de mayor presencia militar en América Latina, la expulsión de potencias que disputan su hegemonía, una relación abiertamente transaccional con los estados y gobiernos (obtener ventajas y ganancias claras para Estados Unidos).

    Bajo esta nueva estrategia, desde hace meses, el discurso se ha endurecido hacia los gobiernos de Maduro y de Petro, usando la retórica del narcotráfico como pretexto para adelantar una ofensiva militar en el Caribe, específicamente dirigida contra Venezuela y Colombia.

    Como lo demostró la incursión militar del 3 de enero sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, la actual campaña militar naval de Trump en el mar Caribe y el Pacífico colombiano, en que bombardearon pequeñas embarcaciones y secuestraron barcos petroleros, obedecía principalmente al plan de Trump de derrocar a Maduro y apropiarse del Petróleo venezolano, y para amarga sorpresa de la oposición burguesa de derecha, en cabeza de Corina Machado, el control de Trump sobre Venezuela será ejecutado por el propio chavismo.

    El secuestro de Maduro también ha sido, abiertamente, una advertencia para Petro. Dice Trump que, de no seguir sus dictados  al pie de la letra, tendrá la misma suerte.

    Las horas y los días posteriores a la acción contra Maduro fueron de zozobra y angustia para Petro, pues Trump insinuó varias veces que él sería el siguiente. Al igual que la derecha en todo el continente, la mayoría de la burguesía opositora colombiana de derecha no solo aplaudió la intervención norteamericana, sino que le pidió a Trump que siguiera con Petro.

    Sin negar ni minimizar la gravedad de la amenaza actual de intervención, la situación en Colombia no es la misma que en Venezuela. Mientras Maduro personaliza la decadencia del proyecto nacionalista burgués del chavismo, con el cual ya han roto en su mayoría las masas venezolanas, Petro aún cuenta con un importante apoyo de masas que, ante un eventual ataque contra Colombia, puede desencadenar de nuevo un ascenso de luchas, esta vez con un componente antiimperialista que puede desestabilizar aún más la región. La apuesta de Trump por una transición controlada por el autoritarismo chavista en Venezuela muestra que le importa minimizar costos, por lo que una posible intervención en Colombia deberá tener en cuenta mucho más el factor de la lucha de clases.

    En medio de estas circunstancias, Petro recurrió al discurso antiimperialista, no solo para denunciar el secuestro de Maduro, sino también la amenaza contra su gobierno y contra Colombia, señalando la grave violación a la soberanía de Venezuela y el precedente que significaba para cualquier país. Convocó a una movilización antiimperialista para el día 7 de enero, llamando incluso a enfrentar, de ser necesario, con las armas una posible intervención en Colombia. Sin embargo, desde la diplomacia colombiana se buscó intensamente acercamientos con el Departamento de Estado para establecer un diálogo directo con Trump. Este se concretó con una llamada que, previa a la movilización, logró distensionar la situación, al parecer, estableciendo compromisos por parte del gobierno colombiano frente al narcotráfico.

    Luego de esta llamada y de mutuos elogios, el discurso antiimperialista de Petro ha bajado. Pero, de fondo, es claro que la amenaza de Trump sobre Colombia es real. Si se concreta en una acción militar directa contra Petro, o se mantiene como una amenaza disuasoria, dependerá en gran medida de la respuesta de Petro ante las crecientes exigencias de Trump y de la respuesta de las masas en las calles ante una agresión imperialista.

    Sin tener claro el curso de la actual crisis, ya es evidente que la actual ofensiva imperialista sobre Colombia es la más grave desde la separación de Panamá, lo que coloca la relación histórica de dominación sobre Colombia en el plano de una nueva ofensiva de profundización de la semicolonización sobre el país y el continente.

  • Trump vuelve a atacar a los inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio

    Trump vuelve a atacar a los inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio

    Por COCO SMYTH

    Durante los debates presidenciales de 2024 entre Biden y Trump, este último lanzó la grotesca acusación de que los inmigrantes haitianos «comían gatos y perros». Esta afirmación se había difundido por las redes sociales durante un tiempo antes de que la recogiera el agitador profesional Christopher Rufo, conocido por popularizar el pánico de la derecha, como el que se generó en torno a la «teoría crítica de la raza». Rufo y su Manhattan Institute llevaron estas falsedades a los oídos de J.D. Vance y Trump, quienes las convirtieron en algo habitual. Desde entonces, Springfield, Ohio, ha sido una piedra angular de la campaña chovinista de la derecha contra los inmigrantes.

    Ahora, en 2026, la atención se ha vuelto a centrar en Springfield tras los esfuerzos de la administración Trump por retirar el estatus de protección temporal a los inmigrantes haitianos y lanzar grandes redadas del ICE en la ciudad de Ohio.

    Springfield y la inmigración haitiana

    Springfield fue en su día un importante centro industrial que albergaba grandes empresas de impresión y maquinaria antes de las prolongadas oleadas de desindustrialización. El rápido crecimiento de la comunidad haitiana siguió a las medidas adoptadas por el gobierno municipal a partir de 2014 para frenar el fuerte declive de la ciudad acogiendo a inmigrantes.

    Esta apuesta funcionó y, junto con las subvenciones estatales y las desgravaciones fiscales, se convenció a diversos almacenes, fabricantes de piezas y un productor de semiconductores para que se instalaran en Springfield, aunque sin los sindicatos que eran habituales antes de la crisis. Desde la pandemia, Springfield ha experimentado la segunda tasa más alta de crecimiento del empleo en el estado de Ohio. Los haitianos fueron bienvenidos para cubrir las vacantes en estas industrias en crecimiento y ahora constituyen entre el 20 y el 25 % de los 60 000 residentes de Springfield.

    Aunque el programa de inmigración de la ciudad fue un éxito para el capital local, ha habido dificultades, como la sobrecarga de las escuelas y los sistemas médicos debido al fuerte aumento de la población. Estos problemas, junto con la visibilidad de la población haitiana en un entorno pintoresco, predominantemente blanco y de pequeña ciudad, que se asemeja ligeramente al ideal imaginario trumpista, convirtieron a Springfield en un blanco conveniente para las fijaciones antiinmigrantes y racistas.

    En los meses posteriores a que la administración impulsara las narrativas fabricadas sobre el consumo de gatos y perros en 2024, los haitianos de Springfield se convirtieron en el blanco de la extrema derecha. Las noticias locales de WDTN se refirió al verano de 2024 como el «verano del acoso» al referirse a las acciones de la «Tribu de Sangre», que llevó a cabo algunas de las acciones más escandalosas de la campaña general contra los haitianos de Springfield. La Tribu de Sangre es una organización y secta explícitamente nazi que se enorgullece de hacer lo que el resto de la extrema derecha quiere hacer, pero no se atreve a llevar a cabo.

    Según las acusaciones presentadas por la ciudad de Springfield en un proceso judicial contra la Tribu de Sangre, el grupo realizó 33 amenazas de bomba, divulgó información personal de haitianos y envió numerosos paquetes sospechosos que parecían bombas a simpatizantes locales de la comunidad haitiana durante ese verano. El 10 de agosto de 2024, ondearon banderas con esvásticas, gritaron insultos y apuntaron con armas a personas en un festival local de jazz y blues. El 28 de septiembre, la Tribu de Sangre se presentó con entre 20 y 30 hombres uniformados para una manifestación nocturna frente a la casa del alcalde de Springfield, Rob Rue. Dentro de la casa, el alcalde se sentó con una escopeta cargada, temiendo por la seguridad de su familia.

    Más allá de la Tribu de Sangre, la comunidad haitiana se enfrentó en 2024 a ataques de grupos de extrema derecha como Patriot Front y al acoso de racistas individuales. La provocación de la administración Trump tuvo graves consecuencias en el mundo real para la comunidad haitiana. Sin embargo, después de ese verano, la atención de la derecha se alejó de Springfield por un tiempo.

    Del vigilantismo al racismo legalizado

    Desgraciadamente, este respiro fue efímero. Bajo la envalentonada segunda administración Trump, los ataques contra los inmigrantes haitianos en Springfield han entrado en una nueva fase. En lugar de basarse únicamente en potenciar y envalentonar la violencia de los vigilantes de derecha, el Gobierno busca ahora una estrategia de acoso con apariencia de legalidad. En noviembre de 2025, la Administración Trump anunció que trataría de retirar el Estatus de Protección Temporal a los 350 000 haitianos a los que se les había concedido en todo Estados Unidos desde 2010.

    Una vez más, Springfield ha pasado a ser el centro de atención en la persecución de las comunidades de inmigrantes. El 5 de febrero de 2025, la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, anunció la inminente revocación del TPS para los inmigrantes haitianos. Durante el último año, esta decisión se ha enfrentado a numerosos obstáculos legales hasta llegar al Tribunal Supremo, dominado por la derecha. El Tribunal confirmó la decisión original de permitir la revocación. El DHS procedió a la terminación, con la fecha fijada para el 3 de febrero de 2026.

    A finales de enero, Springfield se preparó para la inminente revocación y las redadas del ICE. Se impartieron cursos de formación en algunas iglesias para prepararse para posibles redadas del ICE, y las escuelas y empresas se prepararon para las perturbaciones. Pero días antes del fin del TPS, otro juez federal intervino para bloquear la revocación, a la espera de más litigios.

    Todo esto deja a la comunidad haitiana en el limbo. La comunidad se ha estado preparando para el fin del TPS y las redadas del ICE, y se está preparando para la probable agitación que seguirá.

    Resistiendo la nueva ola de deportaciones

    Aunque en las redes sociales se han vuelto virales las imágenes generadas por IA que muestran a los habitantes blancos de Springfield dando la bienvenida a los agentes del ICE a la comunidad con fanfarria, las historias reales son de solidaridad.

    La comunidad de Springfield ha organizado docenas de eventos para expresar su solidaridad con sus vecinos y prepararse para defenderlos ante las intervenciones de la migra. El 20 de enero, Indivisible Springfield organizó una marcha por la paz, mientras que una iglesia local organizó una formación sobre los derechos de los inmigrantes a la que asistieron 200 personas el 24 de enero. La iglesia bautista misionera St. John’s de Springfield acogió un evento titulado «Here We Stand: Faith Leaders for Immigrant Justice and Family Unity» (Aquí estamos: líderes religiosos por la justicia para los inmigrantes y la unidad familiar), que reunió entre 500 y 1000 asistentes, superando el aforo de la iglesia. En este evento se recaudaron alrededor de 150 000 dólares para grupos de defensa.

    El día en que se bloqueó la revocación del TPS hubo muchas celebraciones locales. Estos son solo algunos de los muchos eventos que muestran la determinación de la comunidad de resistir a ICE y defender a sus vecinos.

    La solidaridad no se ha limitado solo a Springfield. En todo Ohio se han llevado a cabo docenas de protestas, manifestaciones y reuniones para protestar contra los ataques a los inmigrantes haitianos. El 7 de febrero, día de acción, se realizaron protestas en Columbus, Cleveland, Cincinnati, Dayton, Akron y Toledo, la mayoría de los principales centros poblacionales del estado. Los habitantes de Ohio han demostrado que están dispuestos a oponerse a los ataques contra la comunidad haitiana en todo el estado.

    A pesar de la continua tregua legal, debemos anticipar el fin del TPS y que se llevarán a cabo redadas a gran escala del ICE en Springfield. Es importante que preparemos el movimiento para luchar y ganar.

    Minneapolis ha dado ejemplo demostrando que el movimiento puede repeler los agresivos ataques de la administración Trump contra los inmigrantes. La participación activa de decenas de miles de personas en la defensa de Minneapolis contra la agresión del ICE ha obligado al gobierno a dar marcha atrás y anunciar el fin de la fase aguda de la invasión del ICE. La comunidad lo ha conseguido organizando a miles de personas para responder rápidamente a las redadas del ICE y organizando grandes manifestaciones masivas.

    Los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti galvanizaron la opinión pública en todo el país contra la invasión de Minneapolis y St. Paul. Minneapolis ha mostrado al país tanto la brutalidad descontrolada del ICE como la posibilidad de contraatacar y ganar. Tenemos que asimilar estas lecciones y aplicarlas a nuestra lucha en Ohio. El movimiento debe construir una influencia organizada a través de toda la comunidad de Springfield y movilizar a miles de personas contra cualquier posible operación del ICE. Tenemos que apoyar la firme iniciativa tomada por las iglesias y las organizaciones comunitarias y fomentar una mayor organización y movilización. Una respuesta eficaz requerirá métodos de organización masiva y el apoyo de todo el estado.

    El nivel de la organización en Ohio aún no ha echado las raíces profundas que ha echado en ciudades como Los Ángeles, pero tenemos que avanzar en esa dirección. El movimiento ha demostrado que puede detener la ofensiva de la administración Trump. Depende de todos nosotros apoyar a la comunidad haitiana en su lucha por una vida digna en este país. Solo a través de estos esfuerzos podremos aprovechar la victoria de Minneapolis y hacer de Springfield un lugar seguro para todos.

    (Foto superior) Agentes federales llevan a cabo una redada en Springfield, Ohio, a principios de febrero.

  • La presión imperialista aumenta la subordinación de México y la polarización social

    La presión imperialista aumenta la subordinación de México y la polarización social

    Por Pavel (CST, México) y Florence Oppen (WV, EEUU)

    Sheinbaum y la subordinación de México a la política económica de Trump

    El segundo mandato de Donald Trump ha reconfigurado aún más agresivamente la relación de dominación imperialista entre Estados Unidos y México. Lejos de inaugurar una etapa de confrontación por la soberanía nacional, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha optado por una política de adaptación activa a las exigencias económicas, comerciales y geopolíticas de Washington. El gobierno de Sheinbaum —a pesar de su discurso “en defensa de la soberanía”— cede sistemáticamente a esas presiones y las reproduce sobre los sectores explotados de la sociedad mexicana, profundizando la inserción subordinada del país en la economía estadounidense, en el marco de la nueva versión de la Doctrina Monroe impuesta por Trump.

    Uno de los ejes centrales de esta relación de dominación es la política comercial. Desde el inicio de su nuevo mandato, Trump utilizó los aranceles como instrumento de presión directa. En junio de 2025, Trump impuso a México gravámenes generales del 25 % sobre mercancías no contempladas en el T-MEC (el sustituto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 2020), del 25 % sobre automóviles y hasta del 50 % sobre acero, aluminio y cobre. Estas medidas no respondían solo a criterios económicos, sino que estaban explícitamente vinculadas a exigencias políticas: el control migratorio, el endurecimiento de la “guerra contra las drogas” y el alineamiento con la ofensiva estadounidense contra China.

    El impacto de estas medidas sobre la economía mexicana fue inmediato. El Banco de México revisó a la baja su previsión de crecimiento para 2025, reduciéndola de 0,6 % a 0,3 %, en un contexto de creciente riesgo de estancamiento económico (Banco de México, 2025).

    Dado que la industria mexicana depende en gran medida del mercado estadounidense, los aranceles no solo afectan las exportaciones, sino que también reconfiguran las cadenas productivas, presionan los salarios y trasladan los costos de la disputa comercial a la clase trabajadora. México exporta aproximadamente el 76 % de su acero terminado a Estados Unidos. En 2025, las exportaciones del sector automotriz registraron una caída cercana al 6 %, mientras que otros sectores manufactureros experimentaron un crecimiento interanual de alrededor del 17 %, reflejando una reorganización desigual de la producción en función de las necesidades del capital estadounidense. Esta dinámica confirma que la estrategia de Washington no apunta a una ruptura con México, sino a una integración más profunda y jerárquica entre ambas economías.

    El problema, en realidad, es mucho más profundo que la política comercial. En las últimas 5 décadas, las cadenas de valor de la producción de ambos países, que cruzan la frontera entre EE. UU. y México, múltiples veces antes de que un producto llegue al consumidor final, han sido integradas con una jerarquía clara. Su objetivo no es solo reducir costos para las empresas estadounidenses, sino también reforzar su capacidad competitiva frente a China, principal rival estratégica de Estados Unidos. Ahora, este entramado industrial, está destinado a desempeñar un rol aún más importante frente a la competencia de China, que no solo es un competidor comercial, sino que también tiene la capacidad de producir a una escala mayor. El Proyecto 2025 y la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump subrayan la necesidad de relocalizar la producción de China hacia el “hemisferio occidental” y de consolidar un bloque productivo regional, bajo el liderazgo estadounidense, que pueda rivalizar con el nuevo imperialismo asiático. Como vamos a ver, toda la política económica del gobierno de Sheinbaum anunciada en el “Plan México” a principios de 2025 no es sino el “corolario mexicano” del “corolario Trump” de la Doctrina Monroe.

    En este contexto, México ocupa un lugar clave como territorio de relocalización de la producción (nearshoring) bajo control estadounidense.  El Plan México, presentado por la presidenta Claudia Sheinbaum en enero de 2025, tiene como objetivo principal atraer inversiones nacionales y extranjeras masivas a través de más de 2 mil proyectos registrados, para elevar la proporción de inversión respecto al PIB por encima del 25% en 2026, además de generar 1,5 millones de empleos adicionales.

    Sin embargo, hasta el momento, este plan se ha concretado de manera parcial y desigual. Lejos de constituir una estrategia de desarrollo soberano, su implementación responde fundamentalmente a las necesidades de relocalización de la producción del capital estadounidense.

    En enero de 2026, GM de México, que cuenta con cuatro plantas en el país, anunció que invertirá 1.000 millones en 2026-2027 con el ojo puesto en la conversión de plantas para fabricar vehículos eléctricos. Esta decisión no expresa una apuesta estructural por el desarrollo industrial mexicano, sino una reacción defensiva frente a la creciente competencia de los fabricantes chinos en el mercado nacional. La multinacional china BYD, actualmente el mayor productor mundial de vehículos eléctricos casi duplicó su volumen de ventas en México en 2025 y concentró alrededor del 60–70 % de las ventas de vehículos híbridos en el país. A este anuncio le siguió el de Pilgrim’s Pride, multinacional estadounidense especializada en la industria avícola, que comunicó una inversión de 1.300 millones de dólares entre 2026 y 2030 destinada a la modernización de sus plantas en territorio mexicano.

    Si bien el gobierno mexicano ha señalado que el portafolio nacional de inversiones alcanza aproximadamente 277.000 millones de dólares, este volumen resulta insuficiente para cumplir la meta oficial de inversión del 25 % del PIB para 2026. En 2025, la inversión representó alrededor del 22 % del PIB, una caída respecto del 24,8 % registrado en 2024, lo que refleja la persistente incertidumbre económica tanto a nivel nacional como regional.

    Más allá de estas cifras, lo central es que las inversiones promovidas por el Plan México responden prioritariamente a las necesidades del reshoring del capitalismo estadounidense, lo que constituye un proletariado recolonizado y no un proyecto orientado a las necesidades de la población mexicana que avance hacia la soberanía nacional.

    La otra cara del Plan México es la adopción de medidas comerciales alineadas con la ofensiva estadounidense contra China. En particular, el gobierno mexicano anunció la imposición de aranceles a más de 1.400 productos provenientes de China y de otros países asiáticos, incluidos textiles y calzado. Estas medidas afectan directamente a China, segundo socio comercial de México, con quien el intercambio bilateral superó los 130.000 millones de dólares en 2024 y representó alrededor del 20 % de las importaciones mexicanas. Lejos de fortalecer una política industrial autónoma, esta orientación confirma que México es integrado como una pieza funcional en la competencia interimperialista entre Estados Unidos y China, profundizando su condición de economía dependiente.

    El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), presentado por los gobiernos mexicanos sucesivos como una plataforma de estabilidad y certidumbre, funciona, en la práctica, como un mecanismo de dominación que ata la economía mexicana a las necesidades estratégicas del capital estadounidense. Lejos de garantizar una relación simétrica, el tratado consolida un patrón de inserción basado en mano de obra barata, en regulación laboral flexible y en subordinación productiva dentro de las cadenas de valor dominadas por Estados Unidos.

    Si bien alrededor del 85 % de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos ingresan actualmente sin aranceles en el marco del T-MEC esta condición dista de ser una garantía estructural. La amenaza permanente de nuevas tarifas actúa como un instrumento de presión política que limita el margen de maniobra real del Estado mexicano. El tratado contempla una revisión obligatoria en 2026, pero esta instancia ha sido vaciada de contenido incluso antes de comenzar. El 13 de enero de este año, durante una conferencia de prensa en una planta de Ford en Detroit, lo volvió a dejar claro: “Ni siquiera pienso en el T-MEC”. O sea, quiero que a Canadá y México les vaya bien. Pero el problema es que no necesitamos sus productos No necesitamos autos fabricados en México. Queremos fabricarlos aquí.”.

    Frente a este desprecio abierto, la respuesta del gobierno de Claudia Sheinbaum resulta reveladora. En lugar de denunciar el carácter extorsivo de los aranceles o cuestionar la asimetría estructural del tratado, la administración mexicana insiste en sostener la ficción de una negociación entre iguales. En octubre de 2025, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, afirmó que las conversaciones preparatorias para la revisión del T-MEC presentaban un avance “de alrededor del 90 %,”, tras más de 80 reuniones bilaterales admitiendo que no se trataba de acuerdos definitivos y que el T-MEC volvería a ser renegociado bajo condiciones todavía más desfavorables. Del mismo modo, en respuesta al exabrupto de Trump este enero, Sheinbaum contestó afirmando: «Estoy convencida, pues, de que va a seguir la relación comercial con Estados Unidos (…) Las economías de México, Estados Unidos y Canadá están altamente correlacionadas; quienes más defienden el T-MEC son los empresarios estadounidenses».

    En ningún momento el gobierno y los analistas burgueses que le hacen eco se han plantado para defender una política económica independiente que permita reindustrializar el país con el objetivo de satisfacer las necesidades de la clase trabajadora y detener la destrucción del medio ambiente. Lejos de plantear una estrategia orientada a romper con esta dinámica, el gobierno de Sheinbaum ha llegado a presentarse como “el país mejor colocado” frente a la guerra arancelaria de Trump, es decir, como el socio dispuesto a ceder más rápido y más profundamente ante las exigencias de Washington.

    Desde una perspectiva histórica, esta política de sumisión a los intereses del imperialismo estadounidense no es nueva en México. Se inscribe en una larga tradición de subordinación de las burguesías latinoamericanas… que también incluye a los gobiernos progresistas, pese a su retórica diferenciada, que han demostrado una incapacidad recurrente para romper con ese patrón. En el caso mexicano, el actual gobierno reproduce este esquema bajo una forma más sofisticada, pero ya conocida, la del cardenismo, combinando un discurso nacionalista y de progreso de fachada con una práctica de integración dependiente, es decir, administrando la subordinación en lugar de movilizar a las fuerzas sociales del país para enfrentarla.

    México se consolida como gendarme del imperialismo estadounidense

    La militarización de la frontera entre México y Estados Unidos constituye uno de los ejes más visibles y persistentes de la subordinación del Estado mexicano a la política imperialista estadounidense. Durante el segundo mandato de Donald Trump, este proceso no solo se ha profundizado, sino que ha adquirido un carácter cualitativamente nuevo. Desde los primeros meses del nuevo gobierno estadounidense, Trump retomó y radicalizó su agenda antimigratoria, presentando la migración como una “invasión” y un problema de seguridad nacional, lo que sirvió de justificación para un endurecimiento represivo sin precedentes, combinando el despliegue directo de las fuerzas armadas estadounidenses del lado norte con una creciente externalización del control migratorio hacia territorio mexicano.

    Desde los primeros meses del nuevo gobierno estadounidense, Trump retomó y radicalizó su agenda antimigratoria. La migración fue presentada nuevamente como una “invasión” y un problema de seguridad nacional, lo que justificó medidas de excepción para reprimir con brutalidad a los inmigrantes dentro y fuera del país, mediante redadas de las patrullas de ICE que operan con total impunidad, asesinando, amenazando y deteniendo a inmigrantes y ciudadanos sin respeto alguno por la ley.

    Un elemento central de esta ofensiva fue la creación, a comienzos de 2025, de nuevas zonas militares a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos, denominadas oficialmente “Áreas de Defensa Nacional”, que abarcan aproximadamente 400 kilómetros y quedan bajo control directo del Pentágono. Estas zonas —ubicadas en Arizona, Texas, Nuevo México y El Paso— permiten que las Fuerzas Armadas estadounidenses detengan a personas migrantes sin recurrir a leyes especiales como la Ley de Insurrección de 1807, lo que normaliza la intervención militar en tareas de control civil. Se estima que actualmente hay más de 9.000 soldados estadounidenses desplegados en la frontera: 4.200 bajo órdenes federales y alrededor de 5.000 de la Guardia Nacional bajo el control de los gobernadores. A este contingente se suman más de 100 vehículos blindados Stryker, drones de vigilancia, aeronaves espía y al menos dos buques de la Armada desplegados en tareas de monitoreo costero.

    Este proceso no puede comprenderse de manera aislada del papel desempeñado por el Estado mexicano. Mientras Estados Unidos refuerza su frontera con una lógica abiertamente militar, México asume la función complementaria de contención desde el sur y el norte de su propio territorio.

    En febrero de 2025, el gobierno de Claudia Sheinbaum aceptó desplegar 10.000 nuevos elementos de la Guardia Nacional en los estados fronterizos como parte de un acuerdo con la administración de Trump que permitió suspender por un mes la aplicación de aranceles del 25 % a las exportaciones mexicanas. Este refuerzo se sumó a un contingente previo que ya superaba los 50.000 efectivos en entidades como Tamaulipas, Chihuahua, Baja California, Sonora, Coahuila y Nuevo León, elevando el número total de fuerzas involucradas en tareas de control migratorio y seguridad fronteriza a cerca de 60.000.

    La lógica de este despliegue no es ambigua. Aunque el discurso oficial insiste en que se trata de combatir el tráfico de drogas y garantizar la seguridad, los propios anuncios gubernamentales reconocen que el objetivo prioritario es frenar el flujo migratorio. México actúa, en los hechos, como la primera línea de contención de la política migratoria estadounidense, deteniendo, dispersando y deportando a personas antes de que lleguen a la frontera norte. Esta función de gendarme regional no es nueva —ya había sido consolidada durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador—, pero bajo Sheinbaum se mantiene y se profundiza como moneda de cambio en las negociaciones comerciales y diplomáticas.

    La militarización fronteriza incluye además un entramado tecnológico y empresarial cada vez más sofisticado. Empresas israelíes especializadas en tecnología militar y de vigilancia, como Elbit Systems, participan en la instalación de sistemas de monitoreo, muros “inteligentes” y dispositivos de control tanto del lado estadounidense como en territorio mexicano. Estas tecnologías, desarrolladas y probadas en contextos de ocupación y control poblacional en Palestina, convierten la frontera en un laboratorio de guerra contra las personas migrantes, reforzando una lógica de apartheid migratorio.

    La militarización no solo criminaliza a quienes migran, sino que también normaliza la presencia del Ejército en tareas de control poblacional, y sirve para dividir y aumentar la explotación de la clase trabajadora en su conjunto. Personas que huyen de la pobreza, la violencia o el desempleo —fenómenos en gran medida producidos por las propias políticas económicas y geopolíticas de Estados Unidos en la región— son tratadas como amenazas para la seguridad. Mientras tanto, el capital atraviesa las fronteras sin control alguno, y las causas estructurales de la migración permanecen intactas.

    La “guerra contra las drogas”: pretexto imperialista, militarización y barbarie social

    La llamada “guerra contra las drogas” constituye uno de los pilares históricos de la intervención imperialista de Estados Unidos en México y en América Latina. Lejos de tratarse de una política orientada a resolver un problema de salud pública o a reducir la violencia, ha funcionado como un dispositivo de control territorial, militarización y control social.

    Bajo el segundo mandato de Donald Trump, esta estrategia adquirió una nueva radicalidad con el objetivo de retomar cierto control sobre los cárteles. El gobierno de Claudia Sheinbaum, pese a su retórica crítica, ha optado por profundizar la cooperación con Washington, reproduciendo los efectos destructivos de esta política sobre la clase trabajadora y los sectores populares.

    El gobierno estadounidense volvió a colocar el narcotráfico en el centro de su agenda regional, utilizando una retórica belicista que combina un falso discurso de “seguridad nacional”, racismo y amenazas explícitas de intervención militar. Entre las propuestas más significativas se encuentra la intención de declarar a los llamados “cárteles” como organizaciones terroristas extranjeras, una medida que habilitaría legalmente operaciones extraterritoriales, sanciones financieras ampliadas y acciones militares directas.

    En el caso mexicano, esta amenaza se ha combinado con declaraciones abiertas de Trump sobre la posibilidad de realizar ataques terrestres contra supuestas instalaciones de cárteles en territorio nacional, lo que viola de manera flagrante la soberanía del país.

    Es importante situar el hecho de que en México tenemos una suerte de “narcoestado” en el sentido de que sectores de la burguesía mexicana, a raíz del corporativismo y clientelismo heredados del régimen del PRI, tienen una participación indirecta en los dividendos del narcotráfico y otras actividades ilegales (como el robo de combustible, el blanqueo de capitales o la trata de personas), a través de la extorsión.

    La respuesta del gobierno de Claudia Sheinbaum frente a esta ofensiva ha sido ambigua en el discurso, pero clara en los hechos. Mientras sostiene que la problemática de las drogas debe abordarse como un fenómeno social y de salud pública, su administración ha intensificado la cooperación exigida por Washington.

    Un ejemplo central de esta subordinación es el aumento de las extradiciones de presuntos dirigentes del crimen organizado a Estados Unidos. En el último período, al menos 29 personas fueron entregadas a tribunales estadounidenses, muchas de ellas de alto perfil. Estas extradiciones se presentan como gestos de cooperación, pero, en la práctica, refuerzan la subordinación judicial y política de México, trasladando la administración de justicia a Estados Unidos.

    Asimismo, se ha incrementado el despliegue de las fuerzas federales en operativos de seguridad interna. Esto se debe a que los cárteles mexicanos han sufrido un desgaste en su enfrentamiento con las Fuerzas Armadas y se han visto obligados a reclutar y entrenar a jóvenes. Según un informe, se calcula que hay “20 y 30 mil menores de edad que están funcionando como sicarios”. La ofensiva contra el Cártel de Sinaloa, encabezada por el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, implicó el despliegue de cientos de soldados y de fuerzas federales. Lejos de reducir la violencia, estas acciones tienden a provocar disputas internas entre facciones criminales, generando picos de enfrentamientos armados y un aumento de las muertes de civiles. La captura y la posterior extradición de Ismael “El Mayo” Zambada son ilustrativas en este sentido, ya que desataron una escalada de violencia en ciudades como Culiacán.

    Las consecuencias sociales de esta estrategia son devastadoras. México registra actualmente más de 125.000 personas desaparecidas y se han documentado alrededor de 2.700 fosas clandestinas en todo el país. El hallazgo de un campo de exterminio en el estado de Jalisco, con más de 500 cuerpos y crematorios subterráneos, pone de manifiesto la dimensión de la barbarie social asociada a la militarización y a la economía criminal (Fiscalía del Estado de Jalisco, 2025). El hallazgo de un campo de exterminio en el estado de Jalisco, con más de 500 cuerpos y crematorios subterráneos, pone de manifiesto la dimensión de la barbarie social asociada a la militarización y a la economía criminal

    Esta violencia presenta un claro sesgo de clase: son los sectores empobrecidos, las juventudes precarizadas, las comunidades indígenas y las mujeres quienes cargan con el principal peso del terror, mientras que amplios sectores de la burguesía se benefician directa o indirectamente de esta economía criminal.

    Un elemento sistemáticamente ocultado por la narrativa oficial es el papel del propio imperialismo estadounidense en la reproducción del narcotráfico. Estados Unidos no solo es el principal mercado consumidor de drogas, sino también un actor clave en la provisión de armas y en el lavado de dinero asociado a estas redes. En la última década, el 74 % de las armas ilegales incautadas en México provenía de estados estadounidenses como Texas, Arizona y Florida,

    Asimismo, la complicidad de las agencias estadounidenses tampoco es un secreto. Existen antecedentes documentados de colaboración entre agencias estadounidenses y organizaciones narcotraficantes, como ocurrió en los años ochenta con el financiamiento de la Contra nicaragüense mediante el tráfico de drogas, así como casos más recientes que involucran a funcionarios de la DEA y del FBI.

    En este sentido, la “guerra contra las drogas” no constituye una cruzada moral ni una política de seguridad eficaz, sino un instrumento selectivo que criminaliza a los sectores populares mientras preserva los intereses estratégicos del imperialismo y de las élites locales. La guerra contra las drogas ha justificado la militarización del Estado mexicano desde 2006, bajo Calderón, y ha sido financiada por EE. UU.  Los gobiernos posteriores, incluidos los de corte progresista, no rompieron con esta lógica.

    Los límites de la Cuarta Transformación (4T)

    La sociedad mexicana acumuló durante muchas décadas una tremenda desigualdad económica e injusticia social. A lo largo de toda nuestra historia hubo enormes levantamientos, revoluciones y una resistencia permanente. El ascenso más reciente se remonta a 2014: los pueblos de México volvieron a enfrentar esa injusticia. El detonante fue, sin duda, el crimen de Estado contra los 43 de Ayotzinapa. La inmensa ola de indignación y movilizaciones produjo un cambio radical en la situación. A esas acciones les siguieron la Jornada magisterial de huelgas contra la “Reforma educativa” neoliberal en 2016 y, en ese contexto, la masacre de Nochixtlán. Un punto culminante de ese proceso fue el masivo levantamiento contra el “Gasolinazo” de 2017, cuando se crearon cientos de asambleas populares y rebeliones locales, y en las calles de todo México cientos de miles de personas gritaban “¡Fuera Peña!”.

    La “mafia del poder”, la “minoría rapaz”, se espantó y decidió “sacarse algunos anillos para perder los dedos”. Y así fue como apeló a López Obrador, para encarnar la “esperanza de México”. Dejaron archivado que años antes el mismo AMLO lo había estigmatizado como un “peligro para México”. Y por si les quedaban algunas dudas, AMLO les explicó a los mayores banqueros de México, reunidos en el palaciego Hotel Prince de Acapulco, que si no era él “¿Quién va a amarrar al tigre?”…

    Hoy, pasado el sexenio y en el “Segundo piso” de la “Cuarta Transformación”, los paliativos asistenciales a los sectores más sumergidos en la miseria –que fueron recibidos con alivio y bendiciones al inicio del sexenio pasado– ya no logran compensar el malestar de otros amplios sectores de obreros y explotados, que, con extensas jornadas semanales, generan enormes riquezas y no salen de la precariedad. Las becas y otras ayudas no resolvieron la falta de perspectivas para un sector mayoritario de la juventud: con trabajos informales, inestabilidad laboral o contratos “basura” que violan las leyes y todos los derechos laborales, sin seguro social ni prestaciones, largas jornadas de trabajo sin respeto al horario de término ni a los descansos, sin acceso a vivienda propia y con dificultades para asumir una renta debido a los bajos salarios. Y también la frustración de aquellos que, con grandes sacrificios para sus familias, han terminado sus estudios y no encuentran trabajo ni cercano a su especialidad, sino puras “chambas” precarias.

    Las expectativas de mejoría que generó el gobierno de AMLO empiezan a transformarse en decepción, incertidumbre y desconfianza. La “esperanza” popular se va tornando en angustia y apatía, y comienza a dar paso al hartazgo. Esa decepción aún no genera acciones masivas de los explotados por el brutal freno del charrismo sindical, fiel al poder de turno, y también porque las masas desconfían de esa derecha rancia que ahora es “rabiosa opositora”.

    ¿Por qué sucede esto? Porque los cambios fueron superficiales, pero no de fondo. Cambió el presidente y el partido de gobierno, pero no cambió el régimen, que sigue al servicio de los oligarcas. Para peor, numerosos odiados personajes del PRI y del PAN saltaron como “chapulines” a acomodarse en el oficialista Morena. A pesar del lema “Para bien de todos, primero los pobres”, fueron los grandes magnates quienes primero duplicaron sus fortunas.

    Tampoco cambió la subordinación semicolonial del país. La deuda externa creció a casi la mitad (49,9 %) del Producto Interno Bruto. El yugo del TLCAN, firmado en 1992, demostró ser un instrumento de saqueo de las riquezas del país y de la ruina del campesinado, y se reforzó con la firma del T-MEC en 2018. Por otro lado, sigue creciendo la injerencia de la DEA y del propio Trump en relación con su supuesto “combate al narco”. Y al decadente magnate imperialista no le faltan excusas cuando queda al desnudo la colusión del crimen organizado con muchos gobernadores, alcaldes, diputados y senadores.

    La manipulación de TV Azteca, Trump y el PAN

    Como ha pasado antes en otros países del continente: Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador… Ante el fracaso de los gobiernos que se dicen “progresistas” o incluso “de izquierda”, también aquí los viejos sectores políticos reaccionarios que gobernaron México durante más de 80 años sienten que ha llegado “la hora de su revancha”. Y algunos de esos mismos oligarcas salen hoy con sus poderosos medios de difusión para manipular el malestar popular justificado y las manifestaciones del enojo de amplios sectores de las clases medias del campo y de la ciudad. Manipulan intentando darle un cauce tan ultrarreaccionario como sus propios intereses capitalistas y que en realidad van contra los intereses de la mayoría de los propios manifestantes, aunque no lo sepan.

    No vamos a desperdiciar espacio de esta nota en describir los motivos de la ira del usurero dueño del “Banco Azteca” y de la red comercial “Electra”, Ricardo Salinas Pliego, quien se niega a pagar impuestos adeudados desde hace largos años por un valor de casi 3 mil millones de dólares. Justo Salinas Pliego fue uno de los que apoyaron la campaña electoral de AMLO, por lo que su banco recibió el favor del poder durante el sexenio pasado. Ahora, en lugar de pagar sus deudas con el Estado, prefiere gastar millones en manipulación mediática opositora. Tampoco nos detendremos demasiado en las “pruebas” presentadas por Luisa María Alcalde, presidenta de Morena, sobre el contrato que el PAN firmó con un joven de la “Generación Z”, convocante de la marcha del 15 de noviembre… Tampoco creemos productivo zambullirnos en la trama de tantos otros montajes y provocaciones. Porque son parte de la “guerra sucia” entre los propios partidos del podrido régimen, que sirven a los oligarcas capitalistas y de ninguna manera “a los pobres”. Repudiamos esa riña entre explotadores en la que usan a los explotados. Para nosotros, la verdadera lucha no es entre las letras 4T y Z. ¡Es la lucha de los explotados y oprimidos contra todos los explotadores y opresores!

    Las legítimas luchas de diversos sectores sociales

    Apoyamos con todas nuestras modestas fuerzas las acciones directas de sectores, como el paro y plantón de los maestros de la CNTE por la falta de respuestas a sus demandas –apoyadas por la mayoría de los trabajadores de diferentes sectores–, la abrogación de la neoliberal Ley del ISSTE de 2007, así como por un sistema jubilatorio solidario y por un mayor presupuesto para Educación, Salud y Seguridad Social. Los bloqueos de miles de agricultores en varios estados, perjudicados por el T-MEC y hartos del parasitismo de los cárteles que les imponen “el impuesto criminal”, tienen un gran impacto económico y social en México”. Las organizaciones que lo agrupan convocaron a un nuevo bloqueo de carreteras y una acción conjunta con los transportistas de carga. Luchan contra los grandes intermediarios como “Maseca” y otras corporaciones en demanda de un precio de sostén para el maíz, cuyo precio se define en la Bolsa de Chicago y que en EE. UU. está subsidiado. También en la Ciudad de México, ha habido una lucha contra la gentrificación y los desalojos de vivienda.

    Por otra parte, crece la indignación de las centenas de miles de pobladores afectados por las inundaciones en Veracruz y otros estados, por el abandono de los gobiernos de todos los niveles, y la incertidumbre de los obreros de Pemex de Poza Rica ante la parálisis de la planta productiva, producto de la destrucción causada por las inundaciones. México se ubica en el 4.º lugar en asesinatos de defensores o activistas ambientales y sociales, y por eso el movimiento contra la criminalización de los movimientos sociales es clave. Ayotzinapa, por ejemplo, revivió la memoria de la lucha estudiantil y de la juventud trabajadora (aunque en menor grado), ya que se reivindica la tradición de las luchas de los 60 (1968, 1971) y de los 90.  Se destaca en este contexto de colapso ambiental la lucha de los trabajadores tecnólogos del agua del SITIMTA, que resisten en defensa del derecho humano al agua contra los planes privatizadores del recurso hídrico, al servicio de las transnacionales, como las refresqueras y cerveceras, así como de los grandes latifundistas, y contra la creciente contaminación de los mantos acuíferos por parte de Pemex y otras corporaciones extractivas.

    En este contexto de crecientes tensiones, el detonante que enardeció a las masas de Michoacán fue el asesinato a quemarropa de Carlos Manzo, el presidente municipal de Uruapan, enfrentado tanto a los cárteles como al gobernador michoacano de Morena, Alfredo Ramírez Bedoya. Este alcalde, surgido de las filas de Morena, de la que fue diputado federal, rompió con Morena, se postuló como candidato independiente, ganó y se perfilaba para postularse a la gobernación. Por si faltaran factores de indignación, saltan los escándalos de colusión con el narco de algunos personajes notorios de Morena, como el senador Adán Augusto –muy cercano a AMLO– y otros altos oficiales de Marina, parientes del exsecretario de SEMAR, implicados en el “huachicol” fiscal y de hidrocarburos.

    El gobierno no resolvió ninguna de estas demandas, pero sí cumple con las exigencias del imperialismo y de los oligarcas locales que le imponen planes para profundizar la explotación y el saqueo del país. Todas estas falencias y agravios están cambiando la situación política en el país. No pretendemos aquí dar una opinión acabada de un proceso inacabado y, además, incipiente. Pero algo es evidente: el “Segundo piso de la 4T” presenta grietas.

    Para lograr una verdadera soberanía, necesitamos lograr independencia política de los trabajadores 

    El análisis de la relación entre México y Estados Unidos bajo el segundo mandato de Donald Trump, así como de la respuesta del gobierno de Sheinbaum, conduce a una conclusión central: no existe una salida progresiva dentro de los marcos de la subordinación imperialista ni mediante la administración “realista” de la dependencia. Ni la diplomacia cautelosa, ni la cooperación en materia de seguridad, ni la adaptación a la guerra comercial estadounidense ofrecen una defensa efectiva de la soberanía ni una mejora sustantiva de las condiciones de vida de las mayorías.

    El gobierno de Sheinbaum combina declaraciones formales contra el injerencismo con una práctica sistemática de concesiones: profundización del T-MEC, alineamiento con la política comercial de Trump, militarización de las fronteras, cooperación en inteligencia y extradiciones en el marco de la “guerra contra las drogas”.

    Esta contradicción no es accidental, sino estructural. El progresismo gobierna sobre economías dependientes, integradas de manera subordinada al mercado mundial, y busca conciliar intereses incompatibles: por un lado, contener el descontento social; por otro, garantizar la estabilidad necesaria para la reproducción del capital y el cumplimiento de los compromisos con las potencias imperialistas. El resultado es una política de administración del conflicto, no de transformación, que deja intactos los mecanismos de dominación y explotación.

    La ofensiva imperialista encabezada por Trump —expresada en amenazas de intervención militar, chantajes arancelarios, criminalización de la migración y expansión de la militarización— pone en evidencia la impotencia de esta estrategia. Frente a un imperialismo que actúa abiertamente mediante la coerción, la diplomacia sin respaldo social se revela insuficiente. Las declaraciones de principios, las apelaciones al derecho internacional o a la “comunidad internacional” no han frenado ni la intervención en Venezuela, ni el genocidio en Gaza, ni la militarización de la frontera, ni las amenazas directas contra México.

    El único camino para lograr la justicia social y la independencia nacional y no volver a caer en falsas alternativas ni ser usados como instrumentos involuntarios de las disputas por el poder entre los dueños del dinero grande, es construir una alternativa política independiente de los trabajadores, que encabece las luchas de todos los explotados y aspire no sólo a reclamar al gobierno de los patrones una porción de la riqueza que producimos, sino a establecer un gobierno obrero, campesino y popular. La construcción de una alternativa obrera implica, en primer lugar, romper con esa pasividad a la que contribuyen las burocracias sindicales. Por eso, frente a la militarización y al avance imperialista, es necesario que las centrales sindicales, los sindicatos combativos, el movimiento estudiantil y las organizaciones populares asuman un rol activo. No se trata solo de pronunciarse, sino de movilizar, organizar paros, huelgas y acciones coordinadas, y generar espacios de organización con democracia obrera e independencia de clase que enfrenten tanto las amenazas externas como las políticas internas que las viabilizan.

    Desde las luchas de nuestra clase, debemos formular una alternativa política independiente, un programa por la verdadera independencia méxicana, un programa de soberanía nacional y de emergencia climática que cuestione de raíz los pilares de la política imperialista estadounidense (la guerra contra las drogas, la criminalización de la migración y la militarización de la vida social) sin alimentar ninguna expectativa en los imperialismos rivales como el chino. Esto implica plantear medidas que hoy son excluidas del debate oficial, como la desmilitarización del país, el retiro del Ejército de las tareas de seguridad interna, la legalización de las drogas para desarticular el negocio criminal y la reorientación del gasto militar hacia salud, educación, vivienda y empleo. En esa tarea estamos empeñados los que nos agrupamos en la Corriente Socialista de los Trabajadores; los llamamos a poner un granito de arena en esa construcción.

  • Los maestros de San Francisco hacen huelga… ¡y ganan!

    Los maestros de San Francisco hacen huelga… ¡y ganan!

    Por un DOCENTE DE SAN FRANCISCO

    Los educadores y trabajadores escolares de San Francisco hemos ganado nuestra primera huelga en casi 50 años. La huelga galvanizó a todo nuestro sindicato, obtuvo el apoyo de la clase trabajadora de la ciudad y obligó a un distrito que se había mostrado intransigente durante mucho tiempo a ceder ante nuestras principales reivindicaciones de mejores condiciones laborales y de vida.

    Nuestros 6000 miembros mantuvieron los piquetes durante cuatro días, entre el 9 y el 12 de febrero. Demostramos que, mediante la huelga, los trabajadores podemos conseguir mejoras en nuestras vidas. Esta victoria da más fuerza a nuestro sindicato para seguir luchando por escuelas totalmente financiadas y en defensa de nuestros derechos democráticos en una sociedad cada vez más autoritaria.

    Durante los meses de negociaciones, el Distrito Escolar Unificado de San Francisco dijo que estaba en bancarrota y que no podía satisfacer nuestras demandas. Nuestro sindicato denunció su mentira y demostró, mediante nuestro propio análisis financiero, que el distrito disponía en realidad de un enorme fondo de reserva que podía invertirse en nuestras escuelas. Las respuestas del distrito a nuestras propuestas estaban muy por debajo de lo que considerábamos aceptable. Por lo tanto, tras dos votaciones a favor de la huelga celebradas en diciembre y enero, respectivamente, nuestros miembros votaron por abrumadora mayoría a favor de la huelga, por primera vez desde 1979. Nuestra dirección fijó la fecha de la huelga para el 9 de febrero, incluso después de que el recién elegido alcalde Daniel Lurie instara al sindicato a aplazarla tres días.

    Entre la madrugada y el mediodía, los miembros del sindicato, junto con simpatizantes de la comunidad y estudiantes, hicieron piquetes frente a nuestras escuelas. Marchamos, coreamos consignas, compartimos el pan y nos conectamos de una manera que nunca antes había sido posible. Nuestra carga de trabajo como educadores nos obliga a permanecer en nuestras aulas, lo que a menudo nos aísla. Esta huelga reconstruyó la unidad y la solidaridad en torno a la lucha por nuestras escuelas y nuestros estudiantes.

    Aunque nuestro equipo de negociación mostró su disposición a negociar y escuchar propuestas razonables del distrito en los días previos a la huelga, el distrito respondió con propuestas insultantes muy por debajo de lo que necesitábamos. Es muy significativo que otros dos sindicatos declararan una huelga de solidaridad cuando fijamos la fecha de nuestra huelga. El SEIU Local 1021, que representa al personal de la cafetería, administrativo y de limpieza de nuestra escuela, marchó junto a nosotros con sus característicos colores morados. United Administrators of San Francisco, el sindicato de directores, también se convirtió en el primer sindicato de administradores de la historia de California en declarar una huelga de solidaridad con una huelga de profesores.

    Por las tardes, nuestros miembros y simpatizantes se reunieron en diferentes puntos de la ciudad —Dolores Park, Ocean Beach y el Civic Center— para expresar nuestra unidad y animar a nuestros miembros a continuar la lucha. Mientras viajábamos en MUNI o BART hacia nuestros lugares de reunión, los residentes de la ciudad tocaban el claxon, nos saludaban con la mano y nos mostraban su cariño. A pesar de los intentos de los medios de comunicación capitalistas de crear una brecha entre nuestro sindicato y la comunidad a la que servimos, contábamos con la simpatía de la clase trabajadora de la ciudad. Padres, estudiantes y simpatizantes de la comunidad se presentaron para hacer piquetes, marchar y llevar los suministros necesarios para mantener a los huelguistas.

    Un ejemplo emocionante de solidaridad comunitaria tuvo lugar en el distrito Excelsior de San Francisco, un barrio obrero e inmigrante en el sureste de la ciudad. Una coalición de organizaciones comunitarias y sin ánimo de lucro organizó una protesta titulada «Acción comunitaria Excelsior: ¡En solidaridad con la huelga de la UESF! Los jóvenes, las familias y la comunidad están listos para la huelga y exigen una educación pública totalmente financiada». Aproximadamente 100 jóvenes y organizadores comunitarios pronunciaron discursos y celebraron una concentración en la intersección principal del barrio, enmarcando la huelga como un paso más en la lucha más amplia de todos los trabajadores de la ciudad contra los multimillonarios que siguen acumulando más poder y beneficios a nuestra costa.

    Tras cuatro días de una huelga agotadora pero estimulante, nuestro sindicato declaró la victoria. Conseguimos aumentos salariales para todos los miembros, protecciones de distrito santuario para los jóvenes inmigrantes, barreras de seguridad para el uso de la inteligencia artificial en las escuelas, jornadas completas para los guardias de seguridad y asistencia sanitaria del distrito totalmente financiada. Mientras que los miembros del sindicato con familias pagaban hasta 1500 dólares al mes por la cobertura sanitaria, nuestra huelga obligó al distrito a cubrir ese gasto. En un país en el que los costes sanitarios están aumentando y se están convirtiendo en una preocupación central para los trabajadores, nuestra huelga puede inspirar a otros a emprender acciones similares.

    Aunque los aumentos salariales para el personal titulado apenas alcanzarán a cubrir la inflación, es importante que nuestros educadores clasificados, con salarios más bajos, hayan conseguido un aumento porcentual más alto que comience a reducir la gran brecha entre el personal titulado y el clasificado.

    San Francisco es una de las regiones más ricas del país y lo es cada vez más como resultado del auge de la industria de la inteligencia artificial. El coste de la vivienda y la vida aumenta para los trabajadores, mientras que los capitalistas tecnológicos invierten miles de millones en infraestructura para desarrollar tecnología de vanguardia con el fin de despedir a los trabajadores y vigilar nuestras comunidades. A nivel nacional, la desigualdad en Estados Unidos ha alcanzado niveles nunca vistos desde la Gran Depresión de los años 30. Nuestra huelga victoriosa es un rayo de esperanza para todos los trabajadores, ya que la acción colectiva puede empezar a cambiar la relación de fuerzas entre los que tienen y los que no tienen.

    Ahora que nuestra huelga ha terminado, tendremos que centrar nuestra atención en abordar los severos recortes presupuestarios que el distrito intentará aplicar este año escolar. El SFUSD ya ha anunciado planes para reducir drásticamente los servicios del programa para estudiantes inmigrantes recién llegados en tres escuelas: San Francisco International High School, Visitacion Valley Middle School y Mission Education Center. Los educadores sindicales, los grupos comunitarios, las familias y los estudiantes han iniciado una campaña para pedir al distrito que suspenda los recortes durante un año. Debemos utilizar nuestra nueva fuerza colectiva para oponernos a todos los recortes, en particular a los que afectan a los estudiantes inmigrantes.

    Aunque la concesión del distrito en torno a las políticas de santuario no requirió una inversión económica y, por lo tanto, es simbólica, no deja de ser una victoria para nuestra parte, dado que el distrito se negó inicialmente a negociar esta demanda, que consideraba fuera del ámbito de la negociación. Nuestra victoria en las políticas de santuario del distrito debe aplicarse a la defensa concreta de las necesidades de los estudiantes inmigrantes y conectar esta lucha con la lucha más amplia contra la austeridad, las detenciones y las deportaciones de inmigrantes, y el aumento de los presupuestos de guerra que amenazan a los trabajadores de todo el mundo, como en Venezuela, Irán y Cuba.

    Por último, hay decenas de miles de otros educadores en California dispuestos a ir a la huelga. Desde Oakland, pasando por el área de Sacramento, hasta Los Ángeles, nos encontramos en medio de una ola de huelgas de educadores en todo nuestro estado que luchan por las mismas cosas. Aunque esperamos victorias similares para los educadores de estas otras localidades, debemos ir más allá de las luchas locales contra los distritos locales. Tenemos que preparar una huelga estatal de educadores contra el estado.

    Las luchas locales contra distritos individuales son limitadas debido a la pequeña cantidad de dinero por la que tenemos que luchar. Para introducir cambios fundamentales en nuestras escuelas, como reducciones significativas en el tamaño de las clases, dotar a nuestras escuelas del personal adecuado de educadores y personal de apoyo, y financiar programas sólidos para los estudiantes, debemos coordinarnos con los cientos de miles de educadores de toda California y sus respectivas localidades para aprovechar las fuentes de financiación estatales, de donde proviene alrededor del 60 % de nuestros fondos.

    La rebelión de los estados rojos, en la que educadores de estados como Virginia Occidental y Arizona participaron en huelgas estatales contra sus estados en 2018 que dieron lugar a aumentos significativos en la financiación de las escuelas públicas, es un modelo en el que podemos basarnos.

    Foto: Mariana García / Local de San Francisco

  • Las enfermeras del NY Presbyterian continúan la huelga a pesar de la traición de los líderes sindicales

    Las enfermeras del NY Presbyterian continúan la huelga a pesar de la traición de los líderes sindicales

    Por LENA WANG

    El 10 de febrero, en su trigésimo día de huelga, más de 4000 enfermeras del New York-Presbyterian Hospital (NYP) se sorprendieron al saber que se había alcanzado un acuerdo provisional entre la dirección y los líderes sindicales a espaldas del comité local de negociación. En la tarde del 11 de febrero, mientras se ratificaban los acuerdos en los sistemas Mount Sinai y Montefiori, la propuesta de contrato del NYP fue rechazada por un margen de casi 4:1, con 867 votos a favor y 3099 en contra.

    En la tarde del 10 de febrero, los dirigentes sindicales de la Asociación de Enfermeras del Estado de Nueva York (NYSNA) enviaron una votación por correo electrónico a las enfermeras en huelga de los centros del NewYork-Presbyterian Hospital para ratificar una nueva propuesta de contrato.

    Las propuestas de contrato de los sistemas hospitalarios Mount Sinai y Montefiori se elaboraron con la participación de sus sindicatos locales, y las enfermeras en huelga tuvieron tres días para votar la ratificación. Las votaciones en los tres sistemas estaban previstas que cerraran a las 5 de la tarde del 11 de febrero, lo que daba a las enfermeras del sistema NYP menos de 24 horas para votar, una medida que infringía los estatutos del sindicato.

    Mientras los dirigentes de la NYSNA forzaban la votación, las enfermeras del NYP informaron de que habían recibido correos electrónicos y mensajes de texto de la NYSNA instándolas a votar SÍ. Pero el acuerdo provisional, junto con el hecho de eludir a la unidad de negociación local, fue considerado insuficiente por el comité ejecutivo local y muchas enfermeras en huelga. Aunque la propuesta de contrato garantizaba la mejora de las prestaciones sanitarias, no se abordaban en profundidad algunas demandas clave: concretamente, las ratios de personal seguras, las medidas contra la violencia en el lugar de trabajo y las protecciones contra los despidos, una preocupación específica del NYP, a la luz de los despidos masivos del sistema en mayo de 2025, cuando fueron despedidas más de 1000 enfermeras.

    A pesar de la traición de los dirigentes sindicales, las enfermeras de base se negaron a ceder. Dirigidos por su comité ejecutivo, los huelguistas del NYP convocaron una concentración de emergencia a las 11 de la mañana del 11 de febrero en Herald Square. Alrededor de 100 enfermeras marcharon hasta la sede de la NYSNA en Manhattan para protestar por la traición de los dirigentes sindicales y corearon consignas frente al edificio mientras su comité de negociación entregaba una petición exigiendo responsabilidades y una audiencia pública con la presidenta de la NYSNA, Nancy Hagans. Según la presidenta del comité ejecutivo local, Beth Loudin, la petición había reunido más de 1500 firmas de enfermeras en huelga durante la noche.

    Tras la entrega de la petición, muchos se dirigieron al norte de la ciudad para manifestarse frente a los tres hospitales afectados, donde cientos de enfermeras seguían haciendo piquetes a pesar de la falta de apoyo del sindicato NYSNA.

    Muchas enfermeras en la línea de piquete dijeron sentirse conmocionadas, disgustadas y agotadas por la traición de los altos cargos de la NYSNA. Afirmaron sentirse abandonadas por sus supuestos «líderes», incluidos los burócratas sindicales y los demócratas «progresistas» como la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, que ha utilizado órdenes ejecutivas de emergencia para permitir que los hospitales contraten a enfermeras de fuera del estado para romper la huelga, y el alcalde Zohran Mamdani, que apoyó a Hochul para su reelección el 5 de febrero. «Políticos como Mamdani vienen a nuestro piquete para hacerse una foto y luego nos traicionan», me dijo una enfermera del NYP.

    A medida que la huelga del NYP Hospital continúa en su día 32, es más urgente que nunca que los simpatizantes refuercen el piquete y muestren su solidaridad con la huelga de enfermeras más larga y grande de la historia de la ciudad. Tras las traiciones de los burócratas sindicales y los políticos, la clase trabajadora debe luchar junto a las enfermeras de base en la incansable lucha por un contrato justo.

    Foto: Richard Drew / AP

  • La política económica del imperialismo estadounidense en la encrucijada

    La política económica del imperialismo estadounidense en la encrucijada

    Por Eduardo Almeida (PSTU Brasil) & Espi Ramó (WV, EEUU)

    El final de 2025 trajo consigo tres importantes documentos estratégicos redactados por los planificadores del imperialismo estadounidense. Se trata de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) del presidente para 2025, el Informe n.º 83 del Grupo de Trabajo sobre Seguridad Económica del Consejo de Relaciones Exteriores, titulado «Ganar la carrera por las tecnologías del mañana», y el «Informe anual al Congreso sobre los avances militares y de seguridad que afectan a la República Popular China» del Departamento de Defensa/Guerra.

    En conjunto, los tres informes dibujan un panorama en el que la posición internacional del imperialismo estadounidense pasa de un dominio indiscutible a verse obligado a pelear por su lugar en un nuevo orden mundial. Si bien Estados Unidos mantiene su superioridad económica y militar, los grandes avances tecnológicos de China y su control de sectores estratégicos están acortando rápidamente las brechas. Todos los informes apuntan a un sistema económico mundial que se enfrenta al estancamiento y a conflictos cada vez más agudos entre las grandes potencias.

    El informe del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), principal think tank del gobierno estadounidense, reconoce que, en todos los países, «cada vez más, la economía y la seguridad nacional han convergido…». Las economías nacionales se ven reforzadas por la inversión estatal y la «política industrial», principalmente en los sectores de armamento y defensa. También se ha producido un fuerte aumento en el uso de restricciones a la exportación desde 2018, lo que indica una mayor agresividad económica.

    La lucha por la hegemonía tecnológica y la IA

    En esos documentos se perfilan los 3 ejes de la política económica del imperialismo estadounidense para intentar desesperadamente conservar su hegemonía: el impulso de la competencia tecnológica centrada en la IA, la guerra arancelaria y la reindustrialización de EE. UU. El NSS es claro: “El poder nacional estadounidense depende de un sector industrial fuerte, capaz de satisfacer las demandas de producción tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra». Para ello, propone “reubicar” la producción industrial en el “hemisferio occidental” bajo su dominio y centrarse en “los sectores tecnológicos críticos y emergentes”, “en particular en materia de inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica, que impulsen el progreso mundial”. Es importante resaltar que esos tres sectores son de “doble uso”, es decir, civil o comercial y también militar.

    La disputa tecnológica es fundamental para el futuro del imperialismo en general y de los Estados Unidos en particular. De momento, la economía norteamericana presenta una estabilidad precaria porque los precios de las acciones de las “siete magníficas” están al alza, en gran medida gracias a la inversión especulativa en «inteligencia artificial», en la construcción de centros de datos y en tecnologías de vigilancia masiva. Aún no hay confirmación de que esta apuesta tecnológica se incorpore al conjunto de la economía, lo que aseguraría una tasa de ganancias correspondiente. El gigantesco flujo de inversiones hacia la IA asegura, hasta ahora, el crecimiento del mercado bursátil de Estados Unidos, con récords tras récords. Pero existe una burbuja en torno a la IA, aun mayor que las burbujas de inversión del pasado reciente. Sigue siendo una apuesta, con un enorme potencial y grandes riesgos. A pesar de la importancia de estos grandes monopolios de tecnología avanzada, Estados Unidos se encuentra muy rezagado en materia de inversión, y el resto de los sectores económicos presenta una baja productividad. La producción manufacturera en EE. UU. está a la baja, en parte debido a las políticas arancelarias.

    Como detalla el informe del CFR, en los últimos diez años, «el Gobierno chino ha gastado aproximadamente 900 000 millones de dólares en inteligencia artificial, tecnología cuántica y biotecnología, más del triple de lo que el Gobierno estadounidense ha destinado a esas tecnologías durante el mismo periodo».

    La competencia con China, una vez más, también es el telón de fondo de esta carrera tecnológica. El imperialismo estadounidense sigue siendo hegemónico en el ámbito de los semiconductores y la IA, pero China responde de forma agresiva y ha sorprendido al mundo con DeepSeek. China también está muy por delante de Estados Unidos en vehículos eléctricos y baterías de litio, paneles solares y vehículos aéreos no tripulados (drones), e invierte el doble que los EE. UU. UU. en tecnología cuántica.

    La política del “Big Stick” en América Latina y Europa, para controlar territorios y recursos, se debe a que China ha tomado una ventaja estratégica al insertarse en las cadenas de valor de los sectores tecnológicos del futuro. Para lograr reindustrializarse y competir con China, EE. UU. debe primero lograr restablecer un lugar privilegiado en los mercados de recursos estratégicos. El CFR afirma que “Estados Unidos depende de China para las tierras raras (70 % en total, 99 % para las tierras raras pesadas), los componentes de centros de datos y chips (30 % de las placas de circuito impreso [PCB], 60 % de los productos químicos), insumos biotecnológicos y desarrollo de fármacos (80 % de los materiales de partida clave [KSM], 33 % de la capacidad mundial de ingredientes farmacéuticos activos [API], el 80 % de las empresas biotecnológicas estadounidenses tienen al menos un contrato con China) y proveedores únicos de equipos cuánticos (diodos láser, espejos, amplificadores).”

    El gobierno de Trump ha autorizado recientemente la exportación de chips de NVIDIA a China, con el argumento del jefe de IA del gobierno, David Sacks, de que ahora el envío de chips de IA avanzados a China desalienta a los competidores chinos, como Huawei, a redoblar sus esfuerzos para alcanzar los diseños de chips más avanzados de Nvidia y AMD. Esto supone un reconocimiento de que el bloqueo estadounidense solo ha reforzado la carrera china hacia la autonomía en el desarrollo de semiconductores.

    La guerra comercial entre China y EE. UU.

    La imposición de aranceles ya forma parte del reconocimiento del declive de Estados Unidos. Antes, el imperialismo podía imponer su hegemonía económica a través del «libre comercio» y, a partir de ahí, utilizaba el Estado estadounidense, así como las instituciones mundiales (ONU, FMI, OMC) para imponer su hegemonía política, militar y financiera.

    Hoy en día, el «libre comercio» favorece a China, que consigue en varios ámbitos, como la producción de medios de producción, coches eléctricos, paneles solares y otros, vender productos mejores y más baratos que los de Estados Unidos. Esta es la base de la guerra arancelaria de Trump, una medida defensiva, típica de las economías más frágiles. El nacionalismo imperialista del gobierno de Estados Unidos es una expresión de su decadencia.

    Y eso no ha logrado frenar a China. En 2025, China superó la meta de un billón de dólares en exportaciones en noviembre, un aumento del 21,7 % respecto a 2024. Vendió menos a Estados Unidos y más al resto del mundo. Y los aranceles impuestos por Trump hicieron que las exportaciones chinas a Estados Unidos disminuyeran en casi un 20 %. Pero China redujo sus compras de soya estadounidense y de otros productos y siguió vendiendo tres veces más a Estados Unidos de lo que compraba.

    En esencia, los aranceles, como medida defensiva del imperialismo estadounidense, no lograron detener la decadencia del imperialismo. Afectan al comercio mundial, pero no revierten la decadencia.

    La política de reindustrialización de Trump en Estados Unidos es una apuesta complicada. Puede funcionar parcialmente si logra repatriar la producción de semiconductores y los centros de datos asociados a la disputa por la inteligencia artificial. Pero Estados Unidos no está en condiciones de revertir la globalización en su conjunto, porque tendría que destruir y reconstruir las cadenas de valor internacionales, incluida la producción de componentes hoy globalizados. Esto implicaría un aumento general de los costos que los grandes monopolios de Estados Unidos no podrían asumir.

    En conjunto, la política económica de Trump no garantiza la recomposición de la hegemonía norteamericana. Su mayor apuesta es el dominio de la IA, el centro de los centros del problema. Veremos hasta qué punto esta apuesta logrará compensar la probable ineficacia de la guerra arancelaria y de la reindustrialización del país.

    Frente a la guerra comercial, es muy importante que los socialistas expliquen al movimiento obrero que la política comercial de los gobiernos burgueses es elaborada por los capitalistas en beneficio de su propia clase y no para los trabajadores. Ya sea «libre comercio» o proteccionismo, la aplicación de la política tiene por objeto proteger y aumentar los beneficios de la clase dominante. Las contradicciones inherentes al sistema capitalista no pueden resolverse ni mediante aranceles ni mediante maniobras militares amenazantes. La única solución al desempleo y la precariedad crecientes, así como a la ola inflacionaria, es la lucha de clases, con un programa que plantee la necesidad de que sean los trabajadores quienes se pongan al mando de la economía.

    Las políticas comerciales proteccionistas en países imperialistas como EE. UU. UU. van de la mano con el auge del chovinismo y con los ataques a los inmigrantes y a otras comunidades oprimidas. Debemos explicar a los sindicatos que no deben apoyarlas, ya que no resolverán la crisis económica muy real que el capitalismo está atravesando a escala mundial. Debemos, en todas nuestras organizaciones, pelear contra el patriotismo nacionalista y la xenofobia que instalan las guerras comerciales y explicar que la clave es que los trabajadores y los sectores oprimidos libren una lucha política implacable por la independencia de la clase capitalista en sus organizaciones y comunidades, para formular un programa de lucha que responda a sus necesidades más inmediatas.

    La disputa militar y la carrera armamentística

    «… los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas han terminado». Esta frase puede dar a entender que el imperialismo deja de lado la lucha por la hegemonía mundial en el terreno militar. Gran error. El significado real es que Estados Unidos ha cambiado los instrumentos de esa lucha, adaptándolos a su propia decadencia.

    En primer lugar, Trump mantiene todo el énfasis en la disputa por la hegemonía militar:

    «Queremos reclutar, entrenar, equipar y desplegar el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente avanzado del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir guerras y, si es necesario, ganarlas de forma rápida y decisiva, con el menor número posible de bajas entre nuestras fuerzas… Queremos la disuasión nuclear más sólida, creíble y moderna del mundo, además de defensas antimisiles de última generación, incluido un Golden Dome para el territorio estadounidense, para proteger al pueblo estadounidense, los activos estadounidenses en el extranjero y los aliados de Estados Unidos. Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante como para amenazar nuestros intereses. Trabajaremos con nuestros aliados y socios para mantener el equilibrio de poder a nivel mundial y regional, con el fin de evitar la aparición de adversarios dominantes.”

    En segundo lugar, el imperialismo se caracteriza por no contar ya con los recursos suficientes para desempeñar el papel de policía del mundo, con tropas militares en los lugares más importantes del planeta.

    Ese enfoque en la disputa militar se manifiesta en un presupuesto militar cada vez más desorbitado, a pesar del endeudamiento brutal del país, ya que desde 2020 la deuda pública excede el PIB (entre 118% y 126%). Estados Unidos sigue siendo, con diferencia, el país con el mayor presupuesto militar. En 2024, bajo Biden, superó los 824 000 millones de dólares; en 2026, ascendió a los 900 000 millones de dólares, y Trump ha propuesto aumentar el presupuesto militar de Estados Unidos a 1,5 billones de dólares para el año fiscal 2027 – algo nunca visto en la historia.

    China ocupa el segundo lugar, con un gasto militar total de 246.000 millones en 2025, manteniendo un ritmo de aumento anual del 7 % en las últimas dos décadas. No obstante, otras fuentes, como el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), estiman que el gasto real de China en defensa fue de unos 318 000 millones de dólares en 2024, mientras que otro estudio lo sitúa en una cifra aún mayor: 471 000 millones de dólares.

    Estados Unidos podría estar en guerra con China en 2027. Esta fecha siempre ha formado parte de los documentos estratégicos de planificación militar de Estados Unidos como la fecha en la que este país podría estar preparado para hacer frente al aumento del armamento de China.

    La maquinaria bélica industrial estadounidense está operando a pleno rendimiento. Las empresas estadounidenses de producción de armas han aprovechado la guerra de Ucrania y las disposiciones y proyectos de ley de ayuda militar para reactivar sus líneas de producción, que ahora se ven reforzadas por la competencia con China. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Estados Unidos ya ha duplicado su producción de proyectiles de artillería de 155 mm, con el objetivo de alcanzar 100 000 proyectiles al mes para 2025.

    No obstante, la rápida expansión militar de China, en particular su poderío naval, ha cuestionado la ventaja estratégica de Estados Unidos, especialmente en posibles conflictos relacionados con Taiwán. China está ampliando rápidamente su fuerza naval y aspira a contar con una flota más grande que la de Estados Unidos. Y este último no puede seguirle el ritmo debido a la amplia capacidad de los astilleros chinos, que supera con creces a la de Estados Unidos: Según el Pentágono, China tiene previsto alcanzar una flota de 400 buques en 2025 y de 440 en 2030, mientras que el Plan de Navegación 2022 de la Marina de los Estados Unidos es alcanzar los 350 buques tripulados… ¡en 2045!

    A partir de ahí, el imperialismo norteamericano está «reclutando y comprometiendo» activamente a partidarios regionales para desempeñar ese papel contrarrevolucionario. Esto pasa por una relocalización del papel de la Rusia de Putin, a la que Trump quiere desplazar de su bloque con China. De ahí su cambio de postura respecto a Ucrania y toda la batalla que libra para que Europa cambie de postura frente a Rusia.

    En el mismo sentido, Trump exige al imperialismo europeo un aumento de las inversiones militares (a un 5 % del presupuesto) para aliviar la carga de la OTAN sobre Estados Unidos.

    En Oriente Medio, Trump apuesta por el papel regional contrarrevolucionario de Israel y, paralelamente, por el de Turquía, Egipto y las monarquías del Golfo.

    Y también, lo que es muy importante, los acuerdos de Abraham, que permitirían la integración económica de Arabia Saudita y otros países de la región con Israel, además de los ya firmados, como los de los Emiratos Árabes Unidos.

    Esto supondría una barrera para el avance económico de China, que hoy en día ya es el principal exportador a Israel y, probablemente, a los principales países del Golfo. Además, fortalecería una nueva alianza contrarrevolucionaria para Trump.

    ¿Presión o sabotaje a la Unión Europea?

    En este nuevo orden mundial, Europa ha quedado relegada, sin poder aparecer como un bloque económico y político propio ni como un socio en igualdad de condiciones con Estados Unidos dentro de la OTAN. Eso se debe en parte al declive económico de la región. Según el economista Michael Roberts, «se espera que el crecimiento de la zona euro se ralentice en 0,2 puntos porcentuales el próximo año, hasta situarse en el 1,2 % en 2026». Esto está muy por debajo del crecimiento del PIB mundial, estimado en torno al 2,6 %. El imperialismo europeo está perdiendo rápidamente los últimos vestigios de sus posesiones coloniales formales, especialmente en África, lo que deja más territorio en juego en la nueva lucha interimperialista.

    La guerra de Ucrania, iniciada en 2022, ha mostrado que, en la actualidad, la capacidad de Europa para defenderse de Rusia es mucho más débil que antes. Estados Unidos negocia directamente con Putin el reparto de Ucrania y, al concederle a Putin el mantenimiento de su esfera de influencia, deja a Europa en su posición más vulnerable desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, Rusia lleva a cabo acciones militares de «sabotaje» limitadas en Europa de un alcance sin precedentes, sin que haya habido apenas respuesta europea, salvo el intento de los países de la UE de mejorar su postura defensiva mediante un mayor gasto.

    Es posible que, como señala el analista socialista Michael Probsting, el objetivo de Trump sea “destruir la Unión Europea e instalar gobiernos proestadounidenses en los Estados europeos”, utilizando “una retórica chovinista de derecha sobre los «peligros» de la migración y la defensa de las «naciones soberanas» frente a las «instituciones transnacionales»”. Es cierto que si la UE colapsa, los Estados nacionales deberán tratar con los Estados Unidos “de forma individual, es decir, desde una posición negociadora más débil”, y aunque “siendo realistas, Estados Unidos no puede esperar convertir a todos los Estados europeos en vasallos, espera lograrlo al menos con varios países”, Austria, Hungría, Italia o Polonia – nombrados en la versión ampliada del NSS. Aunque esta posibilidad no puede descartarse, el futuro de la UE aún está por decidirse.

    En todo caso, lo que está claro es que EE. UU. ya no cuenta con Europa como su principal socio. La NSS y su versión más extensa, aún sin publicar, apuntan a la creación o revitalización de diversos organismos multilaterales de coordinación. Esto incluye la idea de crear una coalición «Core 5» (C5) integrada por Estados Unidos, China, Rusia, India y Japón. La idea de la C5 indica que Estados Unidos ya no quiere gobernar el mundo junto con la UE. La clase dirigente estadounidense ve cada vez más a la UE como un obstáculo para reordenar las relaciones económicas con Rusia y China, cada una en su esfera de influencia.

    Este declive de Europa lo hace explícito el documento de Seguridad Nacional, que le añade un interesado barniz ideológico, el de la ya conocida “guerra de civilizaciones”.

    «Europa continental ha ido perdiendo cuota del PIB mundial —del 25 % en 1990 al 14 % en la actualidad— debido, en parte, a las regulaciones nacionales y transnacionales que socavan la creatividad y la laboriosidad. Pero este declive económico se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización. Entre los problemas más importantes a los que se enfrenta Europa se encuentran las actividades de la Unión Europea y de otros organismos transnacionales que socavan la libertad política y la soberanía, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política, la caída de la natalidad y la pérdida de la identidad nacional y de la confianza en sí misma».

    En otras palabras, la decadencia europea es un hecho y su origen radica en la Unión Europea y en los gobiernos de democracia liberal, que cuestionan a la extrema derecha. El imperialismo norteamericano no puede actuar de la misma manera con los países imperialistas europeos que con los sudamericanos. Pero explícitamente busca hacer estallar la UE para poder negociar país por país y apoya abiertamente a los movimientos de extrema derecha europeos. Para ello, la lucha contra los inmigrantes desempeña un papel importante, bandera política fundamental de la extrema derecha europea.

    Las consecuencias sobre la lucha de clases mundial; la polarización aumentará aún más

    Es innegable que un gobierno de extrema derecha en el poder del país más poderoso del planeta, armado con esta estrategia, causará repercusiones importantes y brutales en todo el mundo. La presión económica, los recursos militares, la influencia política e ideológica se manifestarán con dureza en todo el mundo.

    Pero se equivocan quienes sacan conclusiones unilaterales sobre la aplicación de esta estrategia. Incluso con todo el poderío estadounidense, no puede superar su decadencia con medidas extraeconómicas como la guerra arancelaria. O bien avanza en el dominio y la extensión de la IA y otras tecnologías de vanguardia, o bien profundiza su decadencia y favorece aún más a China.

    Lo mismo ocurre con la lucha de clases. La enorme polarización social y económica, producto de la aplicación de esta estrategia, provocará también una polarización política cada vez mayor y una agudización de la lucha de clases. La invasión de Venezuela, que puede ser solo la primera de una serie, apunta en la misma dirección.

    La ofensiva genocida de Israel contra Gaza ha provocado un aumento histórico del apoyo a la lucha palestina en todo el mundo, lo que incluso ha provocado por primera vez fenómenos como la huelga general en Italia.

    En todo el mundo están surgiendo movilizaciones que llegan a explosiones populares, como las ocurridas en Sri Lanka, Bangladés y Nepal, que apuntan en este sentido.

    Incluso en Estados Unidos, las gigantescas movilizaciones «No Kings» contra Trump, así como sus derrotas electorales en la ciudad de Nueva York y en otros estados, demuestran que esta polarización política va en aumento.

    Pueden volver a producirse grandes ascensos revolucionarios en América Latina, como en 2018 y 2019, que pueden generar enfrentamientos directos no solo con los gobiernos burgueses de la región, sino también con Trump.

    Es más, en varios países del mundo comienza a surgir una efervescencia en la vanguardia que da lugar al crecimiento del espacio para programas revolucionarios.

    Como decía Moreno, «el imperialismo no hace lo que quiere, sino lo que puede». Y las acciones del imperialismo norteamericano, guiadas por esta estrategia, pueden provocar nuevas convulsiones en la lucha de clases a nivel mundial.

  • La historia oculta de la organización antiimperialista y antifascista en Minneapolis

    La historia oculta de la organización antiimperialista y antifascista en Minneapolis

     

    Por ERNIE GOTTA

    Introducción

    En Minneapolis y St. Paul, Minnesota, la clase trabajadora se ha movilizado en masa contra el Departamento de Seguridad Nacional (DHS). El DHS envió a miles de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a las ciudades gemelas en una operación antiinmigrante muy amplia y radical que ha brutalizado tanto a los residentes documentados como a los indocumentados. Los agentes del ICE dejaron claro que el asesinato de Renee Good y Alex Pretti tenía como objetivo enseñar una lección: cualquiera que se ponga del lado de los trabajadores inmigrantes en oposición al ICE es un «terrorista nacional».

    Bajo los auspicios del Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional 7 de Trump, filtrado recientemente, todo el mundo, incluidos los aliados blancos de la comunidad inmigrante, se enfrentará a la misma represión que las comunidades oprimidas han sufrido a diario durante siglos.

    Los ataques del régimen de Trump son internacionales. El régimen defiende con orgullo el legado colonial e imperialista de Estados Unidos con intervenciones continuas en Venezuela y amenazas a Cuba, Groenlandia, Irán y muchos otros lugares del mundo. El impulso imperialista por obtener acceso a recursos como minerales de tierras raras, petróleo y mano de obra barata ha creado condiciones de vida miserables en el Sur global durante generaciones.

    El imperialismo actual se caracteriza por el debilitamiento de la hegemonía global de Estados Unidos, el auge de nuevos actores imperialistas como China y Rusia, el rearme de Europa y Japón, y la reorganización de los aliados tradicionales de la posguerra, y todo ello crea inestabilidad económica e incertidumbre tanto para los trabajadores como para la clase capitalista. La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Trump esboza cómo planean llevar a Estados Unidos a través de este período. Buscan impulsar su agenda «America First» (Estados Unidos primero) apoyándose en la Doctrina Monroe, el uso de la «diplomacia de las cañoneras» en el hemisferio occidental, la contención de China y la persecución de los inmigrantes y las organizaciones anticapitalistas en el país.

    Lo que comenzó como ataques mortales con misiles contra barcos pesqueros acusados de tráfico de drogas se convirtió en la designación por parte de Trump del régimen de Nicolás Maduro como organización terrorista extranjera. Esto llevó a Estados Unidos a bombardear e invadir Venezuela para secuestrar a Maduro y a su esposa Cilia Flores y enviarlos a Nueva York con una acusación falsa por tráfico de drogas y armas.

    El subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, dejó claras las intenciones de la administración Trump en una publicación en las redes sociales: «El sudor, el ingenio y el trabajo duro de los estadounidenses crearon la industria petrolera en Venezuela. Su expropiación tiránica fue el mayor robo de riqueza y propiedad estadounidense jamás registrado. Estos activos saqueados se utilizaron luego para financiar el terrorismo e inundar nuestras calles de asesinos, mercenarios y drogas».

    El régimen de Trump está reivindicando agresivamente su herencia colonial y luciendo con orgullo su estatus imperialista. Esta nueva realidad está creando una grave crisis para Venezuela y muchos otros países de América Latina y el Caribe, así como para los inmigrantes que viven en Estados Unidos. El objetivo del régimen de Trump tiene varios aspectos.

    Esto incluye reafirmar la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental reviviendo la Doctrina Monroe, frenando o deteniendo el avance de la competencia imperialista china y rusa por los minerales raros y el petróleo, y manteniendo un control estricto y el acceso a esos recursos y cadenas de suministro. Todo ello forma parte de una rivalidad interimperialista más amplia que podría llevar a China, Rusia y gran parte de Europa a una guerra devastadora cuyo objetivo sería la redistribución del mundo en beneficio de los superbeneficios capitalistas.

    Millones de personas en todo el mundo, desde las que trabajan a diario en los campos petrolíferos de Venezuela hasta las que viven en las aldeas de Nigeria o en las minas de carbón de Alabama, saben que el sistema está amañado en su contra, pero no ven ninguna salida.

    Lenin explica que, a medida que la riqueza se concentra en cada vez menos manos, todos los demás sufren su explotación. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, escribe: «El capitalismo en su fase imperialista conduce directamente a la socialización más completa de la producción; por así decirlo, arrastra a los capitalistas, contra su voluntad y su conciencia, a una especie de nuevo orden social, transitorio de la libre competencia completa a la socialización completa. La producción se vuelve social, pero la apropiación sigue siendo privada. Los medios sociales de producción siguen siendo propiedad privada de unos pocos. Se mantiene el marco general de la libre competencia formalmente reconocida, y el yugo de unos pocos monopolistas sobre el resto de la población se vuelve cien veces más pesado, más oneroso e intolerable».

    Resistencia dentro de la clase trabajadora estadounidense

    Las encuestas muestran que la mayoría de la población estadounidense se opone a la agenda del régimen de Trump. El régimen mantiene su legitimidad a través de un aparato político populista de extrema derecha bien financiado, respaldado por una base modesta pero ruidosa que proclama el «genio» de Trump.

    Mientras tanto, a nivel nacional, los sindicatos parecen adoptar una actitud de «esperar y ver», posiblemente depositando sus esperanzas en que los demócratas vuelvan al poder en 2028. Sin embargo, el Partido Demócrata no ha hecho nada para frenar las acciones de Trump. De hecho, en el caso de Venezuela, la mayoría de los demócratas están de acuerdo en incluir en la agenda el cambio de régimen y la dominación estadounidense en el hemisferio occidental. El silencio del Partido Demócrata ante el creciente proyecto autoritario y colonialista pone de manifiesto la complicidad y la naturaleza de clase del partido.

    Al comienzo del genocidio en Gaza, los trabajadores con conciencia de clase hicieron importantes esfuerzos para presentar resoluciones en contra del genocidio en sus sindicatos. Los activistas de Labor por Palestina ayudaron a aprobar resoluciones de alto el fuego en la UAW, la APWU, la UE y otros sindicatos. Aunque el resultado fue limitado, la organización representó un cambio hacia la denuncia del papel del imperialismo estadounidense en el genocidio.

    Si bien la organización en torno a la liberación de Palestina se ha calmado tras la dura represión del régimen de Biden, la organización en torno a las amenazas de Trump a Venezuela está empezando a calentarse. Los delegados del sindicato United Electric (UE) aprobaron en su 79ª convención una resolución que afirma: «En la resolución «Por el empleo, la paz y una política exterior favorable a los trabajadores», los delegados de nuestra última convención declararon que “las políticas exteriores y militares deben defender los intereses de los trabajadores, no los de los ricos. UE cree desde hace tiempo que el movimiento sindical debe promover su propia política exterior basada en la diplomacia y la solidaridad laboral». Este compromiso con las soluciones diplomáticas en lugar de militares llevó a los delegados a exigir al Gobierno de Estados Unidos que «deje de utilizar las agencias militares y de inteligencia estadounidenses en intervenciones contra naciones que no suponen una amenaza para el pueblo estadounidense» y, en concreto, que Estados Unidos «cese todo acoso y sanciones económicas contra Venezuela».

    Miles de personas se movilizaron en todo el país tras la intervención estadounidense en Venezuela. Luego, el 23 de enero, tras la invasión del DHS en Minneapolis y el asesinato de Renee Good, se produjo una movilización de cientos de miles de personas bajo el lema «No al trabajo, no a la escuela, no a las compras». La acción fue respaldada por sindicatos como Unite Here Local 17, Teamsters Local 638, SEIU Local 26, CWA Local 7250, el Sindicato de Docentes de Minneapolis y muchos más. El Sindicato de Docentes de Minneapolis emitió un comunicado en el que decía: «Hoy, el ICE ha disparado y matado a otro observador constitucional, un compañero sindicalista, miembro de la AGFE, Alex Pretti. En este horrible día, reafirmamos nuestra exigencia de que el ICE abandone nuestra ciudad y nuestro estado. Ayer, 100 000 de nosotros marchamos por las calles. Como sindicato, la Federación de Educadores de Minneapolis sigue pidiendo a todos nuestros miembros y vecinos de Minneapolis que se mantengan unidos para proteger a nuestros vecinos y a nosotros mismos».

    Mientras la clase trabajadora de Minneapolis y más allá se prepara para lo que venga, puede ser útil echar la vista atrás a un intento pasado de los trabajadores socialistas de construir una oposición a la guerra y al fascismo en el período previo a la Segunda Guerra Mundial. Existe una importante tradición de organización laboral antiimperialista y antifascista en Estados Unidos, y especialmente en Minneapolis, liderada por marxistas, que ha sido excluida de los libros de historia convencionales. Esta tradición ha sobrevivido a través de grupos como el comité Remember 1934, académicos marxistas y modestas organizaciones socialistas como La Voz de los Trabajadores, que están construyendo pacientemente una presencia en el movimiento obrero y educando sobre nuestras perspectivas históricas.

    Para construir un movimiento de lucha hoy en día, los trabajadores deben comprender algunos de los ejemplos más importantes de nuestra historia y luego llevar esas lecciones a nuestros sindicatos y organizaciones de movimientos de masas. A través del prisma de los acontecimientos que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, este artículo repasará el ejemplo de los trotskistas de la Liga Comunista de América (CLA) y su liderazgo en el movimiento sindical de Minneapolis, que impulsó una agenda antiimperialista y defendió al movimiento obrero de los ataques fascistas. Por último, el artículo analizará la independencia de clase y extraerá algunas conclusiones sobre las perspectivas del movimiento actual.

    La oposición de los Teamsters a la Segunda Guerra Mundial

    La Segunda Guerra Mundial fue una pesadilla larga y prolongada para la clase trabajadora de todo el mundo. Aproximadamente 21 años después de que los imperialistas enviaran a los trabajadores a matarse entre sí en la Primera Guerra Mundial, las contradicciones del capitalismo no pudieron resolverse sin que la rivalidad interimperialista volviera a estallar. La pesadilla vio el auge del fascismo en Italia bajo Mussolini, y los regímenes autoritarios de extrema derecha en la Alemania nazi bajo Hitler y el Estado español bajo Franco. También fuimos testigos del encarcelamiento y el exterminio de judíos por parte de los nazis; la masacre de Nanjing perpetrada por el imperio japonés contra civiles chinos; el lanzamiento de bombas atómicas por parte de Estados Unidos sobre Nagasaki e Hiroshima en Japón; y numerosas atrocidades que también afectaron a los países semicoloniales y coloniales.

    Hay también otra cara de la historia de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de la clase trabajadora que destacaría, por ejemplo, la resistencia del pueblo judío a los nazis en el gueto de Varsovia y otras ciudades y pueblos, el movimiento partisano clandestino en toda Europa, que desempeñó un papel importante en el debilitamiento de la ocupación nazi, la lucha china contra el Japón imperialista o las luchas anticolonialistas en países como Etiopía en su lucha contra la Italia fascista. El período previo a la Segunda Guerra Mundial ofrece muchos ejemplos de resistencia de la clase obrera al imperialismo en todas sus formas. Esto incluye serios intentos de construir un ala antiimperialista del movimiento obrero en Estados Unidos.

    Quizás la mejor expresión de la construcción de una oposición basada en principios sea el liderazgo socialista del sindicato Minneapolis Teamsters General Drivers Local 574/544 en el período previo a la guerra. Estos trabajadores socialistas nos mostraron cómo una perspectiva independiente de lucha de clases de izquierda podía transformar un sindicato en un vehículo de oposición al imperialismo estadounidense. Se enfrentaron a la clase capitalista, a los políticos, a la policía, a la Guardia Nacional e incluso a los propios dirigentes sindicales.

    El auge de los Teamsters de Minneapolis coincidió también con la creciente influencia del nuevo Congreso de Organizaciones Industriales (CIO), más militante y democrático que los sindicatos profesionales de la AFL, y que organizaba a los trabajadores independientemente de su nivel de cualificación. Los líderes de los Teamsters de Minneapolis acabarían pagando su implacable solidaridad de clase al ser incriminados con cargos falsos y enviados a prisión durante más de un año. Su sacrificio, omitido en los libros de historia convencionales, debería ser una referencia importante para todos los activistas de la clase trabajadora de hoy en día.

    Los primeros líderes de los esfuerzos de organización de Minneapolis (V.R. Dunne, Grant Dunne, Miles Dunne y Carl Skoglund) eran militantes del movimiento trotskista y veteranos experimentados de la lucha de clases. La campaña de organización se basó en gran medida en una clase obrera inmigrante profundamente explotada. Las condiciones económicas en Minneapolis eran terribles para la clase obrera, y los patrones dominaban la vida cotidiana. Eso fue hasta que un puñado de revolucionarios crearon un plan para organizar la ciudad.

    Estos revolucionarios pasaron por las filas de la IWW y el ala izquierda del Partido Socialista y, tras la Revolución Rusa de 1917, ayudaron a fundar el Partido Comunista. Eran internacionalistas hasta la médula y, tras su expulsión del Partido Comunista por la dirección estalinista, se unieron a James P. Cannon y a muchos otros para fundar una nueva organización, la Liga Comunista de América (CLA). La CLA desempeñó un papel destacado en el desarrollo del programa político de la Oposición de Izquierda de Trotsky (el núcleo de la posterior Cuarta Internacional). Entre 1934 y 1938, los trotskistas se fusionaron con el Partido Obrero Americano de A. J. Muste para formar el Partido Obrero, entraron en el Partido Socialista, fueron expulsados del Partido Socialista y finalmente se convirtieron en el Partido Socialista Obrero (SWP) el 1 de enero de 1938.

    En 1934, estos socialistas lideraron un dinámico movimiento de huelga en Minneapolis que creó una crisis masiva para la clase capitalista y llevó a la ciudad a una huelga general que obligó al gobierno a instaurar la ley marcial a través de la Guardia Nacional. Esta experiencia está narrada en el libro de Farrell Dobbs «Teamster Rebellion». El movimiento obrero y los Teamsters en particular organizaron a miles de nuevos miembros, y el movimiento trotskista también crecería como resultado. La conclusión de esta lucha supuso enormes avances para la clase obrera de Minneapolis, la expansión del sindicalismo militante industrial en el Medio Oeste y un increíble crecimiento del sindicato Teamsters.

    Los éxitos de los esfuerzos de organización en Minneapolis fueron guiados de cerca por la CLA y en consulta con el fundador de la Cuarta Internacional y líder exiliado de la Revolución Rusa, León Trotsky. El partido hizo considerables esfuerzos para enviar escritores que ayudaran a redactar el periódico del sindicato, abogados que ayudaran a sortear las traiciones de los tribunales capitalistas, mujeres líderes que organizaran auxiliares femeninas entre las familias de los trabajadores para crear solidaridad con la huelga, y miembros destacados como James P. Cannon para elaborar estrategias contra los patronos. Esto dio al sindicato y a la huelga las mejores posibilidades de éxito en una situación muy difícil y también garantizó que el partido aprendiera de las experiencias de Minneapolis.

    Bryan Palmer escribe en su libro «Revolutionary Teamsters»: «La huelga masiva, y su máxima expresión, la huelga general, revelaron así la capacidad de los trabajadores estadounidenses de este periodo para movilizarse de forma combativa, pero también reflejaron la importancia del liderazgo de la izquierda arraigado en los sindicatos, muy diferente de las burocracias instaladas que tan a menudo dirigían las acciones de las bases dentro de las organizaciones mayoritarias».

    Construir un movimiento de masas contra el imperialismo

    El liderazgo de izquierda de lucha de clases de los Teamsters, combinado con la comprensión de cómo construir movimientos de masas y el frente único, fue fundamental en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. En 1934, en el apogeo de la huelga, los Teamsters lideraron el movimiento obrero en una huelga general en Minneapolis. En un número del 1 de agosto de 1934 del periódico del Local 574 (544) de los Teamsters, The Organizer, se informa: «La tiranía militar ha alcanzado su punto álgido en Minneapolis. Por primera vez en décadas, la sede de un sindicato ha sido ocupada por las fuerzas militares y los líderes sindicales han sido arrestados y encarcelados en un calabozo militar. Se ha ordenado retirar los coches de piquete de las calles, mientras que todos los camiones esquiroles obtienen un permiso gratuito.

    Nunca antes en nuestra época se había presenciado un acto tan directo y descarado de represión de la huelga por parte de las fuerzas militares. Las fuerzas militares, bajo el mando de Floyd B. Olson, gobernador del estado de Minnesota, han asestado un golpe cobarde al corazón mismo del movimiento obrero».

    Los Teamsters llamaron a todo el movimiento obrero a sumarse a la lucha. Allí tuvieron una primera impresión de lo que significaría que la clase obrera tomara el poder. Los Teamsters y el movimiento obrero prácticamente dirigieron la ciudad, expidiendo permisos para que los camiones circularan por ella, estableciendo mercados de alimentos para que los agricultores pudieran vender sus productos y creando un enorme fondo de huelga para que los trabajadores pudieran pagar sus facturas mientras estaban en huelga. Se necesitaron las fuerzas combinadas del gobernador, la guardia nacional, los empresarios y la policía para evitar que se desarrollara una situación revolucionaria.

    Aunque no hicieron una revolución, los Teamsters establecerían Minneapolis como una ciudad sindical y vivirían para luchar otro día. Pronto centraron su atención en enfrentarse a la guerra que se avecinaba y a los preparativos militares del gobierno de Roosevelt. Farrell Dobbs, líder del Local 544, fue reclutado para el movimiento trotskista a través de los esfuerzos de organización en los depósitos de carbón de Minneapolis. En su libro Teamster Bureaucracy, escribe: «Fue en esta rivalidad entre imperialistas despiadados donde Roosevelt se dedicó a la protección de los «intereses estadounidenses». Pero eso no fue lo que dijo durante las elecciones de 1936. En cambio, hizo campaña basándose en la imagen falsa que se había construido durante su primer mandato, como defensor de las masas explotadas».

    Dobbs continúa: «En ese momento, el sindicato General Drivers Local 544, en Minneapolis, Minnesota, se propuso organizar la oposición sindical a los preparativos de Roosevelt para utilizar a los trabajadores como carne de cañón imperialista. … Por lo tanto, era evidente para ellos que la primera tarea era alertar a las filas sindicales sobre los peligros que se derivaban del nuevo rumbo tomado por la Casa Blanca y explicar por qué se veían amenazados los intereses vitales de los trabajadores. Solo así se podrían reunir las fuerzas necesarias para lanzar un amplio movimiento de protesta».

    A medida que Roosevelt intensificaba el rearme y los esfuerzos bélicos, Dobbs y sus compañeros comenzaron a llenar el periódico de su sindicato, el Northwest Organizer, con artículos antiimperialistas. Encontraron numerosas formas de difundir esos artículos en el movimiento obrero en general. También aprobaron resoluciones y presentaron candidatos obreros independientes con un programa antibélico. El periódico serviría de vehículo para ayudar a los trabajadores a comprender cómo la lucha por sus reivindicaciones inmediatas podía conducir a un cambio social más profundo. En cierto modo, esto sirvió como laboratorio para experimentar con las reivindicaciones de la lucha de clases. En el proceso, el movimiento de masas ayudó a desarrollar algunas de las ideas que se convertirían en el Programa de Transición de la Cuarta Internacional.

    El Northwest Organizer y la campaña imperialista a favor de la guerra

    El periódico sindical era esencial para educar a los miembros de base sobre la guerra que se avecinaba. El Northwest Organizer, que comenzó como el periódico del Local 544, acabó convirtiéndose en el periódico del Teamsters Joint Council, que tenía representantes de todos los locales de Teamsters de la ciudad. En 1937, el Northwest Organizer publicaba artículos periódicos sobre la campaña imperialista a favor de la guerra. Los Teamsters explicaban el belicismo del presidente Franklin D. Roosevelt como agente de la clase capitalista. Esto incluía las huelgas debidas a los recortes de FDR a la Administración de Progreso de Obras y la reasignación de fondos para el rearme. Explicaban cómo la clase dominante utiliza el ejército tanto para proteger las inversiones capitalistas en países extranjeros como para proteger los intereses corporativos en Estados Unidos enviando tropas contra los trabajadores en huelga.

    Incorporando la historia antibélica del movimiento obrero de Minnesota durante la Primera Guerra Mundial, el Northwest Organizer advirtió a los trabajadores sobre los peligros de confiar en el Partido Demócrata para detener la guerra. El periódico explicaba que, durante la Primera Guerra Mundial, el movimiento pacifista de Minnesota creció hasta alcanzar los 70 000 seguidores, pero fue rápidamente absorbido por el Partido Demócrata gracias a las falsas promesas del presidente demócrata Woodrow Wilson.

    Los artículos del Northwest Organizer también explicaban que, en 1915, la Federación Estadounidense del Trabajo de Minnesota adoptó una postura antibélica y, en 1917, el movimiento obrero movilizó a miles de personas en las calles contra la decisión del presidente Wilson de romper las relaciones diplomáticas con Alemania y, unas semanas más tarde, volvió a movilizarse cuando Wilson llevó a Estados Unidos a la guerra. La declaración de guerra de Estados Unidos contra Alemania provocó una fuerte represión del movimiento obrero pacifista. El Northwest Organizer resultó ser una herramienta crucial para educar a los sindicalistas de base de Minneapolis.

    La campaña bélica de Roosevelt y la Enmienda Ludlow

    Roosevelt y el Gobierno estadounidense utilizaron una combinación de falsas promesas y fuerte represión durante la Segunda Guerra Mundial para contrarrestar el creciente sentimiento antibélico. Los trotskistas del sindicato Teamsters de Minnesota fueron objeto de ataques específicos por su oposición a la campaña bélica de Roosevelt. Los Teamsters rebeldes llevaron a cabo una enérgica campaña de agitación antiimperialista entre el movimiento obrero de Minnesota y dieron algunos pasos muy concretos. Uno de ellos fue el apoyo crítico a una enmienda propuesta por el representante del Congreso Louis Ludlow que pedía un referéndum nacional si el Congreso de los Estados Unidos quería declarar la guerra. A pesar de las limitaciones de la enmienda Ludlow, los trotskistas adoptaron un enfoque flexible y, a través de su liderazgo en los Teamsters y en el ala más amplia de la izquierda del movimiento obrero, apoyaron la enmienda Ludlow. Este esfuerzo condujo a la aprobación de una resolución contra la guerra en la mucho más grande Unión Central Laboral de Minnesota (MCLU). La resolución afirmaba: «Que… cincuenta mil sindicalistas declaran su oposición inquebrantable a todos los preparativos bélicos y… su firme oposición a cualquier guerra iniciada por el Gobierno; que nos uniremos a todas las demás fuerzas del movimiento obrero que comparten nuestras opiniones con el fin de consolidar el movimiento más fuerte posible de resistencia a la guerra y a los belicistas».

    La resolución de la MCLU también pedía que los fondos destinados a la guerra se desviaran hacia los desempleados, la retirada de las fuerzas armadas estadounidenses del «Lejano Oriente» y la solidaridad con la lucha de China por la independencia. En otras palabras, el movimiento obrero estaba adoptando un programa contundente no solo contra la campaña bélica de Roosevelt, sino también en relación con las luchas anticolonialistas en China. Esta resolución fue el resultado de años de actividad sindical basada en principios por parte del sindicato Teamsters General Drivers Local 544, y condujo a una mayor posibilidad de influir en el Partido Agrario-Laborista (FLP) de Minnesota, liderado por el Partido Comunista (PC) y una facción cuasi pacifista de derecha. El PC se opuso a la Enmienda Ludlow y, en cambio, apoyó plenamente la campaña bélica de FDR en lo que consideraban una maniobra para defender a la Unión Soviética (Stalin acabaría firmando un pacto con Hitler, y el PC cambiaría de rumbo solo para dar otro giro tras la invasión de la Unión Soviética por parte de Alemania).

    El estado de ánimo de las masas, junto con la confianza ganada gracias al auge del movimiento sindical militante del CIO, comenzaba a cambiar en contra de Roosevelt. Uno de los factores que impulsaron la creciente oposición a FDR fue la contradicción entre el gasto público y el rearme. Un artículo del 23 de febrero de 1939 en el Northwest Organizer señalaba la contradicción: «Cuando Roosevelt recortó la asignación para ayuda social en mil millones de dólares, nos dijo: NO hay fondos. Cuando el Congreso recortó la asignación para ayuda social en otros 150 000 000 de dólares, nos dijeron: NO HAY FONDOS. Pero cuando hace unos días se presentó en la Cámara de Representantes el proyecto de ley para aumentar el Cuerpo Aéreo del Ejército a 5500 aviones de combate, un proyecto de ley que implicaba un gasto de unos 376 millones de dólares, parecía que había FONDOS de sobra. La Cámara votó casi por unanimidad a favor del proyecto de ley. NO HAY FONDOS para los desempleados hambrientos y sin hogar. FONDOS DE SOBRES para financiar la próxima guerra imperialista».

    La dirección del sindicato Teamsters Local 544 logró impulsar una posición antiimperialista a pesar de los esfuerzos del presidente general de la IBT, Daniel Tobin, por impedirlo. Tobin era amigo de FDR y un ferviente anticomunista que en 1940 hacía llamamientos para que la AFL y la CIO avanzaran hacia la unidad. Los trotskistas sospechaban de sus intenciones. En un número de Socialist Appeal del 13 de enero Socialist Appeal afirma: «Tobin ha sido un ferviente partidario del New Deal y un amigo político cercano de la Casa Blanca. Es muy posible que esta campaña de unidad se haya elaborado en colaboración con el presidente Roosevelt. A Roosevelt le interesa ver un movimiento sindical unido, no porque ayude a los trabajadores a luchar más eficazmente por sus derechos, sino porque le ayudará a integrar el movimiento sindical detrás de la maquinaria bélica».

    Enfrentarse a los fascistas; guardias de defensa sindical

    Junto al conflicto interimperialista, encontramos el auge de los movimientos de extrema derecha y autoritarios. Esto es ciertamente cierto en el período previo a la Segunda Guerra Mundial. En su libro Teamster Politics, Farrell Dobbs escribe: «Los enfrentamientos entre el capital y el trabajo en tiempos de crisis social tienden a estimular la actividad de los demagogos políticos con mentalidad fascista. Anticipan que la intensificación de la lucha de clases hará que sectores de la clase dominante se alejen de la democracia parlamentaria y sus métodos de gobierno y recurran al fascismo como forma de mantener el poder estatal y proteger sus privilegios especiales».

    En los años veinte y treinta se produjo el auge de los movimientos de extrema derecha y fascistas en todo el mundo como respuesta a los levantamientos revolucionarios que amenazaban el poder del capital. En 1940, varios gobiernos de extrema derecha y totalitarios habían tomado el poder en diversos países.

    En Estados Unidos, los grupos fascistas intentaron afianzarse, pero los capitalistas no los necesitaban en ese momento para aplastar a la izquierda y a los sindicatos. En términos generales, las burocracias sindicales en el período previo a la Segunda Guerra Mundial cedieron a la presión para firmar compromisos de no huelga y acomodarse a la campaña bélica capitalista. Los Teamsters de Minneapolis, en el Local 544, fueron una rara excepción. La dirección trotskista supo dirigir hábilmente la construcción de un ala izquierda antiimperialista y de lucha de clases en el movimiento obrero en un momento de extrema crisis social que les obligaba a defenderse de los ataques de las organizaciones fascistas.

    Los fascistas en Estados Unidos se convirtieron en una herramienta útil para los patrones para atacar a los trabajadores sindicalizados. Un artículo de Socialist Appeal del 28 de abril de 1939 afirma: «Estos grupos fascistas no son más que organizaciones permanentes de esquiroles al servicio de los patrones más reaccionarios. Los trabajadores deben estar preparados para repelerlos dondequiera que asomen la cabeza».

    Una de las secciones más grandes de fascistas, las Camisas Plateadas, se desarrolló en Minneapolis a finales de 1938. También conocidas como la Legión Plateada de América, las Camisas Plateadas se fundaron en 1933. En «Los amigos estadounidenses de Hitler: los partidarios del Tercer Reich en Estados Unidos», Bradley Hart escribe: «La Legión Plateada de América, comúnmente conocida como las Camisas Plateadas, era una organización pro fascista, antisemita y declaradamente cristiana y aria. Ganó influencia en Minnesota en la década de 1930, y uno de los principales organizadores de Pelley pasó un tiempo en las Ciudades Gemelas organizando secciones y defendiendo la causa contra el partido laborista en las elecciones a gobernador de 1938… William Dudley Pelley […] creó fuertes alianzas con el Ku Klux Klan y la German American Bund. Aprovechando los sentimientos antisemitas ya existentes en las Ciudades Gemelas, así como la creciente ansiedad económica, las Camisas Plateadas encontraron un público receptivo en la década de 1930, llegando a tener casi seis mil miembros».

    Los jefes de Minneapolis, organizados en la «Alianza Ciudadana», no tuvieron ningún reparo en utilizar a los fascistas para socavar los esfuerzos de los Teamsters. Fueron los empresarios quienes se pusieron en contacto con William Dudley Pelley y le pidieron que enviara gente a Minneapolis y comenzara una campaña de reclutamiento. El Local 544 ya había demostrado no tener miedo ante los ataques de la policía y la Guardia Nacional. ¿Cómo iban a manejar una amenaza fascista?

    El Local 544 se puso inmediatamente a trabajar en la organización de guardias de defensa sindicales. Estos guardias de defensa se concibieron como amplios, inclusivos y destinados a la defensa de todo el movimiento obrero. Dobbs escribe: «Conceptualmente, la guardia no se concibió como una formación limitada a un solo sindicato. Se consideraba más bien como el núcleo alrededor del cual construir el movimiento de defensa unida más amplio posible. Desde el principio, se hicieron esfuerzos para involucrar a otros sindicatos en el proyecto. Se esperaba que el tiempo y los acontecimientos también permitieran ampliar el frente unido para incluir a los desempleados, las minorías y los jóvenes, todas ellas víctimas potenciales de los fascistas, los vigilantes u otros reaccionarios».

    Bajo el liderazgo de Ray Rainbolt, miembro dakota del Local 544, la guardia de defensa creció hasta alcanzar los 600 miembros. Se estableció un entrenamiento de estilo militar, se impartió formación sobre tácticas defensivas del pasado y se creó un equipo de recopilación de información para preparar a los trabajadores. La clase trabajadora se convirtió en los ojos y los oídos, siempre alerta y atenta a los folletos o reuniones fascistas. Los trabajadores, por su experiencia en los piquetes, sabían que no podían confiar en la policía y que tendrían que proporcionar su propia defensa. Las movilizaciones y los simulacros ayudaron a establecer la presencia pública de la guardia de defensa y a disuadir cualquier intento serio de atacar a los Teamsters, además de hacer saber a los fascistas que eran más que capaces de defenderse.

    El desarrollo de la Guardia de Defensa de los Trabajadores se llevó a cabo a través de debates colectivos y la toma de decisiones democráticas en la convención del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP). En 1939, el SWP aprobó una resolución en su convención nacional en la que se esbozaba la necesidad de formar guardias de defensa de los trabajadores: «La lucha contra el fascismo hace posible y exige el frente único más amplio posible. Los requisitos esenciales para ser miembro de la Guardia de Defensa deben formularse simplemente como la voluntad de luchar contra los fascistas, defender a los trabajadores y otras organizaciones y grupos de los ataques fascistas y de los vigilantes, y aceptar la disciplina democrática de la Guardia. Si bien se deben tomar todas las precauciones para garantizar la integridad de cada solicitante y proteger a la Guardia de provocadores, soplones y elementos irresponsables o frívolos, se debe hacer un esfuerzo por reclutar miembros y apoyo de la manera más amplia y extensa posible sobre esta base».

    El SWP y sus cuadros sindicales lograron galvanizar a las fuerzas antifascistas en lugares como Los Ángeles, Minneapolis y Nueva York. El 20 de febrero de 1939, el SWP movilizó una respuesta masiva en oposición a una reunión de la German American Bund, que apoyaba al nazismo. En un artículo para Red Flag, Nathaniel Flakin escribe: «El 20 de febrero de 1939, la bandera estadounidense ondeaba junto a la esvástica. […] Una enorme multitud cantaba el himno nacional mientras hacía el saludo nazi. Guardias con uniformes grises inspirados en los del ala paramilitar nazi permanecían firmes frente a un retrato de George Washington de nueve metros. La German American Bund había llenado el Garden con 20 000 simpatizantes. En un intento por sacudirse su imagen de club de fans de Hitler comedores de chucrut, la Bund se envolvió en la bandera del americanismo y celebró el cumpleaños de Washington. Las pancartas proclamaban «¡Despierta, América!» (copiado del «Deutschland Erwache!» de Hitler). La manifestación estaba protegida por 450 soldados uniformados de la División de Orden del Bund, su versión de la Sturmabteilung o «División de Asalto» nazi.

    Fuera, el Partido Socialista de los Trabajadores había reunido a unos 50 000 antifascistas. Todas las demás organizaciones de izquierda, y también las organizaciones sionistas, no habían logrado movilizar a la gente contra los nazis. Como resultado, unos doscientos miembros del SWP se ganaron la atención de las masas.

    Un artículo del 22 de febrero de 1939 en Socialist Appeal describía la escena de la siguiente manera: «Una imponente y combativa manifestación de cincuenta mil trabajadores se reunió cerca del Madison Square Garden el lunes por la noche para protestar contra la primera gran movilización fascista en la ciudad de Nueva York. Además de los cincuenta mil manifestantes que respondieron al llamamiento del Partido Socialista de los Trabajadores para una concentración laboral contra la concentración fascista, las estimaciones oficiales de la policía facilitadas a la prensa contabilizaron otros cincuenta mil entre los espectadores. Salvo contadas excepciones, estos últimos dejaron clara su simpatía por los objetivos y consignas de los miles de manifestantes. … 1780 policías del alcalde La Guardia, el mayor número de agentes jamás reunidos en la ciudad contra una sola manifestación, golpearon y pisotearon con las pezuñas de sus caballos a decenas de trabajadores en un intento fallido de disolver la manifestación. Desde las 6 de la tarde hasta las 11 de la noche, los trabajadores se enfrentaron en una serie de encarnizados choques con la policía. El tamaño de la contramanifestación de los trabajadores superó con creces las expectativas incluso de los más optimistas».

    Los trabajadores aprendieron una valiosa lección ese día sobre de qué lado está la policía. El auge del movimiento fascista en Estados Unidos y la expansión del fascismo por Europa dejaron claro que una Guardia de Defensa Obrera podría desempeñar un papel indispensable para detener los ataques contra la clase trabajadora tanto por parte de la policía como de los fascistas. La creación de las guardias de defensa se detuvo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando el SWP se enfrentó a batallas legales y a acusaciones falsas acusaciones de sedición que habrían llevado a los principales miembros del SWP y del sindicato Teamsters a pasar más de un año en la cárcel. Las formulaciones defensivas utilizadas por el SWP y su trabajo en el sindicato Teamsters de Minneapolis fueron indispensables para limitar la capacidad de los tribunales capitalistas de dictar sentencias más largas.

    Independencia de la clase obrera; partido laborista

    Entre la huelga de 1934 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la dirección trotskista navegó hábilmente por la arena electoral en Minneapolis. A veces presentaban candidatos laboristas independientes. En otras ocasiones se presentaron como socialistas, como en 1936, cuando presentaron a V. R. Dunne en la línea del Partido Socialista para el cargo de secretario de Estado de Minnesota y obtuvieron 4000 votos, tres quintas partes de ellos en Minneapolis. A veces, cuando los Teamsters no apoyaban a un candidato obrero o socialista, el sindicato votaba a favor del candidato del partido laborista (FLP). El reformista FLP era, con diferencia, el partido electoral dominante en Minneapolis y tenía una profunda conexión con el movimiento obrero, pero a finales de la década de 1930 se vinculó cada vez más a las políticas de Roosevelt y del Partido Demócrata.

    Los conflictos internos del FLP sobre la dirección del partido y el fracaso del FLP a la hora de oponer una fuerte resistencia a Roosevelt provocaron derrotas electorales, y varios sindicatos abandonaron el partido. Al mismo tiempo, el fracaso de la administración Roosevelt a la hora de abordar las necesidades acuciantes de la clase trabajadora ayudó a llegar a la conclusión de que los trabajadores necesitaban su propio partido, y la idea de crear un partido laborista comenzó a afianzarse de forma orgánica.

    En Minneapolis, en 1939, el Sindicato Central, con el apoyo del sindicato Teamsters Local 544 y del SWP, así como de secciones del FLP, decidió presentar a un candidato independiente, T. A. Eide, a la alcaldía, bajo la bandera del movimiento obrero. Farrell Dobbs escribe en «Teamster Bureaucracy»: «El control de la campaña en apoyo de su candidatura [la de T. A. Eide] fue asumido por comités sindicales voluntarios que surgieron en los distritos. Esto significaba que el órgano central de la AFL actuaba, en efecto, como un partido laborista de forma improvisada. Así, de la lucha dentro del FLP había surgido un movimiento político prometedor, aunque amorfo. La nueva formación estaba sólidamente arraigada en la clase obrera y actuaba bajo el control de los sindicatos».

    Dobbs continúa: «Los líderes trotskistas del Local 544 respaldaron la campaña de Eide. … Al hacerlo, instaron a la Sindicato Central  a avanzar hacia la creación de un partido laborista permanente y a vincularse con fuerzas progresistas de otros lugares en un esfuerzo por construir una formación nacional. … En última instancia, subrayaron los militantes del sindicato Teamsters, las medidas eficaces para prevenir la guerra y defender los intereses de los trabajadores en general solo podían adoptarse mediante una lucha de la clase obrera por el control directo del gobierno».

    La campaña pro-laboral y antiguerra de Eide perdió por un estrecho margen frente al candidato republicano y se enfrentó no solo a los ataques de los capitalistas, sino también a las duras críticas del Partido Comunista estalinista. Aun así, la campaña fue un éxito al poner en la agenda la oposición a la campaña militar de Roosevelt. También puso de relieve la cuestión del partido laborista en un momento en que los socialistas revolucionarios intentaban salir del aislamiento y encontrar su camino hacia las masas. ¿Qué habría sido posible si la demanda de un partido laborista se hubiera afianzado no solo en Minneapolis, sino en el transcurso de todas las grandes luchas obreras del país? ¿En qué habría diferido el desarrollo de la AFL y la CIO si, en lugar de depender de políticos capitalistas, hubieran podido contar como voz política con los millones de trabajadores organizados?

    Entre 1932 y 1938 hubo profundos debates en el movimiento trotskista sobre la exigencia de un partido laborista. El auge de un movimiento obrero industrial militante en forma de la CIO dio esperanzas de que se producirían importantes avances en la conciencia política y de que los trabajadores se unirían en masa a la bandera del socialismo revolucionario. Echando la vista atrás al año 1936, Farrell Dobbs escribe en «Teamster Politics»: «… los revolucionarios no pidieron la creación de un partido laborista durante ese período. Tal y como estaban las cosas entonces, no era en absoluto seguro que los trabajadores tuvieran que pasar por una etapa reformista en el curso de su ruptura con la política capitalista. La crisis social los impulsaba a dar un salto rápido desde un estado generalmente atomizado hacia la organización sindical en una forma industrial avanzada. Y esa dinámica seguía vigente. Por lo tanto, era posible que en las luchas venideras los trabajadores pudieran dar otro gran salto, esta vez hacia la política revolucionaria».

    En 1938 quedó claro que el salto hacia un partido socialista revolucionario de masas no se produciría y que el movimiento obrero avanzaba por delante del crecimiento del Partido Socialista de los Trabajadores. Tras las discusiones entre León Trotsky, James P. Cannon, V. R. Dunne y Max Shachtman en la Ciudad de México entre abril y julio de 1938, se llegó a la conclusión de que la posición correcta sería utilizar la demanda del partido laborista de manera agitadora y propagandística.

    Trotsky señaló: «En Minneapolis no podemos decir a los sindicatos que deben adherirse al Partido Socialista de los Trabajadores. Sería una broma incluso en Minneapolis. ¿Por qué? Porque el declive del capitalismo se desarrolla diez o cien veces más rápido que la velocidad de nuestro partido. Es una nueva discrepancia. La necesidad de un partido político para los trabajadores viene dada por las condiciones objetivas, pero nuestro partido es demasiado pequeño y tiene muy poca autoridad para organizar a los trabajadores en sus propias filas. Por eso debemos decir a los trabajadores, a las masas, que deben tener un partido. Pero no podemos decirles inmediatamente a estas masas que deben afiliarse a nuestro partido».

    Continuó diciendo: «En una reunión masiva, 500 personas estarían de acuerdo en la necesidad de un partido laborista, pero solo cinco aceptarían afiliarse a nuestro partido, lo que demuestra que la consigna de un partido laborista es una consigna agitadora. La segunda consigna es para los más avanzados. ¿Debemos utilizar ambas consignas o solo una? Yo digo que ambos. El primero, un partido laborista independiente, prepara el terreno para nuestro partido. El primer lema prepara y ayuda a los trabajadores a avanzar y allana el camino para nuestro partido. Ese es el sentido de nuestro lema. Decimos que no nos conformaremos con este lema abstracto, que hoy en día ya no es tan abstracto como hace diez años, porque la situación objetiva es diferente. No es lo suficientemente concreto. Debemos mostrar a los trabajadores lo que debe ser este partido: un partido independiente, no para Roosevelt o [el ex candidato presidencial «progresista» Robert] LaFollette, una máquina para los propios trabajadores. Por eso, en el ámbito electoral, debe tener sus propios candidatos. Luego debemos introducir nuestras consignas transicionales, no todas a la vez, sino según surja la ocasión, primero una y luego la otra. Por eso no veo absolutamente ninguna justificación para no aceptar esta consigna».

    Era necesario resolver estos debates para construir un polo de independencia de la clase obrera que pudiera abrir una brecha entre la clase obrera y la exigencia de FDR de que los trabajadores apoyaran sus objetivos bélicos. Los trotskistas de este periodo utilizaron la cuestión de la independencia de clase para ganar a los miembros de base del Local 544 a una perspectiva antiimperialista.

    Lucha contra la represión en Minneapolis

    La experiencia de Minneapolis ofrece un número significativo de lecciones para la clase obrera, más allá de la impresionante huelga de 1934. Para detener los esfuerzos de los Teamsters de Minneapolis, se necesitaron las fuerzas combinadas de los patrones, los políticos, la policía e incluso su propia dirección internacional. En 1941, 18 líderes de los Teamsters de Minneapolis y del Partido Socialista de los Trabajadores fueron enviados a prisión durante un año o más en virtud de la aplicación de la Ley Smith por parte de la fiscalía. Las acusaciones de la Ley Smith ayudaron a incriminar a estos líderes socialistas por sedición.

    En la introducción al libro de Cannon «Socialism on Trial» (El socialismo a juicio), el líder del SWP Joseph Hansen escribe: «Fueron encarcelados porque se oponían a la guerra imperialista y porque defendían la construcción de una sociedad socialista como único medio para poner fin a esas guerras y a todos los demás males del capitalismo en su agonía. Las opiniones por las que ahora se encuentran entre rejas…

    «Aunque el caso de Minneapolis fue el primer proceso federal por sedición en tiempos de paz en la historia de los Estados Unidos, fue claramente orquestado por la administración Roosevelt como parte de su programa de guerra. Los hechos lo demuestran sin lugar a dudas. Además de conceder un favor personal a [el presidente de los Teamsters, Daniel] Tobin, Roosevelt tenía una razón política mucho más importante para iniciar el proceso. La administración, que esperaba sumir momentáneamente a Estados Unidos en la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, deseaba aislar y silenciar a los defensores del socialismo para evitar que sus ideas llegaran a las masas empujadas al matadero».

    En Minneapolis, la dirección trotskista del sindicato Teamsters General Drivers Local 544 se enfrentó a numerosas crisis y abordó cada desafío organizando a las masas de trabajadores de forma democrática e independiente. Este artículo ha tratado de destacar la importancia de su lucha para promover posiciones antiimperialistas y antifascistas dentro del movimiento obrero. Aunque no logró una huelga general nacional que ayudara a evitar la Segunda Guerra Mundial, una revisión de estas experiencias hoy en día señala a la clase obrera la dirección correcta para construir una oposición basada en principios al imperialismo estadounidense, al autoritarismo de Trump y a la extrema derecha. A veces podemos aprender tanto de las derrotas de nuestros movimientos como de las victorias.

    Hoy en día nos encontramos con un movimiento obrero en gran medida reacio a romper con el Partido Demócrata en favor de la independencia de clase. En el sindicato Teamsters, hoy vemos a Sean O’Brien y a la mayoría de los dirigentes del IBT jugando un juego peligroso al inclinarse por su alianza con Trump y la multitud de MAGA. Esto incluye el apoyo a los nombramientos anti a los trabajadores nombrados por la administración Trump, como la secretaria de Trabajo, Laura Chávez-DeRemer. El Departamento de Trabajo está difundiendo en las redes sociales mensajes que hacen propaganda en torno al eslogan nacionalista «America First» (Estados Unidos primero) y llamamientos a «construir la patria».

    Sean O’Brien, al igual que Daniel Tobin en los años 30 y 40, se encuentra hoy en el lado equivocado de la historia. O’Brien también ha promocionado a políticos de extrema derecha como Josh Hawley y Vivek Ramaswamy. Tanto O’Brien como Shawn Fain, presidente del sindicato United Auto Workers, han elogiado lamentablemente los aranceles de Trump como solución a las políticas neoliberales. Como concluye un reciente artículo de Noah Dobin-Bernstein y Sahiba Gill en Truthout, «la ira de la clase trabajadora por una economía global profundamente injusta es real y justificada. Esta cuestión define tanto la vida de los trabajadores estadounidenses que han visto cómo sus puestos de trabajo se externalizaban como la de aquellos que, en el extranjero, realizan trabajos agotadores en fábricas por un dólar la hora y merecen más. Pero no hay soluciones en la política de división y de culpar a «otros» trabajadores. Estas viejas y manidas políticas antiobreras, las que están detrás de la versión de Trump de los aranceles, solo distraen nuestra ira colectiva de las corporaciones multimillonarias que se benefician a costa de los trabajadores de todo el mundo».

    Mientras el régimen de Trump filtra memorandos draconianos que amenazan a inmigrantes, musulmanes y socialistas, también está creando listas secretas de «terroristas», tanto nacionales como extranjeros. Está bombardeando barcos frente a las costas de Venezuela y aldeas en Nigeria para beneficio político y económico de la clase capitalista. Los trabajadores más avanzados tendrán que encontrar la manera de construir un frente unido en oposición a la guerra y la represión. Se necesita urgentemente un movimiento obrero que rechace los objetivos imperialistas y una a todos los elementos de la clase trabajadora a nivel internacional para luchar por sus propios intereses. Para lograrlo, será necesario desentrañar las lecciones de la historia oculta de las luchas antiimperialistas en el movimiento obrero y popularizar los ejemplos presentados por Farrell Dobbs en su serie Teamster.

    La necesidad de un partido y un programa revolucionarios

    Como señala este artículo, el movimiento obrero por sí solo no es suficiente para sostener y construir un movimiento exitoso contra la clase capitalista. Por supuesto, los trabajadores en el punto de producción pueden en cualquier momento cerrar toda la industria bélica o detener a los agentes del ICE mañana mismo metiéndose las manos en los bolsillos y abandonando el trabajo.

    La acción del 23 de enero en Minneapolis contenía esta idea en forma embrionaria. Pero no es bueno que los trabajadores vayan por ahí llamando a todo huelga general. Tenemos que ser honestos sobre la situación política de nuestro movimiento y sobre los riesgos que los sindicatos y la clase trabajadora están dispuestos a asumir y los que no. Tampoco podemos lanzarnos a la batalla sin una estrategia y unas tácticas coherentes. Una evaluación honesta puede ayudarnos a encontrar el camino para derrotar a las fuerzas de la tiranía.

    Las circunstancias actuales abren la posibilidad de un gran peligro para la clase trabajadora, pero también de oportunidades. La represión, las acciones de la extrema derecha y las amenazas de guerra son obstáculos graves a los que se enfrentan los trabajadores, pero es posible aprovechar el momento y convertirse en una poderosa fuerza antiimperialista, antifascista y antiautoritaria. Esta fuerza puede desenmascarar la agenda de la clase capitalista, organizarse contra la guerra y defender las libertades civiles de los ataques de Trump.

    Necesitamos una transformación más amplia de la sociedad y, para ello, los sindicatos deben vincularse con otras organizaciones de la clase trabajadora y comunitarias que luchan contra los ataques de Trump. Los derechos de los inmigrantes, la solidaridad con Palestina, los derechos de las mujeres, la liberación de los negros, la liberación de los indígenas, los derechos LGBTQ, las libertades civiles y todos los demás movimientos tienen un papel que desempeñar en la construcción de la lucha. Pero la lucha por sí sola tampoco es suficiente.

    Los sindicatos y nuestros movimientos deben politizarse hacia la independencia de la clase trabajadora. Para la gran mayoría de los sindicatos, las burocracias actuales siguen vinculadas a los partidos capitalistas. ¿Qué se necesita para que los sindicatos rompan con los demócratas y los republicanos y forjen un camino independiente? Se necesitará el tipo de estrategia y tácticas utilizadas por los Teamsters de Minneapolis para politizar el movimiento obrero, luchar por las cuestiones básicas en las calles y trabajar para construir un partido que represente verdaderamente a los trabajadores.

    Necesitamos que miles de socialistas se afilien a los sindicatos y ganen a las bases para la independencia de clase a través de discusiones pacientes, nueva organización, luchas en los lugares de trabajo y un movimiento de masas más amplio en las calles.

    En última instancia, los trabajadores deben tomar el poder político en su propio nombre o quedaremos atrapados en un ciclo interminable de luchas para superar la explotación y la opresión. La construcción de una organización política o un partido independiente de la clase trabajadora es esencial para organizarse contra la clase capitalista. Pero eso es solo un primer paso. La historia nos muestra que es poco probable que los sindicatos o los partidos reformistas por sí solos impulsen el tipo de movimiento necesario para tomar el poder.

    Necesitamos construir un partido que pueda impulsar un programa revolucionario para organizar y empoderar a la clase trabajadora para que avance de manera decisiva. Dicho partido habrá aprendido a utilizar las lecciones de las luchas del pasado para desarrollar su estrategia y tácticas para esta tarea.

    La clase capitalista comprende el profundo impacto que las luchas pasadas han tenido en la clase trabajadora, y lo último que quiere es que una nueva generación de jóvenes trabajadores interiorice esas lecciones. Para saber cómo luchar, los trabajadores deben comprender por qué luchan. Esto significa comprender cómo funciona el imperialismo, cómo la clase capitalista utiliza los movimientos fascistas y por qué la clase trabajadora se ve arrastrada sistemáticamente al infierno de la explotación capitalista y la guerra.

    Una clase trabajadora que desarrolla una comprensión más amplia del imperialismo como fenómeno social y global inherente al sistema capitalista y sus conexiones con el auge de los movimientos de extrema derecha y fascistas es peligrosa para la clase capitalista. ¿Qué pasaría si los sindicalistas empezaran a llegar a la conclusión de que las acciones masivas, los paros laborales, las huelgas generales y la adhesión a la lucha por el socialismo son necesarios para frustrar y, en última instancia, poner fin a la agresión imperialista, fascista y autoritaria del gobierno?

    Es necesario cambiar el sistema para poner fin a la brutalidad del sistema capitalista. James P. Cannon, líder de la CLA y más tarde del SWP, lo reafirmó en «El socialismo a juicio». Escribió: «Nuestro partido siempre ha afirmado que es imposible prevenir las guerras sin abolir el sistema capitalista, que las engendra. Puede que sea posible retrasar una guerra durante un tiempo, pero, en última instancia, es imposible evitar las guerras mientras siga existiendo este sistema y sus conflictos entre naciones imperialistas».

    (Foto) V. I. Dunne, líder de la huelga de los camioneros de Minneapolis de 1934 y miembro de la Liga Comunista de América, es detenido por tropas de la Guardia Nacional.

     

  • «God Bless América»: Bad Bunny en el Super Bowl

    «God Bless América»: Bad Bunny en el Super Bowl

    Por John Prieto y Thalia Acosta

    El 28 de septiembre de 2025 se anunció que Bad Bunny actuaría en el show de medio tiempo de la Super Bowl LX. Se trata de una superestrella puertorriqueña del reguetón cuya música es principalmente en español y que se ha negado a programar fechas para su actual gira mundial en Estados Unidos por temor a que el ICE persiga a sus fans. Por todo lo anterior, su selección provocó la indignación inmediata de la derecha. El presidente Donald Trump lo calificó de «absolutamente ridículo» y numerosos comentaristas conservadores lo criticaron por cantar en español y por su abierta oposición al ICE. Entre su base de trolls reaccionarios en las redes sociales, la respuesta fue mucho más clara.

    No se trataba de su oposición al ICE, ni de algún tipo de crítica informada a su música. Era la misma animadversión racial que impulsaba los ataques a los inmigrantes en todo el país. Comentario tras comentario lo atacaban por ser «ilegal» o «no estadounidense» (a pesar de su apoyo a la independencia de Puerto Rico, Bad Bunny tiene la ciudadanía estadounidense por haber nacido en Puerto Rico). No se trata de un simple error que se pueda corregir. El comentario da a entender que él, y otros como él, no deberían ser estadounidenses.
    La reacción al espectáculo del medio tiempo quedó decidida desde el momento en que se anunció que Bad Bunny sería el músico principal. Se decidió antes de que supieran nada más allá del idioma en el que canta Bad Bunny. En cierto sentido, se decidió en el momento en que el imperialismo estadounidense se apoderó de la isla en 1898, o cuando el Tribunal Supremo decidió en el caso Downes contra Bidwell que Puerto Rico era «extranjero en el sentido domestico» y «habitado por razas extranjeras».

    El concierto, al igual que su discografía, estaba llena de mensajes y significados culturales y políticos. Desde la apertura con los campos de caña de azúcar, que mostraba a los trabajadores caribeños en las plantaciones coloniales, hasta las referencias a la piragua, el coco frío y otras escenas icónicas de la vida puertorriqueña, la puesta en escena sirvió como un curso intensivo visual sobre la cultura puertorriqueña. Aunque los detalles son puertorriqueños, estas imágenes son puntos de referencia no solo para Puerto Rico, sino para todo el Caribe y América Latina. Esto quedó claro para todos los espectadores cuando, cerca del final de la actuación, Bad Bunny se apropió del dicho, a menudo reaccionario, «God Bless AmericaDios bendiga a América» («Dios bendiga a América»), dándole la vuelta geográficamente al enumerar todos los países de América, de sur a norte.

    En cuanto al sonido, el espectáculo comenzó con los éxitos más populares que han convertido a Bad Bunny en una superestrella mundial y ha vuelto imprescindible su música para cualquier lista de musica para fiestas, sin importar en qué parte del mundo te encuentras. Cabe destacar en esta sección el clásico instantáneo «Yo Perreo Sola», que se lanzó durante la COVID y cuyo título y letra adquirieron un significado especial en ese contexto. La canción en sí es un himno al disfrute y, en particular, al derecho de las mujeres a salir, bailar y divertirse sin necesidad de ser acompañadas o acosadas sexualmente por un hombre. Si bien este contenido ya es objetable para la derecha reaccionaria reprimida y represiva, en el vídeo lanzado para este sencillo, Bad Bunny también aparece travestido, un gesto en línea con sus declaraciones públicas y acciones en defensa de los derechos LGBTQ+.

    Otro momento que dio un vuelco al dominio tradicional de la cultura angloamericana en Estados Unidos fue la aparición como invitada de Lady Gaga (ídolo de Bad Bunny desde hace mucho tiempo). Su papel no fue simplemente apaciguar al público que quería a una superestrella estadounidense, sino subvertir la dirección tradicional del tokenismo y la asimilación, colocando a Lady Gaga en un papel secundario en el que adaptó alegremente su música a un ritmo latino.

    Sin embargo, los momentos más explícitos y abiertamente políticos se produjeron en la segunda mitad del evento, que incluyó la aparición como invitado de Ricky Martin (él mismo ganador de un Grammy puertorriqueño) cantando el estribillo de «LO QUE LE PASÓ A HAWAII» del último álbum de Bad Bunny, DeBí TIRAR Más FOTOS. Esta canción utiliza Hawái como ejemplo de los peligros de volverse estado oficial de los Estados Unidos, así como del turismo y la gentrificación. Esta canción provocó la indignación de los puertorriqueños en contra de la independencia, que la consideraron un respaldo implícito a la independencia y un impulso cultural para las fuerzas políticas proi-ndependencia de La Alianza, que recientemente había obtenido avances históricos en las elecciones generales de 2024. En una clara reprimenda a lo que está sucediendo actualmente en Puerto Rico y ha sucedido en Hawái, el estribillo dice: «Quieren quitarme el río y también la playa / Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya / No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai / Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái» (Un lelolai es un elemento tradicional del canto puertorriqueño).

    A esta le siguió «El Apagón», una crítica mordaz a LUMA Energy, una empresa conjunta entre capital estadounidense y canadiense que ha asumido la responsabilidad de la distribución y transmisión de energía eléctrica, asumiendo el cargo de la entidad pública que anteriormente la controlaba. El contrato, que el Gobierno de Puerto Rico firmó con LUMA, fue criticado y provocó una reacción negativa debido a su secretismo y a la falta de participación pública. A esto no ha ayudado el hecho de que LUMA haya incumplido sistemáticamente los servicios contratados y haya insistido en aumentar las tarifas eléctricas a los puertorriqueños a pesar de los continuos problemas con los apagones generalizados. La canción canalizó la indignación del público puertorriqueño contra esta operación de saqueo imperialista, y Bad Bunny aprovechó del videoclip de la canción para producir y difundir un minidocumental sobre la crisis eléctrica y LUMA. Del mismo modo, el espectáculo del medio tiempo se convirtió en una plataforma para visualizar esta saga a través de la viñeta en la que Bad Bunny y otros artistas bailaban sobre postes eléctricos que emitían chispas eléctricas.

    Como dijimos anteriormente, el espectáculo terminó con un llamamiento hemisférico o panamericano a la unidad, contra el telón de fondo de la visión excluyente, beligerante e imperialista de América propagada por la derecha estadounidense. Aunque se podría considerar este gesto como una simple inversión del excepcionalismo estadounidense, tiene su propia historia y lógica en la política de América Latina. En cierto sentido, Bad Bunny se remitió a los llamamientos a la unidad y la solidaridad panamericanas realizados por personas como José Martí en Nuestra América, un llamamiento que no excluye a Estados Unidos y Canadá, sino que abarca a todas las Américas en su totalidad, incluyendo, representando, respetando y defendiendo a todas.

    Por último, hay que abordar la contraprogramación organizada por la extrema derecha Turning Point USA, famosa por Charlie Kirk. Solo en cuanto a cifras, el espectáculo de Bad Bunny en el tiempo medio fue visto por el mayor número de espectadores en la historia de la Super Bowl. Si confiamos en que todas las visualizaciones del evento de Turning Point USA son reales, la actuación de Bad Bunny atrajo a más de 130 millones de espectadores más. Es más, la combinación de los dos eventos no podría haber creado una narrativa más clara. Kid Rock, un artista que dejó de ser relevante culturalmente hace más de 20 años, haciendo playback en una actuación pregrabada, parece una metáfora adecuada de la política de un imperio agresivo, en decadencia y en declive. En comparación con la actuación juvenil, relevante, multicultural y alegre de Bad Bunny, vemos el viejo mundo y el nuevo mundo de Gramsci. Ahora es, sin duda, la época de los monstruos, pero hay esperanza. Cuando entregó su Grammy a un niño pequeño, que representaba su yo pasado, no solo se lo entregaba al pasado, sino también al futuro.

  • La nueva política del imperialismo norteamericano hacia América Latina

    La nueva política del imperialismo norteamericano hacia América Latina

    Por EDU ALMEIDA y FLORENCE OPPEN

    En noviembre de 2025, el gobierno de Trump publicó el documento “Estrategia de Seguridad Nacional”, en el que anunció los nuevos fundamentos estratégicos de la acción imperialista en este periodo para imponer su hegemonía en el “hemisferio occidental”. Este plan no es ninguna sorpresa, ya que Trump, en su discurso de inauguración, anunció que “los EE. UU. volverán a considerarse como una nación en crecimiento —que aumenta nuestra riqueza, expande nuestro territorio, construye nuestras ciudades, eleva nuestras expectativas y lleva nuestra bandera a nuevos y bellos horizontes.”

    En este artículo queremos enfocarnos en las consecuencias de esta nueva política para América Latina, que se concretó de manera brutal con la invasión y el secuestro de Maduro a principios de enero de 2026. Con esa agresión, el gobierno de los EE. UU. retomó la práctica de las invasiones militares directas en América Latina, que no se producían desde hacía décadas.

    El documento publicado por la Casa Blanca detalla, con el descaro típico de Trump, la estrategia del gobierno de extrema derecha que está al frente de la potencia imperialista aún hegemónica pero decadente, y que busca por todos los medios consolidar una base regional para competir y enfrentar a China. Esta política, a su vez, profundiza cada vez más la crisis del orden imperialista mundial y la polarización social, económica y política.

    De la Doctrina Monroe al «Corolario Trump»

    El documento reivindica explícitamente la Doctrina Monroe y afirma un «Corolario Trump» a dicha doctrina. La Doctrina Monroe, anunciada por el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, en 1823, establecía la definición de «América para los americanos». En ese momento, se trataba de una expresión defensiva contra la intervención de los países europeos hegemónicos en América, en un contexto de países recién liberados de la dominación de Inglaterra, España y Portugal.

    Posteriormente, esta doctrina fue cambiando de carácter, expresando la transformación del país en un imperialista, con una postura ofensiva y intervenciones militares a finales del siglo XIX y principios del XX. La guerra hispanoamericana de 1898 marcó ese giro. EE. EE. UU. no solo se apoderó de las antiguas colonias españolas (Guam, las Filipinas, Puerto Rico) e impuso un protectorado en Cuba, sino que también anexó Hawái, inició la exploración de lo que sería el canal de Panamá y, en los meses siguientes, adquirió más de 7,000 islas en el Pacífico, a más de 10,000 km de distancia de California, estableciendo una presencia militar en la región de más de 100,000 tropas.

    En 1904, el «corolario Roosevelt» (presidente Theodore Roosevelt) de la doctrina Monroe defendía sin rodeos una política imperialista agresiva, apodada «Big Stick» (gran garrote). Esta política se expresó en las sucesivas intervenciones militares para el control del Canal de Panamá entre 1903 y 1925, así como en las más de 6 intervenciones en Honduras entre 1903 y 1925, y en las ocupaciones militares en Nicaragua (1912-33), Haití (1915-34) y la República Dominicana (1916 y 1924). Con este giro, EE.UU. inició su campaña ideológica para postularse como un “poder policial internacional”, con la potestad moral y militar para reprimir las “malas conductas” de los demás gobiernos y defender los valores de la “civilización” cristiana y de la democracia liberal.

    Estados Unidos se convirtió en hegemónico después de la Primera Guerra Mundial, en la que entró al final, asociado al imperialismo inglés (hasta entonces hegemónico). Estados Unidos se aprovechó de su proceso expansivo y de no haber sufrido grandes pérdidas en la guerra.

    El imperialismo estadounidense consolidará su hegemonía mundial tras la Segunda Guerra Mundial. Para ello, fueron clave los acuerdos de Yalta y Potsdam, un pacto contrarrevolucionario de EE. UU. con la burocracia soviética de Stalin que garantizó la hegemonía estadounidense.

    Durante más de 5 décadas, la hegemonía económica de Estados Unidos se basó en su dominio tecnológico, financiero y militar. Sus oligopolios industriales utilizaban ideologías como el «libre comercio» para exponer las frágiles industrias de otros países a su dominio. El «estilo de vida americano», difundido por Hollywood y la democracia burguesa norteamericana, era la base de la dominación política e ideológica. Las instituciones económicas y financieras internacionales, como el FMI y la OMC, operaban a nivel internacional como expresión de la hegemonía económica estadounidense.

    El acuerdo de Yalta y Potsdam, junto con el papel de la burocracia estalinista, aseguró innumerables derrotas en las grandes luchas de la posguerra. Aun así, algunas revoluciones fueron victoriosas y generaron nuevos estados obreros, pronto burocratizados, como Yugoslavia, China, Cuba y Vietnam.

    La combinación entre el freno de las direcciones y el desvío de las revoluciones hacia la democracia burguesa nunca fue una política exclusiva del imperialismo. Cuando esto no era suficiente, el imperialismo recurría a golpes de Estado e invasiones militares. En las décadas de 1960 y 1970, el gobierno de los Estados Unidos promovió innumerables golpes de Estado en América Latina, como los ocurridos en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y otros países.

    En las décadas de los 80 y 90, la globalización, los planes neoliberales y la restauración del capitalismo en los antiguos estados obreros hicieron posible un nuevo ascenso del capitalismo. Entonces se impusieron los planes neoliberales, la apertura de las fronteras económicas de los países y la formación de cadenas internacionales de valor.

    China y Rusia, tras restaurar el capitalismo, se integraron de forma subordinada a la curva ascendente del imperialismo. Pero luego, en este siglo, se convirtieron en nuevas potencias imperialistas emergentes.

    EE. UU. busca frenar la penetración de China en la región

    Desde principios del siglo XXI, el imperialismo norteamericano ha mostrado signos crecientes de decadencia. Si bien sigue siendo la potencia imperialista hegemónica en los ámbitos económico, financiero, tecnológico y militar, su hegemonía ha ido disminuyendo, perdiendo importantes espacios económicos, en particular frente a China. Desde 2010, China ha superado a Estados Unidos en producción industrial y hoy representa el 31,8 % del PIB industrial mundial. En la lista de las 500 mayores empresas del mundo de la revista Fortune Global de 2025, las empresas chinas (147) ampliaron su ventaja sobre las estadounidenses (134) por quinto año consecutivo.

    El documento Estrategia de Seguridad Nacional respondió a esta realidad. El imperialismo estadounidense sigue siendo hegemónico, pero está en decadencia y su hegemonía se va disminuyendo. Lejos de abandonar la lucha por la hegemonía mundial, el «corolario Trump» de la Doctrina Monroe es una expresión agresiva, el «Big Stick» del imperialismo hegemónico decadente para recomponer su dominio global frente al imperialismo chino en ascenso.

    Si bien América Latina no es el lugar donde China acumula la mayoría de sus inversiones y disputa por la hegemonía, como lo son Asia del Suroeste y África, la inversión de China en la región que los EE. UU. consideraban su patio trasero; ha dado un salto cualitativo en las dos últimas décadas.

    En primer lugar, los lazos comerciales de la región con el gigante asiático han aumentado: “En el año 2000, el mercado chino representaba menos del 2 % de las exportaciones de América Latina, pero el rápido crecimiento de China y la demanda resultante impulsaron el posterior auge de las materias primas en la región. Durante los ocho años siguientes, el comercio creció a una tasa anual del 31 %. En 2021, el comercio superó los 450 000 millones de dólares, una cifra que, según los medios de comunicación estatales chinos, creció hasta alcanzar un récord de 518 000 millones de dólares en 2024, y algunos economistas predicen que podría superar los 700 000 millones de dólares en 2035.”

    Obviamente, se trata de un comercio altamente desigual que beneficia al imperialismo asiático: mientras América Latina exporta soja y otros productos vegetales, productos cárnicos, cobre, petróleo, litio y otros minerales clave para el desarrollo chino, la región importa productos manufacturados de alto valor añadido, proporcionando así un mercado para la industria china y arruinando la industria nacional en la región. En este marco, Beijing ya logró imponer acuerdos de libre intercambio con 5 países: Chile, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua y Perú. En el caso de algunos países, como Chile, la dependencia comercial con China es muy significativa, ya que en 2023 el 38% de sus exportaciones totales fueron a ese país.

    Más allá del comercio desigual, China ha aumentado su inversión directa ($8 500 millones en 2024) en los más de 20 países latinoamericanos que ha incorporado a la Ruta de la Seda (BRI). Dicha inversión se centra en sectores estratégicos, como los recursos energéticos, o en infraestructuras de “uso doble” (comercial y militar) que preocupan cada vez más a Washington. Es ya sabida la inversión estratégica de China en el Triángulo del Litio (Chile, Bolivia, Argentina), ya que la región alberga entre el 60% y el 70% de las reservas mundiales de litio, esenciales para las baterías eléctricas. Entre 2018 y 2024, las multinacionales mineras chinas han invertido más de $16.000 en su explotación. En Argentina, China es propietaria o socia de seis de los dieciséis proyectos de litio activos, incluidos cuatro de los más avanzados. En 2023, un consorcio chino (CATL, BRUNP, CMOC) cerró un acuerdo por valor de 1000 millones de dólares para construir plantas de carbonato de litio en los salares de Uyuni y Coipasa en Bolivia, el primer proyecto comercial de litio liderado por extranjeros en el país. Se estima que las empresas chinas controlan casi el 40 % de la producción mundial de litio a través de sus operaciones en Sudamérica.

    China tiene hoy inversiones y el control total o parcial de más de 40 puertos en la región, algunos en sectores estratégicos clave, como el puerto de Abaco, en las Bahamas (cerca de Florida), o el del Beagle Channel, en Argentina, en el Antártico. A esto se suman la docena de instalaciones satelitales chinas y el hecho de que China proporciona equipamiento militar a varios países. Es el caso de Venezuela, por ejemplo, que tenía un embargo a la compra de armas por parte de los EE. UU.  desde 2006, pero también el de Argentina, Bolivia, Ecuador o Cuba.

    Además, desde 2005 los monopolios bancarios chinos han prestado más de $120.000 millones a los países latinoamericanos. De especial relevancia son los préstamos solicitados por Venezuela, el principal acreedor de China en la región, que ha recibido casi $60,000 millones en préstamos, más del doble que Brasil, el segundo acreedor. También hay que resaltar el último crédito SWAP de $5,000 millones que Milei, en Argentina, contrató con China en abril de 2025, a pesar de su infeudación a Trump.

    Trump busca imponer gobiernos títeres en la región

    El documento explica la estrategia de imponer gobiernos títeres en el hemisferio occidental para lograr sus objetivos económicos y militares:

    «Queremos garantizar que el hemisferio occidental siga siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye las cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a lugares estratégicos clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un «corolario Trump» a la Doctrina Monroe.”

    Y el caso de Venezuela es, en este momento, el foco central de esta política. Contrariamente a lo que difunde la propaganda estalinista, Maduro ha sido un gobierno entregado al imperialismo norteamericano. Chevron seguía presente, con toda su fuerza, en la explotación del petróleo venezolano. De hecho, en octubre del 2025, Maduro, según un reportaje del New York Times, ofreció “abrir todos los proyectos petroleros y auríferos existentes y futuros a las empresas estadounidenses, otorgar contratos preferenciales a las empresas estadounidenses, revertir el flujo de las exportaciones petroleras venezolanas de China a Estados Unidos y recortar los contratos energéticos y mineros de su país con empresas chinas, iraníes y rusas” a cambio de permanecer en el poder. Pero Trump no aceptó porque su objetivo no es solo el petróleo, sino también implementar una estrategia de seguridad nacional más global. El gobierno de Maduro, a pesar de ser proimperialista, no era un gobierno títere, sino que reflejaba los intereses contradictorios y oportunistas de la boliburguesía corrupta construida a partir del Estado. Trump, al contrario, quiere un gobierno completamente sometido a sus intereses en la región y, por eso, invadió y secuestró a Maduro.

    Esta invasión puede abrir la puerta a que se repita en otros países, como Colombia, Cuba u otros. Y supone una grave amenaza para los nuevos procesos revolucionarios de la región.

    El significado de «reclutar y comprometer» a gobiernos aliados es muy preciso: no basta con los gobiernos burgueses proimperialistas; se necesitan gobiernos títeres de extrema derecha. Como lo afirma el documento:

    «La política estadounidense debe centrarse en reclutar a líderes regionales capaces de contribuir a crear una estabilidad tolerable en la región, incluso más allá de las fronteras de esos socios. Estas naciones nos ayudarían a detener la migración ilegal y desestabilizadora, neutralizar los cárteles, fomentar la fabricación cercana a la costa y desarrollar las economías privadas locales, entre otras cosas. Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y nuestra estrategia. Pero no debemos pasar por alto a los gobiernos con perspectivas diferentes, con quienes, no obstante, compartimos intereses y que quieren trabajar con nosotros.”

    Para ello, Trump utiliza abierta y cínicamente la presión económica, condicionando los préstamos a las victorias electorales de sus aliados, como Milei en Argentina y Nasry Asfura (del Partido Nacional, en Honduras).

    Es innegable que Trump ha obtenido resultados con esta política. Aprovechando los desastres cometidos por los gobiernos de colaboración de clases, como los de Xiaomara (Honduras), Boric, Petros y otros, la ultraderecha está avanzando mucho en América Latina. Ya cuenta con los gobiernos de Milei (Argentina), Kast (Chile), Bukele (El Salvador) y Asfura (Honduras), y con la victoria en las elecciones de 2026 en Colombia.

    El caso de Lula en Brasil es diferente. Se trata de un gobierno proimperialista, con el que Trump negocia bajo la presión de su propia base burguesa estadounidense, rebelada por las consecuencias negativas de la guerra arancelaria. Aun así, Trump ayudará a construir una alternativa de derecha pos-Bolsonaro para intentar derrotar a Lula en 2026.

    Algo similar ocurre con Sheinbaum (México), que se ha adaptado por completo a la presión de Trump, ya que la economía mexicana está totalmente subordinada a su relación con EE. UU.: alrededor del 80 % de las exportaciones de México, el 55 % de sus importaciones y el 41 % de su inversión extranjera directa dependen de Estados Unidos.

    En este contexto, es imprescindible luchar en todos los países latinoamericanos contra esta nueva agresión de Trump, que busca anexarse el continente. Para ello, es importante que todos los partidos que realmente luchan por el socialismo levanten un programa por la Segunda Independencia de América Latina que plantee enfrentar a todos los imperialismos, tanto al estadounidense como a los europeos y al imperialismo chino que se presenta como “amigo”. Debemos buscar la más amplia unidad de acción que logre movilizar a la clase trabajadora y sus aliados, como los pueblos indígenas, contra las intervenciones militares, como la de Venezuela, contra los proyectos extractivistas o de sobreexplotación, y contra los demás ataques a la soberanía nacional, como el endeudamiento y los acuerdos comerciales desiguales, sea quien sea el imperialismo que los propone e impone. Una vez más, debemos mostrar que sólo una salida independiente de la clase trabajadora puede lograr una verdadera independencia que garantice los derechos sociales y políticos de la clase trabajadora y pare la destrucción del medio ambiente.

    El «corolario Trump» en la política: bonapartismo, ultraderecha y xenofobia

    Trump, para imponer su plan en Estados Unidos y en el mundo, necesita el bonapartismo: la política descarnada del imperialismo decadente. Una de las principales diferencias entre la Doctrina Monroe de inicios del siglo 20 y la política de Trump hoy es que ya no se disfraza con el falso discurso “civilizador” que utilizaron los colonialismos del siglo pasado, que buscaban defender una moral y una legalidad universales y promovían un relato de prosperidad, modernidad y progreso. Hoy Trump busca someter a otros países con el discurso de “EE. UU. primero”, y asumiendo desencarnadamente que sobrepone sus propias necesidades económicas a las de otras naciones, simplemente porque tiene la relación de fuerzas para hacerlo.

    Trump es un gobierno bonapartista en Estados Unidos, en choque con el régimen democrático burgués, que quiere convertirlo en un régimen autoritario bonapartista. Está en conflicto permanente con la justicia. Envía tropas a los estados gobernados por los demócratas. Ha reforzado enormemente la Guardia de Frontera (ICE) para la represión de los inmigrantes.

    En el mundo, Trump sigue un camino similar: deja de lado las instituciones internacionales y los acuerdos que antes expresaban la dominación imperialista (ONU, OMC, FMI) y recurre a la fuerza para imponer su dominio. Los valores de la democracia burguesa, el «estilo de vida americano», han quedado atrás. La dominación se ejerce mediante la fuerza militar, la presión económica directa y el bonapartismo.

    La crisis del orden imperialista mundial se va estrechando cada vez más en torno a dos bloques: uno directamente subordinado al imperialismo norteamericano y otro que se está formando en torno a China.

    Al mismo tiempo, en los países se afirma una tendencia creciente al bonapartismo, lo que profundiza la crisis de la democracia burguesa. No sólo eso, el documento expresa explícitamente el apoyo directo al crecimiento de la extrema derecha a nivel mundial:

    “Nuestros objetivos para el hemisferio occidental pueden resumirse en «reclutar y expandir”. Reclutaremos a amigos consolidados en el hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y reforzar la estabilidad y la seguridad en tierra y en mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevas alianzas, al tiempo que reforzamos el atractivo de nuestra propia nación como socio económico y de seguridad preferido del hemisferio».

    Para ello, Trump utiliza todos los recursos del Estado estadounidense, incluyendo la presión económica, política y militar. Pero no debe pasarse por alto la base ideológica y política, común a toda la ultraderecha. Esto incluye la lucha contra la inmigración, tan importante para la ultraderecha en los países imperialistas:

    «La era de la migración masiva ha terminado: quiénes son admitidos en las fronteras de un país, en qué número y de dónde proceden, definirá inevitablemente el futuro de esa nación.”

    “Cualquier país que se considere soberano tiene el derecho y el deber de definir su futuro. A lo largo de la historia, las naciones soberanas prohibieron la migración descontrolada y rara vez concedieron la ciudadanía a extranjeros, quienes además tenían que cumplir con criterios muy exigentes. La experiencia de Occidente en las últimas décadas confirma esta sabiduría perdurable. En países de todo el mundo, la migración masiva ha agotado los recursos nacionales, aumentado la violencia y otros delitos, debilitado la cohesión social, distorsionado los mercados laborales y socavado la seguridad nacional. La era de la migración masiva debe terminar.”

    Del mismo modo, difunde ideologías, como la «guerra contra el narcotráfico», que se vinculan a la explotación electoral de la extrema derecha del tema de la violencia urbana, tan bien capitalizada por gobiernos como los de Bukele (El Salvador) y Noboa (Ecuador), y por toda la extrema derecha latinoamericana. En Brasil, la extrema derecha se hace eco de Trump y promueve la calificación de los delincuentes comunes como «terroristas».

    El documento defiende otro punto ideológico fundamental para la extrema derecha, tanto en los países imperialistas como en los semicoloniales (como los latinoamericanos, por ejemplo), que es la defensa de la opresión contra las mujeres, los negros y las personas LGBTQ.

    Este conjunto ideológico puede tener una importancia política fundamental para unificar a la extrema derecha internacional alrededor de Trump y debilitar la conciencia antiimperialista, producto de las acciones del gobierno de Trump contra los países latinoamericanos, por ejemplo. Esta es una hipótesis que puede o no confirmarse en el próximo período.

    Es importante señalar que los llamados “gobiernos burgueses de colaboración de clases”, también denominados “progresistas”, tienen una responsabilidad directa en la ascensión de la ultraderecha. La aplicación de planes neoliberales contra las masas por parte de esos gobiernos provoca un desgaste que aprovecha la ultraderecha.

    El caso del régimen chavista es una expresión particular de ese proceso, porque no era de colaboración de clases, sino una dictadura burguesa odiada por las masas y originada por la “izquierda”. Las encuestas posteriores a la invasión muestran que la mayoría de la población latinoamericana, inclusive en Venezuela, apoya el derrocamiento de Maduro por el imperialismo norteamericano, lo que evidencia el retroceso de la conciencia antimperialista.

    Es esencial que las organizaciones de la clase trabajadora hagan suyas las reivindicaciones por los derechos de los migrantes y de los pueblos indígenas e originarios a su soberanía nacional, combatan activamente el racismo y la xenofobia, y luchen por defender y ampliar los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBT. Es tarea de los socialistas revolucionarios buscar la combinación de las luchas por los derechos democráticos con la lucha por el socialismo, y la necesidad de que sea nuestra clase la que llegue al poder.

    Las consecuencias de la agresión a Venezuela para Cuba

    La crisis de la economía cubana se agrava cada día que pasa, y después de la destitución forzada de Maduro por los EE. UU., la isla podría sumirse en un caos social. Según las estadísticas del gobierno, en los últimos 5 años, más de un millón de cubanos (10% de la población), la mayoría jóvenes, emigraron al extranjero en busca de mejores condiciones de vida. Desde 2020, el PIB del país cayó 11 %, la red energética se está desintegrando y los salarios son muy bajos. Fuera de La Habana, donde viven los sectores de la burguesía extranjera y de la burguesía nacional incrustada en el aparato de Estado cubano, los cortes de electricidad, de hasta 18 horas diarias, son comunes.  Es obvio que las nuevas sanciones impuestas por Trump en 2019 han contribuido grandemente a ahogar a la isla, con fuertes restricciones a los viajes y al envío de remesas de los inmigrantes cubanos en EE. UU.

    En este contexto, el nuevo control que Trump ejerce sobre lo que queda del régimen chavista, a cargo de Delcy Rodríguez, puede provocar el colapso económico total de Cuba. Cuba necesita 100.000 barriles de petróleo diarios para garantizar el funcionamiento mínimo de su economía, y solo logra producir un cuarto de ese volumen. Si bien Venezuela, hace una década, le enviaba el restante, hoy sólo envía 35.000 barriles al día, en parte por las presiones de EE. UU., y en parte, por la frustración del régimen chavista, que no lograba recibir los pagos a tiempo. Lo mismo pasa con México, que enviaba 22.000 b/d, pero bajó sus envíos a 7.000 b/d a finales de 2025. La política criminal de Trump es clara, ya que escribió el 11 de enero en su red social: “¡NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA, ¡NADA!!

    Frente a las amenazas de Trump, es fundamental oponerse rotundamente a cualquier intervención de EE. UU. UU. en Cuba y exigir el fin inmediato de las sanciones y del bloqueo económico contra la isla. Construir la mayor unidad de acción posible de nuestra clase contra el ataque a Venezuela y un posible ataque a Cuba no implica dar ningún tipo de apoyo político a los gobiernos de Rodríguez o de Díaz-Canel. Al contrario, en Cuba, como en Venezuela, nuestra solidaridad política y material es con el pueblo que se moviliza por sus derechos, y nuestro objetivo es lograr que se organice de manera independiente del gobierno y de cualquier injerencia de los imperialismos extranjeros, para postularse como una alternativa de clase, independiente y democrática, que pueda avanzar hacia un verdadero socialismo.

    Las contradicciones de la “Donroe Doctrine”

    Si bien el gobierno de Trump está decidido a ejercer con firmeza la dominación despótica sobre el continente, ello no significa que el triunfo de su política esté garantizado. Por un lado, esta nueva política se encontrará con la resistencia de las masas; por otro, deberá lidiar con limitaciones inherentes, es decir, lo que podemos llamar los “corolarios ocultos” de esta doctrina imperialista.

    Primero, hay que considerar que la explotación del petróleo en Venezuela no es una tarea fácil ni automática. La producción de petróleo de Venezuela está en caída: a finales de los 90 se producían 3,5 millones de barriles diarios y hoy apenas 800.000. Los analistas afirman que se necesitan al menos 5 años de inversiones masivas para recuperar una producción equivalente. La consultora Rystad Energy, por ejemplo, afirma que se necesitarían al menos $53,000 millones durante los próximos 15 años para aumentar la producción a 1,1 bpd. Para ser rentable, la operación que hoy Trump vende como fácil y rápida requiere asegurar tanto la inversión económica como el control político del país durante, al menos, las dos próximas décadas. Muchos de los yacimientos petroleros ya habían sido concedidos a China mediante contratos legales, y estas multinacionales imperialistas van a exigir que sus derechos sean reconocidos o que sean indemnizadas.

    También no basta con invertir en el petróleo y los recursos mineros para lograr expulsar a China de la región. De hecho, como hemos mostrado, China ha logrado insertarse en las cadenas de producción del continente y en los sectores energéticos y de infraestructura digital. Para lograr “reconquistar” el continente, EE. UU. va a necesitar invertir mucho más que sólo en los sectores que le convengan y proponerse como alternativa económica en otros sectores.

    Segundo, esta repetición de Monroe no ocurre en un vacío histórico. Al contrario, los EE.. UU. ya tienen la experiencia de la dificultad de mantener una dominación económica y militar sobre otros territorios: una vez uno se entrometer, acaba también entrometido, lo que conlleva destinar recursos a la dominación neocolonial. El primer caso que mostró el coste de tal política fue el de las Filipinas, porque, si bien la administración de McKinley pensó que instalar un gobierno títere en el país garantizaría su control, pronto se dio cuenta de que los EE. UU. no podían simplemente retirar sus tropas y mantener un gobierno afín. De hecho, los EE. UU. tuvieron que mantenerse ahí durante décadas y las Filipinas solo lograron su independencia en 1946. La misma situación se repitió recientemente con las guerras de Irak y Afganistán, que resultaron en desastres similares.

    Tercero, existe un “corolario” nacional: la mayoría de los estadounidenses no apoyan otra guerra prolongada. Encuestas realizadas en enero de 2026 muestran que sólo el 33% de los estadounidenses concuerda con la acción militar diseñada para secuestrar a Maduro, mientras que el 72% teme que dicha intervención lleve a una intervención prolongada en Venezuela. De hecho, el Congreso estadounidense, controlado por el Partido Republicano, ha adoptado medidas para limitar cualquier intervención militar adicional.

    Otro riesgo de la profundización de esta política agresiva de EE. UU. hacia el continente americano (y Europa) es que aumente la popularidad de China entre las masas, como factor de equilibrio y desarrollo. Si bien sabemos que China es otra potencia imperialista y saqueadora, el hecho de encontrarse en una dinámica emergente y de poseer más capital para invertir le permite aparecer como la potencia que ofrece “desarrollo económico” a sus aliados semicoloniales, mientras que los EE. UU. sólo ofrecen coerción y opresión.

    La contradicción más importante es que va a ampliar la polarización social y política en Latinoamérica, así como en Estados Unidos. El movimiento de masas no está derrotado y, más temprano o más tarde, habrá grandes movilizaciones y, incluso, explosiones revolucionarias. Eso apunta a un periodo más convulsivo de la lucha de clases.

  • Cuba: soberanía popular, democracia y responsabilidad histórica

    Cuba: soberanía popular, democracia y responsabilidad histórica

    Por SOCIALISTAS EN LUCHA (CUBA)

    Desde Socialistas en Lucha (SeL) rechazamos la intensificación de las políticas coercitivas del gobierno de Estados Unidos contra Cuba. Las disposiciones recientes orientadas a penalizar a terceros países que comercien petróleo o derivados con la isla constituyen medidas unilaterales de presión económica, de carácter extraterritorial, que afectan de forma directa las condiciones materiales de vida de la población. Estas políticas no son instrumentos de democratización: son mecanismos de castigo colectivo que trasladan disputas geopolíticas al terreno social.

    La aplicación de estas medidas coincide con un momento de extrema vulnerabilidad. La interrupción del suministro energético proveniente de Venezuela —cercano a los 30 mil barriles diarios, entre el 30 y el 40 % de las necesidades nacionales— dejó a Cuba sin uno de sus principales soportes operativos. En enero, el país recibió apenas 84 900 barriles en una única entrega desde México, muy por debajo del promedio diario de 37 mil barriles registrado durante 2025. El resultado es una crisis energética profunda, con apagones prolongados, deterioro productivo y afectaciones severas a los servicios básicos.

    En este contexto, es necesario reconocer un hecho social ineludible: el agotamiento material y político ha llevado a sectores crecientes de la población a percibir la presión externa —e incluso la intervención— como una posible salida. Esta percepción no surge de una adhesión al poder extranjero, sino de la ausencia de horizontes internos creíbles, de la clausura del debate político y de la falta de mecanismos efectivos para incidir en el rumbo del país. Comprender esta deriva es una condición indispensable para deslegitimarla.

    Desde una perspectiva de izquierda democrática, afirmamos con claridad que ninguna transformación emancipadora puede provenir de la coerción externa. Las potencias no actúan en nombre de los derechos de los pueblos, sino de sus propios intereses estratégicos. La historia latinoamericana demuestra que la presión económica y la tutela política generan dependencia, fragmentación social y nuevas formas de subordinación, no democracia ni justicia social.

    Pero del mismo modo, sería políticamente estéril atribuir la crisis cubana exclusivamente a factores externos. La responsabilidad del actual bloque gobernante es central. Durante décadas se consolidó un modelo de poder altamente centralizado, con escasa rendición de cuentas, hostil al pluralismo político y cada vez más desconectado de las dinámicas sociales reales. La reducción del socialismo a la administración burocrática y control político vació de contenido el proyecto emancipador que alguna vez movilizó a amplios sectores de la sociedad.

    La soberanía no puede sostenerse solo como rechazo a la injerencia extranjera. La soberanía es inseparable de la democracia política, de los derechos civiles y de la participación popular efectiva. Cuando la ciudadanía no dispone de canales reales para deliberar, organizarse y disputar decisiones estratégicas, la soberanía se convierte en una fórmula retórica administrada desde arriba.

    Las políticas de sanciones, restricciones financieras y aislamiento comercial impuestas por Estados Unidos son reales y profundamente dañinas. Pero su impacto se ve amplificado por un bloqueo interno hecho de rigideces económicas, falta de transparencia, penalización del disenso y una cultura política que confunde estabilidad con parálisis. Este entramado explica por qué amplios sectores sociales no perciben salidas endógenas y terminan depositando expectativas —contradictorias y desesperadas— en factores externos.

    Hoy Cuba enfrenta una crisis multidimensional: una población envejecida que supera el 20 %, pensiones que no cubren el costo básico de la vida, un sistema de salud deteriorado, una educación en retroceso, servicios públicos intermitentes, infraestructura colapsada y un proceso de dolarización informal que profundiza desigualdades. A ello se suma la persistencia de la represión política, con más de 1 185 personas privadas de libertad por ejercer derechos fundamentales, lo que erosiona aún más la confianza social.

    Desde Socialistas en Lucha (SeL) sostenemos que la mejor manera de cerrar el paso a la intervención extranjera no es el inmovilismo, sino la democratización profunda. Solo una apertura real de derechos políticos, el reconocimiento del pluralismo social, la legalización de la organización independiente y la restitución de la soberanía popular pueden reconstruir un horizonte compartido y restituir legitimidad al proyecto socialista.

    Cuba no enfrenta una disyuntiva entre coerción externa o continuidad autoritaria. La verdadera alternativa es entre dependencia y democracia, entre administración burocrática y protagonismo popular.

    Nuestra posición es inequívoca: rechazo a toda forma de dominación externa y oposición al orden interno que ha clausurado la participación social. Defendemos un socialismo democrático, basado en derechos, deliberación pública y control popular del poder.

    Ni coerción imperial ni clausura burocrática.
    Por soberanía popular, democracia política y socialismo desde abajo.

    Socialistas en Lucha.