Por COCO SMYTH
Los socialistas demócratas han vuelto a dar vida al suelo árido de la política electoral estadounidense. Desde Darializa Chevalier, Claire Valdez y Brad Lander en la Ciudad de Nueva York hasta Abdul El-Sayed en Míchigan, las victorias electorales en todo el país han despertado la esperanza de que una alternativa de izquierda esté rompiendo el dominio absoluto de la política de la clase dominante.
Mientras tanto, las fuerzas institucionales han recibido este momento con enojo y consternación. Figuras alineadas con el odiado establishment demócrata, como Tom Suozzi y James Carville, han instado a los izquierdistas a marcharse y formar su propio partido. El representante Josh Gottheimer resumió este sentimiento sin rodeos, argumentando: «Los demócratas somos un partido inclusivo. Esa es nuestra fuerza. Abrazamos una amplia gama de ideas, pero no hay lugar para agitadores antiamericanos que se opongan a nuestras ideas, valores y líderes».
Al otro lado del hemiciclo, los sentimientos del Partido Republicano se han basado en este tema, pero con mayor vigor. Trump argumentó que el crecimiento del socialismo en el Partido Demócrata es «la mayor amenaza para nuestra nación que existe, tal vez desde nuestra fundación». Sin embargo, Trump no ha limitado sus ataques a las palabras, sino que ha trabajado sistemáticamente para criminalizar la organización de la izquierda, los movimientos sociales y las luchas laborales en una nueva ola de macartismo.
Sin embargo, ni la denuncia generalizada de los políticos ni los artículos difamatorios de los medios de comunicación dominantes, ni tampoco la creciente represión han frenado el deseo de cambio. El número cada vez mayor de socialistas demócratas en cargos públicos es una pequeña muestra del descontento generalizado y del deseo de una reforma profunda; pero, ¿puede el Partido Demócrata ser realmente un vehículo para un cambio radical?
¿Qué es el Partido Demócrata?
Desde el siglo XIX, los demócratas han compartido el poder con los republicanos sin interrupción. A pesar de los numerosos giros en su orientación durante el siglo y medio transcurrido desde entonces, el Partido Demócrata ha sido, sin excepción, un vehículo de la clase dominante.
En la era moderna, ha representado a la «izquierda» de la corriente capitalista dominante. A pesar de sus pretensiones progresistas, los demócratas han colaborado con los republicanos para asegurar el control imperialista de Estados Unidos, oprimir a las minorías y destruir los movimientos de izquierda y sindicales. La lista de crímenes cometidos por el Partido Demócrata es demasiado extensa para enumerarla, pero entre los más destacados de los últimos tiempos se encuentran su apoyo inquebrantable al genocidio en Palestina y su neutralización de la rebelión de 2020 contra el racismo.
En cuanto a su programa político y su composición, los demócratas siempre han sido capitalistas. Representan los intereses de la clase dominante al tiempo que impiden que surja cualquier alternativa de izquierda basada en la clase trabajadora. Nada de esto es un secreto; los líderes demócratas son bastante abiertos y se enorgullecen de este hecho. «Somos capitalistas. Así de simple», dijo Nancy Pelosi.
Esta hostilidad hacia el progreso ha hundido la popularidad de los demócratas. En el período previo a la victoria electoral de Barack Obama en 2008, los demócratas alcanzaron un máximo del 55 % de favorabilidad gracias a su discurso sobre la «esperanza» y el «cambio». En los años transcurridos desde entonces, los demócratas han pasado de ser el partido de las falsas promesas a ser el partido de la preservación del statu quo. Los estadounidenses de clase trabajadora nunca vivieron ninguna recuperación real tras la crisis financiera de 2008, y el aumento vertiginoso de los alquileres, los costos de atención médica, el costo de vida y la deuda, junto con los salarios estancados han destrosado la ilusión de un «sueño americano» para decenas de millones de personas. Mientras que Trump ofrecía una visión tóxica para «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande», los demócratas intentaron convencernos de que «Estados Unidos ya es grande». Por sus servicios a la clase dominante, los demócratas se han ganado el impresionante mínimo histórico de 27 % en su índice de aprobación.
¿Un futuro socialista para los demócratas?
Es en este contexto que surgió una izquierda como alternativa a la política de siempre dentro del Partido Demócrata. La campaña presidencial de Bernie Sanders en 2016 cristalizó el descontento masivo en torno a demandas progresistas como la atención médica universal y popularizó el «socialismo democrático» como alternativa. Este sorprendente giro de los acontecimientos también transformó a los vaciados Socialistas Demócratas de Estados Unidos en una organización vibrante de decenas de miles de miembros en menos de un año.
Durante muchos años, «el Partido Demócrata es el cementerio de los movimientos sociales» fue un estribillo común entre los organizadores socialistas. Eso era fácil de decir en los años previos a 2016, cuando la única opción política que se ofrecía era el capitalismo desenfrenado. Desde entonces, el crecimiento del ala progresista de los demócratas ha puesto en tela de juicio esa forma de pensar. Más de 250 candidatos respaldados por la DSA que se postularon dentro del partido han sido elegidos para ocupar cargos públicos desde 2016.
Debido a este éxito en la práctica, se han desarrollado nuevas teorías para resolver la paradoja de que los socialistas operen en uno de los peores partidos capitalistas del mundo. Escritores socialistas han elaborado diversos marcos conceptuales —desde la «ruptura sucia» hasta el «sustituto del partido»— con el fin de encontrar un camino intermedio entre la sumisión a los demócratas capitalistas y la independencia total de ellos.
A diferencia del DSA de décadas pasadas, las nuevas teorías rechazan la reforma del Partido Demócrata. El nuevo pensamiento reconoce que el PD es fundamentalmente capitalista y que su naturaleza no cambiará. En cambio, el argumento se traslada al plano estratégico. Escritores como Seth Ackerman y Eric Blanc han sostenido que, debido a las peculiaridades del sistema político estadounidense, no es posible un ataque frontal al capitalismo mediante la formación de un partido obrero independiente. En su lugar, dicen que los socialistas deben utilizar en su contra las características únicas de la democracia limitada del capitalismo estadounidense.
La innovación central aquí es la afirmación de que el PD no es un partido político en absoluto. El sistema de partidos en EE. UU. consiste en listas electorales reguladas por el Estado, en lugar de organizaciones de membresía regulares bajo liderazgos de arriba hacia abajo, como ocurre en muchas otras democracias capitalistas. En consecuencia, los partidos no pueden disciplinar directamente a su base ni bloquear a los candidatos socialistas que operan en su seno. Esto los convierte, según afirman los teóricos, en un vaso vacío que puede utilizarse estratégicamente para eludir las restricciones excluyentes de la ley electoral y del sistema bipartidista. Los beneficios de estos marcos han sido evidentes: permiten a los socialistas aprovechar la proximidad al poder sin sacrificar sus principios. Lamentablemente, la realidad de este acuerdo político no es lo que parece.
Victorias pírricas y la adaptación
Una característica constante de esta década de electoralismo democrático de izquierda ha sido la inspiradora campaña progresista seguida de capitulaciones y traiciones por parte de «nuestros representantes electos». No nos faltan ejemplos de «representantes electos» socialistas democráticos que han traicionado los principios del movimiento en los últimos años. En 2022, Sanders y AOC se alinearon con el Partido Demócrata (PD) para impedir una huelga ferroviaria a nivel nacional por demandas mínimas como el uso de la licencia por enfermedad sin repercusiones. Jamaal Bowman votó a favor de financiar el «Domo de Hierro» de Israel, lo que provocó una crisis dentro de la DSA y la salida de muchos organizadores pro-Palestina. Más recientemente, Zohran Mamdani se adaptó a la corriente principal del PD, traicionando al movimiento «No More 24» por el que había hecho campaña anteriormente.
Cuando los intereses de la clase trabajadora se sitúan de un lado y el Partido Demócrata del otro, «nuestros representantes electos» eligen al Partido Demócrata. Una vez en el poder, los socialistas dentro del PD pronuncian bonitos discursos mientras siguen la línea del partido en las votaciones y los respaldos a los demócratas de derecha. Ningún demócrata de izquierda a nivel nacional se negó a respaldar a Harris en 2024, a pesar de su compromiso con el genocidio en Palestina y la explotación capitalista.
Frente a las nuevas teorías, los «representantes electos» de la izquierda demócrata abandonan la independencia de la clase trabajadora y abogan abiertamente por los esfuerzos de reforma interna que han resultado demasiado nocivos como para que la mayoría de los socialistas de base los respalden. En lugar de un vaso vacío, tenemos un barril de veneno. El aparato demócrata cuenta con 100 formas de disciplinar a sus políticos, desde retirarles el apoyo financiero hasta respaldar a sus oponentes y difamarlos a través de los medios de comunicación. Pero el problema es aún más profundo que eso: llega hasta la raíz misma del enfoque electoral reformista que guía a todos estos reformistas.
La reforma y la revolución
Aunque constituyen un problema, las pésimas posturas y votaciones de los demócratas de izquierda no son fundamentales. El verdadero problema es su compromiso inquebrantable con el electoralismo como vía hacia la reforma. La lógica que subyace a la estrategia electoral socialista-democrática actual garantiza que la capitulación sea inevitable. Dado que a estos políticos solo les preocupa lograr reformas, necesitan encontrar formas de alcanzarlas. En el contexto de un gobierno en el que los capitalistas reinan con absoluto poder, ven que el único camino hacia la reforma legislativa pasa por el Partido Demócrata. El político socialista democrático debe, entonces, convencer a toda una multitud de políticos burgueses de que respalden su legislación. Esta no es una tarea fácil. Para lograr que se apruebe algo, un político socialista necesita colaborar con nuestros enemigos. En los raros casos en que la legislación progresista logra superar estos obstáculos, es una mera sombra de lo que se pretendía y, a menudo, viene con condiciones —como el compromiso de apoyar un aumento en el financiamiento policial o militar.
Cuando miramos más allá de la retórica, las actividades de la oposición demócrata no representan ninguna amenaza para el capitalismo. En realidad, es todo lo contrario: la «magia» de los demócratas de izquierda le da vida al cadáver desecado del partido al vestirlo con ropa bonita. Los demócratas de izquierda cumplen una función importante al atraer de vuelta a las filas del partido a personas desilusionadas con él.
Todo esto se logra a costa de lo que es necesario para construir un movimiento socialista de masas capaz de contraatacar y derrocar al capitalismo. La fuerza del movimiento socialista se deriva del nivel de conciencia de la clase trabajadora y del grado de organización de los trabajadores. Los movimientos laborales y sociales que incorporan a la clase trabajadora a la vida política determinan de qué es capaz nuestra clase. Al actuar desde dentro de un partido capitalista, solo dificultamos el desarrollo de las organizaciones que necesitamos para luchar.
La alternativa revolucionaria
Lo que nos falta en EE. UU. no son los mejores representantes en las esferas del poder, sino la organización. La fuente del poder de los dos partidos capitalistas es su base en la clase dominante y, en segundo lugar, la aceptación pasiva de los trabajadores. Por otro lado, la base del socialismo es la clase trabajadora. Cuando nos organizamos dentro de los partidos de los patrones, fortalecemos el poder de la clase dominante al tiempo que confinamos la lucha de la clase trabajadora tras las filas de nuestros enemigos.
Las tareas clave de los socialistas hoy en día consisten en construir movimientos de masas contra la opresión y reorganizar el movimiento obrero desde una perspectiva de lucha de clases. Durante la última década no han faltado las luchas de masas —desde Black Lives Matter hasta el movimiento contra el ICE—, pero estos levantamientos no han logrado arraigarse en organizaciones independientes. Los socialistas deben construir esas organizaciones y lograr que miles, y con el tiempo millones, de personas las respalden. Con los trabajadores conscientes de su propio poder colectivo, podremos finalmente pasar de ser sujetos del orden capitalista a convertarnos en luchadores activos por nuestra propia liberación. Las luchas decisivas que desarrollarán la organización y el poder de la clase trabajadora se darán fuera del gobierno capitalista: luchas que enseñen a cada trabajador que debemos luchar por nosotros mismos bajo nuestra propia bandera.
¿Qué papel desempeñan, entonces, las elecciones? El trabajo electoral puede servir como plataforma para presentar políticas socialistas, contar con nuestro apoyo y cohesionar una base de la clase trabajadora. Sin embargo, este trabajo solo podrá contribuir al poder de los trabajadores si es totalmente independiente de los partidos capitalistas. Y si un partido independiente dirigido por la clase trabajadora y los oprimidos llegara a ganar escaños, nuestro objetivo principal no sería negociar con los capitalistas para obtener reformas menores, sino utilizar la plataforma que estos cargos nos brindan para desenmascarar a los capitalistas y apoyar la lucha de los trabajadores fuera del gobierno, que es la verdadera fuente de nuestro poder colectivo.
La elección de socialistas democráticos es una buena señal. Pero las señales tienen un significado limitado en política. Mientras persiste el entusiasmo por estas victorias electorales, los socialistas deben analizar con rigor el camino a seguir.
La avalancha de llamados por parte de la corriente dominante del Partido Demócrata para que los izquierdistas abandonen el partido ha sido recibida con risas y desdén. Sin embargo, a pesar de las claras motivaciones reaccionarias de estos políticos capitalistas, debemos detenernos y considerar si la adaptación a un partido criminal que sufre una caída histórica en popularidad y un desprecio masivo es lo que se necesitará para alcanzar el socialismo. Imaginen lo que sería posible si los millones de personas desilusionadas con el capitalismo contaran con un partido obrero independiente y dispuesto a barrer de un golpe este sistema en bancarrota.
En este período de crisis catastrófica para la clase dominante de EE. UU., la clase trabajadora tiene una oportunidad sin precedentes de subir al escenario y arrebatarles las riendas de la política a nuestros opresores. Pero los socialistas deben avivar las brasas de la lucha y ayudar a que se convierta en un incendio mediante la organización de masas y la independencia política de la clase trabajadora.
Los socialistas deben trabajar para convertirse en los sepultureros de los partidos capitalistas, en lugar de en nigromantes. Dar vida a lo que está sin vida es un concepto tentador, pero nuestra tarea es mucho mayor: salir del cementerio y construir algo nuevo para los vivos.