Por CARLOS SAPIR
Hace poco más de cuatro meses, Estados Unidos interrumpió bruscamente las negociaciones nucleares con Irán para lanzar un ataque sorpresa contra el país, junto con Israel. Las declaraciones arrogantes de Trump sugerían que la guerra terminaría en cuestión de semanas y que daría lugar a la rápida destrucción del régimen de la República Islámica. Los imperialistas instaron al pueblo iraní a aprovechar una «oportunidad única en la vida» para derrocar al Gobierno iraní, un llamamiento que fue repetido con entusiasmo por Reza Pahlavi y sus partidarios monárquicos.
Casi medio año después, mientras un frágil alto el fuego amenaza con desmoronarse, todas las promesas, predicciones y objetivos de Trump parecen haber quedado en el olvido, mientras que Irán se encuentra ahora, posiblemente, en la posición geopolítica de negociación más fuerte frente al imperialismo estadounidense de la que ha disfrutado en la historia reciente.
El equilibrio de fuerzas militares
Al inicio de la guerra, los portavoces militares estadounidenses e israelíes prometieron una victoria rápida que dejaría a Irán en ruinas y con un nuevo régimen proisraelí. Los primeros comunicados alardeaban del despliegue sin precedentes de tecnologías de puntería de misiles basadas en inteligencia artificial y de una superioridad aérea estadounidense aparentemente indiscutible, al llevar a cabo con éxito ataques aéreos para asesinar a líderes iraníes.
Aunque la maquinaria propagandística estadounidense no dejó de funcionar a toda máquina, su narrativa se vio desmontada por las salvas de misiles iraníes en represalia contra los activos militares estadounidenses en todo el Golfo, y también contra Israel. Las imágenes por satélite mostraban las ruinas de infraestructuras estadounidenses valoradas en miles de millones de dólares en los Emiratos Árabes Unidos y otros lugares, mientras las fuerzas estadounidenses se reubicaban en infraestructuras civiles, a las que pronto siguieron los misiles iraníes, provocando más daños y caos. En toda la región, aunque los sistemas de defensa aérea suministrados por EE. UU. lograron mitigar el contraataque iraní, sus reservas de munición se vieron sometidas a una presión extrema, y Irán demostró que podía agotar los sistemas antimisiles a un ritmo económicamente eficiente.
La narrativa de la superioridad aérea estadounidense-israelí sobre Irán en general fue interrumpida por el derribo de material estadounidense por parte de las fuerzas de defensa antiaérea iraníes en abril. Mientras tanto, a pesar de su tan cacareado uso de la inteligencia artificial para localizar y verificar objetivos, la campaña de bombardeos de EE. UU. e Israel ha sido, en la práctica, indiscriminada, con miles de víctimas civiles, entre ellas cientos de niños, y incluyendo, de forma notoria, el ataque contra una escuela primaria de niñas en Minab (probablemente por parte de EE. UU.), así como la destrucción de una sinagoga judía en Teherán (por parte de Israel).
Cabe destacar que, a pesar de haber amenazado repetidamente con desplegar tropas terrestres en territorio iraní, EE. UU. se abstuvo de hacerlo, incluso después de que quedara claro que la guerra aérea no iba a ser suficiente para derrotar a Irán. Esto pone de manifiesto las limitaciones políticas que frenan a la maquinaria bélica estadounidense: ya sea por la ya de por sí escasa popularidad de la guerra y la falta de voluntad para otra invasión y ocupación prolongadas e indefinidas de un país de Oriente Medio, o por miedo de un fuerte aumento de las bajas estadounidenses (siendo que ya se están ocultando los informes actuales sobre bajas, incluso con el nivel relativamente bajo de exposición al peligro al que se enfrentan los soldados estadounidenses), el Gobierno de Trump reconoció que no podía seguir adelante con estos objetivos sin arriesgarse a perder el control, ya fuera en el ámbito nacional o en el seno de las propias fuerzas armadas.
Mientras tanto, parece que el Gobierno iraní llegó al «alto el fuego» más consolidado y con mayor control que antes de la guerra; la doble amenaza de las bombas imperialistas y la represión estatal ha puesto fin a la ola de protestas masivas de principios de 2026 y ha cerrado las oportunidades de exigir mayores derechos democráticos, ya que la lógica de la emergencia bélica y la necesidad de luchar contra la invasión ocupan un lugar central en Irán. Las facciones monárquicas y proimperialistas que habían cobrado protagonismo en la diaspora durante las protestas de febrero han quedado totalmente desacreditadas a la luz de la descarada destrucción y la ineficacia final de la invasión liderada por EE. UU.
Un equilibrio económico cambiante
Un factor crucial de la guerra, que llevó a Trump a negociar un alto el fuego, fue la capacidad de Irán para restringir el flujo comercial a través del estrecho de Ormuz, lo que provocó la crisis de suministro de petróleo más aguda de la cercana memoria en el mercado mundial (además de poner en peligro otros reactivos industriales clave para los fertilizantes que, históricamente, han transitado por el estrecho). El impacto de esta crisis se vio mitigado por la decisión del Gobierno de EE. UU. de utilizar de forma agresiva su reserva estratégica de combustible, liberando una cuarta parte de sus reservas a lo largo de cuatro meses con el fin de frenar el precio del petróleo y evitar una inflación galopante. Con los picos anuales de demanda energética del hemisferio norte aún a la vuelta de la esquina, al iniciarse un verano anómalo impulsado por el cambio climático y el fenómeno «Super-El Niño», se preveía que la reserva de combustible de EE. UU. solo pudiera cubrir la demanda mundial de petróleo por unos meses más antes de que la realidad de un colapso en la producción y la logística se hiciera patente.
Independientemente de cómo evolucione la guerra, se anticipa que los mercados petroleros se enfrenten a importantes turbulencias en las próximas semanas. Incluso si el tráfico por el estrecho volviera hoy, miraculosamente, a los niveles anteriores a la guerra, seguiría habiendo una tormenta de reinicios de producción inestables, una demanda en declive por parte de las economías de Ásia —que ya se han ralentizado a causa de la crisis (o, en el caso de China, han optado por otras fuentes de energía)—, atascos de tráfico en el estrecho y señales de precios volátiles que hacen que el sector privado tenga dificultades para identificar cuál será la nueva «normalidad» del mercado.
Omán ha señalado que estaría dispuesto a adoptar, junto con Irán, un peaje al estilo de Malaca para el estrecho de Ormuz, en el que el paso sería técnicamente gratuito, pero se impondrían nuevas tasas a cambio de servicios vitales de navegación por el estrecho, atraque y la cobertura de seguros. Por otro lado, Indonesia ha indicado que podría revisar su control sobre Malaca para imponer sus propios peajes, lo que podría reescribir las reglas del comercio marítimo en el proceso. Aunque la infraestructura de Irán sufrió graves daños a causa de la guerra, este nuevo control sobre el estrecho de Ormuz representa una enorme ventaja.
Si bien a principios de julio una docena de buques pudieron atravesar aguas omaníes, desde entonces Irán ha reafirmado su disposición a atacar a los buques que crucen fuera de sus rutas marítimas preferidas, y Estados Unidos ha reanudado los ataques contra la costa iraní y ha vuelto a imponer sanciones a Irán. Trump afirmó que el acuerdo de alto el fuego con Irán había «terminado» y que negociar con Irán era «una pérdida de tiempo». Más tarde, admitió que las conversaciones diplomáticas podrían continuar a pesar de su frustración personal y su aversión hacia los iraníes. Queda por ver si la situación se estabilizará o si se reanudará la guerra abierta.
Incluso si Estados Unidos lograra finalmente alcanzar un tratado duradero que restableciera la normalidad del tráfico marítimo, ya ha agotado aproximadamente 10 años de reservas de petróleo para conseguirlo, lo que lo expone a una mayor volatilidad en el futuro y establece un límite estricto al tiempo que puede dedicar a jugar al «juego del gallina» con la economía mundial.
Análisis del balance de Trump
Aunque Trump ha cambiado repetidamente las reglas del juego para anunciar cada acción sucesiva en el transcurso de la guerra como una «victoria» que ha diezmado por completo las fuerzas de combate de Irán, la historia reciente ofrece puntos de referencia muy claros para medir el éxito imperialista: está la situación existente justo antes de la guerra, cuando las sanciones económicas de EE. UU. y Europa contra Irán estaban en pleno vigor, y por el estrecho de Ormuz se transportaban petróleo y recursos económicos fundamentales a un ritmo de unos 150 buques al día.
Existe también otro punto de referencia: el acuerdo de 2015 de la Administración Obama (anulado por Trump durante su primer mandato), que supuso la reducción de las sanciones a cambio del compromiso de abandonar el camino hacia la producción de ojivas nucleares y aceptar la supervisión de sus instalaciones nucleares por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
En comparación con cualquiera de estos dos puntos de referencia, los términos del «alto el fuego» de finales de junio ofrecían una posición mucho más favorable para Irán; había obtenido compromisos para el levantamiento de las sanciones y el desbloqueo de activos en el extranjero, pero hasta la fecha no ha hecho ninguna concesión significativa en relación con su programa nuclear. Tampoco ha renunciado al control que acaba de adquirir sobre el propio estrecho de Ormuz. La base de las negociaciones era que Irán iba a recibir muchas de las mismas concesiones que negoció en 2015, pero sin tener que ofrecer nada más que vagas promesas sobre la reapertura del estrecho.
Cambios del campo de batalla y de las alianzas
Aunque, en general, la guerra ha supuesto una derrota para el imperialismo estadounidense y una victoria para Irán, también ha contribuido en gran medida a reconfigurar la red de alianzas en todo Oriente Medio. La represalia iraní contra los Estados del Golfo por sus vínculos con EE. UU. ha tenido resultados dispares en el plano diplomático, fuera de su impacto militar directo sobre el propio EE. UU.
Los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, que ya eran dos de los aliados y colaboradores más cercanos del imperialismo estadounidense en la región, así como Baréin, parecen haberse visto empujados a consolidar aún más su dependencia de EE. UU. con el fin de castigar a Irán. Qatar, históricamente el Estado del Golfo con los vínculos más estrechos con Irán, se distanció tras los ataques, y los ataques más recientes de Irán contra embarcaciones han tenido como objetivo buques vinculados a la industria del gas natural de Qatar.
Arabia Saudí, por su parte, ha intentado establecer vínculos más estrechos con Pakistán y Turquía en una reprimenda tanto a EE. UU. como a Irán. Omán ha adquirido mayor influencia, ya que Irán intenta ganárselo para que coopere y legitime sus planes de imponer el control sobre el estrecho de Ormuz. En Irak se han agudizado las contradicciones internas, mientras las facciones políticas alineadas con EE. UU. y con Irán luchan por imponerse, y mientras Israel establece bases militares avanzadas en territorio iraquí.
Otro punto clave de discordia a lo largo de la guerra ha sido el papel del Líbano. En el marco de sus ataques contra Irán, Israel también ha invadido y ocupado el Líbano una vez más, al tiempo que llevaba a cabo brutales campañas de bombardeos por todo el país. Múltiples intentos de alto el fuego entre Irán y EE. UU. se han visto complicados por la negativa de Israel a retirarse del Líbano, lo que ha supuesto una violación de los términos de un alto el fuego propuesto por Irán y que EE. UU. había aceptado.
Aunque el gobierno iraní ha dado a entender que considera cualquier acto de Israel como una extensíon de la actuación de EE. UU. en el contexto de la guerra (una postura sumamente razonable, dado el papel fundamental que desempeñan el apoyo logístico militar y el apoyo económico de EE. UU. a Israel, que son prerequisitos para que Israel pueda operar su fuerza aérea), parece que no llegan a insistir en una retirada total de Israel del Líbano, al menos por el momento, sin que se produzca una reanudación real de las hostilidades en el Golfo en respuesta a los continuos ataques de Israel contra el Líbano. Junto con la violencia continuada de Israel en Gaza y Cisjordania (y acompañada de informes recientes de que Hamás se está apartando y permitiendo que un consejo tecnocrático, respaldado por EE. UU., gobierne en Gaza), esto demuestra tanto el poder de lo que Irán es capaz de hacer en solidaridad con Palestina y otras naciones oprimidas, como las limitaciones de su voluntad política para hacerlo.
En la medida en que Irán se opone a los crímenes de Israel contra Palestina, el Líbano y otras naciones, merece elogios. Pero el Estado iraní también ha demostrado que no va a utilizar su influencia sobre el estrecho de Ormuz para poner fin de verdad al genocidio en Palestina, y que bien podría dejar a Hezbolá y al Líbano solos frente a Israel sin mucho más que quejas diplomáticas para protestar al respecto.
Las estrategias para la liberación palestina (y árabe en general) no pueden depender de manera decisiva de que el Estado iraní intervenga para acudir al rescate y salvar la situación. Incluso en el propio Irán, la estrategia del régimen iraní parece consistir en aprovechar su influencia militar estratégica para ser readmitido en el sistema capitalista mundial, con el apoyo y la inversión tanto de China como de EE. UU., la UE y Rusia.
Si bien ganar la guerra contra EE. UU. es un primer paso necesario para repeler la intervención imperialista, derrotar verdaderamente al imperialismo requerirá una organización militante de la clase trabajadora capaz de imponer su propio programa político y económico tras la guerra, y de rechazar una vuelta al capitalismo tal y como lo conocemos. Lo mismo ocurre con Palestina y, en términos más generales, con Oriente Medio; la liberación implica ir más allá del marco imperialista de una «solución de dos Estados», con un Estado palestino residual e independiente junto a un Israel infinitamente beligerante. Luchar por una Palestina laica, democrática y unificada requerirá una lucha de masas de la clase obrera y los oprimidos por un cambio genuinamente revolucionario, y no puede lograrse mediante liderazgos burgueses que buscan principalmente asegurarse su propia parte del pastel.
La guerra aún no ha terminado. No obstante, Irán ha asestado un importante revés al imperialismo estadounidense: este no puede simplemente entrar como si nada y dictar condiciones al resto del mundo, ni puede derrocar gobiernos a su antojo, como hizo EE. UU. en Venezuela y parece dispuesto a hacer en Cuba. Los límites de los nuevos ataques imperialistas contra Irán serán determinados por su capacidad para defenderse de una invasión y por la organización de los trabajadores de EE. UU. y de todo el mundo para detener la maquinaria bélica estadounidense.