
Lux, de Rosalía, ofrece un magnífico asemblaje de pop operístico multilingüe entremezclado con meditaciones católicas sobre la divinidad y la corporalidad, el amor y la venganza
Por Carlos Sapir
De principio a fin, Lux, el último álbum de la cantante catalana Rosalía, pasa de una altura operística a otra. Ya sea con el coro maximalista y la orquesta de violines de la canción inicial «Sexo, Violencia y Llantas» y su sencillo previo al lanzamiento «Berghain», las alegres alturas pop de «Reliquia» o los estilos cromáticos trap de «Porcelana», Rosalía es experta en fusionar con suavez los varios géneros musicales en un hermoso y opulento tapiz.
En cierto modo, Lux es una vuelta a sus orígenes, mucho más similar a los dos primeros álbumes de Rosalía, Los Ángelesy El mal querer, que a Motomami, su carta de amor al reguetón. A pesar de la variedad de los estílos músicos del álbum, Lux huye en gran medida de los ritmos latinoamericanos que caracterizaban a Motomami.
Por otro lado, vuelven las palmas y los giros vocales flamencas que eran el centro de su sonido en El mal querer, aunque su peso es menor en comparación con los grandiosos solos operísticos, los coros de iglesia y las composiciones claramente clásicas que dominan a Lux.
Temas de contradiciones
Temáticamente, las meditaciones de Rosalía sobre la divinidad, la blasfemia, el amor y la venganza también son similares a las de sus dos primeros álbumes, aunque esta vez con matices católicos más pronunciados. Desde la portada del álbum, que muestra a la cantante vestido de monja y luciendo la expresión y los labios pintados de oro de una estatua romana, hasta los títulos de las canciones que hacen referencia a reliquias religiosas, pasando por la meditación de la primera canción «quién pudiera venir de esta tierra/y entrar en el cielo y volver a la tierra», hasta la afirmación directa en «De Madrugá» de que «la cruz en el pecho calibra mi cuerpo» contra la tentación de la venganza. Esto no quiere decir que el álbum sea un esfuerzo por evangelizar: A Rosalía le encanta jugar con las contradicciones del amor sagrado y profano. En «Berghain», que lleva el nombre de la legendaria discoteca gay de Berlín, un coro de iglesia alemán que suena como si acabara de terminar de cantar el Himno a la Alegría de Beethoven anuncia un peán de comunión, Björk declara que «the only way to save us is through divine intervention» («la única forma de salvarnos es a través de la intervención divina»), y luego es interrumpida bruscamente por Yves Tumor gritando repetidamente «I’ll fuck you ’til you love me» («Te voy a follar hasta que me ames») como una amenaza violenta. En otra parte, Rosalía expresa su necesidad de perseguir a su amante como un imperativo divino en la canción titulada «Dios es un stalker».
Una mezcla de lenguas
Además de mezclar géneros sin miedo, Lux traspasa las fronteras lingüísticas. Aunque predominantemente cantado en el español peninsular característico de Rosalía, con influencias del vocabulario calé (romaní andaluz), el álbum también incluye versos y estribillos cantados por Rosalía en catalán, inglés, alemán, árabe, ucraniano, japonés, latín, portugués e italiano. En entrevistas, Rosalía expresó su ambición de haber incluido «todos los idiomas del mundo» si hubiera podido; al fin y al cabo, Rosalía sigue siendo humana y el álbum cabe en una duración económica de 50 minutos. El abanico lingüístico de Rosalía es único y encantador, aunque en última instancia su alcance global parece ser más «viajera mundial» que «internacionalista». Mientras que algunos idiomas (portugués e italiano) tienen canciones completas y el inglés aparece salpicado por todo el álbum, otros idiomas tienen menos presencia. Un estribillo en latín por aquí, una palabra en ucraniano por allá… La interpretación de Rosalía de algunas de estas frases es tan rápida y operística que puede resultar difícil de entender, incluso si se conoce el idioma en cuestión y se escucha con atención. Las seis líneas de poesía japonesa de Rosalía en «Porcelana» son un poco más complejas que los llantos de North West «こんにちは私の名前はノースちゃん!カリフォルニア!から!東!京!イエス様王様» («¡Hola, me llamo North-chan! ¡De California! ¡To! ¡Kio! ¡Señor Jesús, Señor Rey!»), en el “Childish Things” de FKA twigs a principios de este año, pero aún así suena un poco extraño. Rosalía, a pesar de sus inflexiones globales, no aborda mucho la política mundial, aunque cabe destacar que reserva sus expresiones más profundas de venganza para el ucraniano en «De Madrugá», con el estribillo «Я не шукаю помсту, помста шукає мене» (Yo no busco venganza, la venganza me busca a mí). Su uso del árabe para expresar una lealtad que desgarra el mundo es más oscuro (من أجلك أدمر السماء، من أجلك أهدم الجحيم، فلا وعود ولا وعيد | «por ti destruiría los cielos, por ti derribaría el infierno, sin promesas ni amenazas», cantado con una interpretación operística que es casi imposible de entender a pesar de su belleza musical). Otras combinaciones son más obvias: «Berghain» se canta en alemán, porque Berghain está en Alemania.
Sin embargo, si la mayor crítica a un álbum es que su artista no domina más de diez idiomas, significa que se trata de un álbum bastante sólido. Rosalía debería ser elogiada por intentar algo que ninguna otra estrella del pop de su talla ha hecho en los últimos tiempos, si es que lo ha hecho alguna vez, aunque su alcance global sea más católico que internacionalista. En un momento global en el que las potencias imperialistas están redoblando sus ideologías chovinistas de superioridad nacional, el arte que traspasa fronteras y abraza otros idiomas es aún más valioso.