
Por JAMES MARKIN
Todas las noches, desde hace semanas, el pueblo jordano se ha reunido en la plaza situada frente a la embajada israelí en la capital, Ammán. Sus simpatías son evidentes por las banderas palestinas que portan y la omnipresencia del keffiyeh, el pañuelo palestino, entre los manifestantes. Estas manifestaciones masivas a favor de Palestina han sacudido la escena política de Jordania y han planteado una serie de exigencias muy concretas a su rey. Todas las noches piden en Ammán que el reino de Jordania revoque su tratado de paz de 1994 con Israel, expulse la embajada israelí de Ammán y ponga fin a todos los acuerdos económicos con el Estado sionista.
Desde el comienzo de la guerra en octubre, el gobierno jordano se ha esforzado mucho en destacar la ayuda humanitaria que ha suministrado a Gaza, y ha hecho declaraciones condenando las matanzas de Israel. Pero se ha mostrado mucho más flojo para emprender acciones concretas contra el Estado sionista. Por ejemplo, en octubre, el rey Abdullah II canceló una reunión prevista con Biden por su apoyo a la matanza israelí en Gaza. Sin embargo, rápidamente cambió de postura y se convirtió en el primer líder árabe en reunirse con Biden desde que comenzó la guerra, cuando visitó D.C. en febrero. A pesar de ser crítico con el primer ministro israelí Netanyahu, Abdullah se ha negado a considerar la cancelación del acuerdo de paz de Jordania con Israel y ha continuado la cooperación económica con el Estado sionista en torno al gas y el agua.
Este tipo de pasividad no ha hecho más que fomentar las manifestaciones masivas en Ammán. Mientras que las medidas enérgicas de finales de 2023 crearon una calma abortiva, el resurgimiento de manifestaciones regulares esta primavera ha puesto el gobierno en peligro de caér en crisis, ya que se resiste desde hace mucho a las reformas democráticas. La prevalencia de cánticos y eslóganes pro Hamás en las manifestaciones ha hecho que el gobierno acuse a los organizadores de las protestas de ser agentes extranjeros. Sin embargo, los manifestantes han declarado a los medios de comunicación que su admiración por Hamás se debe a la voluntad del grupo de luchar contra Israel. De hecho, el temor del gobierno se percibe en la brutalidad de las medidas represivas contra los manifestantes propalestinos. Amnistía Internacional calcula que el gobierno ha detenido a 1.500 manifestantes desde que comenzó la guerra de Gaza en octubre. Se trata de la mayor represión jordana de la actividad política desde la Primavera Árabe, incluso mayor que las detenciones masivas de los profesores en huelga en 2020. De hecho, parece que Jordania ha hecho más concreto para reprimir las manifestaciones propalestinas que para oponerse al genocidio de Israel en Gaza.
La falta de acción de Jordania contra Israel no es única; forma parte de un patrón más amplio de inacción por parte de los gobiernos de los Estados de mayoría árabe, que ha frustrado a activistas de todo el mundo. Al igual que Jordania, la gran mayoría de la población de estos países apoya la adopción de medidas directas contra Israel, pero sus gobiernos autoritarios son mucho más pasivos y participan en la colaboración económica y política con el régimen sionista.
La particularidad de Jordania es que la población del país es mayoritariamente palestina, con estimaciones inoficiales entre el 40% y el 70%. (El gobierno de Jordania no lleva un registro oficial de esta cifra, probablemente para no tener que admitir que los palestinos constituyen la mayoría de su población). Por tanto, un gobierno democrático encarnizando la opinión popular casi con toda seguridad tomaría medidas concretas en apoyo de la resistencia palestina. Sin embargo, el gobierno de Jordania se limita a realizar lanzamientos aéreos humanitarios y hace críticas públicas. Esto se debe a que, como muchos de los Estados de la región, Jordania no sólo es una autocracia, sino también lo que los marxistas denominan un Estado semicolonial. Este tipo de Estado oficialmente es independiente, pero en realidad queda subordinado a las grandes potencias imperialistas del mundo, como Estados Unidos. Para entender por qué Jordania es un Estado semicolonial y el papel que desempeña su gobierno en la región, es importante comprender la historia del país.
La creación de la monarquía hachemí
El país que hoy llamamos Jordaniaoriginalmente formaba parte de la colonia británica de Palestina Mandatoria, que era sólo una pieza de un mosaico más amplio de colonias europeas creadas en el Mdio Oriente tras el final de la Primera Guerra Mundial. Durante la guerra, los británicos negociaron el acuerdo secreto Sykes-Picot con los franceses, los italianos y el Imperio Ruso. Sykes-Picot era un plan por el que estas potencias acordaban repartirse el Imperio Otomano entre sí. Tras la Revolución Rusa, los bolcheviques publicaron el acuerdo, poniendo al descubierto los planes secretos de las grandes potencias. Esto causó furor internacional, pero especialmente en el mundo árabe.
Los británicos habían “olvidado” convenientemente que ya habían negociado un acuerdo con la aristocrática Casa Hachemita de La Meca, a la que concedieron el gobierno de un Reino Árabe Sirio unificado a cambio del apoyo árabe contra los otomanos. Una vez finalizada la guerra, la Sociedad de Naciones apoyó la reivindicación francesa sobre Siria y el ejército francés expulsó de Damasco al rey hachemita Faisal. Esto enfureció a su hermano, el príncipe hachemita Abdullah, que levantó un ejército en Arabia y marchó contra la Siria francesa. Los británicos, deseosos de evitar la guerra entre sus aliados franceses y árabes, ofrecieron al príncipe toda la Palestina bajo mandato al este del río Jordán como reino propio. Abdullah aceptó y se convertiría en el primer rey de Jordania.
Este nuevo acuerdo, por el que se concedía Jordania a Abdullah, enfureció a los sionistas, que consideraban que violaba la promesa anterior de Gran Bretaña de un “hogar judío en Palestina”, como se afirmaba en la declaración Balfour. A día de hoy, algunas organizaciones sionistas de derechas siguen afirmando que Jordania debería formar parte de Israel por derecho. Sin embargo, los británicos, como han demostrado en repetidas ocasiones, no tuvieron ningún problema en retractarse de acuerdos anteriores e inmediatamente se dispusieron a ayudar a Abdullah a establecer su nuevo país, enviándole asesores militares y políticos. Esta “ayuda” británica a Abdullah consolidó firmemente a Jordania como una semicolonia británica y garantizó que la monarquía hachemita no haría nada que socavara los intereses británicos en la región.
El recién nombrado rey Abdullah del Reino Hachemí de Jordania no perdió tiempo en pensar en cómo expandir su pequeño y árido Estado. Rápidamente desarrolló la ambición de gobernar sobre la población árabe de la vecina Palestina, más rica y templada. Esta ambición se reflejó en la oferta de “protección” del rey al Comité Superior Árabe Palestino en la década de 1940.
En su libro “La Guerra de los Cien Años en Palestina”, el erudito palestino Rashid Khalidi cuenta la historia de cómo su padre llevó un rechazo de esa oferta al rey Abdullah en vísperas de la Nakba de 1947. Al oír el rechazo, el rey dio por terminada la audiencia y dijo al padre de Khalidi que “ustedes, palestinos, han rechazado mi oferta. Merecen lo que les pase”. Este comentario era una referencia al plan de partición de las Naciones Unidas que se había anunciado ese mismo día, que ordenaba la separación de Palestina en un Estado judío y otro árabe.
De hecho, para el rey Abdullah, el plan de partición no fue ninguna sorpresa; había estado negociando en secreto con los británicos y los sionistas desde la década de 1930 para controlar la porción de Palestina que se asignaría a los palestinos árabes. En 1948, tras fracasar la propuesta de la ONU y estallar la guerra por el control de Palestina, la Legión Árabe de Abdullah cruzó el río Jordán bajo el mando de oficiales británicos, ocupando lo que hoy se conoce como Cisjordania. Las FDI no pudieron superar a la experimentada y bien armada Legión Árabe, y Abdullah logró apoderarse para sí de parte de Palestina, que anexionó oficialmente al Reino Hachemita en 1950.
Abdullah encontró finalmente su castigo a manos de revolucionarios palestinos después de las oraciones de un viernes en la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén. Sin embargo, el papel de Jordania como semicolonia británica en la región y su disposición a colaborar con los sionistas continuaron durante el gobierno de su nieto, el rey Hussein.
La guerra de 1967 y la batalla de Karameh
En 1967, el control del rey Hussein sobre Cisjordania llegó a su fin a manos de una guerra de conquista israelí. La guerra comenzó con un ataque aéreo israelí por sorpresa contra Egipto que aniquiló a la mayor parte de la fuerza aérea egipcia. El ataque contra Egipto atrajo a la guerra a sus aliados jordanos y sirios, y en seis días las IDF habían obtenido victorias decisivas contra los estados aliados. Esta derrota de las fuerzas árabes llegó a conocerse como la Naksa, o “el revés”.
En la guerra, Israel pudo arrebatar a Jordania Cisjordania y Jerusalén, junto con otros territorios de Egipto y Siria. Esto agravó la crisis de refugiados palestinos que existía desde 1948, ya que más refugiados palestinos huyeron de estos territorios, especialmente hacia Jordania y Líbano. Junto con los refugiados, los guerrilleros palestinos, conocidos como fedayines, huyeron a través del río hacia el reino hachemita. Allí, bajo el mando de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), comenzaron a lanzar atrevidas incursiones transfronterizas contra el Estado sionista.
Esta guerra transfronteriza se intensificó en 1968, cuando Israel violó su acuerdo de alto el fuego con Jordania y lanzó un ataque contra el cuartel general de la OLP en la ciudad jordana de Karameh. Lo que se suponía que iba a ser un rápido ataque israelí se convirtió en una batalla de 15 horas con fedayines palestinos de la facción Fatah de Yasser Arafat y sus aliados del ejército jordano. Aunque Israel pudo matar a entre 120 y 150 fedayines y destruir la base de los fedayines en Karameh, las IDF sufrieron numerosas bajas, incluida la pérdida de tanques y aviones. Karameh destrozó la imagen de las IDF como “fuerza invencible” y dio gran prestigio a Arafat y Fatah. Esto provocó una tormenta política en Jordania, especialmente entre las comunidades palestina y de refugiados, ya que miles de personas empezaron a buscar y unirse a las numerosas facciones fedayín. Casi de inmediato, el crecimiento de las facciones fedayín condujo a un conflicto armado con el régimen hachemí de Jordania, que acabó provocando la crisis conocida como el Septiembre Negro
El Septiembre Negro y guerra civil en Jordania
En la primavera de 1970, la afluencia de refugiados y el crecimiento de los fedayines habían provocado un conflicto social total en Jordania. Aunque la mayor facción palestina, Fatah, se negó a intervenir en la política jordana, las facciones socialistas -el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) y el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP)- no se contuvieron. El FDLP empezó a organizar consejos locales de jordanos palestinos y no palestinos, y el FPLP se implicó en el movimiento obrero jordano. Incluso obligaron a una empresa cementera vinculada a la familia real a firmar un contrato sindical a punta de pistola y a volver a contratar a los trabajadores en huelga. Como gobernante autoritario respaldado por potencias imperialistas extranjeras impopulares y gobernando sobre una población mayoritariamente palestina, este tipo de acción amenazaba directamente la existencia de la monarquía hachemí en Jordania.
El rey Hussein respondió intentando aislar y eliminar al FDLP, enviando al ejército jordano a emboscar a los fedayines del FDLP fuera de su bastión en la ciudad jordana de Zarka. En respuesta a la provocación hachemí, los fedayines del FPLP inundaron la capital, Ammán, obligando a Hussein a retirar las tropas de la frontera israelí. Finalmente, los combates terminaron con un acuerdo alcanzado entre Arafat y Hussein que legalizaba la presencia de los fedayines en Jordania, pero les exigía seguir ciertas normas.
En el verano de 1970, la administración Nixon inició un gran esfuerzo para restablecer la estabilidad en la región tras la guerra de 1967 y normalizar las relaciones entre Israel y los estados árabes semicoloniales de Egipto y Jordania. Jordania y Egipto aceptaron el plan de alto el fuego de Nixon, pero Arafat se negó a aceptar cualquier plan que normalizara la existencia del Estado de Israel sin ningún recurso para la autodeterminación palestina. En este contexto, el rey Hussein decidió liquidar por completo la presencia fedayín en Jordania. El 17 de septiembre de 1970 declaró la ley marcial y lanzó un ataque militar total contra la comunidad palestina en Jordania.
Aunque Hussein esperaba arrollar rápidamente a los fedayines con tanques y artillería, las fuerzas palestinas resistieron y empezaron a ganar el control de gran parte del país. En la ciudad septentrional de Irbid, los fedayines permitieron incluso que comités populares pusieran la ciudad bajo el control de un “congreso popular” revolucionario. Finalmente, blindados bajo el mando de la OLP cruzaron a Jordania desde Siria y se unieron a la lucha, haciendo retroceder aún más al ejército hachemí.
No obstante, el uso indiscriminado de la artillería por parte del ejército hachemí causó víctimas masivas, incluso entre la población civil palestina. Siguiendo con esta ventaja, Hussein logró expulsar a los fedayines de la mayoría de las principales ciudades jordanas y se acordó un alto el fuego entre ambos bandos. Los combates intermitentes y los acuerdos de alto el fuego continuarían hasta principios de 1971, momento en el que el ejército hachemita había ganado la partida y pudo obligar a los dirigentes palestinos a aceptar la retirada de todos los fedayines al norte rural del país. Finalmente, en el verano de 1971, una nueva ofensiva hachemí provocó la expulsión de los fedayines de Jordania. El rey Hussein había conseguido poner fin a la amenaza que se cernía sobre su gobierno, pero a un alto coste para el pueblo palestino.
La guerra de 1973 y la normalización
El rey Hussein continuaría en su papel de traidor entre los dirigentes árabes en nombre de los británicos y Estados Unidos, sobre todo durante la guerra de 1973 y sus consecuencias. La guerra de 1973 había sido planeada en secreto por Siria, con apoyo egipcio, como una ofensiva sorpresa para recuperar el territorio que Israel había ocupado tras su victoria en 1967. Sólo unos días antes de que comenzara la guerra, el propio rey Hussein visitó personalmente Tel Aviv y, en una reunión clandestina en una base del Mossad, informó a la primera ministra israelí, Golda Meir, de todos los planes de guerra secretos de Siria. Este escandaloso incidente, ahora expuesto gracias a la desclasificación de documentos israelíes anteriormente secretos, demuestra exactamente qué papel desempeña la monarquía hachemita de Jordania en el mundo árabe: el agente del imperialismo. Debido a la intervención de Hussein, cuando comenzó la ofensiva árabe “sorpresa”, en realidad no fue una sorpresa en absoluto, eliminando una posible ventaja militar árabe. En última instancia, la guerra de 1973 terminó en un punto muerto entre Israel y los dos Estados árabes.
Tras la guerra de 1973, a pesar de que Jordania e Israel seguían oficialmente en estado de guerra, Hussein continuó participando en conversaciones secretas con el gobierno israelí. Tras la normalización de las relaciones de Egipto con Israel en 1978, Hussein aceptó un acuerdo de paz con Israel en 1994. Como parte de este acuerdo, Jordania e Israel normalizaron sus relaciones, reconocieron mutuamente sus fronteras y acordaron la creación de proyectos económicos conjuntos. Al hacerlo, Hussein llevó a Jordania al campo de los “normalizadores”, gobiernos árabes que trabajan contra los intentos palestinos de aislar a Israel y, en su lugar, colaboran económica y políticamente con el sionismo.
Al igual que la Sudáfrica del apartheid se apoyó en el colonialismo portugués y en el régimen blanco de Rodesia para estabilizar el sur de África, Israel también se apoya hoy en sus pactos de normalización con regímenes árabes semicoloniales para conseguir estabilidad y crecimiento económico. Aunque Hussein murió en 1999, su legado de colaboración, normalización y traición a la causa palestina ha sido continuado hasta nuestros días por su hijo, el rey Abdullah II.
La Jordania hachemita: un agente imperialista en el campo árabe
Estos episodios históricos demuestran claramente el papel que Jordania desempeña en la lucha palestina. Aunque el régimen monárquico de Jordania se proclama oficialmente amigo del pueblo palestino y aliado en su lucha por la autodeterminación, en realidad actúa como un baluarte contra la revolución palestina. Cualquier revolución potencial entre el pueblo palestino conduciría inevitablemente a la destrucción del régimen hachemí en Jordania, debido al gran número de ciudadanos palestinos dentro del reino hachemí. Es más, Jordania siempre ha cultivado estrechos lazos con las potencias imperialistas de Bretaña y Estados Unidos y hoy recibe 1.450 millones de dólares al año en ayuda directa de Estados Unidos.
Esta es la razón por la que nadie en el movimiento por la autodeterminación palestina debería tomarse en serio ninguna declaración supuestamente pro-palestina en nombre del rey Abdullah II. Al igual que su padre y su bisabuelo antes que él, representa a una élite reaccionaria y autoritaria que, para preservar su propia existencia, debe reprimir la lucha de los palestinos y cultivar los lazos con el imperialismo occidental.
Esto no debe interpretarse en el sentido de que el pueblo de Jordania es de algún modo enemigo del movimiento palestino. La realidad es todo lo contrario. Debido a la masiva población palestina del país, a su situación geográfica adyacente a Palestina y a su historia, la lucha jordana por la democracia y la independencia y la lucha nacional palestina están intrínsecamente vinculadas. El futuro de Jordania se decidirá por el curso de la revolución palestina.
La historia del Septiembre Negro demuestra esta conexión. Imaginemos lo diferente que sería hoy para los palestinos como para los jordanos si los fedayines hubieran logrado derrocar a la monarquía hachemita en 1970. Los palestinos habrían tenido entonces una base desde la que operar contra Israel, y los jordanos se habrían liberado de la autoritaria y represiva monarquía hachemita.
En última instancia, el pueblo palestino y las masas trabajadoras del mundo árabe comparten los mismos intereses. Cada revolución que derribe un régimen autoritario y semicolonial en lugares como Jordania y Egipto dañará la posición de Israel en la región y desencadenará el apoyo de las masas árabes a Palestina. El dominio sionista sobre Palestina sólo puede llegar a su fin con la derrota del Estado israelí. La solución para toda la región es, por tanto, la misma: un movimiento obrero de masas capaz de derrocar a los regímenes árabes semicoloniales, junto con una renovación de la lucha militar árabe contra Israel.
¡Poner fin a todos los tratados de paz y acuerdos económicos con Israel!
¡Poner fin a todos los envíos militares a Israel!
¡Poner fin al asedio de Gaza ya!
¡Abajo el rey Abdullah II y la monarquía hachemita!
¡Por una Palestina democrática y laica, ¡desde el río hasta el mar! ¡Por una federación socialista de Oriente Medio!
Foto: Las protestas masivas estallaron en Jordania en 2018, obligando al rey a rescindir las subidas de precios del combustible y la electricidad. (Khalil Mazraawi / AP)