Una bandera para toda la humanidad: reseña del libro «La revolución de 1936-1939 en Palestina»

Por M. A. AL-GHARIB

La obra de Ghassan Kanafani «La revolución de 1936-1939 en Palestina: antecedentes, detalles y análisis» es un libro conciso y densamente argumentado, traducido con claridad y belleza por Hazem Jamjoun y contextualizado con una útil introducción y un epílogo de Layan Sima Fuleihan y Maher Al-Charif, respectivamente. Publicado originalmente en 1972, la editorial 1804 Books, afiliada al Peoples Forum, lo reeditó en el annus horribilis de 2023, justo cuando Israel iniciaba el genocidio de Gaza.

El libro de Kanafani es una lectura obligatoria para profundizar en nuestro conocimiento sobre la historia de la lucha palestina por la libertad y para armar a nuestros movimientos de solidaridad con el conocimiento necesario para combatir la hasbara sionista.

Kanafani comenzó a escribir «La revolución en Palestina» en 1969. Este fue un punto de inflexión en la historia árabe, tras la gran derrota en la Guerra de los Seis Días de 1967. Como tema, Kanafani abordó otra gran derrota, la de la revolución palestina de 1936-1939, tanto para recuperar el heroísmo de la lucha inicial contra la colonización sionista como para evaluar sus lecciones para el trabajo político contemporáneo.

Kanafani nació en Acre, en la Palestina bajo mandato británico, en 1936, en el seno de una familia de clase media profesional. Después de que los sionistas expulsaran a su familia durante la Nakba, huyeron a Siria, donde experimentaron la proletarización y la precariedad que lo acompañía. Su padre, un abogado en Palestina, quedó tan devastado por la Nakba que no pudo volver a trabajar. Kanafani, educado desde temprana edad en francés, comenzó a estudiar seriamente la literatura árabe en la Universidad de Damasco. Allí también se unió al Movimiento Nacional Árabe (MNA), una red de reformistas y revolucionarios, muchos de los cuales estaban desilusionados con la política sionista del Partido Comunista Palestino. Expulsado de Siria por su pertenencia al MNA, se trasladó a Kuwait, que se convertiría en el escenario de una de sus novelas más importantes, la devastadora y brillante «Hombres al sol». En 1960, se mudó de nuevo, esta vez a Beirut. Fue allí donde compuso «La revolución de 1936-1939».

La tesis de Kanafani en breve

Las autoridades británicas registran a los pasajeros de un autobús palestino en 1938. (Biblioteca del Congreso)

Kanafani considera que la Revolución de 1936-1939 fue quizás el momento decisivo que selló la victoria sionista-imperialista sobre las fuerzas de la liberación nacional palestina. Las razones de la derrota de los años 30 eran cuatro: la debilidad de la clase obrera y la burguesía palestinas, la hegemonía de la capa feudal-clerical sobre el movimiento palestino, el fracaso de los campesinos sin tierra —la vanguardia de la revolución— para lograr la independencia de clase, y la alianza británico-sionista con sus enormes ventajas en terminos de los recursos y la violencia. Con respecto al último punto, Kanafani es brutalmente honesto. La razón principal por la que los británicos se pusieron del lado de los sionistas fue porque estos últimos eran colaboradores imperialistas más competentes y eficaces que la élite feudal palestina, que también estaban dispuestos para colaborar con el imperialismo.

Kanafani escribió su libro después de su conversión política al marxismo-leninismo, aunque se trataba de una versión crítica con la URSS estalinista y los partidos aliados, como el PC de Palestina. A pesar de su nombre, el PCP estaba dominado por miembros judíos y no había logrado «arabizarse» ni construir una base entre el campesinado. La conversión de Kanafani al marxismo enriqueció su nacionalismo árabe secular al aumentar el rigor materialista de su método. Concretamente, le permitió apreciar la evolución política del campesinado sin tierra en la década de 1930 como elemento central de la historia de la revolución.

Los campesinos sin tierra: orígenes y politización

El surgimiento de esta clase fue un fenómeno producido por el asentamiento sionista. Como reconoce Kanafani, fue la persecución de los judíos europeos por parte de Hitler lo que provocó la explosión de la migración judía a Palestina entre 1933 y 1936. Entre 1926 y 1932, 7201 judíos emigraban a Palestina cada año. Esta cifra aumentó a casi 43 000 al año entre 1933 y 1936 (p. 5).

Además, en 1930-1931, las propiedades territoriales de las organizaciones judías había aumentado hasta alrededor de un tercio de la tierra cultivable, lo que provocó un empobrecimiento generalizado tanto entre los campesinos como entre los beduinos. En este proceso, los sionistas expulsaron a unas 20 000 familias campesinas de sus tierras, de modo que, en 1941, alrededor del 80 % de los campesinos árabes carecían de tierras o poseían tierras insuficientes para su propia subsistencia. Con la expansión de los asentamientos sionistas y la transición forzosa hacia la industrialización controlada por los judíos, los pequeños campesinos árabes sufrieron la mayor parte de los impuestos «extorsionadores» destinados a compensar las exenciones fiscales de los colonos judíos y a fomentar la industria judía. Un ejemplo de esto último lo encontramos en el régimen arancelario británico: aranceles elevados sobre los productos importados al por menor y aranceles bajos sobre las materias primas, los productos semiacabados, el carbón, etc. (pp. 15-19).

Cuando los británicos asesinaron a Shaikh Izz al-Din al-Qassam en noviembre de 1935, los campesinos sin tierras estaban al punto de explotar. Al-Qassam era raro entre su clase: un líder que abogaba por la unidad árabe y la liberación palestina y que era un organizador talentoso, un luchador disciplinado e intransigente en la lucha contra el sionismo-imperialismo.

A pesar de su sacrificio y heroísmo, que Kanafani deja claro, la incapacidad de esta clase en formación para convertirse en una clase por sí misma, independiente del liderazgo reaccionario palestino, fue una de las principales razones del fracaso de la revolución. Esto hizo cada vez más difícil defender el movimiento contra los otros dos enemigos implacables de la liberación palestina: los regímenes árabes colaboracionistas y la alianza sionista-imperialista (p. 1).

El Sionismo y el fascismo

Los judíos que llegaron a Palestina a mediados de la década de 1930 contaban entre sus filas con un número mucho mayor de capitalistas, profesionales e intelectuales que los que se podían contar entre el bando palestino. La apropiación de tierras por parte de los colonos tenía como objetivo transformar Palestina de una economía «árabe-agrícola» a una «judía-industrial» y se facilitó «a través del capital concentrado en manos judías [que] simultáneamente pretendía proporcionar a esta transición un proletariado judío». Bajo el lema «mano de obra exclusivamente judía» y liderado por la federación sindical sionista reaccionaria, la Histadrut, este proceso condujo a «la sociedad de colonos judíos hacia el fascismo» (p. 6).

Kanafani lanza aquí una crítica lúcida de lo que más tarde se conocería como sionismo liberal y se adentra en el debate marxista sobre el fascismo. El rechazo al sionismo liberal está tan aceptado hoy en día por el movimiento de solidaridad con Palestina que es fácil olvidar lo hegemónico que era, al menos en Occidente, hasta que el genocidio de Gaza reveló la verdadera lógica del sionismo a una audiencia masiva. En el momento en que escribió el libro, la idea de que el sionismo era una forma de racismo y colonialismo que tendía al genocidio de los pueblos indígenas solo estaba muy extendida entre la población del Sur Global, en particular en los países de mayoría musulmana.

La cuestión de si el sionismo conduce inevitablemente al fascismo o si es fascista desde el principio es más complicada. Abordar esta cuestión con Kanafani requeriría un artículo aparte, en el que este reseñista está trabajando actualmente. Por ahora, basta con decir que el análisis del fascismo que hace Kanafani aquí sigue sin estar desarrollado, aunque resuena con las concepciones del fascismo generalmente más alineadas, a falta de mejores términos, con las corrientes «poscoloniales» y «radicales negras» de la izquierda que con las de la tradición trotskista.

Hay muy pocos ejemplos de debate entre estas dos corrientes. Con la extrema derecha y los neofascistas campando a sus anchas en el terreno político de un imperialismo occidental decadente, ese debate puede poner de relieve tanto las coincidencias como las diferencias en materia de teoría y estrategia. Hoy en día es muy necesario, y la obra de Kanafani sobre el sionismo sin duda desempeñaría un papel importante.

El Marxismo y la cultura

El análisis de Kanafani sobre la relación entre el arte y la revolución es una de las partes más interesantes del libro. Durante la revolución, surgió una generación de artistas e intelectuales que, aunque en su mayoría habían nacido en el seno de la clase media feudal-clerical o profesional, rechazaron su clase y se solidarizaron con las masas campesinas armadas.

La poesía, en particular, fue el género que mejor desempeñó lo que Kanafani denomina el papel dialéctico de una forma de arte verdaderamente revolucionaria. Experimentando tanto con el fusha (árabe clásico) como con las formas vernáculas, una «ola de poetas patrióticos» (p. 29) como Ibrahim Tuqan, Abu Salma y Abd al-Rahman Mahmoud expresaron la militancia del espíritu revolucionario de la época e intervinieron políticamente para concienciar a la población.

El análisis de Kanafani sobre la poesía patriótica palestina es una de las partes más interesantes del libro: un análisis sofisticado, materialista y dialéctico del papel de los intelectuales orgánicos en un proceso revolucionario, realizado por un intelectual orgánico. Haciéndose eco del análisis de Trotsky sobre las formas en que la participación activa en la Revolución Rusa impulsó a la vanguardia de la clase obrera del imperio ruso más allá de la conciencia religiosa hacia una conciencia socialista superior, Kanafani destaca el papel de los poemas revolucionarios palestinos en la lucha contra «el fatalismo abyecto bajo la bandera de la lealtad religiosa» que definía el mundo cultural del campesinado prerrevolucionario (p. 26).

La importancia de 1936-1939 para comprender la Nakba

Para Kanafani, el campesinado armado, que representaba a la gran mayoría de la población palestina de la década de 1930, era la clase que tenía tanto la capacidad objetiva como la conciencia subjetiva en desarrollo para perturbar seriamente, si no derrotar, la colonización sionista. Su fracaso en este sentido sentó las bases para la eventual victoria sionista de 1948, la Nakba.

En 1939, el movimiento estaba agotado. Los británicos consolidaron su alianza con los sionistas, entre otras cosas, aplicando un régimen de represión despiadado contra las clases trabajadoras palestinas, desde condenas de prisión de un año por las transgresiones más leves contra los colonizadores hasta campañas de violencia física llevadas a cabo tanto por el ejército británico como por las bandas sionistas bajo su égida, pasando por una política de «demolición de viviendas a gran escala» (p. 50). Los líderes feudales y clericales y los regímenes colaboracionistas árabes —ejemplificados de forma notoria por Abdullah de Transjordania, Nuri Al Said de Irak e Ibn Saud— traicionaron activamente a las masas palestinas, entre otras cosas, encarcelando y deportando a los revolucionarios palestinos a las autoridades británicas, donde se enfrentaban a la ejecución.

El aplastamiento de la revolución permitió al movimiento sionista perseguir su objetivo principal, junto con el de aliarse «con los británicos en la mayor medida posible». Se trataba de establecer «las bases de una sociedad militar y dotarla de sus instrumentos marciales y económicos» (p. 67). Liberada de la competencia con la agricultura árabe, la burguesía judía también quedó libre para desarrollar su capacidad económica. La derrota de la revolución, por ejemplo, permitió a los sionistas construir carreteras y puertos para integrar su economía en el emergente orden capitalista de la posguerra, un proceso al que contribuyeron los monopolios concedidos por los británicos, como el de abastecimiento de las tropas británicas en la Palestina bajo mandato.

Igualmente importante, si no más, es que los británicos apoyaron activamente, mediante personal y entrenamiento, la expansión de la capacidad militar sionista. Por ejemplo, los patronos imperiales emplearon a auxiliares judíos como parte de su fuerza policial, así como a tropas judías para defender el oleoducto mediterráneo que transportaba crudo desde Kirkuk, en Irak, hasta el puerto de Haifa. También desplegaron esas tropas para reprimir violentamente la revolución (pp. 69-71). «Tal escalada en el papel y la actividad de las unidades militares sionistas no habría sido posible», escribe Kanafani, «si no hubiera sido planeada y orquestada conjuntamente por los británicos y los sionistas» (p. 70).

«Fue a la batalla con su pluma»

La revolución de 1936-1939 es una lectura imprescindible para los activistas de los movimientos socialistas y de solidaridad con Palestina. Es un clásico insustituible de la historia del movimiento palestino y anticolonial. Dicho esto, deja sin respuesta importantes preguntas, preguntas que Kanafani, mártir a los 36 años por la bala de un asesino del Mossad, seguramente habría desarrollado más si hubiera vivido más tiempo. La mencionada cuestión del fascismo es una de ellas. El término aparece varias veces a lo largo del breve libro y se supone que el lector debe entender que el sionismo, que refleja y organiza una sociedad de movilización militar total, una economía de robo de tierras y el genocidio del pueblo indígena de Palestina, es una fase del fascismo o una forma del mismo. Sin embargo, no se aclara cuál de estas opciones se aplica y cómo se aplica.

Una segunda cuestión se refiere a la crítica de Kanafani al Partido Comunista Palestino de los años veinte y treinta por ignorar la cuestión colonial y normalizar el sionismo. Se trata de una crítica profética, a la que contrapone su propia posición, en la que intenta armonizar el nacionalismo árabe, el antiimperialismo y el socialismo.

Como dijo Kanafani en una entrevista en 1972: El antiimperialismo da impulso al socialismo si no deja de luchar en medio de la batalla y si no llega a un acuerdo con el imperialismo […] Los nacionalistas árabes se dieron cuenta de este hecho a finales de la década de 1950. Se dieron cuenta de que no podían ganar la guerra contra el imperialismo a menos que contaran con el apoyo de ciertas clases [sociales]: aquellas que luchan contra el imperialismo no solo por su dignidad, sino también por su sustento. Y era este [camino] el que conduciría directamente al socialismo. [p. x].

Esta posición tiene paralelismos con la teoría de la revolución permanente de Trotsky, concretamente, que las luchas por los derechos democráticos y las reformas económicas no son simplemente «etapas» en el camino hacia el socialismo, sino que están dialécticamente interrelacionadas con la lucha por el socialismo. En resumen, la lucha por el socialismo debe poner sobre la mesa la cuestión del poder de la clase obrera si no quiere socavarse fatalmente a sí misma. La reforma y la revolución, parafraseando a Rosa Luxemburg, no son caminos diferentes hacia el socialismo, sino caminos hacia destinos diferentes. Kanafani parece estar muy de acuerdo.

Sin embargo, mientras que para Trotsky, al igual que para Lenin y Luxemburg, era el proletariado el que debía liderar el proceso de la revolución permanente, para Kanafani, al igual que para Mao y Ho Chi Minh, es el campesinado armado el que debe ejercer la hegemonía en la revolución. Una vez más, nos queda preguntarnos si, de haber vivido para ver los profundos cambios que ha experimentado la región árabe en las décadas posteriores a su muerte —entre ellos, la proletarización de la mayoría de las clases trabajadoras árabes y su papel de liderazgo en algunas, si no en todas, las revueltas árabes de la década de 2010—, Kanafani habría reconsiderado su análisis de 1972 y, en caso afirmativo, de qué manera.

Al concluir este artículo, Israel está llevando a cabo una campaña deliberada de hambruna contra el pueblo de Gaza y una ola aparentemente interminable de terror y pogromos en Cisjordania. Los israelíes también han asesinado a cuatro periodistas más en Gaza: Anas al-Sharif, Mohammad Qreiqeh, Ibrahim Zaher y Mohammad Noufal. Esto eleva el total desde el 7 de octubre de 2023 a 270, lo que convierte a esta campaña genocida en la más mortífera para los periodistas en la historia registrada. Sin las restricciones de un imperio estadounidense sumido en un ciclo de rápido y grotesco declive, los israelíes siguen adelante con uno de los mayores crímenes contra la humanidad de la historia. El eje Estados Unidos-sionista no solo está aniquilando Palestina, sino que está diciendo al resto de las clases trabajadoras del mundo: «Esto es lo que les pasará si se interponen en nuestro camino».

Cada vez vemos más necesaria la figura de Kanafani, un intelectual socialista revolucionario «que luchó con su pluma».

«Kanafani nos guía para resistir el aislamiento de la causa palestina como un asunto que solo concierne a los palestinos o a los Estados árabes», escribe Layan Fuleihan en la introducción de «La revolución de 1936-1939».

«Cuando se entiende el sionismo como un proyecto imperialista en su origen y en su agenda, se convierte en enemigo de toda la humanidad, y la causa palestina en una bandera para toda la humanidad» (p. xii). Cada vez más masas trabajadoras del mundo, la única fuerza que puede detener este horror, están viendo ahora la verdad que Kanafani comparte en este libro y en la obra de su vida.

Foto superior: Palestinos reunidos en Abou Ghosh, al oeste de Jerusalén, durante la huelga general de 1936. (Biblioteca del Congreso)

Deja un comentario