El origen de la opresión antitrans – y cómo combatirla

Por RUSS O’SHEA

Uno de los temas más emergentes de nuestro tiempo es la lucha por los derechos de las personas transgeneras. En los últimos años, se ha dirigido una enorme cantidad de vitriolo contra esta comunidad. La hostilidad existe desde hace tiempo, pero ha llegado a ser tan desproporcionada que muchos se preguntan por qué los políticos se centran tanto en las personas transgeneras cuando hay muchos otros problemas a los que se enfrentan los trabajadores y que necesitan desesperadamente una solución, entre ellos la falta de vivienda, la crisis del coste de la vida, la devastación climática, por nombrar sólo algunos. Sin embargo, una cantidad abrumadora de los proyectos de ley que se están planteando no se refieren a éstos, sino a recortar los derechos de las personas trans, que representan menos del 2% de la población adulta de Estados Unidos.

De hecho, una encuesta reciente reveló que el 77% de la población estadounidense cree que los ataques a las personas trans son una distracción de los políticos para desviar la atención de los «verdaderos problemas». ¿Por qué, por ejemplo, las personas trans fueron un tema de discusión constante en la Convención Nacional Republicana? ¿Qué hay detrás del constante alarmismo de la prensa? ¿Qué tienen las personas trans que sea tan urgente como para dedicar una increíble cantidad de energía política a restringir los derechos de una minoría ínfima?

Para responder a estas preguntas, tenemos que entender de dónde viene la opresión antitrans, y para responder a esa pregunta debemos considerar los orígenes del género en sí.

Cuando comenzó a desarrollarse la sociedad de clases, junto con la propiedad privada, se estableció una división del trabajo en función del género. Los «hombres» eran designados cabezas de familia y se les otorgaba el control sobre el rebaño y las herramientas para proporcionar carne y cobijo. A las que habitaban cuerpos «femeninos» se les asignaba generalmente el papel de mano de obra reproductiva, que incluía la crianza de los hijos, las tareas domésticas y los cuidados.

Este desarrollo intentó borrar a las personas intersexuales y trans, especialmente más tarde, cuando estas identidades fueron encontradas en las sociedades indígenas por los imperios coloniales. Las expresiones de género que no se ajustaban al binario impuesto fueron violentamente reprimidas. Las personas indigenas de «dos espíritus»  y los Hijra son ejemplos de personas que se enfrentaron a la violencia por no conformarse.

El sistema de ganancias depende de estructuras como la familia nuclear y la suposición de que la aspiración vital de la mayoría de la gente debe ser fundar una familia. Se trata de fenómenos culturales cultivados deliberadamente para garantizar que siempre haya un suministro fresco de trabajadores que nacen, se crían y se asimilan a la mano de obra. De forma abrumadora, estas tareas de reproducción social son asumidas por mujeres y personas LGBTQ+ sin ninguna compensación por su trabajo. Las sexualidades de las personas que pueden dar a luz se regulan para cumplir este fin, por lo que este sistema y su eficacia se ven amenazados por la agencia de las personas sobre sus propios cuerpos. Por esta razón se están haciendo retroceder muchos aspectos de la autonomía corporal, incluidos los derechos reproductivos y de género.

Los ataques contra las personas trans, en particular, los realiza la clase dominante a sabiendas de que la conciencia que pueda desarrollarse a partir de los avances en los derechos de las personas trans reforzaría las luchas por los derechos de los negros, los indígenas, las mujeres, los inmigrantes y otros. Esto resulta aún más amenazador en el contexto de una generación que ya se ha movilizado en grandes cantidades contra la brutalidad policial, el genocidio y la destrucción del clima.

La clase dominante está aterrorizada de cómo podrían empezar a caer las fichas del dominó si se pudiera superar una estructura tan omnipresente y eficaz como la división de género. Así que para adelantarse a esta situación, se ejerce una brutalidad extrema sobre las personas trans y se emplea una retórica divisoria que señala la existencia de las personas trans como un ataque contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. Una gran parte de esta retórica se centra en el mantenimiento de la familia; aquí la clase dominante muestra su posición y revela también lo importante que es la familia para mantener el actual modo de producción y su explotación inherente.

¿Por qué defendemos el derecho de las personas trans a autoidentificarse? ¿Por qué luchamos por la liberación trans?

Defender a las personas trans es mucho más que hacer una declaración de que el genero es un concepto construido por los seres humanos. La defensa de las personas trans y la lucha por el avance de los derechos trans debe ser asumida por toda la clase trabajadora, no sólo porque las personas trans son un sector de la clase trabajadora, sino también porque son un vehículo a través del cual se ataca a toda la clase trabajadora. Los trabajadores de ámbitos que de alguna manera validan a las personas trans, como los profesores, los bibliotecarios y los cuidadores, están siendo atacados por hacer parte de su trabajo. Grupos oprimidos como las mujeres, los inmigrantes, los negros y los indígenas están siendo igualmente atacados por combatir la «locura transgenera».

¿Qué es necesario para lograr la liberación trans?

El interés (o la falta de interés) de las alas políticas de la clase dominante por defender los derechos trans quedó claro en sus respectivas convenciones. La RNC estuvo plagada de retórica antitrans, anti LGBTQ+, antiinmigración y, en general, antiobrera. El representante Matt Gaetz (R-Fla.) recordó el primer mandato de Trump como una época en la que «había [sólo] dos géneros» (tal época nunca ha existido). Otro calificó a las personas trans como «mugre». Esto ocurrió al mismo tiempo que el Partido Republicano intentaba complacer a los homosexuales e integrarlos al partido.

En el DNC, en cambio, se mencionó a las personas trans apenas dos veces, y no se permitió hablar a una persona trans. Pero la tarea de sembrar ilusiones en el partido demócrata corre a cargo de formaciones periféricas, como las burocracias sindicales y el Drag PAC, cada una de las cuales está destinada a canalizar a los más ardientes defensores de cuestiones como los derechos trans hacia un callejón sin salida en la forma de los Demócratas. Éste es el único resultado posible de depositar la fe en un partido que, por un lado, apenas puede siquiera prestar atención de boquilla a las personas trans y, por otro, está destinado a mantener el propio sistema del que se deriva la opresión trans.

Teniendo esto en cuenta, ¿qué opciones tenemos? ¿Cómo podemos librar una verdadera lucha por los derechos de las personas trans que no se quede en promesas vacías o en reformas que son revocadas al cabo de un par de años de haber sido ganadas? ¿Cuál es nuestra visión de la liberación trans y cómo se conseguiría?

La base de la opresión de género es el sistema capitalista, que divide a la clase trabajadora en categorías para explotarla de la forma más eficaz. Ni siquiera un capitalismo «progresista» puede superar esto; existe una contradicción fundamental entre los intereses de los explotados y oprimidos y los intereses de los explotadores y opresores. A los capitalistas nunca les interesa hacer nada que restrinja el aumento de los beneficios.

Las reformas que mejoran un poco la vida de los trabajadores son duramente combatidas, y cualquier movimiento de los empresarios o de los políticos que se haga al margen de dichas reformas forma parte de un cálculo para acallar el revuelo al disfrasarse como progresista. En contextos LGBTQ+, esto se conoce como el lavado de rosa o el lavado de arcoiris (pinkwashing y rainbow-washing), y podemos ver que, a medida que la presión social por el progreso se apaga, las empresas y los políticos están dando marcha atrás o rehuyendo en masa las reformas y las posturas.

En ausencia de un movimiento de masas, esta marcha atrás (y los nuevos ataques) pueden ocurrir sin oposición. Las reformas equivalen a un proceso; actúan como válvulas de presión que se abren para aliviar la tensión a medida que surgen los movimientos sociales y se cierran al cabo de un tiempo para proteger y maximizar las plusvalías.

Lo único que realmente puede romper este ciclo y provocar un cambio permanente es una transformación de toda la sociedad hacia otra que no se base en la explotación. Esto significaría una sociedad organizada al servicio de las necesidades de las personas, capaz de garantizar cosas como la alimentación, la vivienda, la educación y la atención sanitaria. Las diversas expresiones e identidades de género tendrían espacio para florecer, ya que también significaría el fin de las restricciones y el uso de los cuerpos para servir a los intereses de los capitalistas. Para ello, es necesaria una sociedad socialista, que a su vez requiere una revolución socialista.

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