Un K.O. en boxing deslaza un caos sobre los derechos del genero

Por RUSS O’SHEA

Un K.O. en el primer asalto de boxeo en los Juegos Olímpicos ha provocado una tormenta de misoginia, transfobia y racismo en todo el mundo. El 1 de agosto, la boxeadora italiana Angela Carini se rindió al minuto de enfrentarse a la argelina Imane Khelif, gritando a su esquina: “¡Non è giusto! ¡Non è giusto!”, “¡No es justo! No es justo!”. Esta exclamación, que daba a entender que Khelif era varón, fue el silbato hacia la derecha a lanzar el ataque, y comenzó el alboroto. Carini, agente de policía, empezó a llorar y se negó a estrechar la mano de su contrincante, diciendo que “nunca había sentido un puñetazo” como el que le había propinado Khelif y que necesitaba abandonar el combate para “preservar [su] vida”.

Los medios de comunicación se apresuraron a señalar que Imane Khelif, que nació mujer y ha vivido y competido como tal toda su vida, había sido previamente descalificada de un evento no relacionado con los Juegos Olímpicos por la Asociación Internacional de Boxeo (AIB). La AIB no tiene ninguna autoridad sobre los Juegos Olímpicos; de hecho, debido a la corrupción que arrastra desde hace años, es el primer organismo al que el Comité Olímpico Internacional (COI) ha prohibido participar en las Olimpiadas en sus 130 años, en 2023. Una de las razones de esta expulsión fue el repentino giro de la AIB en la política de género en medio de los Campeonatos del Mundo de ese año, que también fueron boicoteados por 17 países por la polémica en torno a las políticas de la Asociación en respuesta a la invasión rusa de Ucrania.

El COI, por su parte, aprobó la participación de Khelif en los Juegos y reiteró su apoyo a su participación tras el partido con Carini. Khelif es de Argelia, donde es ilegal ser trans y no existen sistemas legales para actualizar la documentación que sería necesaria para autorizar la participación de un atleta trans en los Juegos Olímpicos.

¿Por qué se descalificó a Imane Khelif en primer lugar?

A Imane Khelif y Lin Yu-Ting, de Taiwán, se les impidió competir en los Campeonatos del Mundo de Boxeo Femenino celebrados en la India el año pasado cuando “no cumplieron las normas de elegibilidad tras una prueba realizada por un laboratorio independiente”, según las actas de la Junta Directiva de la IBA. Esta cadena de acontecimientos supuso una conmoción para las boxeadoras que ya habían progresado en la competición. Si se le hubiera permitido continuar, Imane Khelif, por ejemplo, habría sido candidata al oro.

En esas actas también se pedía el establecimiento de un procedimiento fijo para las pruebas de género, que no existía en aquel momento. Khelif y Yu-Ting fueron las dos únicas boxeadoras de los campeonatos a las que se obligó a someterse a pruebas de género. No se dio ninguna explicación de por qué se eligió a las mujeres, aparte de vagas referencias a quejas de países contrarios, y no se les concedió el debido proceso.

Umar Kremlev, director de la AIAB, famoso por su destacado papel en la banda de moteros rusos de extrema derecha Lobos Nocturnos, afirmó que las pruebas de género “demostraron que [Khelif y Yu-Ting] tenían cromosomas XY y, por tanto, fueron excluidas”. La implicación era que la presencia de cromosomas XY estaba relacionada de algún modo con un mayor rendimiento atlético, lo que debía dar a los boxeadores una ventaja injusta sobre sus competidores.

Aparte de las vagas (y a menudo contradictorias) declaraciones de la AIB y de Kremlev, no hay pruebas de que las pruebas tuvieran lugar, e incluso se ha afirmado que no hubo pruebas en absoluto, sino que la prohibición se originó en un mensaje de telegrama enviado por Kremlev, que fue recogido por la agencia de noticias rusa TASS. Las prohibiciones sólo se produjeron después de que Khelif derrotara a la boxeadora rusa Azalia Amineva, lo que suscita más dudas sobre su sinceridad.

Avivar el fuego de la paranoia en torno a los deportistas que traspasan los límites de las “normas” de género, especialmente los que han arrebatado medallas de atletas rusos, no estaría nada raro en un país que ha criminalizado el movimiento por los derechos LGBT como “organización terrorista”, ni tampoco viniendo de Kremlev, que tiene vínculos con Vladimir Putin. En 2021, Putin calificó a los atletas transgénero como “el fin del deporte femenino”, que es el mensaje que Kremlev también está tratando de transmitir (no importa si los destinatarios de su retórica son realmente transgénero o no).

El 6 de agosto, la AIB celebró una caótica rueda de prensa en respuesta a la creciente demandas que aportara pruebas de las pruebas de genero. No se aportó ninguna, y la rueda de prensa fue en realidad un espectáculo patético en el que Kremlev y otros eludieron repetidamente la cuestión con diatribas sobre drag queens que profanaban los Juegos, la afirmación de que todo era para proteger el deporte femenino (otro silbato de perros) y la promesa de procesar al jefe del COI. Los periodistas se enfurecieron por la pérdida de tiempo, y la conferencia se convirtió a veces en una pelea a gritos entre ellos y los responsables de la AIB. Terminó cuando un compañero de equipo de Khelif entró en la sala, dirigiendo cánticos de apoyo a Khelif y al equipo argelino.

Ese mismo día se dio saber que Carini había recibido mensajes de la AIB antes del partido, según reveló el presidente del Comité Olímpico Nacional Italiano, Giovanni Malagò. En combinación con el pago de 50.000 dólares que recibirá Carini de la AIB, y el largo historial de escándalos de la AIB, el amaño de partidos en este caso parece una conclusión inevitable.

Independientemente de si las pruebas de verificación de género tuvieron lugar o no, o de lo que realmente implicaron, la conclusión es que es problemático que las mujeres estén sujetas a un estándar arbitrario en el que se les dicta su validez como mujeres y se infringe su capacidad para competir debido a factores fuera de su control. Las definiciones rígidas y rápidas de lo que es o no es una biología aceptable para un género u otro sólo sirven para reforzar la opresión especial a la que se enfrentan las mujeres.

Este hecho ya ha quedado claro, pues tanto Khelif como Yu-Ting se enfrentan a una abrumadora cantidad de vitriolo y acusaciones transfóbicas sobre sus “verdaderas identidades”. Cis o trans, todos los atletas deberían tener derecho participar en el deporte que elijan y tener la oportunidad de competir al más alto nivel.

La respuesta

Tras el partido, figuras de la política y los medios de comunicación no tardaron en saltar al grito de Carini: “¡No es justo!”. Esto provocó la respuesta de uno de los capitalistas más poderosos del planeta, Elon Musk, que tiene un largo historial de sentimientos contrarios a las personas trans, como atacar públicamente a su propia hija trans y retirar las protecciones a las personas trans inmediatamente después de comprar X, antes conocida como Twitter.

JK Rowling también se apresuró a aprovechar la oportunidad para impulsar sus opiniones transfóbicas en la corriente principal, con un vil tweet que cínicamente nombra Khelif como un agente del “nuevo movimiento de derechos de los hombres”, un apodo engañoso que TERFs han dado a la lucha por los derechos trans. Al igual que Kremlev, JK Rowling afirma estar en primera línea de la defensa de las mujeres, pero su supuesto “feminismo” se limita a atacar a un subconjunto de mujeres.

Otras respuestas llegaron de políticos como el ex Presidente de Estados Unidos Donald Trump y la Primera Ministra italiana Giorgia Meloni. Trump, que ha estado haciendo campaña con una plataforma antitrans, aprovechó el revuelo en torno al partido para reiterar su promesa de que “no habrá hombres jugando en deportes femeninos cuando [sea] elegido.” Meloni fue un paso más allá, reuniéndose personalmente con Angela Carini y haciéndose eco de la opinión de que el partido “no fue justo”, diciendo: “Los atletas que tienen características genéticas masculinas no deberían ser admitidos en competiciones femeninas.”

Un tema subyacente en gran parte del discurso dirigido a las boxeadoras es el trasfondo racista. Khelif, por ejemplo, fue objeto tanto de ataques antiárabes como de ataques que intentaban abrir una brecha islamófoba entre ella y su supuesta “transexualidad”. El talento, las pasiones y los logros de las mujeres no blancas (y de las mujeres trans) casi siempre se dejan de lado o se examinan como supuestamente ilegítimos. Las atletas no blancas son especialmente objeto de la retórica más vil, que casi siempre va acompañada de “teorías” sobre su sexo o género “real”.

Por un lado, a menudo se menosprecia la feminidad de las mujeres no blancas, ya que no se ajusta a los cánones de belleza eurocéntricos/blancos. Por otro lado, existe un desconfio generalizado cuando una mujer que no sea blanca pueda ganar algo, y menos a escala mundial. En cambio, a estas atletas se las presenta como meras ladronas de oportunidades o de protagonismo de sus homólogas blancas, como ocurrió cuando Khelif derrotó a Amineva. Este hecho, mucho más que cualquier “ventaja física”, es la razón por la que las victorias de los atletas no conformes con el género sobre sus homólogos blancos cis se pintan como “injustas”. “Esa chica negra me ha robado la beca de atletismo” no es más que una forma reenvasada de “ese inmigrante me ha quitado el trabajo” y dichos similares.

El pánico moral en torno a los Juegos ha ido más allá de cuestionar a Khelif y Yu-Ting; se ha iniciado una caza de brujas de otros atletas que supuestamente mienten sobre su sexo (en cual see ha encontrado también atacado hasta la propia Angela Carini). Han circulado por Internet fotos que apuntan a supuestos “delatores” de la transexualidad en una práctica paranoica bautizada como “travestigación”.

¿A quién beneficia esto? Sólo a quienes intentan vigilar los cuerpos de las mujeres y de quienes no se ajustan a su género. La especulación sobre el género y la transexualidad tiene implicaciones peligrosas, sobre todo porque el acoso y la violencia contra las personas trans se intensifican. Cada vez son más las personas cis, sobre todo mujeres, que sufren violencia por motivos antitrans.

¿De dónde viene la verificación de género en el deporte?

Las pruebas de verificación de género en el deporte fueron introducidas en 1966 por la Federación Internacional de Atletismo Aficionado (FIAA) cuando surgió el temor de que “hombres se hicieran pasar por mujeres” para obtener ventajas en el atletismo (no se ha registrado ningún caso de este fenómeno). Esta nueva barrera de entrada repugnó a varias atletas, que optaron por abandonar antes que someterse a procedimientos invasivos y traumatizantes.

Estas pruebas son un vestigio de una época en la que era ilegal que los hombres se vistieran de mujer y viceversa, cuando las personas LGBTQ+ y trans eran detenidas a por todas partes y sus espacios de reunión eran asaltados por la policía (y las turbas de derechas). Ahora, mientras se desarrollan a escala mundial los peores ataques contra las comunidades LGBTQ en años, Khelif y Yu-Ting se encuentran en el punto de mira de las acusaciones misóginas, racistas y transfóbicas de que ellos también “se disfrazan de mujer”.

En medio de pánicos morales como éste, estamos viendo cómo proliferan en Estados Unidos y otros lugares los proyectos de ley de inspección genital para atletas (incluso para menores). Esto nos lleva a preguntarnos si estas pruebas protegen realmente a las mujeres, como afirman sus defensores. Una luz verde para vigilar los cuerpos en función de la diversidad biológica ciertamente no protege a las mujeres. Es parte integrante de un falso feminismo, un feminismo excluyente.

Notas sobre la biología

En primer lugar hay que decir que la biología sexual, como la identidad de género, es un espectro. La biodiversidad que da a las especies, incluida la humana, una ventaja evolutiva y es signo de una población sana incluye la diversidad sexual, que no se limita a cuerpos “masculinos” y “femeninos” endosexuales (es decir, no intersexuales), sino que incluye cuerpos que poseen rasgos intersexuales. Estos rasgos incluyen combinaciones de genitales, hormonas o cromosomas. Estos rasgos son más comunes de lo que se cree (entre el 1% y el 2% de las personas nacen intersexuales), pero a menudo se ocultan bajo la alfombra, sobre todo por las intervenciones quirúrgicas al nacer realizadas sin el conocimiento ni el consentimiento de los padres. Este es el resultado de un marco médico que se ha distanciado contraintuitivamente de la biología, que se impulsa en aras de mantener la ilusión de que el binario de género impuesto socialmente es de alguna manera natural, que el esencialismo de género tiene alguna base en la realidad. Un ejemplo de por qué se dice que la identidad de género está relacionada con factores biológicos, pero no vinculada a ellos, es que no todas las personas intersexuales se identifican como trans o no binarias, y no todas las personas endosexuales se identifican como cisgénero.

El hecho de etiquetar rasgos como la testosterona y los cromosomas XY como necesariamente “masculinos” y de considerarlos prohibidos para las mujeres plantea la siguiente pregunta: ¿por qué los factores biológicos que escapan al control de cualquiera sólo se prohíben a los deportistas que se identifican como mujeres? Los argumentos contra la participación de los hombres trans en el deporte no se encuentran en ninguna parte. ¿Qué pasa con atletas como Michael Phelps, que tiene mutaciones genéticas que se ha demostrado que le dan una ventaja, como unos brazos más largos y una producción de ácido láctico significativamente reducida? ¿Es todo fruto de la misoginia? ¿Tienen algún fundamento las afirmaciones de que los rasgos biológicos de las mujeres, como el aumento de los niveles de testosterona o la presencia de cromosomas XY, proporcionan una ventaja atlética?

Respecto a la testosterona, en general, hay bastantes datos. Un estudio de 2014 sobre los perfiles fisiológicos y endocrinológicos de los atletas de élite concluyó que la diferencia en el rendimiento de hombres y mujeres a nivel olímpico se reducía casi por completo a las diferencias en la masa corporal magra y el índice de masa corporal, y que “no hay una separación clara entre los niveles de testosterona de los atletas de élite masculinos y femeninos”. Toda la cuestión del género en el deporte es compleja, pero excluir a las mujeres atletas basándose en un nivel sérico de testosterona se considera poco ético.”

Los niveles de testosterona y estrógenos son sólo uno de los muchos factores, tanto “puramente” biológicos como sociocomportamentales, que afectan a la masa corporal magra/densidad muscular, las “verdaderas” razones fundamentales de las diferencias de rendimiento entre los deportistas de élite masculinos y femeninos, al menos en lo que a los cuerpos se refiere. Curiosamente, otro estudio descubrió que los levantadores de pesas masculinos tenían niveles de testosterona especialmente bajos, con algunos que coincidían con niveles altos pero aún relativamente normales para las mujeres cis. Las mujeres con síndrome de insensibilidad a los andrógenos tienen altos niveles de testosterona circulante en la sangre, pero, como su nombre indica, son insensibles a ella. Aunque están sobrerrepresentadas en el deporte, esto no se debe a los niveles de testosterona, sino a la composición corporal, por ejemplo, la estatura y la masa corporal magra.

¿Justicia en el deporte?

La noción de “equidad en el deporte” se utiliza como base para mantener procesos de verificación de género. Pero, ¿qué significa que el deporte sea justo? Dejando a un lado la observación de que si los deportes fueran justos, todo acabaría en empate y nadie disfrutaría del deporte, bajo el capitalismo los deportes son necesariamente injustos. Los que tienen los medios pueden ganar ventaja con el mejor equipo, entrenadores, dieta, etc., por no hablar de tener tiempo libre de otras tareas para dedicarse a desarrollar ciertas habilidades y técnicas.

La construcción del género y de la raza

¿Qué es “masculino”? ¿Qué es “femenino”? Estas preguntas tienen respuestas históricas y políticas, no simplemente biológicas. Los conceptos de género y raza tal y como los conocemos son increíblemente nuevos en el gran esquema de las cosas. El binario de género y el concepto de “blancura”, y por tanto de “no blancura”, llegaron con la colonización de las Américas y el genocidio de millones de indígenas, con la esclavitud de los africanos, con el silbido del reloj de fábrica y con la furia de dos guerras mundiales. La subordinación de las mujeres a los hombres es una forma de dividir a la clase trabajadora para mantener bajos los salarios y abaratar el “trabajo femenino”, incluido el trabajo no remunerado como el cuidado de niños y ancianos. También se espera que las mujeres realicen el trabajo reproductivo necesario para el mantenimiento de este trabajo productivo “masculino”, para cocinar y limpiar y liberar a los hombres para que vayan a trabajar en la producción de mercancías.

Los cuerpos racializados y colonizados, especialmente los de las mujeres, son especialmente explotados y controlados. Históricamente, las mujeres racializadas han realizado tanto trabajo productivo como reproductivo, tanto produciendo mercancías e infraestructura como produciendo más trabajadores para ser explotados bajo el capitalismo. Las mujeres racializadas y colonizadas son especialmente objeto de ataques a la autonomía corporal, como los derechos reproductivos, incluidos los ataques a la capacidad de criar hijos sanos.

Cuando los movimientos de liberación de las mujeres, LGBTQ+ y negros empezaron a avanzar, la clase dominante sintió la urgencia de invertir la tendencia. Los ataques constantes contra los derechos trans y reproductivos que se intensificaron con Trump, junto con el rebaño del movimiento por los derechos de las mujeres en las ONG y el Partido Demócrata, allanaron el camino para que Roe v. Wade fuera anulado con poca resistencia en las calles. Desde entonces, los ataques a los derechos trans y reproductivos se han recrudecido drásticamente, y a las mujeres de todo el mundo se les recuerda su “deber” como portadoras de hijos. No es de extrañar que la natalidad y las personas trans fueran dos de los temas de debate más frecuentes en la reciente Convención Nacional Republicana. La lucha por los derechos de las personas trans es necesariamente una lucha por los derechos de las mujeres, y viceversa.

¿Qué camino seguir en la lucha por los derechos de género?

Al mismo tiempo que se retrocede en los derechos de género, hemos visto avances de movimientos masivos por la autonomía corporal en algunos países. En Argentina, por ejemplo, varias manifestaciones masivas -sobre todo, el Paro Internacional de Mujeres de 2017- sacaron a millones de personas a las calles para conseguir importantes victorias, como la igualdad matrimonial en 2010 y el aborto legal en 2020. Movimientos como estos serán necesarios para lograr la liberación de las mujeres y de las personas trans, y deben replicarse en todas partes.

Cuando se ataca a las personas trans, el daño va mucho más allá de la comunidad trans y afecta también a las personas cis. El atletismo es una de las formas en que se utiliza a la comunidad trans para atacar a las mujeres y a las personas no conformes con el género. A medida que aumenta la retórica antitrans, asistimos a ataques contra los derechos de género y la autonomía corporal en todo el mundo. Los ataques a los derechos de género son ataques a todas las personas trabajadoras.

Hay que defender el derecho de atletas como Imane Khelif y Lin Yu-Ting a competir. Las restricciones y pruebas de género crean un entorno en el que se fomenta la caza de brujas entre los competidores y la población en general. Quienes apoyan los derechos de las mujeres y los transexuales deben oponerse a ello en cada oportunidad que se presente; la única manera de lograr la liberación de género y la liberación de todas las formas es mediante la construcción de un movimiento de masas en las calles.

Foto: Imane Khelif asesta un golpe a Angela Carini. (John Pelham / Getty Images / CNN Newsource)

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