El movimiento de solidaridad con Palestina: Un debate sobre tácticas

Por DAN BELLE

Tras más de seis meses de ofensiva israelí contra los palestinos de Gaza y Cisjordania, Washington se enfrenta a crecientes problemas derivados de su colaboración en la destrucción de la sociedad palestina. Éstos van desde las consecuencias económicas y políticas de la expansión de la guerra (incluida la interrupción del canal de Suez) hasta el creciente aislamiento mundial.

Quizás una de las señales recientes más reveladoras fue la dimisión pública de la funcionaria del Departamento de Estado Anelle Sheline. La carta de dimisión de Sheline no es ni diplomática ni ambigua. Sostiene que Estados Unidos es directamente responsable de genocidio, identifica leyes estadounidenses específicas que se han violado y termina citando a Aaron Bushnell, un miembro de las Fuerzas Aéreas que se auto-inmoló para denunciar la guerra estadounidense-israelí contra Palestina.

Quizá lo más significativo sea que Sheline afirma que, mientras trabajaba para el Departamento de Estado en Oriente Próximo, los miembros de la sociedad civil dejaron de responderle, y que su trabajo “se había vuelto casi imposible”. Y no sólo eso; indicó que habría dimitido en privado, si sus compañeros de trabajo no le hubieran rogado que hablara en sus nombres. La dimisión es, pues, una señal del creciente aislamiento internacional al que se enfrenta Estados Unidos y de la crisis cada vez mayor que esto plantea en un mundo con una creciente competencia interimperialista y alianzas cambiantes.

Junto al desafío internacional, existe una oposición interna cada vez más profunda que ya se está extendiendo a lugares inesperados. En medio de incesantes manifestaciones, las encuestas revelan que el apoyo estadounidense a la guerra genocida sigue cayendo. Y tanto si Sheline cree que su carta de dimisión puede ofrecerle mejores oportunidades profesionales, como si ha vivido una auténtica crisis moral, no es algo insignificante que Washington no pueda confiar de la lealtad de su propio personal. Este tipo de dimisiones formaron parte de las crisis producidas por las guerras de Vietnam e Irak.

En respuesta, Biden y otros sectores del Partido Demócrata están realizando cambios tácticos en su postura hacia la guerra. Estos cambios pretenden suavizar el aislamiento en el extranjero y también para descarrilar el movimiento de solidaridad en los propios Estados Unidos. Si el movimiento quiere fortalecerse, tendrá que responder adecuadamente a estos cambios.

Un enfoque, ejemplificado por el senador Chuck Schumer, consiste en desviar las críticas a Israel y el apoyo estadounidense es centrarse en los ataques contra el primer ministro Netanyahu, como si un nuevo gobierno israelí va a acabar con la ofensiva contra los palestinos que Washington suministra tan fielmente.

Otro enfoque consiste en centrar las críticas en métodos de guerra mal definidos. Aunque puedan vincular esas críticas a amenazas de condicionar la ayuda a Israel, este enfoque da a los funcionarios y políticos estadounidenses un amplio margen de maniobra. Se descubre rápidamente cuando se da cuenta  del hecho de que Estados Unidos sigue suministrando a Israel las bombas de 2000 libras que le permiten matar a un número tan extraordinario de civiles y arrasar infraestructuras, que ni siquiera Estados Unidos los ha utilizado en sus guerras recientes.

La exigencia de un “alto el fuego”

Quizá lo más peligroso sea el uso de la demanda de “alto el fuego”. El llamamiento al alto el fuego se ha utilizado ya en varias ocasiones para atacar y socavar la legitimidad de la resistencia palestina y justificar la ofensiva israelí. El primer caso fue hace meses, cuando Washington culpó a Hamás del fracaso de las negociaciones tras el alto el fuego del 24 al 30 de noviembre. Después, una propuesta estadounidense de alto el fuego realizada a principios de marzo fue utilizada por Kamala Harris (y otros) para acusar a Hamás de ser responsable de la continuación de la guerra.

La propuesta estadounidense del 22 de marzo al Consejo de Seguridad de la ONU es utilizada ahora regularmente por Biden y otros para hecharle la culpa a Hamás y decir que son la causa de la continuación de la guerra. Más demócratas locales están adoptando esta línea. Por ejemplo, al defender a Biden, el gobernador demócrata de Connecticut, Ned Lamont, dijo que apoya “el llamamiento de Biden a un alto el fuego en Gaza vinculado a la liberación de los rehenes detenidos Hamás”.

Lamentablemente, seis meses después, gran parte del movimiento de solidaridad en Estados Unidos sigue planteando la demanda de un alto el fuego, a pesar de que los partidarios de la guerra la utilizan explícitamente para justificar la continuación de la destrucción de Gaza. La demanda siempre ha tenido esta cobertura política. Un alto el fuego es un acuerdo entre dos adversarios para deponer las armas, por lo que este llamamiento siempre implica al menos una exigencia impuesta a dos bandos.

Aunque al principio muchos probablemente consideraban la expresión “alto el fuego” simplemente como el cese más inmediato de la ofensiva, el llamamiento a un alto el fuego plantea exigencias tanto a los palestinos como a Israel. Implica que los palestinos son responsables del genocidio cometido contra ellos y que existen condiciones antes de oponerse al genocidio: El llamamiento al alto el fuego sugiere que Israel puede seguir bombardeando, disparando, torturando y matando de hambre a los palestinos hasta que todas las facciones palestinas acepten dejar de contraatacar y aceptar las condiciones que Israel y Estados Unidos acuerden. Biden, Harris y sus partidarios explicitan este aspecto de la demanda. Sigue una larga tradición de hechar culpa por la expansión del apartheid y la limpieza étnica israelíes a la incapacidad de los palestinos de conceder a las demandas de la “solución de dos Estados”.

En el propio movimiento, se entiende ampliamente que Israel y Estados Unidos son los agresores, y los activistas piensan que la exigencia de alto el fuego se aplica sólo a Israel y Estados Unidos. Pero la gran mayoría de quienes simpatizan con el movimiento (entre 150 y 250 millones de personas, según lo que sugieren las encuestas) siguen confiando en los líderes políticos burgueses y en los medios de comunicación como su marco para entender el mundo. Para muchos, el llamamiento de Kamala Harris a un alto el fuego inmediato y a la devolución de los rehenes no puede distinguirse de las demandas de alto el fuego planteadas por las marchas masivas en defensa de los palestinos.

¿Por qué mantiene su dominio sobre el movimiento la exigencia de alto el fuego ? A este nivel, un simple malentendido del significado de la demanda no es explicación suficiente. Hay un montón de demandas que no ponen condiciones para poner fin al genocidio y no exigen que los palestinos se resistan al apartheid y a la limpieza étnica: “Fin del asedio, fin de los bombardeos, fin del genocidio” son algunos ejemplos. El llamamiento a poner fin al asedio es tanto más relevante ahora que el hambre amenaza con matar a cientos de miles de personas en las próximas semanas y meses.

La exigencia de alto el fuego se mantiene en gran parte porque un cacho grande del movimiento (o al menos sus dirigentes) no ve ningún poder capaz de intervenir decisivamente que no sea el Partido Demócrata y el ala de las grandes empresas que representa. Siguen mirando a los que encargan las armas, no a los que las fabrican o las transportan. Miran a los propietarios y gestores de la riqueza de la sociedad, no a quienes la crean.

El movimiento actual está muy influido por modelos de organización (popularizados en Estados Unidos por figuras como Saul Alinsky) que dicen que debemos organizarnos en torno a “demandas ganables”, es decir, demandas que esperamos que los que están en el poder estén dispuestos a conceder. En este modelo, no importa tanto si ganar esas reivindicaciones supone un cambio material, lo que importa es si las “victorias” se pueden identificar y propagandizar. Se supone que un currículum de victorias de este tipo aumentará la confianza de los participantes en sí mismos, en su movimiento y en sus organizaciones. Se supone que por este camino los movimientos y las organizaciones crezcan y “construyen el poder” y pueden hacer demandas cada vez más ambiciosas.

Pero si bien es cierto, por lo menos al corto plazo, que las victorias percibidas tienden a fomentar la confianza y la conciencia del poder colectivo, los movimientos organizados en torno a reivindicaciones apoyadas por capas de la clase dominante se encuentran inevitablemente en un callejón sin salida. Al organizarse en torno a un programa de este tipo, este modelo también genera confianza en los miembros de la clase dominante que están dispuestos a conceder las reivindicaciones elegidas. Los líderes y las filas del movimiento se encuentran promoviendo figuras de la clase dominante y sus soluciones. Aunque la confianza puede aumentar, los participantes aprenden que necesitan ganarse el apoyo de los círculos dominantes para ser “eficaces”. Esto confunde la cuestión de quién es el enemigo, de dónde procede nuestro poder y qué podemos conseguir realmente.

Un ejemplo sencillo de este enfoque se puede encontrar en la decisión de organizar el apoyo a la Ley de Asistencia Asequible (o en restringir la actividad a exigir una “opción pública”) en lugar de crear un movimiento independiente por la salud universal, más popular y mucho más beneficioso.

Lo más grave es que la clase capitalista no tiene una cadena infinita de concesiones que esté dispuesta o sea capaz de dar. No se puede llegar desde aquí hasta el fin del imperialismo y del apartheid de una reivindicación “ganable” a la vez. De hecho, cuando el capitalismo entra en crisis, la capacidad de los imperialistas de poder hacer concesiones se reduce. Y así, en el preciso momento en que surge (o al menos en que sea necesario) un salto cualitativo en la lucha, esos dirigentes pragmáticos son incapaces de dirigirla. Dependen demasiado de sus amigos en la burguesia.

Esta fue la historia del socialismo reformista en Europa en vísperas de la Primera Guerra Mundial y en el preludio del fascismo. El fracaso de los partidos socialistas masivos a la hora de romper con el capital quebró la confianza de millones de personas en el socialismo e incluso en la propia clase obrera. Esta fue también la historia más reciente de Syriza después de que asumió el poder en Grecia, cuando inmediatamente implementó las mismas medidas de austeridad que hizo campaña para acabar – y reprimió a los socialistas que todavía luchaban en las calles.

El modelo de construir movimientos en torno a demandas aceptables para los poderosos ha sido popularizado por un ala colaboracionista del movimiento sindical, y por una cola interminable de organizaciones sin ánimo de lucro. Para estos limosneros, un currículum identificable de logros es necesario para su organización y su carrera. Es la lógica sencilla.

La inabilidad de superar la demanda de alto el fuego también se deriva de la creencia de que los trabajadores no entienden la necesidad de defender la autodeterminación palestina y que no lo harán pronto. Refleja el miedo a conectar seriamente con masas más amplias, a comprometer a millones de personas en un debate político serio y en la educación.

Los propietarios del capital y los titulares de los cargos no constituyen la única fuerza de la sociedad. Los trabajadores y los soldados tienen más poder al dejar caer sus manos. Y al menos dos veces en el siglo XX, los soldados estadounidenses han puesto fin a guerras por su propia acción.

La primera fue cuando Estados Unidos intentó intervenir directamente en la guerra civil china y en otros lugares de Asia después de la Segunda Guerra Mundial. Los soldados y sus comunidades no vieron ninguna razón por cual debían decirle a los chinos cómo vivir, y organizaron el movimiento “Going Home” (“Ir a casa”). Tuvo tanto éxito que la intervención directa nunca llegó a despegar.

La segunda fue durante la guerra de Vietnam. Entonces tardó una década en formarse un movimiento de millones de personas, que caló tan hondo en las filas de los soldados que los dirigentes del Pentágono decidieron en 1971 el ejercito se había convertido en un peligro fatal para su propio esfuerzo bélico general y que era necesario retirar las tropas para evitar el colapso de las fuerzas armadas. La resistencia combinada de los vietnamitas y el movimiento en Estados Unidos, junto con el movimiento mundial más amplio, pusieron fin a la guerra y al servicio militar obligatorio estadounidense.

Hoy, la cuestión central es hasta dónde puede llegar el movimiento en las filas de la clase obrera, varios sectores de la cual podrían, por sí solos, acabar con este genocidio en una semana.

El movimiento de hoy no avanzará organizando a la gente en torno a lo que los dirigentes creen que los de arriba están dispuestos a conceder. Tendrá éxito organizando a la gente en torno a las máximas demandas de principios que puedan conectar con la conciencia actual de las capas dirigentes críticas de los trabajadores y oprimidos.

El movimiento no se presenta a las elecciones. No se busca el 51% de los votos emitidos en cabinas de votación aisladas en un día predeterminado dentro de unos meses. Sólo puede tener éxito si los principios en los que se basa corresponden a fuerzas objetivas en el desarrollo de la sociedad. Su preocupación apremiante es organizar ahora a los que poseen la conciencia para que se organicen ahora en torno a estos potentes principios.

Las fuerzas objetivas a las que se refiere este movimiento incluyen las profundas luchas contra el racismo, el imperialismo y la colonización, la subyugación de un pueblo por otro. En los últimos 250 años, y especialmente en los últimos 100, estas luchas constituyen sin duda una fuerza histórica de primer orden. Ya han rehecho el mundo más de una vez. Es ridiculo venderlos por un momento fugaz de atención de los poderosos.

Ya entre el 50% y el 70% de los estadounidenses simpatizan con este movimiento en uno u otro grado. Nuestra tarea consiste en ganar firmemente círculos cada vez más amplios de estos 150-250 millones de personas a las perspectivas que necesitarán para tener éxito en poner fin al apoyo de Estados Unidos a Israel y apoyar la lucha palestina por la autodeterminación. Para ello, “¡Acaba ya con el asedio a Gaza!”. “¡Acaba con la financiación estadounidense a Israel!” “¡Palestina libre!” y variantes de principios son demandas potentes.

Quienes hoy están en las calles bajo la bandera del alto el fuego ya apoyan estas demandas con ambas manos. Aquellos que aún no las entienden pueden ser ganados por un movimiento que los vea como personas pensantes que desean el fin de la opresión y la violencia. Si quieren tener alguna posibilidad de eludir la manipulación de la clase dominante, deben aprender quiénes son sus aliados, quiénes son sus enemigos y cuáles son sus objetivos.

Campaña “no comprometidos”

Otra manifestación de la crisis política en Estados Unidos es la campaña “no comprometidos”. Aunque es un signo positivo que el Partido Demócrata muestre división sobre la guerra en Gaza, la dirección de este partido está claramente utilizando  la campaña de “no comprometidos” (en la que la gente muestra su descontento con la política de Biden respecto a Israel votando “no comprometido” en las urnas de las primarias) no para dividir al partido, sino para que la oposición vuelva a los canales seguros del partido.

El New York Times descubrió recientemente que en el pasado los votos de protesta en unas primarias relativamente poco disputadas representaban normalmente el 7% de los votos. A 19 de marzo, el promedio de votos de protesta contra Biden (incluidos los votos “no comprometidos” y los votos a otros candidatos) se situaba en el 13%, ligeramente más alto que el voto de protesta típico en las primarias.

En primarias anteriores, candidatos como Bernie Sanders, Howard Dean y Eugene McCarthy atrajeron de nuevo a sus filas a elementos radicalizados del partido con promesas de una oposición significativa.

Cuando los candidatos de la oposición pierden, vuelven a atraer fielmente a sus bases para que apoyen a Biden, Clinton, Kerry o Humphrey. Cuando ganan (como hizo el aparentemente insurgente Obama), gobiernan como cualquier otro presidente, pero domestican los movimientos de oposición durante años en lugar de meses.

En comparación, la campaña de los “no comprometidos” es una hoja de parra bastante pobre para el DNC. No hay mega mítines (la campaña saca a los activistas de los mítines que estaban organizando), no hay un candidato al que idolatrar. No hay un programa o eslogan único; es lo que digan los más visibles. La cobertura mediática es escueta. No hay apariciones de candidatos en SNL, ni siquiera un debate televisado.

Pero la campaña “no comprometidos” es perfecta para los elementos del movimiento vinculados a los demócratas. Pueden decir todo tipo de cosas. Pueden decir que rompen totalmente con el Partido Demócrata, o que se comprometen a no votar a Biden (con la esperanza de que el Partido Demócrata elija a otro candidato en la convención, o para castigar al partido en noviembre) o simplemente enviar un mensaje a Biden para que cambie de rumbo en su apoyo a Israel y al asedio de Gaza.

Las voces más audibles son las más cuidadosas a la hora de limitar su voto no comprometido a enviar un mensaje a Biden, o incluso a prestarle su apoyo. El alcalde de Dearborn, Abdullah Hammoud, dice que al elegir la campaña de no compromiso está “eligiendo la esperanza… la esperanza de que el Sr. Biden escuche. La esperanza de que él y los líderes demócratas elijan la salvación de nuestra democracia antes que ayudar e instigar los crímenes de guerra de Netanyahu”.

John Nichols, de The Nation, sostiene que la campaña de los no comprometidos podría en realidad salvar la presidencia de Biden, empujándole de algún modo a cambiar sus políticas lo suficiente como para ganar las elecciones en noviembre. Cita al ex diputado de Michigan Andy Levin: “Como ciudadano de Michigan, me preocupa el impacto que la financiación por Biden de la guerra de Israel tendrá en nuestra lucha contra Trump y por la democracia.”

Our Revolution (Nuestra Revolución), el grupo liberal iniciado por Bernie Sanders, dice que “no comprometido” es “un esfuerzo estratégico para señalar al presidente Biden que debe cambiar su enfoque de la guerra entre Israel y Hamás para realinearse con los valores de su base, incluidos los votantes jóvenes, los votantes de color y la importante población árabe-estadounidense de Michigan.” Los ejemplos continúan.

La verdad es que actualmente no existe una vía electoral para romper con el Partido Demócrata, y no votar a Biden no cambiará lo que está ocurriendo en Gaza porque los otros candidatos principales continuarán con la política. Así que los partidarios de los “no comprometidos” se encuentran bajo una gran presión para que suavicen sus compromisos de renunciar a Biden o romper con los demócratas, y en su lugar encuentren una forma de conseguir que Biden cambie su política a través de esta campaña. A medida que se acercan las elecciones, esta presión aumenta. Esto convierte a Biden en la gran esperanza de la campaña de los “no comprometidos”. Aparta la mirada de los trabajadores de su propio poder y la dirige hacia el poder del presidente que promueve el genocidio.

Además, esta es la forma más débil posible de presionar a Biden. Puede ganar menos que 90% de los votos en las primarias. Puede incluso perder las elecciones generales, porque el imperialismo estadounidense tiene menos que perder con una presidencia de Trump que con la pérdida de Israel. Por lo tanto, las elecciones de noviembre no representan absolutamente ninguna promesa que va a parar el genocidio. Y así, la campaña “no comprometidos” no sólo socava los principios y la política del movimiento de solidaridad con Palestina, sino que presenta al movimiento como más débil de lo que es.

Mucho más impresionante seria un movimiento que permanece en las calles y organiza órganos democráticos de organizacón cada vez mayores que dejan espacio para la política independiente. Esta organización amenaza la autoridad del Estado y de los partidos que lo gestionan. Y crea el espacio en el que podría surgir un partido independiente viable que no esté construido para gestionar un imperialismo en crisis, sino para derrocarlo.

Foto: Concentración en Miami en octubre de 2023. (Marta Lavandier / AP)

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