
Por TAYTYN BADGER
El artículo que sigue se basa en un discurso pronunciado por Taytyn Badger, miembro de La Voz de los Trabajadores, en la Acción “Power Up for Climate Solutions” en Saskatoon, Saskatchewan, el 4 de noviembre de 2023. Este evento fue uno de los cientos celebrados en todo el mundo con motivo de los Días de Acción del 3 y 4 de noviembre, cuando las empresas de combustibles fósiles publicaron sus beneficios trimestrales.
Tansi, ¡y buenas tardes a todos! Me llamo Taytyn Badger. Soy un Nehiyaw que creció yendo y viniendo entre Sucker Creek y Saskatoon, un socialista decolonial y miembro de la Voz de los Trabajadores.
Obviamente, puedo hablar de un millón de cosas: del extractivismo, de la destrucción del medio ambiente y de cómo el calentamiento global afecta a todo el mundo. Sin embargo, los efectos recaen con más fuerza sobre los trabajadores, los pobres, los oprimidos y los hiperexplotados.
Los pueblos indígenas de la tierra que ocupa Canadá han sido objeto de racismo medioambiental por parte del capitalismo colonizador canadiense ya por siglos. A lo largo de siglos de dislocación, expropiación y genocidio -que continúan en la actualidad-, los pueblos indígenas se han visto obligados a ocupar tierras, tanto rurales como urbanas, consideradas improductivas o poco rentables por los colonos.
Aquí estamos sometidos al hacinamiento, a viviendas precarias, a la falta de servicios públicos y a una atención sanitaria deficiente, lo que nos hace especialmente vulnerables a los efectos del cambio climático. Las empresas ven esta tierra como marginal, y a las personas que viven en ella como mano de obra desechable en el mejor de los casos, y como un obstáculo en el peor, por lo que actúan con nula preocupación por el medio ambiente y la salud humana, como se puede ver en las arenas bituminosas, los oleoductos de combustibles fósiles, los proyectos de extracción, incluida la minería de litio, y un sinnúmero de otros proyectos.
Mi casa, Sucker Creek, está a poca distancia de las arenas bituminosas de Peace River, uno de los mayores desastres medioambientales de la actualidad, así como de otros proyectos de combustibles fósiles. Mi kokhom, mi abuela, es una de las ancianas a las que las petroleras llevan a “consultas”, donde escuchan pacientemente lo que dicen y luego lo ignoran, para poder seguir hablando de lo mucho que respetan a los pueblos indígenas mientras saquean el lugar. Cada vez que habla de ello, de cómo odia hacerlo porque, de todos modos, todo es inútil, se puede oír la rabia en su voz.
Una vez hizo una pequeña petición a la empresa, cuando la arrastraron hasta el lugar propuesto para una nueva plataforma petrolífera: “¿Podrían trasladar un pequeño grupo de árboles en el borde de la zona prevista a Sucker Creek para replantarlos?”. “Es una gran idea”, dijo el representante petrolero, “me aseguraré de organizarlo”. Mi kokhom no volvió a saber nada más del asunto, pero la siguiente vez que la llevaron a la plataforma, ahora en construcción, vio que los árboles habían sido talados hasta sus tocones.
El mes pasado, un grupo de ancianos fue arrastrado a una reunión para más “consultas”. Los ánimos se caldearon, hubo discusiones, hasta que mi tía abuela sintió un dolor en el pecho. Mi kokhom, antigua enfermera, corrió a ayudarla, aunque, por suerte, otra enfermera a la que había formado estaba allí para asegurarse de que estaba estable y ayudarla a salir del edificio. Tuvo que decidir no volver a ir a otra consulta, literalmente ya no podia más.
Incluso más allá de la destrucción medioambiental “activa” de las arenas bituminosas, también se nos da menos prioridad para paliar los efectos del cambio climático que a las zonas de mayor valor económico percibido para el capital. En las ciudades, hay menos árboles y vegetación en las zonas pobladas por indígenas. Esto da lugar a temperaturas mucho más altas, ya que el pavimento y el asfalto absorben e irradian calor, así como a una menor calidad del aire, una mayor escorrentía de aguas pluviales y una peor salud comunitaria y mental.
En las zonas rurales, las comunidades indígenas están en gran medida abandonadas a su suerte para hacer frente al cambio climático. Durante los incendios forestales sin precedentes de este año, miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares bajo la amenaza del fuego, y muchas comunidades ardieron en llamas. Entre ellas se encontraba el asentamiento metis de East Prairie, a sólo 25 kilómetros de Sucker Creek, que no recibió prácticamente ninguna ayuda ni equipo para proteger sus hogares, lo que provocó la destrucción de 24 casas.
Después, se han visto obligados a luchar contra las compañías de seguros, que sostienen que las casas se quemaron a propósito para cobrar el seguro. En un caso, la compañía de seguros se negó a pagar porque llamaron a los bomberos antes de que se destruyera la casa, dijeron que el fuego no suponía una amenaza y se marcharon.
Mi kokhom y mi moshom pasaron semanas, junto con el resto de Sucker Creek, en alerta oficial de evacuación, listos para evacuar con una hora de aviso. Cuando llamé para asegurarme de que estaban bien, mi kokhom me contó cómo sus parientes lo habían perdido todo, y lo aterrorizada que estaba por perder su casa, y todos los recuerdos y memorias que tenía de la crianza de dos generaciones de niños y de los últimos treinta años de su vida.
Todas estas empresas quieren actuar como si de alguna manera pudiéramos resolver la crisis ambiental mediante soluciones individualisticas y tecnología que, o está perpetuamente fuera de nuestro alcance, o significa un despilfarro de recursos completamente ineficaz, como la captura de carbono. Afirman que el vertiginoso crecimiento económico puede continuar sin freno mientras les dejemos hacer la transición a una tecnología supuestamente verde. En efecto, afirman que podemos consumir para salir de la catástrofe climática, una idea que casualmente les coloca en posición de obtener aún mayores beneficios.
Al mismo tiempo, los gobiernos federal y provinciales, independientemente de quién esté al mando, no hacen prácticamente nada para oponerse a la destrucción del medio ambiente y apoyan la expansión de los oleoductos de combustibles fósiles, la extracción y la invasión de tierras indígenas. Esto no es sorprendente, ya que el gobierno y los principales partidos existen para mantener el capitalismo y sus beneficios, trabajando como intermediarios para los ricos. Canadá alberga el 75% de las empresas mineras del mundo. Como dice el chiste, es menos un país que tres empresas mineras vestidos cómo un adulto. Y es difícil conseguir un ascenso si te opones activamente a tu empleador.
Las empresas y gobiernos supuestamente ecologistas afirman que podemos detener el cambio climático y la destrucción del medio ambiente colocando paneles solares en todo, comprando coches eléctricos nuevos y mercantilizando la destrucción del medio ambiente mediante impuestos sobre el carbono y cosas por el estilo. Lo que no tienen en cuenta son los costes medioambientales de estas tecnologías. La extracción de litio, utilizado para todo tipo de baterías, incluidos los paneles solares y los coches eléctricos, es en sí misma enormemente destructiva para el medio ambiente. En Chile y Argentina, principales productores de litio, su extracción envenena a los trabajadores, los pueblos indígenas, la tierra, las aguas subterráneas y los ríos.
Se calcula que la mina de litio de Thacker Pass, en Nevada, actualmente en construcción a pesar de la resistencia de los pueblos indígenas newe y numu, consumirá 3224 galones de agua subterránea por minuto, producirá tanto dióxido de carbono como una pequeña ciudad y dejará a su paso 270 millones de metros cúbicos de residuos tóxicos y radiactivos. Y eso sin tener en cuenta el coste que supondrán los campamentos de hombres para las mujeres y los pueblos de dos espíritus, y la destrucción de lugares sagrados y de enterramiento. Las empresas extractivas ya están sentando las bases para construir instalaciones similares en el territorio ocupado por Canadá.
Todo esto sin tener en cuenta los costes medioambientales del transporte de litio y baterías a miles de kilómetros, ni la producción real de baterías y vehículos eléctricos.
Sin embargo, una economía justa y medioambientalmente sostenible es posible. Por un lado, debemos romper con la idea del crecimiento continuo de la producción y el beneficio, premisa básica del capitalismo, que es fundamentalmente incompatible con los límites ecológicos del planeta. En su lugar, debemos exigir una reducción de la producción y una transición justa con una distribución más eficiente y equitativa, la descolonización de las tierras indígenas y el control democrático de la producción para satisfacer las necesidades humanas reales dentro de las limitaciones ecológicas.
El camino a seguir lo señalan los recientes esfuerzos en Chile, donde el Sindicato Nacional Interempresas Mineras se unió al pueblo mapuche para exigir la devolución del Wallmapu y la nacionalización de las minas para ponerlas bajo el control conjunto de los trabajadores mineros, los pueblos y los pueblos indígenas, con el fin de garantizar que cualquier explotación minera se llevara a cabo en interés de todas las partes implicadas.
En el capitalismo, la inmensa mayoría de la producción corre a cargo de los trabajadores, que son explotados para obtener beneficios. Por ello, poseen una increíble cantidad de poder, suficiente no sólo para desafiar al capitalismo, sino para derrocarlo. Sin embargo, para ejercer este poder, los trabajadores, así como los grupos oprimidos e hiperexplotados, deben organizarse y movilizarse para ejercerlo. En el ámbito de la justicia medioambiental, debemos tomar nuestras experiencias vividas de destrucción medioambiental y sus efectos y utilizarlas como base de la solidaridad ecológica. Al igual que en las luchas por los derechos de los negros y de las mujeres, los trabajadores organizados deben estar al frente de la lucha por la justicia medioambiental y la sostenibilidad.
En cuanto a las pequeñas mejoras, incluso relativamente sencillas, tenemos innumerables vías abiertas. Entre ellas, debemos dejar de depender de coches privados ineficientes y derrochadores, mejorando y ampliando el transporte público. En cambio, durante los últimos cien años, nuestra dependencia del transporte privado no ha hecho más que crecer.
Saskatoon tuvo un sistema de tranvías hasta 1951 y un sistema de trolebuses eléctricos hasta hace sólo 50 años. Los servicios de trenes de pasajeros han retrocedido y hoy apenas ofrecen una línea en todo el país. La Compañía de Transportes de Saskatchewan ofreció transporte asequible y accesible en toda la provincia hasta 2017.
También debemos poner fin a la continua invasión y destrucción de tierras indígenas, ya sea para la extracción de combustibles fósiles o para industrias nominalmente “verdes”. El control no debe estar en manos de los accionistas o de algún consejo de administración, sino en las de los trabajadores, los afectados y los pueblos indígenas cuyas tierras ocupamos.
Esto último es especialmente vital, ya que el capitalismo canadiense se basa en su continua invasión, ocupación y destrucción. Los pueblos indígenas han vivido con esta tierra desde tiempos inmemoriales y han desarrollado complejas estrategias y relaciones para mantenerla y protegerla. Por una verdadera justicia medioambiental, los pueblos indígenas deben recuperar sus tierras.
Gracias a todos por escucharnos. ¡Palestina libre! ¡Devuelva las tierras! ¡Las vidas trans importan! ¡Capitalismus Delendus Est!
Foto: Algunos participantes en la manifestación Power Up for Climate Solutions del 4 de noviembre en Saskatoon.