COLOMBIA- ELECCIONES PRESIDENCIALES
Por una Colombia justa:
Movilización social y voto crítico por Gustavo Petro
Por Orlando Torres
Por primera vez en la historia de Colombia, la segunda vuelta presidencial — y el debate nacional que genera — se define entre un proyecto de centro-izquierda (liberal-socialdemócrata, para ser precisos) y uno de ultraderecha. Antes de la constitución de 1991, era prácticamente ilegal salirse del bipartidismo liberal-conservador y, desde entonces, el dominio de los medios por los grandes monopolios económicos, el aparato clientelista, la financiación privada de las campañas, y el Macartismo alimentado por el conflicto armado le habían cerrado toda posibilidad electoral a candidaturas de izquierda (en la mal-llamada democracia Colombiana se ha escogido siempre entre la derecha y la ultraderecha). Esta nueva apertura democrática, que hay que celebrar, es el resultado directo de un auge de las luchas sociales en Colombia (los paros agrarios del 2013, el paro cívico de Buenaventura, la minga indigena del 2016, las huelgas de los maestros, las consultas y luchas populares contra los megaproyectos mineros), y junto con el acuerdo de Paz y el desarme de las FARC contribuye a esclarecer las contradicciones fundamentales de la sociedad.. Por un lado, la candidatura de Petro con su discurso de justicia social ha generado la simpatía y el apoyo de un gran sector de los trabajadores organizados, de estudiantes, de distintas capas del campesinado, de las organizaciones negras e indígenas, de los sectores urbanos más pobres (ver el mapa de la votación en Bogotá), y de las regiones más excluidas y victimizadas del país (Chocó, Cauca, etc.). Por el otro lado, Duque-Uribe ha unido a toda la clase política tradicional, a la ultraderecha religiosa de Alejandro Ordoñez, al Santismo (también llamado liberalismo), a los grandes poderes económicos y, por supuesto, al Uribismo y todo lo que representa (paramilitarismo, falsos positivos, corrupción infinita, estado de sitio eterno, concentración dictatorial del poder público, y aplicación radical del recetario neoliberal en defensa del gran capital extranjero, nacional, y terrateniente). Es entre estos dos bandos, los que tienen contradicciones estructurales, que se debe librar la lucha política; no entre dos sectores de la oligarquía (liberales y conservadores, Santistas y Uribistas) que, como ahora, se abrazan instintivamente cuando ven que el pueblo se moviliza sin ellos. La candidatura de Petro, en la medida en la que da visibilidad y es una expresión de luchas sociales clave, es la forma más inmediata de detener al Uribismo, y tiene frente a sí la posibilidad de propinarle una derrota histórica a los representantes del establecimiento, flexionando el músculo de las clases populares. Por eso, aunque tengo profundas diferencias con el proyecto y carácter de Gustavo Petro, le dí mi voto crítico en primera vuelta y lo volveré a hacer el 17 de Junio. Pero la derrota real de los distintos sectores burgueses no se dará en las urnas, sino a través de un cambio en la correlación de fuerzas sociales como resultado de la profundización y acumulación de luchas populares, democráticas, e independientes. .
Fajardo y el llamado “centro” político
Aunque celebró que casi cinco millones de Colombianos hayan votado por Sergio Fajardo y no por la gran manguala Uribo-Santista/Liberal-Conservadora, nunca he simpatizado con este proyecto político (el mismo de Mockus) por muchas razones. La principal es que es un proyecto basado en la tesis de que las causas fundamentales de la crisis económica y social que vive el país son 1) la corrupción y la ilegalidad y 2) la falta de inversión en educación. Sin duda, estos son problemas gravísimos y comparto plenamente la lucha por resolverlos. Pero no son tanto causas sino síntomas de un sistema económico y político con profundas contradicciones estructurales. Mientras el país siga sometido a las directrices económicas del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OCDE, y demás órganos del imperialismo, se seguirá imponiendo la privatización de la educación pública (no olvidemos que gran parte de las privatizaciones y recortes en los sistemas de educación, salud, pensiones, etc. han sido imposiciones de organismos multilaterales a cambio de “ayudas” militares como el Plan Colombia). Mientras los grandes monopolios económicos controlen los medios de comunicación, la financiación de las campañas, la tierra, los recursos minero-energéticos, etc. y mientras millones de Colombianos pobres se vean obligados a sembrar coca, a colonizar la selva, a construir barrios de invasión, a vender frunas en los buses, habrá corrupción e ilegalidad (son inherentes al sistema capitalista).
No es suficiente con ser honestos y contratar con meritocracia. Para ir a la raíz del problema, hay que transformar el sistema económico y político y eso pasa, inevitablemente, por confrontar (y derrotar) a las elites se enriquecen y benefician del estatus quo. Los centristas le huyen a las contradicciones estructurales porque carecen de un análisis de economía política y les incomoda el conflicto y la polarización. Pero pretender que las contradicciones no existen o que se reducen a la falta de ética y eficiencia de los gobernantes no las resuelve. Los sectores excluidos del país (la inmensa mayoría) no tienen más opción que confrontar a las elites que los oprimen: para que los Colombianos pobres puedan tener salud, hay que confrontar y eliminar a las aseguradoras privadas (las Empresas Prestadoras de Salud, o EPS); para darle tierra a los campesinos colonos, hay que redistribuir la que acaparan los grandes latifundistas (según Oxfam, el 1% de predios más grandes ocupa el 81% de la tierra); para que los trabajadores tercerizados tengan estabilidad y salarios dignos, hay que fortalecer los sindicatos y reducir la tasa de ganancia (de explotación) de las grandes empresas; para proteger la producción agraria y la soberanía alimentaria hay que confrontar al gran capital extranjero y renegociar los Tratados de Libre Comercio; y así sucesivamente. El establecimiento (cuyo rol es mantener el estatus quo) estigmatiza estas confrontaciones como “extremistas”, “resentidas”, o motivadas por el “odio de clases”, cuando no son más que la legítima e irrenunciable lucha por alcanzar una vida digna. El verdadero “odio” de clases es el de las élites que asesinan miles de sindicalistas y líderes sociales, las que destruyen el medio ambiente con fracking y minería a gran escala, o las que matan de hambre a los niños de la Guajira mientras ExxonMobil acumula billones con el carbón del Cerrejón.
El Fajardismo, que trata de ignorar las contradicciones o reducirlas a una cuestión de forma, asume posiciones tibias (reevaluar el rol de las EPS pero no eliminarlas, reevaluar los TLC sin insistir en renegociarlos, incentivar el agro pero no redistribuir la tierra), que en la práctica favorecen al estatus quo y le limpian la imagen. A pesar de su honestidad, ya Mockus y Fajardo – ex-aliados de Peñalosa y Marta Lucia Ramírez – probaron que sus gobiernos son neoliberales y autoritarios (recordemos la brutal represión de la administración Mockus contra los vendedores ambulantes o la privatizcion de la Empresa de Energía y la Empresa de Teléfonos de Bogotá). Para transformar la sociedad no se puede ser tibio (“ni Uribista ni anti-Uribista”, “ni de izquierda ni de derecha”). Tal vez es por eso la Coalición Colombia perdió en el sur de Bogotá y en las regiones oprimidas de la Colombia rural.
La candidatura de Gustavo Petro
Sobre Petro hay mucho que decir. Empecemos por lo bueno. Es sin duda el más inteligente de los candidatos (el más elocuente, el más conocedor de la historia y la economía política del país) y jugó un rol fundamental en el senado con sus denuncias y revelaciones sobre la alianza entre el paramilitarismo y la clase política tradicional (los congresistas que aprobaban los proyectos del expresidente Uribe). Durante su paso por la alcaldía de Bogotá, y a pesar de la feroz oposición que enfrentó de parte del consejo, la procuraduría, y los grandes medios de comunicación, implementó programas progresistas significativos (la formalización de los recicladores, los jardines acunar, el mínimo vital de agua para estratos uno y dos). Y, lo más importante, ha construido una campaña presidencial (la única) centrada en los sectores explotados de la sociedad que ha inspirado y movilizado a millones de trabajadores, campesinos, estudiantes y minorías étnicas y raciales. Si bien el programa de la Colombia Humana es insuficiente (así el establecimiento insista en estigmatizarlo como “extremista”), propone una serie de reformas elementales que, de realizarse, mejorarían las condiciones materiales y políticas de los sectores populares: restauración de derechos laborales, renegociación de los tratados de libre comercio (TLCs), diversificación de la economía estimulando la producción agraria e industrial, educación superior gratuita, eliminación de las EPS y creación de un fondo único estatal para garantizar el derecho a la salud, redistribución de la tierra, protección del medio ambiente, etc.
Sin embargo, para los que seguimos la política Colombiana, también es claro que el proyecto político de Petro tiene grandes limitaciones. Como político de izquierda, Petro tiene un record inconsistente y más de una vez ha incurrido en incoherencias oportunistas. Mencionemos algunos ejemplos. En el 2008, cuando Uribe y su política guerrerista estaba en la cúspide de su popularidad, acusó injustamente al sector de Carlos Gaviria en el Polo Democrático (considerado en esos días como el ala “radical” de este partido socialdemócrata) de no ser suficientemente crítico de las FARC por no participar en una marcha contra el grupo guerrillero que reproducía las narrativas Uribistas (la definición del conflicto armado como “amenaza terrorista”, la atribución exclusiva de la violencia a las FARC, ignorando los crímenes del ejército y el paramilitarismo) y convocar a una manifestación alternativa a favor de un proceso de paz y contra los crímenes de todos los actores del conflicto. En ese mismo año, rompió filas con el Polo y votó a favor de la elección del procurador y fundamentalista religioso Alejandro Ordoñez. Y en el 2010, luego de perder las elecciones como candidato presidencial del Polo, intentó hacer un acuerdo con el presidente-electo Santos (que en ese entonces representaba al Uribismo) y renunció al Polo cuando el comité ejecutivo se rehusó a negociar con Santos y a nombrarlo presidente de este partido. Estas incoherencias evidencian dos tendencias de Gustavo Petro que son particularmente problemáticas: 1) el caudillismo—la dificultad para respetar y acatar las decisiones colectivas de una organización democrática, y la renuencia a construir y permanecer en proyectos políticos que no giren alrededor de su figura carismática; y 2) la propensión a hacer concesiones y acuerdos con el establecimiento en momentos de conveniencia política.
Por eso mi voto por Petro es un voto crítico, concepto clave en esta coyuntura. Un voto crítico implica reconocer que, aunque haya críticas profundas a la campaña y la coherencia política de Petro, en esta segunda vuelta su candidatura representa la movilización de los sectores populares y la oportunidad de evitar el retorno de la ultraderecha paramilitar y abrirle espacio a la lucha independiente por una sociedad más justa. En todas las elecciones anteriores, en las que se ha escogido entre la derecha y la ultraderecha, el voto en blanco ha sido un instrumento de rechazo a un sistema político anti-democrático y corrupto. En este caso, cuando finalmente la polarización se da entre los sectores populares por un lado y los grandes poderes económicos y la clase política tradicional por el otro, votar en blanco es dejarle el campo abierto al frente de corruptos y fuerzas retardatarias que están detrás de Duque-Uribe. Hay que votar por la Colombia humana.
La movilización popular es el verdadero motor de las transformaciones sociales
Aunque el resultado del Domingo es importante, es fundamental aclarar que para hacer realidad las reformas que plantea Petro (necesarias pero insuficientes), y para construir una Colombia libre y justa, hay que hacer mucho más que ganar una elección. Para transformar la sociedad, el factor fundamental es la movilización permanente, democrática e INDEPENDIENTE de trabajadores, campesinos, estudiantes, y demás sectores populares alrededor de un programa que vaya más allá de la Colombia humana. La correlación de fuerzas entre el pueblo Colombiano y los grandes poderes económicos (nacionales y extranjeros) depende principalmente del nivel de conciencia y organización de los sectores populares. Y desde el 2011, hemos visto movilizaciones masivas — las marchas de la MANE, los paros agrarios del 2013, el paro cívico de Buenaventura, la minga indígena, la movilización de los maestros, las marchas en defensa del acuerdo de paz — que demuestran en donde yace el verdadero poder popular. Si gana Petro, tendrá una presión gigantesca para diluir su programa y hacer acuerdos con el establecimiento y en aras de la “gobernabilidad”. Por lo tanto, será indispensable fortalecer la movilización social independiente para contrarrestar la reacción del establecimiento y exigir las transformaciones que necesita el país. Si gana Duque, habrá que construir un gran frente unido de trabajadores y sectores populares para combatir y resistir el asalto reaccionario del Uribismo y las clases que representa.
La tarea inmediata es votar por la Colombia Humana y propinarle una derrota histórica a la oligarquía que nos ha gobernado toda la vida, condenado al país al subdesarrollo, la inequidad, y la violencia. La tarea principal y cotidiana es profundizar la movilización social y unificar las luchas populares con total independencia del estado (gane quien gane) y de las élites económicas y políticas.