| Escrito por Aldo Sauda, corresponsal del PSTU y la LIT, directo desde El Cairo |
| Miércoles 10 de Julio de 2013 20:26 |
El Cairo está, nuevamente, envuelta en su bandera nacional. Ellas están en las ventanas, en las fachadas de los edificios y sobre las tiendas de la plaza Tahrir. Ocupan todos los espacios. Se destaca la versión larga y fina del manto que, como una serpentina, une las diferentes puntas de los edificios, principalmente los que cercan la plaza céntral de la revolución. En El Cairo, más una vez, reina el nacionalismo.No es la primera vez que las banderas nacionales toman la ciudad, pero es probable que ellas ocupen hoy el paisaje de forma incluso más intensa que el día 11 de febrero de 2011, cuando el dictador Hosni Mubarak fue depuesto por un golpe palaciano, también orquestado por el mando de las Fuerzas Armadas, en medio de un levantamiento popular.
Para los comunistas convencidos, la hegemonía de la bandera nacional, inevitablemente, incomoda. Pero, así como en cualquier lugar del mundo, el exhibicionismo patriótico, que más una vez toma cuenta de Egipto, tiene elementos progresivos y regresivos.
La burguesía local, a lo largo de estos últimos días, se cobijó en su bandera. La música patriótica, de gusto dudoso, es hegemónica en los radios y en las televisiones. El Ejército, obviamente, insiste en izar el manto nacional en todos los tanques que ocupan los puntos estratégicos de la ciudad. La clase dominante, como es de esperarse, se protege en el símbolo de la nación para impedir que las masas avancen más allá de ella.
Pero la casi total adhesión de los egipcios al nacionalismo, más allá del sentimiento patriótico inflado por la burguesía, se explica en su instrumentalización para la batalla del momento, ahora contra la Hermandad Musulmana.
La lealtad de los Hermanos, al menos en teoría, no se da al Estado nacional egipcio, sino a un califato en supuesto proceso de construcción. El movimiento islamista carga, a su propio modo, un internacionalismo regionalista de tipo peculiar. Su intención, por lo menos entre los sectores más radicalizados, es unificar a los musulmanes en un sólo estado dirigido por la ley islámica. En último instancia, la bandera egipcia no es la bandera de los islamistas. En las batallas políticas, los símbolos también importan.
Más allá de la negación de la Hermandad, hay también otros elementos claramente progresistas en el llamamiento de las masas. En la patria egipcia, hay espacio, por lo menos formalmente, para cristianos y musulmanes, practicantes o no. En la Tahrir, una gran foto copta saludando el Papa se encuentra al lado de los símbolos del Islam. La minoría cristiana, que desempeñó un papel importante en el levantamiento que derribó a Mursi, se protege detrás de la bandera nacional contra el fanatismo islamista.
Pero hay también, en este choque de identidades entre ‘islámicos’ y ‘egipcios’, mucho espacio para un nacionalismo chauvinista abiertamente reaccionario. La idea de que la Hermandad Musulmana es un instrumento de manipulación extranjero, organizado por los palestinos, principalmente el grupo islámico Hamas, domina el imaginario popular. Según la trama, los islamistas que dirigen la Franja de Gaza quieren transformar a Egipto en un trampolín en su lucha contra Israel, algo que la masa egipcia, por lo menos por ahora, ve con un poco de preocupación. Una clara campaña de odio organizada por la burguesía, dirigida contra los palestinos de Gaza, también comienza a hacerse popular por aquí.
¿Retroceso en la conciencia?
Dentro del espíritu de alabanza a la nación, hay también, tal vez más que nunca, una alabanza al Ejército. Más incluso del apoyo que contó cuando el Ejército derribó a Mubarak y fue recibido como “salvador de la patria” por las masas. Fotos del general Sisi, el Ministro de la Defensa que acabó por prender el entonces presidente Mursi, se esparcen por la plaza. La venta de sus poster está en alta. El fenómeno, sin embargo, es nuevo. Nunca, desde lo inicio de la revolución, se distribuían, masivamente, las imágenes de un general.
Frente al retorno triunfante del Ejército, una crisis se esparce entre los activistas. La sensación de déjavu, de una repetición de la historia en la forma de farsa, parece incomodar a todos en la vanguardia. Tras tanta lucha contra el Ejército, que hasta poco tiempo atrás era un aliado prioritario de la Hermandad Musulmana, hay un aparente retroceso en la conciencia de las masas. Ella volvió a las calles con aún mayores ilusiones en el Ejército que antes, con aún más apego a los símbolos nacionales.
El pesimismo de estos jóvenes, que tanto se sacrificaron a lo largo de estos últimos dos años en la lucha contra el Ejército, es comprensivo. Pero la evaluación de que las masas retrocedieron nos parece equivocada. En realidad, nunca las masas avanzaron tanto políticamente en la historia de Egipto como lo están haciendo hoy.
¡Por primera vez en la historia de Oriente Medio, y tal vez del mundo, 17 millones de personas tomaron las calles! Los días áureos de la plaza Tahrir, cuando la juventud y los trabajadores derribaron Mubarak, se hablaba de cuatro, cinco millones de personas celebrando la victoria de la revolución. En el aniversario del derrumbe del presidente, cuando una parte de las manifestaciones se dirigía contra el Ejército que hoy retorna a gobernar Egipto, se hablaba en seis, siete millones en las calles del país. ¡El 30 de junio, que culminó en el derrocamiento de Mursi, movilizó más que el doble de esto! Estamos hablando de casi 40% de la población adulta del país. En términos de Brasil, estaríamos hablando en más de 40 millones de personas.
Es inevitable que la acumulación política y la experiencia de esta masa se despegue de la vanguardia. Sus experiencias políticas son otras. Pero, al tomar las calles contra un gobierno capitalista y reaccionario, pro-imperialista y capitulador a Israel, las masas, aunque ilusionadas en el Ejército, cumplen un papel que desarrolla la revolución, y no que la hace retroceder.
La ausencia de una alternativa revolucionaria de la clase trabajadora es muchas veces angustiante. Pero el impresionismo en el trato del movimiento de masas tiende a tener efectos nefastos para la revolución. La alienación de las masas será superada por sus propias acciones, por su propio aprendizaje en las calles y por sus propios errores. Será solamente así que una verdadera alternativa se dará. Para esto, mientras más gente en la calle, mejor. Al contrario de lo que quieren convencernos los pesimistas, la Primavera continúa.
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El Cairo está, nuevamente, envuelta en su bandera nacional. Ellas están en las ventanas, en las fachadas de los edificios y sobre las tiendas de la plaza Tahrir. Ocupan todos los espacios. Se destaca la versión larga y fina del manto que, como una serpentina, une las diferentes puntas de los edificios, principalmente los que cercan la plaza céntral de la revolución. En El Cairo, más una vez, reina el nacionalismo.