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Trotsky, L. “Balance y perspectivas sobre la Revolución China” La Tercera Internacional después de Lenin (1928)

Introducción

En este texto sacado de La Tercera Internacional Después de Lenin, Trotsky polemiza contra persectivas levantados por Bujarin y la ala derecha del Partido Comunista de la Union Sovietica, denunciando concesiones de largo plazo a la burguesia nacional en el contexto de la Revolución China.
 

Balance y perspectivas sobre la Revolución China

por Leon Trotsky, 1928

Sobre la naturaleza de la burguesía colonial

El proyecto de programa dice:
“Los acuerdos provisionales [con la burguesía indígena de los países coloniales] no sonadmisibles más que en tanto que no sean un obstáculo para la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y lleven una lucha efectiva contra el imperialismo.”
Esta fórmula, aunque está intercalada a sabiendas dentro de una oración subordinada, esuna de las tesis fundamentales del proyecto, al menos para los países de Oriente. La oración principal habla, evidentemente, de “liberar [a los obreros y los campesinos] de la influencia de la burguesía indígena”. Sin embargo, no juzgamos desde el punto de vista del gramático, sino desde el del hombre político; utilizando nuestra propia experiencia, decimos: la oración principal no tiene aquí más que un valor secundario, mientras que la oración subordinada contiene lo esencial. Considerada en su conjunto, la fórmula es el clásico nudo corredizo menchevique, que se cierra aquí alrededor del cuello de los proletarios de oriente.
¿De qué “acuerdos provisionales” se habla? En la política, como en la naturaleza, todo es “provisional”. ¿Puede ser que se trate aquí de “ententes” circunstanciales estrictamente prácticas? Es evidente que no podemos, en el porvenir, renunciar a acuerdos semejantes, rigurosamente limitados y sirviendo cada vez a un objetivo claramente definido. Este es el caso, por ejemplo, cuando se trata de un acuerdo con los estudiantes del Kuomintang para la organización de una manifestación antiimperialista, o bien de la ayuda prestada por los comerciantes chinos a los huelguistas de una empresa concesionaria extranjera. Tales fenómenos no pueden ser excluidos en absoluto de cara al porvenir, ni siquiera en China. Pero entonces qué hacen aquí condiciones políticas de orden general: “En tanto que [la burguesía] no se oponga a la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y lleve una lucha efectiva [¡!] contra el imperialismo”. La única “condición” de todo acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, práctico, limitado a medidas definidas y adaptadas a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones ni las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día ni por una hora, en distinguir el rojo del azul, en no creer jamás que la burguesía sea capaz de llevar una lucha real contra el imperialismo y de no ser un obstáculo para los obreros y los campesinos, o que esté dispuesta a hacerlo. La otra condición nos resulta absolutamente inútil para los acuerdos prácticos. Por el contrario, no podría resultarnos más que perjudicial, al eliminar la línea general de nuestra lucha contra la burguesía, lucha que no cesa durante el breve período del “acuerdo”. Desde hace mucho tiempo, se ha dicho que los acuerdos estrictamente prácticos, que no nos atan de ninguna forma y no nos crean ninguna obligación política, pueden, si ello resulta ventajoso en el momento considerado, ser concluidos con el mismo diablo. Pero sería absurdo exigir al mismo tiempo que en esa ocasión el diablo se convirtiese al cristianismo, y que se sirviese de sus cuernos, no contra los obreros y los campesinos, sino para hacer obras piadosas. Al plantear semejantes condiciones, actuaríamos ya, en el fondo, como los abogados del diablo, y le estaríamos pidiendo que nos dejase convertirnos en sus padrinos.
Planteando estas condiciones absurdas, embelleciendo de antemano a la burguesía, el proyecto de programa dice, con una nitidez y una claridad perfectas (a pesar del carácter diplomático subordinado de la oración), que se trata precisamente de coaliciones políticas duraderas, y no de acuerdos ocasionales concluidos por razones prácticas. Pero entonces, ¿qué significa esa exigencia de que la burguesía luche “efectivamente” y “no sea un obstáculo…”? ¿Imponemos esas condiciones a la misma burguesía y exigimos que haga públicamente una promesa? Hará todo lo que queramos. Incluso enviará sus delegados a Moscú, se adherirá a la Internacional Campesina, se unirá como simpatizante a la Internacional Comunista, guiñará el ojo a la Internacional Sindical Roja; en una palabra, prometerá todo aquello que le permita (con nuestra ayuda) engañar mejor, más fácil y más completamente a los obreros y los campesinos, echándoles arena a los ojos… hasta la próxima ocasión (siguiendo el modelo de la de Shanghái)
¿Tal vez no se trata aquí de promesas políticas de la burguesía que, repitámoslo, las hará inmediatamente, asegurándose así nuestra garantía ante las masas obreras? ¿Es posible que se trate de una valoración “objetiva”, “científica”, llevada a cabo sobre la burguesía indígena, de una especie de medición “sociológica” de las aptitudes de esta burguesía para combatir y “no ser un obstáculo”? Pero, ¡ay!, como lo testifica la experiencia más reciente, habitualmente resulta de tales mediciones que los expertos quedan como unos imbéciles. Esto no importaría nada si sólo se tratase de ellos…
Pero no cabe la menor duda: en el texto se trata precisamente de bloques políticos de larga duración. Sería superfluo incluir en un programa el problema de los acuerdos prácticos circunstanciales; sería suficiente con una resolución sobre la táctica “en el momento actual”. Pero se trata de justificar y consagrar la orientación seguida hasta ayer con respecto al Kuomintang, que hizo sucumbir a la segunda revolución china y es capaz de hacerla sucumbir todavía más de una vez.
De acuerdo con el pensamiento de Bujarin, verdadero autor del proyecto, se trata precisamente de una apreciación de la burguesía colonial, cuya capacidad para combatir y “no ser un obstáculo” debe ser probada, no por su propio juramento, sino por medio de un esquema estrictamente “sociológico”, es decir, el mil-y-un esquema estrictamente adaptado a esta obra oportunista.
Para que la demostración sea más clara, citaremos aquí el juicio emitido por Bujarin sobre la burguesía colonial. Después de una referencia al “fondo antiimperialista” de las revoluciones coloniales y a Lenin (totalmente fuera de lugar), Bujarin declara:
“La burguesía liberal ha ejercido en China, durante toda una serie de años, y no de meses, un papel objetivamente revolucionario, y después se ha agotado. No se trató en absoluto de una “jornada gloriosa” comparable a la revolución liberal rusa de 1905.”
Aquí todo es erróneo desde el principio hasta el final. En efecto, Lenin enseñó que hay que distinguir rigurosamente la nación burguesa oprimida de la que la oprime. De ahí se desprenden dos consecuencias de excepcional importancia; por ejemplo, en el caso de una guerra entre países imperialistas y coloniales. Para un pacifista, esta guerra es como cualquier otra; para un comunista la guerra de una nación colonial contra una nación imperialista es una guerra burguesa-revolucionaria. Lenin elevaba así los movimientos de liberación nacional, las insurrecciones coloniales y las guerras de las naciones oprimidas al nivel de las revoluciones democrático-burguesas, en particular al de la rusa de 1905. Pero Lenin no planteaba en absoluto, como lo hace en la actualidad Bujarin, después de su giro de 180 grados, las guerras de liberación nacional por encima de las revoluciones democrático-burguesas. Lenin exigía distinguir entre la burguesía del país oprimido y la del país opresor. Pero en ninguna parte ha presentado Lenin este problema (y no hubiera podido hacerlo) afirmando que la burguesía de un país colonial o semicolonial, en la época de la lucha por la liberación nacional, fuera más progresista y más revolucionaria que la burguesía de un país no colonial en el período de la revolución democrática. Nada exige que sea así en el plano teórico; la historia no lo confirma.
Por muy digno de lástima que sea el liberalismo ruso, aunque su mitad de izquierda (la democracia pequeño burguesa, los socialistas revolucionarios y los mencheviques) haya resultado un aborto, no es posible demostrar que el liberalismo y la democracia burguesa chinos hayan mostrado más altura y capacidad revolucionarias que sus homólogos rusos.
Presentar las cosas como si el yugo colonial asignase necesariamente un carácter revolucionario a la burguesía colonial, es reproducir al revés el error fundamental del menchevismo, que creía que la naturaleza revolucionaria de la burguesía rusa debía desprenderse de la opresión absolutista y feudal.
La cuestión de la naturaleza y de la política de la burguesía está determinada por toda la estructura interna de las clases en la nación que lleva a cabo la lucha revolucionaria, por la época histórica en que se desarrolla esta lucha, por el grado de dependencia económica política y militar que liga a la burguesía indígena al imperialismo mundial en su conjunto, o a una parte de éste, en fin (esto es lo principal), por el grado de actividad de clase del proletariado indígena y el estado de sus relaciones con el movimiento revolucionario internacional.
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