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Trotsky, L. “La cuestión nacional”, La Historia de la Revolución Rusa, 1930

Introduction

En este texto tomado de La Historia de la Revolución Rusa (1930), Leon Trotsky describe como la revolución rusa enfrento la cuestion de la autodeterminación nacional, enfocandose en particular en los casos de Finlandia y Ucraina. En la segunda parte del texto, desarrolla un analisis de las diferencias entre la política de los primeros bolcheviques y el estalinismo frente a la cuestión nacional

 

La cuestión nacional

By Leon Trotsky, 1930
 
Rusia no estaba constituida como un Estado nacional, sino como un Estado de nacionalidades. Ello correspondía a su carácter atrasado. Sobre la base de una agricultura extensiva y un artesonado de aldea, el capital comercial, en vez de desarrollarse en profundidad, transformando la producción, lo hacía en extensión, acrecentando el radio de sus operaciones. El comerciante, el propietario y el funcionario se desplazaban del centro a la periferia, acompañando la dispersión de los campesinos, y buscando nuevas tierras y exenciones fiscales, penetraban en nuevos territorios, donde se encontraban poblaciones todavía más atrasadas. La expansión del Estado era fundamentalmente la expansión de una economía agrícola, la cual, pese a su primitivismo, revelaba una superioridad sobre los nómadas del sur y de Oriente. El Estado de castas y de burocracia que se forma sobre esa base inmensa y ampliada constantemente llegó a ser lo suficientemente poderoso como para someter a ciertas naciones de Occidente que, aunque de cultura más avanzada, eran incapaces, por su reducida población o sus crisis internas, de defender su independencia (Polonia, Lituania, provincias bálticas, Finlandia).
A los setenta millones de gran rusos que constituían el macizo central del país se añadieron gradualmente unos noventa millones de “alógenos”, que se dividían claramente en dos grupos: los occidentales, superiores a los gran rusos por su cultura, y los orientales, de un nivel inferior. Así se constituyó un Imperio en el que la nacionalidad dominante no representaba más que el 43 por 100 de la población, mientras que el 57 por 100 (de los cuales el 17 por 100 de ucranianos, 6 por 100 de polacos, 4,5 por 100 de rusos blancos) correspondían a nacionalidades diversas tanto por su nivel cultural como por su desigualdad de derechos.
Las ávidas exigencias del Estado y la indigencia de la clase campesina bajo las clases dominantes engendraron las formas más feroces de explotación. La opresión nacional en Rusia era infinitamente más brutal que en los Estados vecinos, no sólo en la frontera occidental, sino incluso en la frontera oriental. El gran número de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su situación jurídica daban una fuerza explosiva enorme al problema nacional en la Rusia zarista.
Mientras que en los Estados de nacionalidad homogénea, la revolución burguesa desarrollaba poderosas tendencias centrípetas, representadas bajo el signo de una lucha contra el particularismo como en Francia, o contra la fragmentación nacional como en Italia y Alemania, en los Estados heterogéneos tales como Turquía, Rusia, Austria-Hungría, la revolución retrasada de la burguesía desencadenaba, al contrario, las fuerzas centrífugas. A pesar de la evidente oposición de estos procesos, expresados en términos de mecánica, su función histórica es la misma en la media en que los casos se trata de utilizar la unidad nacional como un importante receptáculo económico: esto exigía realizar la unidad de Alemania y por el contrario el desmembramiento de Austria-Hungría.
Lenin había calculado con suficiente anticipación el carácter inevitable de los movimientos nacionales centrífugos en Rusia, y durante años había luchado obstinadamente, especialmente contra Rosa Luxemburgo, por el famoso párrafo 9 del viejo programa del partido, que formulaba el derecho de las naciones a disponer de sí mismas, es decir, a separarse completamente del Estado. Con ello, el partido bolchevique no se comprometía de ningún modo a hacer propaganda separatista. A lo único que se comprometía era a luchar con intransigencia contra todo tipo de opresión nacional, incluyendo la retención por la fuerza de cualquier nacionalidad en los límites de un Estado común. Sólo por este camino el proletariado ruso pudo conquistar gradualmente la confianza de las nacionalidades oprimidas.
Pero esto es sólo uno de los aspectos del problema. La política de bolchevismo en la cuestión nacional tenía otro aspecto, que, aunque aparentemente estaba en contradicción con el primero, lo completaba en realidad. En el marco del partido, y en general de las organizaciones obreras, el bolchevismo aplicaba el más riguroso centralismo, luchando implacablemente contra todo contagio nacionalista susceptible de enfrentar o dividir a los obreros.
Negando rotundamente el derecho al Estado burgués de imponer a una minoría nacional una residencia forzosa o incluso una lengua oficial, el bolchevismo estimaba al mismo tiempo como una tarea sagrada ligar, lo más estrechamente posible, en un gran todo a los trabajadores de diferentes nacionalidades mediante una disciplina de clase voluntaria. Así se rechazaba pura y simplemente el principio nacional federativo de la estructura del partido. Una organización revolucionaria no es el prototipo del Estado futuro, es únicamente el instrumento para crearlo. La herramienta debe ser adecuada para la fabricación del producto, pero de ningún modo debe asimilarse a él. únicamente una organización centralista puede asegurar el éxito de la lucha revolucionaria incluso cuando se trata de destruir la opresión centralista sobre las naciones.
Para las naciones oprimidas de Rusia, derribar a la monarquía significaba necesariamente realizar una revolución nacional. Sin embargo, también aquí se manifestó lo mismo que se había producido en todos los aspectos del régimen de Febrero: la democracia oficial, ligada por su dependencia política a la burguesía imperialista, fue absolutamente incapaz de destruir las trabas del pasado. Estimando incontestable su derecho a regir a las demás naciones, continuaba defendiendo con obstinación las fuentes de riqueza, de fuerza e influencia que aseguraban a la burguesía gran rusa su situación dominante. La democracia conciliadora se limitó a interpretar las tradiciones de la política nacional del zarismo con el lenguaje de una retórica emancipadora: se trataba ahora de defender la unidad de la revolución. Pero la coalición dirigente tenía otro argumento más fuerte: las consideraciones derivadas de su situación de guerra. Esto significaba que los esfuerzos de emancipación de las diversas nacionalidades eran presentados como la obra del Estado Mayor austroalemán. También aquí los kadetes eran los primeros violines y los conciliadores el acompañamiento.
Por supuesto, el nuevo poder no podía dejar intacta la abominable procesión de ultrajes medievales infringidos a los alógenos. Pero esperaban limitarse -y trataban de conseguirlo- simplemente a la abolición de las leyes de excepción contra las diversas naciones, es decir: al establecimiento de una igualdad aparente entre los diversos sectores de la población frente a la burocracia del Estado gran ruso.
La igualdad formal de derechos jurídicos favorecía sobre todo a los israelitas: el número de leyes que limitaban sus derechos alcanzaba la cifra de seiscientas cincuenta leyes. Además, como nacionalidad exclusivamente urbana y una de las más dispersas, los judíos no podían pretender una independencia en el Estado, ni tan siquiera una autonomía territorial. En cuanto a la proyectada “autonomía nacional cultural” que debía unir a los judíos de todo el país en torno a sus escuelas y otras instituciones, esta utopía reaccionaria, que diversos grupos judíos habían recogido del teórico austríaco Otto Bauer, se derritió desde el primer día de la libertad como la cera bajo los rayos del sol.
Pero la revolución es precisamente una revolución porque no se contenta con limosnas ni con pagos a plazos. La anulación de las restricciones más vergonzosas establecía en la forma la igualdad de los ciudadanos, independientemente de la nacionalidad; pero con ello se manifestaba más vivamente la desigualdad de los derechos jurídicos entre las mismas naciones, dejándolas a la mayor parte en situación de hijas legítimas o adoptivas del Estado gran ruso.
La igualdad de derechos civiles no significaba nada para los fineses, que no buscaban la igualdad con los rusos, sino su independencia de Rusia. No aportaba nada a los ucranianos, que anteriormente no habían conocido ninguna restricción, pues se les había declarado rusos a la fuerza. No cambiaba nada la situación de los letones y de los estonianos, aplastados por la gran propiedad alemana y por la ciudad rusoalemana. No aliviaba lo más mínimo la suerte de las tribus y de los pueblos atrasados de Asia, mantenidos en el abismo de la carencia total de derechos jurídicos, no por restricciones, sino por las cadenas de una servidumbre económica y cultural. La coalición liberal conciliadora no quería ni plantearse estas cuestiones. El Estado democrático seguía siendo el mismo Estado del funcionario gran ruso que no estaba dispuesto a ceder su puesto a nadie.
A medida que la revolución ganaba más ampliamente a las masas en la periferia, aparecía más claramente que la lengua oficial era allí la de las clases dominantes. El régimen de la democracia formal, debido a su libertad de prensa y reunión, daba lugar a que las nacionalidades oprimidas y atrasadas sintieran todavía más profundamente hasta qué punto estaban privadas de los medios más elementales de desarrollo cultural: escuelas, tribunales y funcionarios propios. La postergación de los problemas a la futura Asamblea constituyente no hacía más que exacerbar los ánimos; en definitiva, la Asamblea estaría dominada por los mismos partidos que había creado el gobierno provisional, que seguían manteniendo las tradiciones de los rusificadores, y marcando de forma tajante hasta qué límite las clases dominantes estaban dispuestas a llegar.
Finlandia se transformó rápidamente en una espina clavada en el cuerpo del régimen de Febrero. Debido a la gravedad del problema agrario, que afectaba en Finlandia a los torpari, es decir a los pequeños arrendatarios oprimidos, los obreros industriales que sólo representaban el 14 por 100 de la población arrastraron tras sí a la aldea. El Seim finés [la Dieta] llegó a ser el único parlamento en el que los socialdemócratas obtuvieron la mayoría: 103 sobre 200 escaños de diputados. Después de haber proclamado por la ley del 5 de junio la soberanía de Seim, excepto en las cuestiones concernientes al ejército y a la política exterior, la socialdemocracia finesa se dirigió “a los partidos hermanos de Rusia” para obtener su apoyo. Pronto descubrió que el recurso estaba mal destinado. El gobierno se puso al margen, dejando libertad de acción “a los partidos hermanos”. Una delegación dirigida por Cheidse, enviada para sermonear, volvió de Helsingfors sin haber obtenido el menor resultado. Entonces, los ministros socialistas de Petrogrado, Kerenski, Chernov, Skobelev, Tsereteli, decidieron liquidar al régimen socialista de Helsingfors por la violencia. El jefe de Estado Mayor del Gran Cuartel general, el monárquico Lukomski, advirtió a las autoridades civiles y a la población que si se producía alguna manifestación contra el ejército ruso, “sus ciudades, empezando por Helsingfors, serían devastadas”. Después de haber preparado el terreno de este modo, el gobierno proclamó la disolución del Seim en un solemne manifiesto, cuyo estilo parecía plagiado de la monarquía y puso a las puertas del parlamento finés a soldados rusos traídos del frente el mismo día en que comenzaba una ofensiva. Así, en su camino hacia octubre, las masas rusas recibieron una buena lección que les enseñaba el lugar convencional que ocupaban los principios democráticos en la lucha de clases.
Las tropas revolucionarias de Finlandia adoptaron una postura digna ante el desenfreno nacionalista de los dirigentes. El Congreso regional de los soviets que se celebró en Helsingfors en la primera quincena de septiembre declaró: “Si la democracia finesa juzga necesario reanudar las sesiones del Seim, el Congreso considerará actos contrarrevolucionarios todas las tentativas que se opongan a esta medida.” Era un ofrecimiento directo de asistencia militar. Pero la socialdemocracia finesa, en la que predominaban las tendencias conciliadoras, no estaba dispuesta a emprender la vía insurreccionar. Las nuevas elecciones, que tuvieron lugar bajo la amenaza de una nueva disolución, aseguraron a los partidos burgueses, con cuyo asentimiento el gobierno había disuelto el Seim, una pequeña mayoría: 108 votos sobre 200.
Pero en esta Suiza del norte, en este país de montañas de granito y propietarios avaros, empiezan a plantearse en primera línea problemas internos que llevan inevitablemente a la guerra civil. La burguesía finesa prepara semipúblicamente a sus cuadros militares. Al mismo tiempo se constituyen las células secretas de la Guardia roja. La burguesía se dirige a Suecia y Alemania para conseguir armas e instructores. Los obreros encuentran apoyo en los soldados rusos. Al mismo tiempo, en los círculos burgueses, que la víspera estaban dispuestos a entenderse con Petrogrado, se refuerza el movimiento por una completa separación de Rusia. El periódico dirigente Huvudstatbladet escribía: “El pueblo ruso se acerca a un desenlace anárquico… En estas condiciones, ¿no deberíamos desligarnos en lo posible de este caos?” El gobierno provisional se vio obligado a hacer concesiones sin esperar a la Asamblea constituyente: el 23 de octubre fue adoptada una ordenanza “de principio” sobre la independencia de Finlandia, excepción hecha de los asuntos militares y de las relaciones exteriores. Pero “la independencia” otorgada por Kerenski no valía ya gran cosa: sólo faltaban dos días para su caída.
Ucrania fue otra espina, pero mucho más profundamente clavada. A principios de junio, Kerenski había prohibido el Congreso de las tropas de Ucrania convocado por la Rada. Pero los ucranianos no cedieron. Para salvar la posición del gobierno, Kerenski legalizó el Congreso con retraso enviando un pomposo telegrama que los congresistas escucharon con risas poco respetuosas. La amarga lección no le impidió a Kerenski prohibir tres semanas más tarde el Congreso de los militares musulmanes en Moscú. Parecía como si el gobierno democrático se diese prisa en sugerir a las naciones descontentas: sólo recibiréis aquello que arranquéis con vuestras manos.
En el primer número del Universal, aparecido el 10 de junio, acusando a Petrogrado de oponerse a la autonomía nacional, la Rada proclamaba: “En adelante nosotros mismos regiremos nuestra propia vida.” Los kadetes trataban a los dirigentes ucranianos de agentes alemanes. Los conciliadores les enviaban exhortaciones sentimentales. El gobierno provisional envió a Kiev una delegación. En la atmósfera sobrecargada de Ucrania, Kerenski, Tsereteli y Terechenko se vieron obligados a dar algunos pasos hacia la Rada. Pero después del aplastamiento de julio de los obreros y soldados, el gobierno dio un viraje a la derecha en la cuestión ucraniana. El 5 de agosto, por mayoría aplastante, la Rada acusó al gobierno, “impregnado de las tendencias imperialistas de la burguesía rusa”, de haber violado la convención del 3 de julio. “¡Cuando tuvo que cumplir el tratado -escribía el jefe del poder en Ucrania, Vinichenko-, el gobierno provisional… procedió como un pequeño estafador que pretendía arreglar con trampas un gran problema histórico.” Este lenguaje inequívoco muestra cuál era la autoridad del gobierno incluso en los círculos que políticamente debería tener más próximos, ya que, a fin de cuentas, el conciliador Vinichenko no se distinguía de Kerenski más de lo que un mal novelista pueda diferenciarse de un abogado mediocre. (…)
La población urbana de la periferia se distinguía totalmente en su composición nacional de la población de las aldeas. En Ucrania y en Rusia blanca, el propietario terrateniente, el capitalista, el abogado eran gran rusos, polacos, judíos, extranjeros, mientras que, por el contrario, la población del campo era totalmente ucraniana y rusa blanca. En las provincias del Báltico las ciudades eran centros de la burguesía alemana, rusa y judía: la aldea era letona y estoniana en su totalidad. En las ciudades de Georgia predominaba la población rusa y armenia, y también en el Azerbaidzhán turcomano. Separados de la masa esencial del pueblo, no sólo por el nivel de vida y costumbres, sino también por la lengua, exactamente como los ingleses en la India; obligados a depender del aparato burocrático para la defensa de sus haciendas y de sus ingresos; ligados inseparablemente a las clases dominantes de todo el país, los propietarios nobles, los industriales y los comerciantes de la periferia agrupaban en torno suyo a un estrecho círculo de funcionarios, empleados, maestros de escuela, médicos, abogados, periodistas y en parte también obreros, todos ellos rusos, que transformaban las ciudades en focos de rusificación y de colonización.
La aldea podía pasar inadvertida mientras estuviera callada. Pero cuando empezó a elevar la voz con impaciencia creciente, la ciudad resistió obstinadamente para defender su situación privilegiada.
El funcionario, el comerciante, el abogado, aprendieron rápidamente a camuflar su lucha por la conservación de las posiciones estratégicas en la economía y en la cultura bajo una altanera condenación del chovinismo renaciente. El esfuerzo de la nación dominante por mantener el statu quo se colorea frecuentemente de un supranacionalismo, así como el esfuerzo de un país vencedor toma la forma de pacifismo para conservar lo que ha robado. Es así como MacDonald se siente internacionalista ante Gandhi. Así es también como el acercamiento de los austríacos hacia Alemania le parece a Poincaré un insulto para el pacifismo francés.
“La gente que vive en las ciudades de Ucrania -escribía en mayo la delegación de la Rada de Kiev al gobierno provisional- ven las calles rusificadas de estas ciudades… y olvidan completamente que estas ciudades no son más que islotes en el mar del pueblo ucraniano.” Cuando Rosa Luxemburgo, en su polémica póstuma sobre el programa de la revolución de Octubre, afirmaba que el nacionalismo ucraniano, que había sido hasta entonces la simple “diversión” de una decena de intelectuales pequeños burgueses, había sido inflado artificialmente por la consigna bolchevique del derecho de las naciones a disponer de sí mismas; pese a su claridad de espíritu, incurría en un error histórico muy grave: el campesinado de Ucrania no había formulado en el pasado reivindicaciones nacionales porque en general no se había elevado hasta la política. El principal mérito de la insurrección de Febrero -el único, digamos, pero completamente suficiente- consistió precisamente en que dio al fin la posibilidad de que las clases y naciones más oprimidas de Rusia pudiesen expresarse en alta voz. El despertar político del campesinado no podía producirse más que con la vuelta al idioma natal y con todas las consecuencias que se desprendían de ello en materia de escuelas, tribunales y administraciones autónomas. Oponerse a ello hubiese sido una tentativa para hacer volver a los campesinos a la nada.
La heterogeneidad nacional entre la ciudad y la aldea se hacía sentir dolorosamente también en los soviets dado su carácter de organizaciones fundamentalmente urbanas. Bajo la dirección de los partidos conciliadores, los soviets fingían ignorar continuamente los intereses nacionales de la población autóctono. Esta era una de las causas de la debilidad de los soviets en Ucrania. Los Soviets de Riga y de Reval olvidaban los intereses de los letones y de los estonianos. El Soviet conciliador de Bakú no tenía en cuenta los intereses de la población principalmente turca. Bajo la bandera de un falso internacionalismo, los soviets dirigían frecuentemente la lucha contra la ofensiva nacionalista ucraniana y musulmana, disimulando la rusificación opresiva ejercida por las ciudades. Pasará todavía mucho tiempo, incluso bajo la dominación de los bolcheviques, antes que los soviets de la periferia hayan aprendido a hablar el lenguaje de la aldea. (…)
Todos estos procesos en los que el despertar de la dignidad nacional se combinaba con una indignación social, unas veces reteniéndola otras empujándola hacia adelante, tenían su expresión más viva en el ejército, donde se creaban febrilmente regimientos nacionales, patronizados, tolerados o perseguidos por el poder central, según su actitud hacia la guerra y hacia los bolcheviques, pero que en su conjunto se volvían con hostilidad creciente contra Petrogrado.
Lenin tomaba certeramente el pulso “nacional” de la revolución. En su famoso artículo “La crisis ha madurado”, de finales de septiembre, afirmaba con insistencia que la curia nacional de la conferencia democrática “por su radicalismo ocupaba el segundo lugar, superado únicamente por los sindicatos y con mayor porcentaje de votos que los soviets contra la coalición (40 sobre 55)”. Esto quería decir que las naciones oprimidas ya no esperaban nada de la burguesía gran rusa. Cada vez con más frecuencia ejercían directamente sus derechos, por partes, según los métodos de las expropiaciones revolucionarias.
En el Congreso de los buriatos en octubre, en el lejano Verjneudinsk, un informante testimonia que “la revolución de Febrero no ha aportado nada nuevo a la situación de los alógenos”. Un balance semejante obligaba, si no a alinearse con los bolcheviques, sí al menos a observar una neutralidad más amistosa hacia ellos. (…) Esta ambigüedad, que caracteriza tan claramente la fase pequeño burguesa de la lucha nacional, facilitaba la revolución del proletariado, decidida a terminar con todos los equívocos.
(…)
Al producirse la insurrección, el partido bolchevique distó mucho de adoptar inmediatamente la posición ante la cuestión nacional que le aseguró finalmente la victoria. Esto no se refiere únicamente a la periferia, con sus organizaciones del partido débiles e inexpertas, sino también al centro de Petrogrado. El partido estuvo tan debilitado durante los años de guerra, tan bajo cayó el nivel teórico y político de los cuadros que la dirección oficial adoptó también ante la cuestión nacional -hasta la llegada de Lenin- una posición muy embrollada y vacilante.
Cierto es que los bolcheviques ‘ de acuerdo con la tradición, seguían defendiendo el derecho de las naciones a disponer de sí mismas. Pero también los mencheviques admitían de palabra esta fórmula: el texto del programa seguía siendo común. Sin embargo, la cuestión del poder tenía una importancia decisiva, a pesar de lo cual los dirigentes temporales del partido se mostraban absolutamente incapaces de comprender el irreductible antagonismo entre las consignas bolcheviques de las cuestiones nacional y agraria, por una parte, y el mantenimiento del régimen burgués imperialista, incluso camuflado bajo formas democráticas, por otra.
La posición democrática encontró su expresión más vulgar en la pluma de Stalin. En su artículo del 25 de marzo sobre el decreto gubernamental que abolía las restricciones de los derechos nacionales, Stalin intentó plantear la cuestión nacional en su dimensión histórica. “La base social de la opresión nacional -escribe-, la fuerza que la inspira es la aristocracia terrateniente n su decadencia.” En cuanto al hecho importante de que la opresión nacional se haya desarrollado de manera inaudita en la época del capitalismo y haya encontrado su expresión más bárbara en la política colonial, el autor no parece sospechar nada en absoluto. “En Inglaterra -sigue diciendo-, donde la aristocracia agraria comparte el poder con la burguesía, donde no existe desde hace mucho tiempo la dominación ilimitada de la aristocracia, la opresión nacional es más suave, menos inhumana, siempre y cuando no tomemos en consideración (?) la circunstancia de que, durante la guerra, cuando el poder pasó a manos de los terratenientes, (!), la opresión nacional se vio reforzada considerablemente (persecuciones contra los irlandeses y los hindúes). De este modo, los terratenientes aparecen como culpables de la opresión de Irlanda y de la India, habiendo conseguido el poder gracias a la guerra, a través de la persona de Lloyd George”… “En Suiza y en América del Norte -prosigue Stalin-, donde no hay terratenientes ni lo hubo nunca (?), donde el poder pertenece indivisiblemente a la burguesía, las nacionalidades se desarrollan libremente, no hay lugar en general para la opresión nacional…” El autor olvida completamente la cuestión de los negros y la cuestión colonial en los Estados Unidos.
De este análisis completamente provinciano, que consiste únicamente en establecer un vago contraste entre el feudalismo y la democracia, se desprenden conclusiones políticas simplemente liberales. “Hacer desaparecer de la escena política a la aristocracia feudal, arrebatarle el poder, significa precisamente liquidar la opresión nacional, crear las condiciones materiales necesarias para la libertad nacional. En la medida en que la revolución rusa ha vencido -escribe Stalin-, ha creado ya esas condiciones materiales…” Tenemos aquí, según parece, una apología de la “democracia” imperialista más categórica que todo lo que ha sido escrito sobre el mismo tema, en los mismos días, por los mencheviques. Igual que en política exterior, Stalin, a la zaga de Kámenev, esperaba llegar a una paz democrática mediante la división del trabajo con el gobierno provisional, también en política interior, encontraba en la democracia del príncipe Lvov “las condiciones materiales” de la liberación nacional.
En realidad, la caída de la monarquía ponía por primera vez completamente de manifiesto que no sólo los propietarios reaccionarios, sino también toda la burguesía liberal y, tras ella, toda la democracia pequeño burguesa, con algunos líderes patriotas de la clase obrera, se manifestaban adversarios irreductibles de una verdadera igualdad de derechos nacionales, es decir, de la supresión de los privilegios de la nación dominante: todo su programa se reducía a una atenuación, a una refinamiento cultural y a un camuflaje democrático de la gran dominación rusa.
Durante la Conferencia de abril, al defender la resolución de Lenin sobre la cuestión nacional, Stalin parte ya formalmente de que “la opresión nacional es el sistema… son las medidas… aplicadas por los círculos imperialistas”, pero pronto vuelve a caer inevitablemente en su posición de marzo. “Cuanto más democrático es el país, más débil es la opresión nacional e inversamente”, tal es el concepto abstracto del ponente, propio de él y no tomado de Lenin. El hecho de que la Inglaterra democrática oprima a la India feudal con sus castas sigue escapando a su limitado campo visual. A diferencia de Rusia, donde dominaba “una vieja aristocracia terrateniente -prosigue Stalin-, en Inglaterra y Austria-Hungría la opresión nacional no ha adquirido formas de pogromo”. ¡Como si no hubiera existido en Inglaterra “nunca” aristocracia terrateniente, o como si en Hungría esta aristocracia no siguiese dominando! El carácter del desarrollo histórico, combinando la “democracia” con la opresión de las naciones débiles, seguía siendo para Stalin un libro cerrado con siete llaves. (…)
Ciertamente, la práctica política seguía siendo más primitiva que la teoría, porque las cosas se modifican más lentamente que las ideas. Sin embargo, la teoría estaba allí para empujar hasta las últimas deducciones las necesidades de la práctica. Para obtener la emancipación y el florecimiento cultural, las nacionalidades oprimidas estaban obligadas a ligar su suerte con la de la clase obrera. Y para esto les era indispensable desembarazarse de la dirección de sus partidos burgueses y pequeño burgueses, es decir, precipitar la marcha de su evolución histórica.
La subordinación de los movimientos nacionales al proceso esencial de la revolución, a la lucha del proletariado por el poder, no se realiza de golpe, sino en varias fases y en formas diferentes según las diversas regiones del país. Los obreros, los campesinos y los soldados ucranianos, los rusos blancos y tártaros, por su misma hostilidad a Kerenski, a la guerra y a la rusificación, se convertían por esa razón -a pesar de la dirección de los conciliadores- en los aliados de la revolución proletaria. Después de haber apoyado objetivamente a los bolcheviques, se vieron obligados en la etapa siguiente a lanzarse subjetivamente por la vía del bolchevismo. En Finlandia, en Letonia, en Estonia, y menos en Ucrania, la disociación del movimiento nacional adquiere ya tal importancia que sólo la intervención de las tropas extranjeras puede impedir el éxito de la revolución proletaria. En el Oriente asiático, donde el despertar nacional adoptaba las formas más primitivas, sólo gradualmente y con considerable retraso llegaría a ser dirigido por el proletariado, después de la toma del poder. Si consideramos en su totalidad ese proceso complejo y contradictorio, la conclusión es evidente: el torrente nacional, al igual que el torrente agrario, se vertía en el lecho de la revolución de Octubre.
El tránsito ineluctable e irresistible de las masas de los problemas elementales a la emancipación política, agraria, nacional, hacia la dominación del proletariado, procedía no de una agitación “demagógica”, ni de esquemas preconcebidos, ni de la teoría de la revolución permanente, como lo creían los liberales y conciliadores, sino de la estructura social de Rusia y de las circunstancias de la situación mundial. La teoría de la revolución permanente únicamente formulaba el proceso combinado del desarrollo.
Esto no es sólo particular de Rusia. La subordinación de las revoluciones nacionales atrasadas a la revolución del proletariado tiene su determinismo a escala mundial. Mientras que en el siglo XIX la tarea esencial de las guerras y de las revoluciones consistía aún en asegurar a las fuerzas productivas un mercado nacional, la tarea de nuestro siglo consiste en liberar a las fuerzas productivas de las fronteras nacionales, que se han convertido en trabas para su desarrollo. En un amplio sentido histórico, las revoluciones nacionales de Oriente no son más que el peldaño de la revolución mundial del proletariado, de igual manera que los movimientos nacionales de Rusia se han transformado en peldaños hacia la dictadura soviética.
Lenin había apreciado con notable profundidad la fuerza revolucionaria inherente a las nacionalidades oprimidas, tanto en la Rusia zarista como en el mundo entero. A sus ojos, sólo merecía desprecio ese “pacifismo” hipócrita que “condena” igualmente la guerra del Japón contra China para esclavizaría, que la guerra de China contra Japón para emanciparse. Para Lenin, una guerra de emancipación nacional opuesta a una guerra imperialista era únicamente otra forma de revolución nacional que a su vez se insertaba como un eslabón indispensable en la lucha emancipadora de la clase obrera mundial.
De este juicio sobre las revoluciones y las guerras nacionales no se desprende en ningún caso el reconocimiento de alguna misión revolucionaria de la burguesía de las naciones coloniales y semicoloniales. Al contrario, precisamente desde que tuvo dientes de leche, la burguesía de los países atrasados se desarrolló como una agencia del capital extranjero, y aunque le manifieste una envidiosa hostilidad, se encuentra y se encontrará en todos los momentos decisivos unida a él a un mismo campo. El sistema chino de los compradores es la forma clásica de la burguesía colonial, así como el Kuomintang es el partido clásico de los compradores. Las cimas de la pequeña burguesía, incluyendo a los intelectuales, pueden desempeñar un papel muy activo y a veces ruidoso en la lucha nacional, pero no son capaces de desempeñar un papel independiente. Sólo la clase obrera, poniéndose al frente de la nación, puede llevar hasta el fin una revolución nacional o agraria.
El error falta de los epígonos, principalmente de Stalin en que de la doctrina de Lenin sobre la significación histórica progresista de la lucha de las naciones oprimidas han deducido una misión revolucionaria de la burguesía de los países coloniales. La incomprensión del carácter permanente de la revolución en la época imperialista; la esquematización pedante del desarrollo; la desarticulación del vivo proceso combinado en frases vacías, separadas inevitablemente en el tiempo unas de otras, todo esto condujo a Stalin a una idealización vulgar de la democracia, o de la “dictadura democrática” que en realidad puede ser o una dictadura imperialista o una dictadura del proletariado. Paso a paso, el grupo de Stalin, acaba rompiendo en este camino con la posición de Lenin sobre la cuestión nacional y aplicando una política catastrófica en China.
En agosto de 1927, en su lucha contra la Oposición (Trotsky, Rakovski y otros), Stalin afirmaba ante el pleno del Comité central de los bolcheviques: “La Revolución en los países imperialistas es una cosa: en ellos la burguesía… es contrarrevolucionaria en todas las fases de la revolución… Y la revolución en los países coloniales y dependientes es otra cosa… En ellos, en una cierta fase y por cierto tiempo, la burguesía nacional puede apoyar al movimiento revolucionario de su país contra el imperialismo.” Con retinencias y atenuaciones que únicamente caracterizan una falta de confianza en sí mismo, Stalin atribuye aquí a la burguesía nacional los mismos rasgos que atribuía en marzo a la burguesía rusa. De acuerdo con su propia naturaleza, el oportunismo estalinista, como bajo la acción de las leyes de gravedad, se abre camino por diversos canales. La selección de los argumentos teóricos es en este caso meramente fortuita.
Transferido al gobierno “nacional” en China, el juicio de marzo concerniente al régimen condujo a una colaboración de Stalin con el Kuomintang durante tres años y constituye uno de los hechos más sorprendentes de la historia moderna: en calidad de fiel escudero, el bolchevismo de los epígonos acompañó a la burguesía china hasta el 11 de abril de 1927, es decir, hasta la represión sangrienta que se abatió el proletariado de Changai. “El error esencial de la Oposición -decía Stalin para justificar su fraternidad de armas con Chang-Kai Chek- consiste en identificar la revolución rusa de 1905, en un país imperialista que ha oprimido a otras pueblos, con la revolución en China, en un país oprimido”… Es sorprendente que Stalin mismo no haya tenido la idea de considerar la revolución en Rusia, no desde el punto de vista de una nación “que oprime a otros pueblos”, sino desde el punto de vista de la experiencia “de los otros pueblos” de esta misma Rusia que había sufrido una opresión no menor que la impuesta a los chinos.
En el inmenso campo de experiencia que Rusia ha representado en el curso de tres revoluciones, se pueden encontrar todas las variantes de las luchas de las nacionalidades y de las clases, salvo una: no se ha visto nunca que la burguesía de una nación oprimida haya desempeñado un papel emancipador respecto a su propio pueblo. En todas las etapas de su desarrollo, la burguesía de la periferia, cualesquiera que fuesen los colores con que se envolvía, dependía invariablemente de los Bancos centrales, de los trustes, de las firmas comerciales, siendo en suma la agencia del capital de toda Rusia, sometiéndose a sus tendencias rusificadoras, y arrastrando a estas tendencias incluso a amplias capas de la intelligentsia liberal y democrática. Cuanto más “madura” se mostraba la burguesía de la periferia, más estrechamente se ligaba al aparato general del Estado. Analizada en su conjunto, la burguesía de las naciones oprimidas desempeñaba el mismo papel de compradores respecto al capital financiero mundial. La compleja jerarquía de las dependencias y los antagonismos no impedía un sólo día la solidaridad fundamental en la lucha contra las masas insurrectas.
En el período de la contrarrevolución (de 1907 a 1917), cuando la dirección del movimiento nacional estaba concentrada en manos de la burguesía alógena, ésta buscó el entendimiento con la monarquía aún mucho más francamente que los liberales rusos. Los burgueses polacos, bálticos, tártaros, ucranianos, judíos, rivalizaban en la carrera del pacifismo imperialista. Después de la insurrección de Febrero, todos se escondieron detrás de los kadetes o, siguiendo el ejemplo de éstos, detrás de los conciliadores nacionales. Cuando hacia el otoño de 1917, la burguesía de las naciones de la periferia se torna hacia el separatismo, no lucha contra la opresión nacional, sino contra la revolución proletaria que se acerca. En definitiva, la burguesía de las naciones oprimidas demostró tanta hostilidad a la revolución como la gran burguesía rusa.
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