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La Copa Mundial del chovinismo

Por CARLOS SAPIR

A pesar de su larga historia de la corrupción descarada y un desprecio generalizado por los derechos humanos, la FIFA parece dispuesta a superarse a sí misma este mes, haciendo reverencias a Trump y fingiendo que todo va bien, incluso cuando el Gobierno de EE. UU. interfiere directamente en el desarrollo de la Copa Mundial, además de socavar por completo, de manera más general, cualquier espíritu de fraternidad o internacionalismo que se supone que deben inspirar los eventos deportivos mundiales.

El Mundial puede ser uno de los eventos deportivos más queridos en todo el mundo, pero los contornos de su organización y presentación están firmemente dominados por las prioridades del capital y el imperialismo. En consecuencia, el Mundial es ahora una clara prueba del desmoronamiento del orden liberal de la posguerra, que se está desintegrando bajo el peso de la presión económica y política.

El negocio feo del juego bonito

Mucho antes de este último Mundial, la FIFA era ya prácticamente sinónimo de corrupción y de una cobarde búsqueda capitalista de lucros a toda costa. Esta es ya el tercer Mundial consecutiva que se ve directamente ensombrecida por la preocupación ante la flagrante falta de respeto de los anfitriones por los derechos humanos y/o la soberanía de otras naciones, con el uso de mano de obra esclava por parte de Catar para la construcción de estadios y la entonces relativamente pequeña anexión de Crimea por parte de Rusia, lo que suscitó dudas sobre si fuera aceptable. Y, por supuesto, la podredumbre es mucho más profunda que la mera elección de donde se celebra el Mundial, con prácticas desleales que van desde el amaño de partidos hasta el dopaje en algunos de los clubes más legendarios del fútbol.

El fútbol bajo el dominio global de la FIFA es un gran negocio capitalista y, como todos los grandes negocios capitalistas, da prioridad a los beneficios de los propietarios a costa tanto de los deportistas que realizan el trabajo de jugar el partido como del público en general que espera seguir sus esfuerzos.

No obstante, hay algo que decir sobre hasta qué punto los escándalos de este Mundial actual van en contra del mensaje que se supone que debe transmitir a su público. El fútbol puede estar gestionado como un gran negocio, pero su atractivo internacional se basa en su accesibilidad, ya que generaciones de niños de clase trabajadora y pobres solo necesitan un balón y algo que sirva de portería para poder jugar en la calle. Muchas de los héroes más famosos del fútbol, entre ellos Pelé y Maradona, crecieron en la pobreza y celebraron sus orígenes incluso después de alcanzar la fama mundial.

Aunque es brutal, corrupto y un lugar de abusos y la explotación, el sistema de clubes internacionales también es visto como un boleto hacia una vida mejor por los jóvenes económicamente desfavorecidos de todo el mundo. El Mundial puede brindar a la población de los países participantes la oportunidad de animar a sus selecciones y disfrutar de una atención mundial que, de otro modo, rara vez se concede a los países no imperialistas. El abierto repugno de la administración Trump hacia la participación de estos países, junto con sus políticas más amplias antiinmigrantes y nativistas, supone una bofetada para la mayor parte de la audiencia del Mundial.

¿A quien se le ocurrio organizar este Mundial?

Hay otra incongruencia, por supuesto, y es que se suponía que la Copa del Mundo de este año iba a ser internacionalista como nunca antes, con México, Canadá y Estados Unidos presentando una candidatura conjunta para albergar el torneo entre los tres países. A pesar de ser originalmente un proyecto propuesto por Trump durante su primer mandato (la candidatura se presentó en 2017), la organización internacional entra ahora en contradicción directa con las políticas de militarización de la frontera de Trump (probablemente Trump no imaginaba entonces que seguiría en el cargo en 2026).

Mientras que anteriores anfitriones salpicados por escándalos han hecho todo lo posible para garantizar que el mero torneo en sí se llevara a cabo sin obstáculos —permitiendo paseo de extranjeros, atenuando la virulenta propaganda interna y concediendo libertad excepcional a los visitantes—, Estados Unidos parece decidido a hacer que este Mundial sea lo menos acogedor posible. Ya se trate de largas colas en los pasos fronterizos, cancelaciones de visados sin explicación o interferencias en la asignación de entradas a los aficionados, la prioridad aquí es «America First».

Quizá el ejemplo más flagrante de esto hasta ahora sea la denegación de entrada a Omar Artan, un árbitro celebre de Somalia que debía ayudar a arbitrar el torneo. Como árbitro condecorado, ampliamente considerado como representante no solo de Somalia sino de toda África, Artan puede afirmar con credibilidad que es una de las personas más fiables del mundo, pero eso no le salvó de ser sometido a 11 horas de interrogatorio por parte de los guardias fronterizos estadounidenses y, en última instancia, de ser deportado bajo cargos vagos de afiliación a grupos terroristas. La respuesta de los dirigentes de la FIFA fue decirle al mundo que deben ser «chill».

Por supuesto, la FIFA se ha mostrado más que dispuesta a responder con medidas punitivas contra anfitriones insatisfactorios cuando son los ricos y poderosos quienes se quejan: en 2023, la FIFA prohibió a Indonesia organizar torneos en respuesta a la decisión del gobernador de la provincia de Bali de negarse a proporcionar alojamiento a un equipo que representara a Israel. La FIFA es, por tanto, perfectamente capaz de reorganizar los eventos para cambiar de anfitrión y permitir la participación de los participantes, siempre que sea en beneficio de un Estado de apartheid cliente del imperialismo.

Los coanfitriones estadounidenses, por su parte, han trabajado para facilitar la postura excepcionalista de Estados Unidos y han hecho poco para responder a su flagrante falta de respeto hacia todos los interesados en el torneo. Tampoco parece que vayan a asistir a los partidos muchos residentes estadounidenses, con precios de entradas desorbitados que parten de los 1000 dólares y llegan a ser mucho más elevados; las noticias señalan que miles de entradas siguen sin venderse y que el auge turístico esperado no se está materializando. Si bien ese déficit económico ya es desastroso por sí mismo para la burguesía local, también apunta a un fracaso más amplio: la FIFA puede desempeñar el papel de proporcionar pan y circo para ayudar a apaciguar al mundo y distraer a la clase trabajadora de sus problemas, pero ¿de qué sirve un circo al que no nos permiten entrar, y donde el número principal del espectáculo es un insulto abiertoa la mayor parte del público?

Mientras tanto, el espectáculo y la farsa de los obstáculos a los que se enfrenta la participación de la selección iraní en el torneo, al tiempo que EE. UU. ha estado liberando una guerra de agresión descarada contra Irán, proporcionan más combustible para la agitación. Si bien la narrativa del equipo humilde que viaja contra todo pronóstico al corazón de la maquinaria bélica imperialista que ataca a su país sin duda ya ha ganado apoyo y simpatía para la selección iraní a nivel internacional, es probable que esta dinámica anime a muchos en EE. UU. como forma de expresar su desaprobación hacia la invasión estadounidense y, en general, hacia el gobierno de Trump (y cabe señalar que cuanto más lejos llegue Irán en el torneo, más problemas logísticos y de relaciones públicas habrá para el gobierno estadounidense).

Aunque hechar porras por las naciones semicoloniales a que ganen contra las potencias hegemónicas imperialistas es una tradición consagrada para la izquierda deportista, es probable que el descontento generalizado a nivel nacional con Trump y su patriotismo belicoso (por no mencionar la extraña imagen de cristianos evangélicos que este año ha adoptado la selección masculina de fútbol de Estados Unidos) empuje a muchos residentes estadounidenses a animar a cualquiera menos a su propio equipo. Al viajar por todo el país, mientras los partidos inaugurales se retransmitían en casi todas las pantallas de televisión, era más probable ver a gente con camisetas de México que de Estados Unidos, además de una muestra representativa de todos los demás países participantes que cuentan con una comunidad de inmigrantes local; en el área de la bahía de San Francisco, fueron los seguidores de la selección jordana los que formaron una ruidosa caravana de coches que recorrían El Camino Real, adornados con banderas y keffiyehs. Incluso las empresas parecen estar captando el mensaje: mientras que Dick’s Sporting Goods se volcó con los equipos olímpicos estadounidenses durante los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina a principios de año, hoy en día los compradores que entran en una tienda de Dick’s en Estados Unidos tienen más probabilidades de encontrarse con vídeos que promocionan a las selecciones de Alemania, Argentina o Brasil, en lugar de la EEUU.

La lucha de clases continúa en la prórroga

El Mundial y los gigantescos proyectos de construcción urbana asociados a él también han sido un importante punto de inflexión para los trabajadores que luchan contra la explotación y la tiranía. Los trabajadores del sector de servicios en el estadio SoFi de Los Ángeles amenazaron con ir a la huelga poco antes del inicio del Mundial, exigiendo garantías de seguridad frente al ICE y mejoras salariales y en las condiciones laborales. Aunque el 9 de junio se alcanzó un acuerdo provisional, este incluye específicamente una cláusula que permite a los trabajadores abandonar el puesto de trabajo si hay presencia del ICE en el estadio durante el Mundial; estos trabajadores luchan en primera línea contra las políticas de inmigración de Trump, tomando medidas concretas allí donde la FIFA preferiría simplemente hacerse ciego. Los trabajadores hoteleros de Filadelfia han planteado demandas similares, al tiempo que siguen amenazando con ir a la huelga durante los partidos de la FIFA si las negociaciones sobre un nuevo contrato no son satisfactorias.

Los movimientos sociales en México han aprovechado la ocasión del Mundial para llamar la atención sobre la negligencia y la impunidad del gobierno, incluso mientras el país se sumerge de lleno en la axolotlización (murales de colores vivos que representan a la salamandra nativa axolotl) para hacer el país más atractivo para los visitantes. Los profesores que se manifestaban para exigir la derogación de los programas de austeridad en las pensiones han sido atacados con gases lacrimógenos; la munición no fue tan letal como las balas que masacraron a los estudiantes en vísperas de los Juegos Olímpicos de 1968, pero no deja de ser munición disparada por el mismo Estado y régimen mexicanos, que una vez más apunta sus armas contra el pueblo.

Por un verdadero internacionalismo deportivo

Aunque la realidad del deporte internacional bajo el capitalismo está marcada por la explotación, la injusticia y el imperialismo, existe, no obstante, un núcleo de sentimiento internacionalista en la organización de un evento deportivo mundial que invita a la participación de equipos de todo el mundo.

En el pasado, las organizaciones internacionales de la clase trabajadora organizaban sus propios torneos como alternativa a los Juegos Olímpicos y los Mundiales capitalistas (y, en algunos aspectos, aristocráticos). La Internacional Socialista de los Trabajadores, de carácter socialdemócrata, y la Internacional Deportiva Roja, liderada por el Komintern, organizaron varios eventos deportivos internacionales en las décadas de 1920 y 1930 como una alternativa a los Juegos Olímpicos. Aunque el sectarismo limitó el alcance de estos eventos (y la URSS quitó la Internacional Deportiva Roja tras las purgas estalinistas de finales de la década de 1930), estos proporcionaron, no obstante, un atisbo de una celebración alternativa del deporte internacional que sitúa a la clase obrera en clara oposición a las prerrogativas del imperialismo.

Hoy en día, las organizaciones de trabajadores a nivel internacional se encuentran en una posición mucho más débil y, en general, carecen de la base de clubes deportivos proletarios (y/o del Estado obrero soviético) que hizo factibles estos eventos en la Europa de entreguerras. Ningún grupo actual estaba en condiciones de convocar una Copa del Mundo alternativa que pudiera desafiar de manera creíble la autoridad y el alcance de la FIFA y sus patrocinadores capitalistas. Construir una cultura deportiva internacional que sea verdaderamente de la clase trabajadora requiere que primero avancemos en la política y organizativamente.

El primer paso hoy es acompañar y replicar la organización que están llevando a cabo los trabajadores de servicios en el estadio SoFi y en otros lugares, quienes se han enfrentado y han denunciado las innumerables injusticias del Mundial, y han movilizado el poder de su posición de clase y su organización para rechazar la imposición del terror de ICE. Solo construyendo este tipo de poder político y organización podrá nuestra clase afirmar su propia visión del internacionalismo deportivo y expulsar de una vez por todas del terreno de juego a la FIFA y a sus Trumps, Blatters e Infantinos.

Foto: Allen J. Schaben / Los Angeles Times

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