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Los planes de las grandes tecnológicas pueden quebrar la economía estadounidense

Por HERMAN MORRIS

En los tres años transcurridos desde el lanzamiento de ChatGPT, el entusiasmo de los líderes capitalistas de Estados Unidos ha alcanzado un punto álgido. Se han invertido billones de dólares en el diseño y la creación de tarjetas gráficas, centros de datos y modelos de inteligencia artificial en una carrera hacia una supuesta nueva revolución industrial a la escala de lo que supuso el Internet. Al mismo tiempo, la falta de inversiones realmente rentables ha llevado a líderes de la industria y las finanzas, como el director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, y la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, a reconocer que se ha formado una burbuja económica.

Este reconocimiento no ha provocado una ralentización de la inversión; de hecho, sigue acelerandose. La empresa de investigación empresarial Gartner estima que la inversión mundial en IA para 2025 será de 1,5 billones de dólares, frente a los 1 billón de dólares de 2024, y que seguirá aumentando en 2026. Ruchir Sharma, de The Financial Times, lo expresó muy bien: «Estados Unidos se ha convertido en una gran apuesta por la IA».

Entonces, ¿qué es una burbuja?

En palabras sencillas, es cuando algo se vende por más de lo que vale para la persona que lo compra. Una burbuja surge en cualquier momento en que se invierte mano de obra y capital en un sector económico especulativo muy por encima de su capacidad para integrarse de nuevo en el intercambio general de bienes en el que se basa el resto de la economía. Dado que el libre mercado se basa en la especulación y no en la planificación racional, los inversores son libres para adivinar lo que los consumidores pueden querer en el futuro y gastar el excedente de riqueza que han acumulado para crear su oferta para esta demanda imaginaria. Si la demanda no se materializa y el inversor se queda sin dinero o tiene que pagar deudas que no puede alcanzar, la burbuja «estalla» y los inversores se ven obligados a vender lo que poseen inmediatamente para pagar las deudas que han contraído, mientras que los trabajadores empleados en este sector se quedan sin trabajo.

Un ejemplo famoso de esto es la burbuja puntocom, en cual las empresas se endeudaron para construir infraestructura de Internet de fibra óptica y las empresas emergentes recaudaron fondos de inversión para gestionar sitios web antes de que hubiera suficientes personas dispuestas a utilizar Internet de forma regular a un ritmo que hiciera que esta inversión valiera la pena. Cuando estalló, las empresas de infraestructura de Internet y las empresas emergentes basadas en la web quebraron.

La existencia de una burbuja no tiene nada que ver con la cuestión de si una tecnología o un sector especulativo puedan ser útiles o puedan integrarse algún día en la economía en general. Surjen burbujas cuando hoy en día no es posible hacerlo de manera rentable. El caso de las puntocom lo deja muy claro, ya que Internet y los servicios de Internet constituyen ahora una de las únicas partes de la economía estadounidense que está aumentando sus beneficios año tras año.

La tesis de que la IA es una burbuja se basa en un argumento sencillo: ninguna empresa que haya invertido en herramientas de IA ha obtenido beneficios con estos servicios. Históricamente, Silicon Valley ha estado encantada de operar bajo este modelo, utilizando sus superbeneficios historicos para subvencionar nuevos servicios y productos vendidos con pérdidas hasta que conquistan el mercado y entonces comienzan a subir los precios. Estrategias como esta permitieron a Netflix, Uber y Airbnb hacerse con los mercados existentes en Estados Unidos. La diferencia entre la IA y estas empresas anteriores que han logrado obtener beneficios es la escala de la inversión. La inversión en IA es ahora del orden de billones de dólares, y los líderes de estas empresas reclaman muchisimo más.

Sam Altman incluso ha comenzado a plantear la idea de que el gobierno apoye la continuación de la construcción de la infraestructura de IA, mientras que inversores como Softbank se ven ahora obligados a vender todos sus otros activos para seguir comprometiéndose con la IA.

OpenAI en sí mismo tiene 1,4 billones de dólares en compromisos financieros que cumplir en los próximos ocho años. Si lo comparamos con sus ingresos estimados de 12 000 millones de dólares para 2025, que suponen menos del 7 % de sus compromisos financieros actuales en un año determinado, no hay motivos para creer que vayan a pagar sus deudas. Muchas otras empresas tienen balances igualmente extravagantes en lo que respecta a los costes frente a los ingresos generados por las inversiones en IA.

Dado que nos encontramos ante una burbuja, la pregunta es: ¿cómo estallará? Es difícil decir con certeza qué desencadenará la crisis, pero hay algunos puntos de riesgo evidentes que hay que tener en cuenta. El primero es Nvidia, el fabricante de chips cuyos diseños son la base material por la que la IA se valora tanto. El cuento que se cuenta a los inversores es que la IA va a transformar la economía mundial utilizando sus chips gráficas; por lo tanto, seguirán vendiendo más año tras año, y por lo tanto, invertir en ellas es invertir en el futuro de la revolución de la IA. Si consiguen seguir vendiendo más chips, esa historia suena bien a los inversores. Si en algún momento sale un bajón en las ventas debido a una desaceleración inesperada, se derrumba por completo.

Ya están apareciendo dos ejemplos que indican que el cuento que se cuenta sigue solo siendo cuento. Uno es el aumento de la cantidad de los chips que se esconden en los almacenes de Nvidia. MarketWatch informa de que el valor del inventario que se mantiene en Nvidia se ha duplicado desde el año pasado, lo que significa que, aunque Nvidia sigue aumentando sus ventas, también está produciendo chips en exceso, un signo clásico de la sobreestimación de la demanda. El otro es la financiación de proveedores de empresas como CoreWeave y OpenAI, que compran chips de Nvidia y, a cambio, reciben inversiones de Nvidia, lo que crea un flujo circular de capital que en realidad no se conecta con la economía en general.

La financiación de proveedores apunta al segundo riesgo de que estalle la burbuja, que son las empresas que están a la vanguardia de la construcción de la IA y que asumieron grandes deudas y obligaciones financieras para cumplir con ella. OpenAI es el caso más evidente, una empresa que nunca ha declarado beneficios, pero que ha conseguido miles de millones de dólares en capital y ha prometido más de un billón de dólares en financiación al resto de la industria tecnológica.

Aunque las empresas tecnológicas tienen interés por ahora en no llevar a OpenAI a la quiebra, ya que su popularidad está impulsando la valoración de sus acciones, basta con que una o dos empresas exijan su dinero para que se caiga el castillito de cerillas. Un caso menos conocido pero similar es el de CoreWeave, una empresa de centros de datos que asumió una enorme deuda financiera para construir centros de datos de IA utilizando GPU de Nvidia y que ahora se enfrenta a una crisis al no encontrar empresas a las que pueda alquilarlos. Tanto OpenAI como CoreWeave están siendo rescatadas por los superbeneficios de Nvidia, que está reinvirtiendo en estas empresas para sostenerlas, creando un uroboros de capital. Esto solo puede mantenerse mientras Nvidia sea capaz y esté dispuesta a alimentar a las empresas que aún no han convencido al resto de la economía de que son necesarias.

Por último, existe el techo eléctrico que se cierne sobre toda la construcción de centros de datos para dar soporte a la IA. Los centros de datos ya tenían altos costes energéticos, pero los centros de datos de IA consumen mucha más energía. Aunque Estados Unidos cuenta con capital y mano de obra suficientes para garantizar grandes cantidades de GPU y centros de datos de IA, ahora existen serias limitaciones en cuanto a la cantidad de energía disponible para construir los centros. Los modestos centros de IA de Nvidia en Santa Clara, en el centro de Silicon Valley, no pueden ponerse en marcha debido a la falta de capacidad energética;

Amazon está demandando actualmente a un proveedor de energía de Oregón por incumplir sus compromisos de satisfacer la demanda de energía, y las comunidades locales están empezando a votar en contra de la construcción de centros de datos de IA cerca de ellas debido al impacto que tendrán en sus facturas de electricidad. En respuesta, las empresas tecnológicas están tratando de invertir en energía nuclear y en sus propias fuentes de energía in situ, pero será demasiado poco y demasiado tarde.

La Administración de Información Energética estima que la construcción de una central nuclear lleva cinco años o más, y si se trata de un nuevo diseño, solo la aprobación del diseño puede llevar hasta cinco años. Las centrales eléctricas tardan varios años en ponerse en marcha y funcionar, y las obligaciones financieras de IA que necesitan cumplir empresas como OpenAI y CoreWeave se están produciendo ahora mismo. Esto ha llevado a que más centros de datos recurran a la generación de energía in situ, en lugar de conectarse a la red, lo que aumentará aún más los costes operativos.

Una crisis para usted, una oportunidad para las grandes tecnológicas

Los grandes riesgos financieros que esto conlleva plantean la pregunta: ¿como puede ser qué las empresas tecnológicas reconozcan que estan ante una burbuja y seguir inflandolo? La respuesta es que, para las grandes empresas tecnológicas, provocar una recesión puede tener resultados positivos. Las grandes tecnológicas tienen negocios rentables que la burbuja de la IA no amenaza, y acabar con las empresas tecnológicas más pequeñas que apuestan por la IA puede ser beneficioso. Por un lado, destruye la competencia de las empresas emergentes que buscan desbancar a los líderes consolidados del sector. Por otro lado, también aumentaría el desempleo entre los trabajadores tecnológicos, que siempre han tenido salarios altos en comparación con el trabajador medio en Estados Unidos. Un mayor desempleo permitiría a las empresas tecnológicas disciplinar aún más a los trabajadores del sector tecnológico y reducir sus salarios, aumentando así sus beneficios.

Por último, si el estallido de la burbuja se convierte en una amenaza existencial para los principales actores de la industria tecnológica, siempre pueden acudir a la Casa Blanca en busca de un rescate. La administración Trump ya lo ha hecho con Intel, repartiendo 5700 millones de dólares a cambio de una participación del 10 % en la empresa. En última instancia, aunque el estallido de la burbuja de la IA tendrá enormes consecuencias negativas para la clase trabajadora de Estados Unidos, así como para sectores de la clase media e incluso para los capitalistas, las grandes empresas tecnológicas perderán mucho menos que sus competidores emergentes. Incluso si acaban en apuros financieros, siempre pueden rescatarse a sí mismas con las arcas del Gobierno estadounidense aprovechando su línea directa con la Casa Blanca.

Para los trabajadores estadounidenses que no están directamente empleados en la industria de la IA o en uno de sus insumos clave, la recesión ya está aquí. El desempleo se encuentra en su máximo nivel en cuatro años, las tasas de ejecución hipotecaria han aumentado un 19 % con respecto al año pasado y las tasas de recuperación de automóviles están a la par con la Gran Recesión. La administración Trump está evitando las noticias sobre la recesión interfiriendo deliberadamente y retrasando indicadores económicos objetivos clave, como los informes mensuales BLS y CPI, que proporcionan a los bancos y a los inversores datos sobre el empleo y la inflación. El auge del mercado bursátil durante el primer año de Trump sirve de cobertura a la clase capitalista para afirmar que todo va bien, pero las sacudidas del mercado que se produjeron durante el “día de la liberación” en abril, así como las correcciones bursátiles anteriores, demuestran que esta narrativa puede derrumbarse en un solo día.

Una caída de la economía supondrá sin duda más sufrimiento para los trabajadores de Estados Unidos y del extranjero. Las amenazas de Trump a Venezuela son un anticipo de lo que vendrá cuando se derrumbe la industria de la inteligencia artificial. Una vez que el mercado se corrija y los capitalistas se den cuenta de que no pueden encontrar ningún lugar donde invertir en el país, se intensificará la búsqueda de nuevos mercados en el extranjero. El reciente documento de política exterior de Trump lo deja muy claro. El «corolario de Trump» a la Doctrina Monroe se aplicará en América Latina para disciplinar a los gobiernos de izquierda y forzar la inversión estadounidense en países que no pueden detener la intervención de Estados Unidos.

Por la nacionalización y el control obrero

Los trabajadores dentro y fuera de Estados Unidos necesitan un camino diferente. El gobierno podría simplemente confiscar las grandes instituciones tecnológicas existentes y nacionalizarlas bajo el control de los trabajadores. Los trabajadores de estas empresas formarían sindicatos para representarlos, además de comités elegidos democráticamente para gestionar los lugares de trabajo.

En el corto plazo, este curso arrebataría el control de la industria tecnológica a los grandes capitalistas, cuyo férreo control ha estado dictando no solo la dirección de la economía estadounidense, sino también de grandes segmentos de la economía mundial. A largo plazo, permitiría una planificación democrática y racional de la producción. Por ejemplo, la investigación y el desarrollo de la IA podrían limitarse a lo que los trabajadores consideren una cantidad razonable de dinero para invertir en su investigación, y las aplicaciones que se investiguen podrían determinarse también de forma democrática, dando prioridad a los usos que benefician a las personas, en lugar de ayudar a generar contenidos destinados a automatizar el trabajo de otros o a vigilar a las personas.

Hacer esto aceleraría en realidad el desarrollo de tecnologías de IA útiles, ya que evitaría la carrera por perseguir los sueños de ciencia ficción de una inteligencia artificial general que incluso los capitalistas admiten que no se hará realidad, a pesar de que invierten billones de dólares en la empresa.

La Gran Recesión de 2008 sigue viva en la memoria de la mayoría de los adultos; sus consecuencias han marcado a generaciones. Una generación de la clase trabajadora estadounidense vio cómo sus oportunidades laborales se evaporaban ante sus ojos, y otra perdió sus hogares mientras intentaba reunir los fondos necesarios para volver a comprar una vivienda en unos años. Las insignificantes reformas que surgieron de esa crisis fueron derogadas durante la primera administración Trump. Menos de veinte años después, la burbuja de la IA tiene el potencial de tener consecuencias mucho más graves, ya que amenaza todo el sistema económico estadounidense. Este patrón de especulación, colapso y recuperación va a repetirse mientras la economía se estructure en torno al beneficio de un grupo cada vez más reducido de titanes de la industria y las finanzas. Alejar las instituciones de las grandes tecnológicas de las élites que las poseen y dirigen es una necesidad no solo para los millones de personas que trabajan bajo su régimen, sino también para el bien de los trabajadores de Estados Unidos y de todo el mundo.

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