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La luna de miel de Trump y el sector de la tecnología

Por HERMAN MORRIS

La presidencia de Trump comenzó con el mayor apoyo político explícito jamás otorgado a un partido y a un presidente por parte de los capitalistas tecnológicos. Mientras que los presidentes anteriores cortejaban el apoyo de la industria tecnológica, el segundo mandato de Trump ha recibido donaciones políticas explícitas a su fondo de investidura, participación personal en la campaña electoral y una ya infame foto de grupo en la que aparecen la mayoría de los nombres más importantes de la industria tecnológica como invitados de honor a su investidura. Sin duda, los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas esperaban obtener algo a cambio de esta descarada muestra de lealtad.

A través del poder ejecutivo, estas victorias han sido evidentes: Trump rechazó al ala nativista de su partido para proteger el programa H1-B (una importante fuente de mano de obra barata para los industriales tecnológicos), derogó el decreto ejecutivo de Biden para regular la industria de la inteligencia artificial y comenzó a formar una reserva estratégica de criptomonedas.

Más allá de las órdenes ejecutivas, el mayor regalo de Trump a la industria tecnológica fue colocar a Elon Musk al frente de DOGE y permitirle llevar a cabo un ataque masivo contra los trabajadores federales, que incluyó despidos, recortes presupuestarios y la ruptura de los contratos sindicales. Después de que las medidas quedaran bloqueadas en los tribunales durante algún tiempo, la Suprema Corte ha dado luz verde a Trump para continuar con los despidos de los trabajadores federales. Aunque llevará algún tiempo evaluar completamente cuántos puestos de trabajo fueron eliminados por Trump, The New York Times estima que, hasta ahora, se han eliminado más de 130,000 puestos de trabajo y hay más de 140,000 recortes adicionales previstos.

Aunque el programa DOGE no logró su objetivo de eliminar un billón de dólares del presupuesto público, sí consiguió muchas victorias estratégicas para Trump y la extrema derecha, al otorgar al poder ejecutivo la facultad de redefinir y destruir unilateralmente secciones del gobierno a su antojo, y de despedir a más de cien mil trabajadores, lo que ha reducido el valor de la mano de obra en todo Estados Unidos al hacer disparar el desempleo.

Fuera del espectaculo de sus acciones sin precedentes, también ha continuado la adjudicación de contratos de defensa y aeroespaciales a las empresas tecnológicas. Desde hace años, las empresas tecnológicas participan cada vez más en contratos gubernamentales tanto a nivel nacional como internacional. Entre ellos se encuentran JEDI (un contrato militar en la nube con Estados Unidos y Microsoft), NIMBUS (un contrato en la nube con el ejercito de Israel y Google/Amazon) y el proyecto Maven (un contrato de vigilancia con IA entre el Pentágono y Palantir). Trump ha continuado con esta tendencia: más de 600 millones de dólares en contratos a Anduril (una empresa de armas autónomas y software), 200 millones de dólares a Google, OpenAI y xAI para servicios de IA, 795 millones de dólares adicionales a Palantir para continuar el trabajo de Maven y miles de millones en contratos para la exploración espacial a SpaceX. Más allá de esto, los datos del gobierno federal se han puesto a disposición de las empresas de IA para que los examinen y accedan a ellos, incluidas OpenAI, xAI y Palantir. Estas nuevas fuentes de datos para el entrenamiento de la IA son importantes en la actual etapa de carrera por el desarrollo de herramientas, ya que el internet se está agotando rápidamente como fuente de información para los datos de IA.

Tanto dinero para tan poco camino

Estas concesiones a la industria tecnológica son importantes no solo para las empresas tecnológicas, sino también para el dominio continuado de la economía estadounidense tal y como está construida actualmente. Aunque la mayoría de las grandes empresas tecnológicas recuperaron sus elevados beneficios tras la caída provocada por la burbuja del Covid, la valoración de sus acciones se basa en el argumento general que esgrimen ante los inversionistas de que seguirán aumentando sus beneficios abriendo nuevos mercados y arraigándose más profundamente en la economía estadounidense. Estas promesas especulativas son fundamentales para que las empresas sigan teniendo el mismo valor. En el caso de Tesla, con sus recientes fracasos con el Cybertruck y la caída de las ventas, esta dinámica queda al descubierto y podemos ver una caída de casi el 50 % en el valor de la empresa en un periodo tan corto como unos pocos meses.

Dado que los mercados de las criptomonedas y la IA aún no han demostrado una rentabilidad constante en sus propios términos, las empresas tecnológicas se ven cada vez más obligadas a recurrir al Estado para que desregule y proporcione más financiación y recursos públicos para sostener las pérdidas que incurren al especular en nuevos mercados. Además, ahora han avanzado con los despidos regulares de trabajadores, incluso en períodos rentables, ya que los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas se ven obligados a reducir la plantilla de sus divisiones más antiguas para justificar los cientos de miles de millones de dólares que están invirtiendo en IA sin esperanza de rentabilidad. A corto plazo, esta estrategia ha dado buenos resultados a las grandes empresas tecnológicas (con la excepción de Tesla), cuyos beneficios se mantienen en un nivel que les satisface mientras siguen invirtiendo en especulación en IA.

A largo plazo, esta estrategia fracasará si la IA no demuestra su potencial de rentabilidad. Desde el punto de vista financiero, la competencia entre las grandes empresas tecnológicas en negocios tradicionales que carecen de monopolio (servicios en la nube, teléfonos inteligentes, publicidad) hará bajar los beneficios, y los despidos solo podrán continuar durante un tiempo antes de que sus operaciones comerciales centrales comiencen a verse afectadas. Y lo que es más importante, hay un costo político por seguir sosteniendo un sistema que desvía una cantidad cada vez mayor de riqueza social hacia un grupo cada vez más reducido de líderes empresariales, mientras que las migajas de los trabajos bien remunerados comienzan a agotarse para los trabajadores tecnológicos, que se enfrentan a una tasa de desempleo superior al 6 % al salir de la universidad, un 2 % más que el promedio nacional.

¿Una ruptura? No es tan simple.

El último proyecto de ley presupuestaria parece haber supuesto una ruptura importante entre el Partido Republicano y los líderes tecnológicos. Trump ha mantenido una disputa muy pública con Musk sobre el proyecto de ley presupuestaria para 2025, en particular en torno al fin de los créditos fiscales para los vehículos eléctricos, de los que depende Tesla, al aumento gigante de la deuda nacional, y ahora a la histórica enmienda sobre la IA para impedir cualquier regulación estatal sobre las herramientas de IA, que ha sido retirada del presupuesto de Trump tras la ruptura con la representante republicana Marjorie Taylor Greene y una votación de 99 a 1 en el Senado para eliminarla. Esto fue una sorpresa para quienes seguían el proceso presupuestario del Partido Republicano, ya que el segundo mandato de Trump hasta este proyecto de ley había sido en gran medida una colaboración con los grandes propietarios de la tecnología. Las acciones de los legisladores republicanos demuestran que incluso dentro del Partido Republicano siguen existiendo divisiones sobre la postura que se debe adoptar hacia la industria tecnológica, así como la ansiedad que sienten otros estratos de la clase capitalista y la clase media de Estados Unidos ante el continuo dominio de la industria tecnológica.

También cabe destacar el impacto que tendrán los aranceles sobre los insumos materiales necesarios para llevar a cabo la expansión de capital propuesta actualmente por la industria tecnológica. Los continuos intentos de Trump de recaudar fondos estatales mediante la imposición de aranceles a las importaciones podrían provocar una inflación masiva de los costos derivados de la construcción de nuevos centros de datos y hardware, tanto a través de aranceles sobre los chips avanzados como sobre los materiales de construcción. Aunque los aranceles sobre los semiconductores se han suspendido en el pasado, la situación cambia casi a diario y puede contribuir a impulsar la inflación de los costos de los ya enormes gastos de capital que están asumiendo las empresas tecnológicas para construir su infraestructura de IA.

Aunque estas divisiones son notables, la propia Casa Blanca de Trump sigue firmemente arraigada en el capital tecnológico, aunque en ocasiones no consiga todo lo que quiere. El vicepresidente sigue siendo un antiguo inversor de capital riesgo en el sector tecnológico con vínculos directos con Peter Thiel, y Trump está empezando a eludir al Congreso mediante órdenes ejecutivas que prohíben cualquier influencia de la DEI en el desarrollo de la IA, tratando implícitamente de adelantarse a cualquier regulación de las herramientas de IA basada en la discriminación.

Aunque no se puede negar la enemistad entre Trump y Musk, un presidente de los Estados Unidos siempre tendrá las puertas abiertas para uno de los hombres más ricos del mundo, que además controla una gran parte de la producción industrial y la manufactura. Incluso si esta enemistad durara, en el pasado, cuando Trump se ha enfrentado a un capitalista tecnológico que le choco mal, no ha tenido reparos en trabajar con otro director ejecutivo, lo que ha seguido beneficiando al sector. Este fue el caso de la controversia por el contrato JEDI en el primer mandato, cuando Trump supuestamente intervino para adjudicar un contrato a Microsoft en lugar de a Amazon debido a su enemistad con Jeff Bezos. Trump también afianzó aún más el mercado de las criptomonedas en las finanzas tradicionales mediante la firma de la ley GENIUS, que sentó las bases para que las monedas estables se negociaran como activos financieros tradicionales, pero sin la misma regulación.

A medida que la desigualdad sigue aumentando en Estados Unidos y la industria tecnológica continúa intentando hacerse con el control de la economía, es de esperar que los dos partidos capitalistas del país cuenten con más miembros que se opongan a los capitalistas tecnológicos. Sin embargo, los trabajadores deben comprender que tanto los demócratas como los republicanos no tienen ningún interés en redistribuir las ganancias corruptas de la industria tecnológica entre sus trabajadores, ni los recursos que explotó ni los datos que se robó de las personas que utilizaron sus servicios. A lo sumo, estos políticos quieren ver medidas antimonopolio que garanticen que las ganancias lleguen a unos pocos intermediarios más.

En última instancia, solo se puede confiar en que los trabajadores tengan en cuenta sus propios intereses de clase. A través de instituciones y tácticas de la clase trabajadora, como sindicatos, consejos laborales, movilizaciones masivas y huelgas, los trabajadores pueden organizarse contra esta coalición de líderes de las grandes empresas. Algunos elementos de esto se pueden ver en las protestas Sin Reyes, así como en las protestas Tesla Takedown y las movilizaciones para proteger a los inmigrantes. Sin embargo, los trabajadores tecnológicos, ya sea en la fábrica o en la oficina, están en gran medida desorganizados, incluso en comparación con los niveles ya pésimos de la sindicalización de los Estados Unidos.

Para que la industria tecnológica y su cómoda relación con el poder del Estado estadounidense se vean realmente desafiadas, los trabajadores de estas empresas deben entrar en el movimiento sindical, ya que el poder de huelga que ejercen en empresas como Amazon, Tesla o Google tiene el potencial de perjudicar a estas empresas, además de paralizar sectores potencialmente masivos de la economía estadounidense, que depende cada vez más del software y los servicios de entrega proporcionados por las grandes empresas tecnológicas.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas y la extrema derecha parecen poderosos ahora, con el enorme poder de sus empresas y el respaldo del Estado estadounidense, pero ese poder solo es posible gracias al trabajo de los montadores de fábrica, los repartidores, los programadores y otros trabajadores del sector tecnológico. La mayoría de estas personas solo verán una migaja de los beneficios que actualmente obtiene la industria tecnológica, y el empeoramiento de sus condiciones laborales les da un interés material en querer enfrentarse a estas empresas y a las formas en que explotan tanto a los trabajadores como a la sociedad en general. Solo poniendo a estas personas en contacto con el movimiento obrero histórico y movilizándolas contra el ataque que la tecnología está lanzando contra los trabajadores de todo el mundo se podrá construir la base real de una lucha contra el dominio de la tecnología.

Además, la enorme concentración del control económico en la producción, el mantenimiento y la investigación tecnológicos apunta a la necesidad de la nacionalización y el control obrero de la industria tecnológica. Las decisiones que se toman en las altas esferas de las grandes empresas tecnológicas afectan a los medios de vida y las condiciones laborales de millones de personas, y estas decisiones se toman para aumentar los beneficios de un grupo cada vez más reducido de ejecutivos e inversionistas.

La columna vertebral de las comunicaciones por Internet, la producción tecnológica y la investigación no debe dejarse en manos de una burocracia no elegida y que no rinde cuentas, formada por los líderes de la industria. En cambio, el control debe estar en manos de los trabajadores que operan y utilizan estas herramientas cada día. Cuestiones como cuánto invertir en el desarrollo de la IA, dónde debe implementarse y qué tipo de herramientas de seguridad deben incorporarse solo pueden resolverse de forma racional entre los trabajadores que gestionan las consecuencias negativas que las nuevas tecnologías pueden acarrear cuando se implementan en el lugar de trabajo o en su comunidad. Debido a este interés material de los trabajadores, el control obrero de la industria es la única salida politica que puede hacer realidad el poder emancipador que proponen la ciencia y la tecnología.

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