
Por CARLOS SAPIR
El 21 de mayo, dos empleados de la embajada israelí en Washington D. C. fueron asesinados a tiros cuando salían de un evento profesional proisraelí organizado por el Comité Judío Americano. El sospechoso, Elias Rodríguez, de Chicago, fue detenido en el lugar de los hechos. Menos de una semana después, las autoridades estadounidenses anunciaron que habían detenido a un ciudadano estadounidense, Joseph Neumayer, que presuntamente había planeado lanzar un incender la embajada de Estados Unidos en Tel Aviv.
¿Cómo entendemos estos incidentes y cuál es el camino a seguir para el movimiento de solidaridad con Palestina en estas circunstancias?
Conclusiones precipitadas
La administración Trump no tardó en denunciar el tiroteo de Washington como terrorismo antisemita. Esta afirmación fue repetida por los grandes medios de comunicación, como The New York Times. Los halcones sionistas pidieron la represión de las manifestaciones a favor de Palestina. Al mismo tiempo, culparon al Partido por el Socialismo y la Liberación (PSL) y a la coalición ANSWER, organizaciones de izquierda con las que, según las noticias, el sospechoso tuvo un breve contacto hace varios años.
El impacto inmediato de los asesinatos es claro: da pretexto para aumentar las medidas represivas contra los activistas solidarios con Palestina. No importa que no haya ningún indicio de que el ataque estuviera motivado por el odio hacia los judíos, sino por la indignación claramente expresada contra las horribles masacres cometidas por el Estado israelí, o que la muerte de dos empleados del Gobierno israelí sea una gota en el mar comparado con las decenas de miles de palestinos ya asesinados por el implacable asedio de Israel a Gaza y Cisjordania y sus campañas de bombardeos indiscriminados en el Líbano, Siria y Yemen.
El PSL y ANSWER, que han organizado innumerables acciones de solidaridad con Palestina, incluidas repetidas marchas en Washington, ahora tienen que hacer frente a acusaciones de incitación o incluso de cometer terrorismo, lo que podría obstaculizar sus esfuerzos de organización.
El periodista independiente Ken Klippenstein, que publicó el manifiesto del presunto tirador, ha sido objeto de intimidación directa por parte del FBI, y es probable que cualquier otra persona o grupo con un perfil público vinculado al sospechoso se enfrente a una presión similar o mayor por parte de las autoridades federales.
Los ataques contra las embajadas de Israel y Estados Unidos aceleran un proceso ya existente de la demonización y la criminalización del discurso y la actividad política pro palestina. Estos son los impactos inmediatos negativos que ya se han producido. Entonces, ¿qué queda de la dirección política trazada por estos justicieros?
Leer el manifiesto
El supuesto manifiesto del tirador es un documento breve. Identifica con lucidez su motivación como una respuesta a la violencia estatal cometida por Israel con el apoyo directo de Estados Unidos. Señala que esta violencia existe desde hace décadas, pero que la conciencia del público estadounidense sobre su alcance y su naturaleza inconcebible solo ha cambiado recientemente. Sin embargo, a pesar de señalar que hay un patrón de impunidad entre los carniceros de Gaza y quienes llevaron a cabo actos de violencia similares durante la guerra de Vietnam o en el genocidio del pueblo maya en Guatemala, no dice nada sobre el marco político que ha sido cómplice de estos crímenes. Los términos «imperialismo» e «imperio» no aparecen en el manifiesto, ni tampoco «capitalismo».
El manifiesto compara a su autor con el que intento a asesinar a Robert McNamara en 1972 en un barco frente a la costa de Martha’s Vineyard, varios años después de que McNamara dimitiera de su cargo de secretario de Defensa y carnicero de Vietnam. El valor de esta acción, según tanto el agresor de 1972 como el tirador de 2025, era simplemente mostrarle a McNamara que «su historia no era tan bonita, ¿verdad?», cuando se vio acorralado cara a cara. Tras sobrevivir al encuentro, McNamara pasó los nueve años siguientes continuando con su apoyo al imperialismo en su puesto de presidente del Grupo del Banco Mundial, seguido por una vida cómoda y lujosa como miembro del consejo de administración de varias instituciones estadounidenses de renombre, antes de morir pacíficamente en su casa en 2009.
El manifiesto del tirador teoriza además que su acción es una «demostración armada», un paso más allá de la «demostración pacífica», que supuestamente ha fracasado. Considera que la intención de las protestas masivas es simplemente una forma de manifestar a la opinión pública ante los políticos, de quienes se espera que actúen en consecuencia, en lugar de una forma de reunir fuerzas entre la clase trabajadora para movilizar su poder económico contra la maquinaria bélica.
Se hace eco de la retórica del Weather Underground en su insistencia en que es necesario «traer la guerra a casa» y «escalar», mientras que el único objetivo del Estado es impedir que esto suceda y convencer al público de que no es una estrategia eficaz. Lamentablemente, se trata de un malentendido fatal sobre los objetivos del Estado capitalista, los métodos que ha empleado durante décadas en su actividad «antiterrorista» y las estrategias que realmente ayudan a construir poder en contra del Estado.
El «contraterrorismo» y la guerra traída a casa
Cabe señalar que los atentados con bombas perpetrados por Weather Underground no desempeñaron un papel decisivo en el fin de la guerra de Vietnam. Tampoco lograron victorias significativas contra el imperialismo las tácticas similares adoptadas por los grupos de «guerrilla urbana» afines en Europa , a pesar de las interminables rondas de «escalada» de grupos que se volvieron cada vez más aislados. Además, la evidencia histórica sugiere que las fuerzas del Estado se encuentran en una posición mucho más sólida cuando los disidentes recurren a tácticas terroristas y, de hecho, han dedicado importantes recursos a empujar a individuos y grupos de izquierda y musulmanes hacia confrontaciones más violentas con el Estado con el fin de mejor aislarlos y reprimirlos.
Ahora sabemos que durante la Guerra Fría, las fuerzas estatales de Estados Unidos y Gran Bretaña adoptaron una «estrategia de tensión» en Italia, formando células terroristas neofascistas y fomentando clandestinamente el terrorismo de células de izquierda con el fin de desacreditar al Partido Comunista Italiano y al Partido Socialista Italiano e impedir su entrada en el gobierno. Aunque también hubo izquierdistas sinceros que defendieron las acciones armadas durante este periodo, es significativo que las fuerzas del imperialismo no consideraban el terrorismo de izquierda como una amenaza, sino como una oportunidad. El resultado se recuerda hoy como los «años de plomo» («Anni di Piombo», desde finales de la década de 1960 hasta principios de la de 1980) en Italia, que experimentó una contracción de la organización política popular y un debilitamiento general de la izquierda.
Mientras tanto, en Estados Unidos, fueron informantes del FBI como Richard Aoki quienes animaron al Partido Pantera Negra a adoptar una postura de confrontación armada con la policía, lo que finalmente condujo a la detención de sus líderes y a la destrucción de la organización.
Aunque los archivos del FBI y la CIA del siglo XXI aún no se han revelado, es evidente que el FBI adoptó una estrategia similar como parte de la llamada «guerra contra el terrorismo». Los registros parciales ya obtenidos por investigadores y activistas sugieren que las agencias estatales han llevado a cabo una campaña de infiltración y trampas contra posibles radicales, dirigiéndolos hacia complots terroristas mal planificados que terminan con la detención de los perpetradores engañados.
Por el momento no ha aparecido ninguna prueba que demuestre la participación del gobierno en los recientes atentados. Sin embargo, hay que reconocer que el aparato estatal ve la violencia disidente como una oportunidad de la que sacar provecho. Las circunstancias de los atentados, por su parte, subrayan aún más que no se planificó ni siquiera las consecuencias inmediatas y obvias de los actos.
Los informes de los medios de comunicación sugieren que el sospechoso del tiroteo en Washington D. C. se entregó voluntariamente tras el tiroteo y pidió que llamara a la policía al personal del cercano Museo Judío. En Tel Aviv, el presunto autor del atentado con bomba inexplicablemente decidio escupirle a un guardia de la embajada antes de huir a toda velocidad, dejando atrás una mochila llena de cócteles Molotov —aparentemente la única prueba en ese momento que lo vinculaba con alguna actividad delictiva más grave— antes de regresar a su hotel, donde fue detenido poco después por la policía israelí. Este comportamiento errático no sugiere que estas personas tuvierán un plan y una estrategia claros, sino más bien que, ante el inmenso sufrimiento infligido por las fuerzas israelíes contra Palestina, con el apoyo de Estados Unidos, cayeron presa de la idea de cometer delitos graves sin pensar mucho en lo que sucedería después (o, en el caso de Tel Aviv, incluso antes).
Escalera adelante, salida a la izquierda
Ante un gobierno que habla abiertamente de su deseo de desplegar el ejército para sofocar movilizaciones populares, que de hecho afirma que el país ya está sufriendo una «invasión» de inmigrantes y que, por lo tanto, justifica el uso de leyes de guerra y la supresión de todas las libertades civiles, debería quedar muy claro que el Estado no desea nada más que «traer la guerra a casa» y utilizar dicha «guerra» como excusa para una represión cada vez más dura. Si bien es cierto que las consecuencias de la guerra han dado lugar en varias ocasiones a revoluciones exitosas, estas transformaciones no se produjeron gracias a un puñado de terroristas que «trajeron la guerra a casa» bombardeando la infraestructura o tiroteando el personal del gobierno: Ya sea en la Revolución Rusa, la Revolución de los Claveles en Portugal, la derrota de la dictadura argentina en 1983 o en cualquier otro lugar, no vemos las acciones de unos pocos incendiarios y asesinos, sino el papel de las movilizaciones masivas de una amplia población descontenta con la guerra, la ocupación y sus resultados.
El impulso de «escalar» es comprensible ante un genocidio y la intransigencia del gobierno estadounidense a pesar de la indignación popular. Después de haber marchado y llamado a tu congresista sin resultado, ¿qué más queda por hacer? El error en la lógica de siempre escalar es ver la resistencia como una tarea fundamentalmente individualista: «Yo» marché y «yo» llamé a mi congresista y no pasó nada; por lo tanto, «yo» ahora debo tomar las armas porque es la única manera en cual «yo» pudiera decidir quién vive y quién muere. Incluso si ese «yo» se sustituyera por un grupo de unas pocas docenas, o incluso cientos, de activistas dedicados, estaría muy lejos de las masas que pueden y deben movilizarse para lograr un cambio político. No se comprende que el trabajo político para las luchas populares es una cuestión de la movilización masiva y la acción colectiva: las marchas de los últimos años han sido movilizaciones grandes e impresionantes que apenas han comenzado la tarea de poner a la gente en moción.
Llevamos el legado de luchas exitosas que se libraron y ganaron en parte porque reconocieron que el terrorismo individualista y los asesinatos son un callejón sin salida. No podemos permitirnos mirar a una multitud de 10 000 o incluso 100 000 personas y decir: «Este es el número de personas que están dispuestas a defender Palestina». Estas manifestaciones no son más que un trampolín hacia movilizaciones de millones de personas, que incluyen todo el peso de los sindicatos, así como de los trabajadores aún no organizados que llevan estas cuestiones políticas a sus lugares de trabajo y, al hacerlo, ejercen un poder político real, y no solo el cañón de un arma.
Dibujo: El presunto autor de los disparos, Elías Rodríguez (sentado a la izquierda), en su comparecencia ante el tribunal. (Reuters)