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El capitalismo verde no nos salvará; necesitamos un ecosocialismo

Por CARLOS SAPIR

El cambio climático no es nada nuevo. Desde hace décadas, la comunidad científica unánimemente ha encendido la alarma sobre la producción descontrolada de gases de efecto invernadero por parte de la humanidad. Se han organizado innumerables convenciones internacionales, y las Naciones Unidas ha convocado una conferencia sobre el tema casi cada año desde 1995, incluyendo la firma de varios tratados supuestamente emblemáticos.

Hoy en día, cualquier persona menor de 30 años ha vivido toda su vida sabiendo que una catástrofe medioambiental oscurece su futuro. En la última década, las predicciones de un tiempo apocalíptico han dado paso a catástrofes reales y continuas que están claramente relacionadas con el cambio climático. Las olas de calor matan a miles de personas cada año en las regiones de mayor riesgo, como Pakistán, e incluso quienes viven en regiones relativamente seguras se enfrentan a los efectos de la contaminación atmosférica generalizada provocada por los incendios. Y sin embargo, a pesar de esta crisis mundial que se agrava y se reconoce abiertamente, no estamos más cerca de detener, y mucho menos de revertir, los daños del cambio climático, ya que el mundo sigue a punto de sobrepasar el ya catastrófico umbral de 2 °C de aumento medio de las temperaturas en todo el mundo.

El fracaso de la mitigación del cambio climático hasta ahora no ha sido un fracaso de la ciencia o de la tecnología, ni siquiera un fracaso a la hora de anticipar los efectos del cambio climático. Más bien, la ausencia de respuestas eficaces al cambio climático ha sido un fracaso político del capitalismo y sus instituciones. El dogma económico capitalista de dejarlo todo a los caprichos del mercado pone toda la potestad sobre la política medioambiental en manos de los ultrarricos, que solo buscan soluciones individualistas que no hacen nada por detener la crisis, sino que se limitan a salvarse a sí mismos en mansiones contraclimas mientras dejan que el resto del mundo sufra las consecuencias.

Las instituciones internacionales como las Naciones Unidas, que en teoría deberían liderar la lucha contra el cambio climático, son impotentes para intervenir, obstaculizadas por las prioridades del gobierno de los Estados Unidos, entre otros estados imperialistas que se benefician de la situación actual y que controlan efectivamente la capacidad de la ONU para imponer políticas decisivas. Mientras tanto, los esfuerzos para vincular los esfuerzos ambientales al mercado, como las compensaciones de carbono, están condenados al fracaso, ya que cualquier cambio en la situación económica que afecte a la rentabilidad de la producción de combustibles fósiles, ya sea una crisis internacional como la invasión rusa de Ucrania o simplemente la continua “mejoración” de las tecnologías de extracción y refinamiento que hacen que los combustibles sean más baratos (pero no más limpios) de producir, tiene la capacidad de descarrilar por completo los impactos de la política basada en el mercado. En lugar de reducir y, con el tiempo, acabar con la dependencia de la sociedad de los combustibles fósiles, el capitalismo ha creado un sistema de indulgencias de carbono, mediante el cual las empresas pueden limpiar sus conciencias (y lavar su imagen pública) haciendo contribuciones simbólicas al desarrollo sostenible, mientras que la producción y el consumo de combustibles fósiles continúan sin inhibiciones.

Necesitamos una reorganización drástica de la economía a escala mundial para frenar, ni siqueira reparar, los efectos del cambio climático. La actual clase capitalista dominante ya ha demostrado su falta de voluntad y su incapacidad de poder afrontar este problema. Vencer al cambio climático exige la transformación hacia una economía democrática que responda realmente a las necesidades de la clase trabajadora a escala mundial. La promesa capitalista de un crecimiento sin fin que beneficie a todos está muerta; el crecimiento constante que exige el capitalismo sólo puede acabar quemando la Tierra. Necesitamos una rápida transición a fuentes de energía sostenibles y no contaminantes, y hacerlo sin sacrificar las condiciones de vida de los trabajadores que actualmente están empleados en la industria de los combustibles fósiles, proporcionándoles generosas pensiones y la oportunidad de transferirse a nuevas industrias. Se trata de una necesidad moral básica, totalmente imposible dentro del sistema económico capitalista. Requiere el socialismo.

El cambio al socialismo significa algo más que exigir que los gobiernos (o los capitalistas individuales) respondan a la crisis: el núcleo de esta crisis es que los intereses de estos gobiernos y capitalistas son totalmente opuestos a la política económica sostenible que la mayoría del mundo necesita tan desesperadamente. Ganar una nueva política climática, por lo tanto, requiere un cambio fundamental en el equilibrio de poder económico; requiere que los trabajadores se organicen y tomen el cargo en sus propias manos, que organicen manifestaciones masivas para poner a nuestra clase en movimiento, y luego tomen las fábricas y la infraestructura energética mientras organizan huelgas generales en las ciudades. Tenemos que construir sindicatos combativos preparados para la huelga, así como un partido obrero revolucionario para unir estas batallas y construir una dirección democrática comprometida a desafiar a los capitalistas.

Debemos rechazar las órdenes de los capitalistas de quemar el mundo como combustible y, en su lugar, dirigir nuestras herramientas hacia un futuro nuevo y sostenible. Se trata, además, de una lucha por el destino del mundo entero, que solo se liberara a escala internacional.

Esto no ocurrirá de la noche a la mañana, sino que requiere el duro trabajo de construir movimientos de masas con demandas políticas claras. Necesitamos construir acciones de masas que puedan atraer a capas cada vez mayores de personas a esta lucha: El próximo 17 de septiembre, la Marcha para Acabar con los Combustibles Fósiles, en Nueva York, será una oportunidad de este tipo que todos deberíamos apoyar.

Luchar por el cambio político es una empresa enorme y difícil. Sin embargo, es la única solución que nos queda ante la incapacidad del capitalismo de mover un dedo para salvar nuestro planeta. Tenemos un mundo que ganar y nada que perder, salvo nuestras cadenas.

Foto: Shutterstock

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