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Una historia violenta

Por Brian Crawford
Traducción al castellano por Carlos Jara y Una Tolca.
Los manifestantes que se han volcado a las calles para protestar el asesinato de afroamericanos han tenido que hacer frente a una fuerza paramilitar armada hasta los dientes. La policía se ha lanzado en contra de manifestantes, periodistas y hasta espectadores con aerosoles de pimienta, balas de goma, gas lacrimógeno, bastonazos y murallas de escudos. El mundo entero ha podido ver estos ataques en vivo por televisión.
Antes del asesinato de George Floyd, el debate convencional sobre la violencia policial se centraba en la defensa de la policía como institución, representando a los actos de brutalidad policial como si fuesen casos aislados. La verdad es muy otra – la violencia policial, incluso los ataques letales, no son casos aislados, ni tampoco representan fallas de entrenamiento o en las políticas de cada comisaría. La policía utiliza la amenaza y la realidad de la violencia para mantener el “orden” en la sociedad. No es una fuerza benévola en las comunidades. Más bien, históricamente, esta institución ha tenido una función muy clara en la sociedad de clases: ser un instrumento del poder del estado y de los intereses del capital en contra de la clase trabajadora.
A lo largo de la historia de las fuerzas policial en Estados Unidos, la evidencia demuestra abrumadoramente que para mantener a la gente en su lugar, la producción capitalista depende tanto de la amenaza de violencia como de su realidad. El andamiaje legal le otorga legitimidad a estos usos de la violencia. Un cuerpo policial que tiene como obligación el hacer cumplir las leyes locales y constitucionales puede al mismo tiempo violar los derechos constitucionales de un individuo con impunidad, protegido como está de tener que rendir cuentas al público. Las comunidades de trabajadores y minorías son las más controladas, y las más expuestas a la violencia policial, especialmente cuando participan en acciones de masas tales como protestas o huelgas.
Para aumentar el presupuesto y reclutamiento de la policía se alude al auge de las tasas de criminalidad. Pero como dice el estudioso legal Sidney Harring, “la imposición de un sistema económico y de clase caótico y desordenado crea problemas graves en el sistema social, a los cuales la burguesía responde con nuevas instituciones sociales. Al brindarle un servicio de valor para todas las clases de la sociedad, en los hechos lo que estas instituciones hacen es ayudar a legitimar el nuevo orden social.”1 Desde los inicios de la vigilancia policial moderna hasta la actualidad, el rol de la policía siempre ha sido la protección de la propiedad privada.
El capitalismo exige que, como condición para su subsistencia, una clase le venda su trabajo a la burguesía a cambio de un salario. Los que no pueden o quieren someterse a estos términos mueren de hambre o buscan otros modos de supervivencia en los márgenes de la sociedad. Como decía Federico Engels, “El desarrollo de la industria capitalista creó las condiciones de pobreza y miseria que padecen los de la clase obrera. El pago en efectivo se convirtió más y más… en el único nexo entre los seres humanos.”2
A principios del siglo XIX en Estados Unidos, los trabajadores padecían largas horas y malas condiciones de trabajo. Los salarios no llegaban a cubrir las necesidades básicas. La vivienda era de mala calidad y hacinada. Tanto los obreros cualificados como los no cualificados estaban unidos en su descontento. “Los salarios bajos, las largas horas, y la irregularidad en el empleo llevaban al borde de la miseria” a las masas trabajadoras.3 Los obreros no cualificados salían en huelgas que se enfocaban sobre los salarios y las horas, ya que la jornada laboral duraba de 12 a 14 horas y la mayoría de los trabajadores recibía apenas 12 dólares a la semana.
Ya para la década de 1820, la demanda por la jornada laboral de 10 horas dio origen a las primeras organizaciones obreras a nivel de cada ciudad – la Philadelphia Mechanics Union of Trade Association (Asociación de Sindicatos Mecánicos de Oficio de Filadelfia) y la New England Association of Farmers and Mechanics and other Workingmen (Asociación de Granjeros, Mecánicos y otros Trabajadores de Nueva Inglaterra). Un dirigente sindical de Nueva Inglaterra polemizaba que los trabajadores habían perdido sus derechos ante “la riqueza monopolizada”.2
El desarrollo de los departamentos de policía o comisarías coincidió tanto con los adelantos en la industria, que requería mano de obra, como con el aumento de la población urbana, que la proveía. La creciente explotación llevó a mayores niveles de organización en cada lugar de trabajo. A su vez, esto llevó al surgimiento de organizaciones de la clase trabajadora para exigir mejoras laborales dentro de cada empresa, con lo cual se intensificó el conflicto de clases. En todas las industrias, los empresarios buscaban mantener bajos los costos de producción, generalmente a través de la reducción de los salarios. Los trabajadores respondían con  huelgas que representaban no sólo sus demandas inmediatas a nivel empresarial, sino también los intereses de toda su clase. Esta floreciente conciencia de clase queda manifiesta durante la auge huelguístico de fines del siglo XIX en las ciudades industriales de Buffalo (estado de Nueva York), Chicago y Pittsburgh., donde la población en general brindó se solidarizó con los huelguistas.
Para hacerle frente a este reto, la vigilancia policial necesitaba dejar atrás el viejo sistema de las guardias nocturnas, que ya no era adecuado ni para las áreas urbanas en expansión ni para las necesidades de la clase dominante. En la portuaria ciudad de Boston, la fuerza policial pública, fundada en 1838, estaba a disposición del transporte marítimo comercial, con lo cual se socializaba el costo de la vigilancia y represión con el argumento de que era un bien público. Nueva York hizo lo propio en 1845, con su departamento de policía. Los oficiales eran nombrados políticamente y controlados por los partidos políticos o, en las grandes ciudades, por las maquinarias electorales. Este sistema se difundió por todo el país. La influencia obrera siempre fue limitada cuando de vigilancia policial se trata.
El desarrollo capitalista trajo consigo la desigualdad, lo cual motivó a los trabajadores a organizarse a una escala más amplia. Las huelgas se multiplicaron entre fines del siglo XIX y principios del XX, y la industria se enfrentó a una masa trabajadora rebelde. Así, los departamentos de policía surgieron como arma que el estado podía movilizar, a favor del capital, en cada conflicto de clase. Según Gary Potter, un estudioso del crimen y el castigo, “a los intereses económicos les preocupaba más el control social que el control del crimen.”4 Las empresas usaban su posición en la sociedad para influir en la política, y a su vez los políticos controlaban a la policía.
Como institución de la sociedad capitalista, la policía ganó sus credenciales durante la ola de huelgas de 1877, que comenzó cuando el Ferrocarril B&O (Baltimore and Ohio Railroad) le recortó los salarios a sus trabajadores tres veces consecutivas en menos de un año. La huelga cerró ciudades enteras a lo largo de la línea del B&O. Desde Baltimore hasta St. Louis, la conciencia de clases de los trabajadores traspasó sectores para hacerle frente a la creciente explotación.
La responsabilidad de romper las huelgas recayó sobre los departamentos de policía.  Cada vez que se veía venir un paro, se ponía en alerta a casi la totalidad de la fuerza policial. Un ejemplo excelente del papel de la policía es la huelga de los estibadores de Buffalo de 1884, en la cual los agentes atacaron a los huelguistas mientras protegían a los esquiroles. A la policía también se la movilizó para proteger fábricas, cada vez con más efectivos para poder cubrir grandes áreas y ejercer diversas funciones. La policía protegía esquiroles, reprimía huelguistas, y prácticamente se volvía ella misma en esquirol.
Antes de estos sucesos, a la policía no se la consideraba aún como algo esencial para el gobierno urbano. Gran parte de la clase dominante opinaba que los agentes eran perezosos, borrachos e indisciplinados. Pero, dado que la huelga del B&O se dio apenas seis años después de la Comuna de París, la clase dominante comenzó a sentir temor a las explosiones sociales de este tipo, y así acudió a los departamentos de policía que resultaron buenos para el control de masas y el restablecimiento del “orden” en varias ciudades afectadas por la huelga. Era esta una situación para la cual la frase “guerra de clases” resulta apropiada, literalmente, ya que había batallas campales entre policías y obreros. En Chicago, por ejemplo, la policía disparó contra obreros y manifestantes sin miramientos, con un saldo de 35 muertos. En Pittsburgh, donde se había reforzado la fuerza policial, cientos murieron en manos de la policía y las milicias. Así como los capitalistas europeos se deleitaron con la matanza de los Comuneros de París, sus contrapartes norteamericanos asintieron la represión violenta de los trabajadores concientizados. Según Sidney Harring, en Chicago “la policía se granjeó el respeto de la clase dominante y sus aliados y logró para su institución un lugar en la compleja arena del poder comunal como fiable arma coactiva de la burguesía”.5
Dado el amplio apoyo de las comunidades para con los huelguistas, frecuentemente la policía atestaba castigos colectivos. Tras el incidente de Haymarket Square en 1886, en el cual alguien lanzó un palo de dinamita a los policías que intentaban dispersar una manifestación de apoyo a una huelga por la jornada laboral de ocho horas, la policía lanzó una campaña de terror, apaleando y arrestando militantes y dirigentes obreros. Y así era en muchos casos. Harring observa que “como institución, la policía frecuentemente iba mucho más allá de la ley para proteger los intereses de los industrialistas – atacaban a los trabajadores en sus casas, suprimían las libertades políticas, y golpeaban y mataban incontables veces. La burguesía y la pequeñoburguesía dominaban el proceso legislativo y así crearon un aparato legal que elevaba sus derechos de propiedad por encima de la vida humana.”
En el sur de Estados Unidos, la mano de obra también era la propiedad de la clase dominante. Los orígenes de la policía en los estados del sur están ligados al sistema de esclavitud. Yacen en la necesidad de los dueños de esclavos de asegurar la captura de esclavos fugitivos y el retorno de su “propiedad humana” y de reprimir las revueltas de sus cautivos.
En la relación entre dueño y esclavo, el esclavo no tenía derechos. Los esclavos se rebelaban o huían para no sufrir una vida como propiedad de otro bajo un sistema brutal que suprimía su humanidad. Para bregar con esto, desde temprano los esclavistas formaron patrullas para rastrear a los fugitivos, castigarlos, y devolverlos a sus señores. Estas patrullas cazadoras de esclavos brindaban una base de solidaridad racial entre la población blanca, al sumarse a los patrulleros blancos de clase trabajadora los propios dueños de las plantaciones, para quienes era crucial la participación en la cacerías para capturar a los fugitivos. Ante los ojos de la oligarquía esclavista, las insurrecciones de esclavos, tales como la rebelión de Stono (también conocida como la rebelión de Cato) de 1739 o la de Denmark Vesey de 1822, ambas en Carolina del Sur, o la de Nat Turner en Virginia en 1831, justificaban la cruel represión de las patrullas. Una vez capturado, un esclavo recibía el más brutal de los castigos. “La crucifixión, la quema, y el hambreo eran modos legales de castigo,” explica W.E.B. Dubois.6
Durante el dominio inglés, tanto las colonias del sur como las del norte promulgaron leyes para regular la esclavitud. Los códigos esclavistas restringían el movimiento, el casamiento (proscribiendo en particular las uniones interraciales), la posesión de armas y la asamblea entre los esclavos. Aquellos esclavos que planificasen o participasen en insurrecciones, escapasen, se resistiesen o cometiesen otros actos que desafiasen su condición legal se enfrentaban al remate o a duros castigos, incluyendo la muerte. El trabajo de los negros produjo la riqueza de la nación, fuese esta en base al tabaco o posteriormente el “rey algodón”, y por lo tanto tenía que mantenerse pasivo para seguir alimentando el orden económico y político. Desde los dueños de las plantaciones hasta los financistas de Wall Street, todos los sectores del capital sacaron provecho de la esclavitud negra.
La ratificación de la XIII enmienda a la constitución norteamericana en 1789 trajo la libertad legal a la población negra esclava. Pero en el sur, los negros no eran libres, a pesar de la legislación. Los estados de la antigua Confederación adoptaron leyes para bloquear el poder político que los negros conquistaron durante la Reconstrucción (el período entre 1865 y 1877, tras la Guerra Civil, durante el cual se intentó resarcir el legado económico, político y social de la esclavitud, especialmente en el sur), eventualmente logrando su reversión. La policía intervino activamente en esta campaña de represión contra las negros, con hostigamientos cotidianos, palizas y linchamientos. Era normal que los agentes policía fuesen también miembros del Ku Klux Klan. También eran habituales las ejecuciones ritualizadas, que según la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color, por sus siglas en inglés) suman unos 4000 linchamientos entre las décadas de 1880 y 1920, aunque esta cifra es seguramente una subestimación. Estas acciones no podrían haberse dado a esta escala sin el consentimiento, indiferencia o participación de las fuerzas policiales del sur y del estado mismo. Las fuerzas del orden en el sur están inextricablemente vinculadas a la supresión de las masas negras y la defensa de la propiedad privada, primero de los dueños de plantaciones y luego de los industrialistas.
El éxodo negro conocido como la “Gran Migración” de 1916 a 1970 llevó a más de seis millones de negros del sur rural, donde las condiciones eran infernales, a las pujantes ciudades del norte, oeste y centro del país que clamaban por mano de obra. A estos migrantes se los empujó a zonas segregadas en estas ciudades, donde experimentaron el hostigamiento y la brutalidad a manos de la policía. Para la década de 1960, hubo rebeliones negras en varias ciudades en contra de la violencia policial, como por ejemplo en el barrio de Bayview-Hunter’s Point en San Francisco, California, donde se establecieron muchos negros durante la Gran Migración. En 1966, tras el asesinato de un adolescente desarmado a manos de la policía, el barrio fue sacudido por tres días de violencia. El joven había estado conduciendo un auto que se adujo era robado; cuando el auto se atascó, la policía lo arrinconó, el chico se dio a la fuga, y un agente lo mató de un balazo. Al movilizarse la comunidad para protestar, la Guardia Nacional se sumó al Departamento de Policía de San Francisco (SFPD) y a la Patrulla Vial de California para reprimir brutalmente. Hasta había francotiradores, que dispararon al edificio de la Opera en el cual los niños de la comunidad se habían refugiado: era la era de Vietnam, y la guerra había llegado a casa. Los tanques salieron a las calles del barrio, “sacudiendo a una de las comunidades negras más importantes del país.”7
La policía ha reprimido a todas las luchas de los oprimidos y la clase trabajadora, desde el movimiento de Liberación Negra, hasta los huelguistas de fines del siglo XIX y los mineros del carbón en la década de 1920. Sin falta, cada vez que la clase trabajadora lucha en contra de la opresión y la explotación, la clase dominante moviliza a estas fuerzas armadas para suprimir a las organizaciones obreras que considera sus enemigas, desde los sindicatos a los partidos socialistas. Durante la Guerra Fría, la burguesía norteamericana suprimió a toda la izquierda por igual, como si fuese monolítica, y luego la policía reprimía desde la protestas pacificas del Movimiento de los Derechos Civiles hasta las organizaciones más militantes tales como el Partido de las Panteras Negras.
Durante la Convención Nacional Demócrata en Chicago en 1968, el mundo entero fue testigo de lo se dio en llamar una revuelta policial, en la cual el Departamento de Policía de Chicago (CPD) se ensañó violentamente con los manifestantes, que en plena guerra de Vietnam y lucha por los derechos civiles de negros y chicanos planteaban su oposición a la opresión y el imperialismo. El estado exigía “la ley y orden”, y lo impuso a través de la desinformación, la infiltración, y el asesinato. Varios dirigentes de izquierda terminaron en la cárcel o asesinados.
No es coincidencia que el CPD tratase a las protestas anti-guerra de 1968 con semejante brutalidad. Hace tiempo que la militarización es íntegra al orden policial moderno: la policía es una fuerza paramilitar con disciplina y organización militar. Como tal, también inculca y propaga la idea de una sociedad en guerra: a sus ojos la gente de los barrios obreros y de minorías son combatientes enemigos. Los gobiernos municipales dan poco apoyo o asistencia a aquellas comunidades devastadas por el éxodo de capitales y la pérdida de empleos: en vez, mandan a sus agentes armados para cerciorarse de que la gente sufra en silencio. La relaciones entre estas comunidades y la policía frecuentemente son tensas, ya que a los barrios los tratan como territorio ocupado. El gobierno federal brinda su ayuda para esto, como verdadero traficante de armas. Bajo el programa 1033 del Ministerio de Defensa, proporciona equipo que le sobra al ministerio a los departamentos de policía municipales, para que así puedan librar mejor la guerra urbana. En cada presupuesto municipal, el rubro del orden público recibe enormes sumas.
En la actualidad tecnologizada, el capital aún invierte masivamente en las fuerzas del orden, más allá de los generosos presupuestos que los municipios dedican al rubro. Google, Palantir, Target u otras grandes empresas contribuyen a las fundaciones de las fuerzas policiales, que, al ser consideradas legalmente como asociaciones sin fines de lucro pueden ocultar sus fuentes de financiamiento. Estas fundaciones policiales defienden la “necesidad” de su existencia aduciendo los recortes en los presupuestos de sus cuerpos, cuando en realidad en Estados Unidos las ciudades dedican un tercio o más de los fondos públicos a las fuerzas policiales. Con estas contribuciones de la gran empresa, los departamentos de policía compran instrumentos de alta tecnología, tales como equipos y programas de vigilancia electrónica y armas de calibre militar. Al mismo tiempo, los departamentos de policía no son sólo beneficiarios de estas empresas, sino también sus clientes, cosa que las compañías utilizan para influir sobre la política policial.
En el siglo XXI, y como resultado de la guerra global contra el terrorismo, mantener el orden también exige mayor colaboración entre diversas agencias a todos los niveles del gobierno. Los portavoces de las fuerzas del orden arguyen que esta escalada en la coordinación y la comunicación es crucial para enfrentar a las amenazas. Con este argumento justifican la infiltración de mezquitas, la suspensión de derechos legales, las políticas migratorias reaccionarias y un drástico aumento en la  militarización de la policía. A falta de verdaderas amenazas militares, la policía se ensaña con el verdadero enemigo implacable – la clase trabajadora y los movimientos sociales.
Los ataques en contra de movimientos tales como Standing Rock, Occupy Wall Street y Black Lives Matter son coherentes con la misión de la policía. Desde Nueva York hasta Seattle, el trato brutal brindado a los manifestantes recientemente no deja lugar a dudas acerca de la verdadera naturaleza de la policía en Estados Unidos. Una de las funciones primarias de la policía como instrumento del estado es la supresión de elementos que podrían construir movimientos políticos de masas. Para superar esta historia de violencia hace falta una lucha política basada en la comprensión de la verdadera naturaleza del estado y sus instituciones y en la movilización de masas. Esto es fundamental para comprender el papel de la policía en una sociedad de clases.

Referencias

  1. Sidney Harring, Policing A Class Society
  2. Federico Engels, Socialismo utópico y científico.
  3. Bernard Mandel, Labor, Free and Slave. Workingmen and the Anti-Slavery Movement in the United States
  4. Gary Potter, Police Studies Online, E. Kentucky University
  5. Sidney Harring, Policing A Class Society
  6. W.E.B. Dubois, The Suppression of the African Slave Trade to the United States of America, 1638-1870
  7. SFBayview Online Archive

 

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