El gran hecho

Escrito por Aldo Sauda
Domingo 14 de Julio de 2013 00:32
Las revoluciones, por regla, implican un momento acelerado de la realidad. Los días valen meses; los meses, años, y los años, décadas.
Las experiencias se completan rápidamente. Gobiernos amados, rápidamente se hacen odiados; supuestos líderes grandiosos son rápidamente abandonados y los desconocidos, de la noche a la mañana, se hacen “estrellas”. Sin embargo, aun dentro de esta dinámica, aun con claridad en torno a la velocidad del momento, parece correcto afirmar que ningún gobierno, en la historia moderna reciente, consiguió en menos de un año acumular tanta reprobación popular como el de la Hermandad Musulmana de Egipto.
Es increíble e impresionante la capacidad única que la Hermandad tuvo para unificar prácticamente todo un país contra su política. Desde los trabajadores hasta los campesinos y la burocracia del estado, desde la alta burguesía y la gran prensa hasta el ejército, la Hermandad consiguió un hecho de increíbles proporciones: se hizo, en pocos meses, el gobierno más odiado de la historia de Oriente Medio.
No siempre fue así. En realidad, hasta hace poco tiempo no fue así. Cuando Mohamad Mursi asumió la presidencia de la república egipcia, hace un año, alrededor de un millón de personas se movilizaron para saludarlo. A pesar de que logró sólo 5 millones de votos en su elección en el primer turno, Mursi alcanzó la marca de los 13 millones después de conseguir unificar una parte significativa de la oposición en el segundo turno. En la disputa con un ex-ministro de Mubarak, buena parte de la juventud revolucionaría “votó útil” en los Hermanos.
Mucho se discutió la posibilidad, a lo largo de aquel periodo, de que el ejército impediría su toma de posesión. Fue la movilización popular la que hizo que Mursi derrotara una potencial supervivencia de los restos del gobierno de Mubarak. La misma movilización popular que el año siguiente lo derribó.
La política de la Hermandad, a lo largo de este último año, combinó extrema arrogancia, incompetencia y autoritarismo, con rasgos grotescos de sectarismo religioso. Ninguna palabra menor que “desastre” puede describir el gobierno depuesto.
De la prisión al poder
Los casi 60 años en los cuales la Hermandad fue oposición a los militares la transformaron, inevitablemente, en una organización acostumbrada a lo subterráneo. A lo largo de este periodo, creó profundas enemistades con las fuerzas de la represión que la perseguían sistemáticamente. Se esperaba, como mínimo, que los Hermanos reformaran alguna de estos órganos, pero ellos no querían problemas.
La estructura de la vigilancia, servicio secreto, ejército, Ministerio del Interior o Ministerio de Información, los principales órganos de poder del régimen con Mubarak, fueron mantenidos estructuralmente intactos. La Hermandad evitó cualquier problema con ellos: deseaba solamente pasar una goma de borrar en su conturbada relación con el establishment egipcio, y transformarse en el nuevo representante del orden.
Lo mismo se aplica la burguesía. Los esfuerzos de la Hermandad para convertirse en la legítima representante del capital fueron enormes. Ella formó una asociación empresarial ‘islámica’, atrajo para sus negociados a los antiguos socios de la familia Mubarak, e incluso llevó en sus delegaciones internacionales los grandes hombres de negocios que financiaban el partido del presidente depuesto.
Intentaron, de alguna forma, insertarse en estas estructuras del Estado. Sin embargo, jamás chocaron con los herederos del dictador o sus políticas. Aún así, su ambición fue lo suficiente para atizar a la burguesía. A la élite egipcia no le gustan los islamistas.
Neoliberalismo islámico
Sorprende también el grado de ultra-liberalismo de la política económica de los Hermanos. Llegaron a discutir incluso la privatización de las pirámides. La propuesta del gobierno, defendida por Adel Abdel Sattar, Secretario General del Consejo Superior de Antigüedades, a pesar de haber sido debatida por los ministros del presidente, felizmente, fue archivada por dificultades técnicas.
Poco le habría costado a la Hermandad haber adoptado una política de “bolsa familia” [como en Brasil, NdR] para lidiar con la miseria en el país. Egipto, uno de los países con mayor masa de miserables en el mundo, podría muy bien, aunque con medidas reformistas aguadas, elevar el grado de nutrición general de la población. Un esfuerzo mínimo “a lo Lula” que podría dar a la Hermandad una base sólida entre los muy pobres. Pero ni en esto se esforzó. Por el contrarío, la Hermandad llegó a discutir cortar el subsidio al trigo y a los combustibles, en medio a una enorme crisis económica, para así garantizar ayuda financiera del FMI.
La propuesta de cortar los subsidios nunca fue presentada formalmente, además de la de aumentar el impuesto sobre el consumo, una medida que claramente afectaría el bolsillo de los trabajadores, pero fue defendida públicamente en noviembre último. La medida, que generó una explosión de odio contra el gobierno en las calles, fue algunos días después revocada de forma patética por el presidente en su página de Facebook.
Faraón
Entre las medidas de noviembre, el presidente también emitió una declaración constitucional que le daba, institucionalmente, más poder que cualquier líder egipcio desde la antigüedad. Mursi, de una sola firma, se concedió los poderes de la justicia y del legislativo, además de delegar básicamente a su partido la autoridad para redactar la nueva constitución del país. Las medidas, sumadas al aumento de impuestos y discusiones de corte de subsidios, alimentaron las batallas callejeras contra el régimen, en las cuales una parte significativa de la juventud salió las calles.
La propia oposición burguesa y las instituciones judiciales se rebelaron abiertamente contra Mursi. Sin embargo, a pesar de un retroceso parcial de estas medidas, el presidente se rehusó a abrir un dialogo con la oposición, impulsando vía referéndum una nueva constitución.
La lógica que movía a Mursi era simple: si el gobierno evita las tensiones con el ejército y la vigilancia, manteniendo sus estructuras intactas, y a la vez es capaz de movilizar su partido en su defensa, conseguiría gobernar de la misma forma que hicieron los últimos dictadores. Ni aún la oposición burguesa debería ser llevada en cuenta. Entre sus cartas, el líder de la Hermandad contaba con el firme apoyo de la embajada americana.
Mursi ignoró la revolución en curso. Al cerrar los ojos a la profundidad de la oposición de las masas su política, imaginó que su gran acuerdo lo protegía. Ignoró también el grado de rechazo que tenía en la burocracia estatal y en el ejército. A la vez, sus medidas de intentar insertar integrantes de la Hermandad Musulmana en la estructura del estado le causaron problemas más allá de lo imaginado.
La Hermandad, un partido basado en la pequeña burguesía egipcia, jamás contó con la simpatía de la clase dominante. Occidentalizada y secular, la burguesía local, así como la jerarquía del ejército, despreciaba los hermanos. Cierto, Mursi se arrastró de rodillas para jurarles lealtad, pero la idea de que el país sería comandado por un dirigente impopular, odiado en las calles, y que hasta poco tiempo dirigía una organización que el ejército y prendía y torturaba, incomodó a la clase dominante.
Cuando la situación en la calle indicó uno rechazo a la Hermandad, la burguesía pasó a entrar en acción. Es un consenso en El Cairo que la burocracia del Estado, a lo largo de estos últimos meses, saboteó al gobierno. Se destaca el sabotaje en la distribución de electricidad y combustible. La prensa burguesa se transformó en una gran arena de ataques al gobierno, haciendo que diversos canales de información alternativa se hicieran irrelevantes.
Según militantes de la prensa independiente, el trabajo de reportar los crímenes cometidos por la Hermandad perdió validez. Por primera vez en la historia de Egipto, imágenes de la vigilancia masacrando manifestantes fueron repetidamente transmitidas en la televisión, algo jamás ocurrido, inclusive, durante el gobierno de la junta inmediatamente después de la caída de Mubarak.

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